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Paseo por el interior de las secta
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Paseo por el interior de las secta
ÍNDICE



PRESENTACIÓN

UN SISTEMA DE AGRUPACIÓN MILENARIO

CAUSAS DE LA CLANDESTINIDAD

LA MALA PRENSA

LA EVOLUCIÓN DE LOS DIOSES

LAS SECTAS Y LA POLÍTICA

LA ETERNA BÚSQUEDA DEL PARAÍSO PERDIDO

EL MERCADILLO ESPIRITUAL DE NUESTROS DÍAS

LAS OFERTAS ESPIRITUALES

LA ERA DE ACUARIO

LA RELACIÓN CALIDAD-PRECIO

LA LIBERTAD DE ESPÍRITU

CÓMO ENTRAR Y PERMANECER EN UNA SECTA

CONSUELO PARA LOS DESENCANTADOS DE LA VIDA
EL TURISMO
CREER O NO CREER, DOS EXTREMOS DE UNA VARIABLE

LA EXPERIENCIA MÍSTICA Y EL FANATISMO

EL RACISMO SECTARIO

EL ATEÍSMO

LAS FINANZAS

EL DUDOSO SIGNIFICADO DE LA TERMINOLOGÍA ESOTÉRICA

LA ALIMENTACIÓN

EL AYUNO

RENACER A UNA NUEVA VIDA

DIFERENTES FORMAS DE MEDITAR

LOS CHACRAS

EL YOGA

LA RELAJACIÓN

LA VISIÓN

LA PERCEPCIÓN EXTRASENSORIAL

PERCEPCIONES EXTRASENSORIALES EN HERMANDAD

LA ATMÓSFERA SAGRADA

LAS REALIDADES VIRTUALES ESPIRITUALES

LA TRANSMUTACIÓN DE LAS ENERGÍAS

LA ASTROLOGÍA

EL YIN Y EL YANG, EL KI Y EL PRANA

INTENTOS UNIFICADORES

DIFERENTES FORMAS DE INTENTAR LLEGAR A DIOS

LOS MEDIADORES

EL GRAN FRAUDE ESPIRITUAL

LOS GURÚS

LA CREACIÓN DE MITOS

JESUCRISTO

EL PECADO, LA CULPA Y EL KARMA

LA POBREZA Y LA RIQUEZA

EL SERVICIO A LOS DEMÁS

FORMAS Y COLORES

LA MÚSICA Y LA DANZA
ABRAZOS BESOS Y CARICIAS

LA DROGADICCIÓN MÍSTICA

LA REVOLUCIÓN ESPIRITUAL

CON O SIN RAZÓN

RELIGIÓN O CIENCIA

CIENCIA-FICCIÓN Y EXTRATERRESTRES

LAS INICIACIONES

LOS INDICADORES DEL RUMBO

SECTAS DESTRUCTIVAS

EL LAVADO DE CEREBRO

LA DESPROGRAMACIÓN

LA RUPTURA DE LAZOS EMOCIONALES

CAMBIOS EN LOS VALORES ESPIRITUALES

LAS TOXICOMANÍAS

LA SANACIÓN

EL EXORCISMO

LAS MEDICINAS ALTERNATIVAS

LA REENCARNACIÓN

EL DESTINO

LAS ARTES ADIVINATORIAS

LOS PODERES SOBRENATURALES

MAGIA BLANCA Y MAGIA NEGRA

EL SEXO

CASTIDAD O PROMISCUIDAD

EL TANTRA O LA ALQUIMIA SEXUAL

LAS TRAICIONERAS PASIONES

LA VIOLENCIA Y EL INSTINTO DE MUERTE

EL PACIFISMO

SECTAS TERRORISTAS

LA PACIFICA DEMOCRACIA

TERRORISMO POLÍTICO

MENSAJES DEL MÁS ALLÁ

REVELACIONES PUBLICADAS

LAS PROFECIAS

EL FRACASO DE LOS MENSAJES APOCALÍPTICOS

LAS SEMILLAS DEL SUICIDIO COLECTIVO

LOS MILAGROS

LA ETERNA JUVENTUD

(FIGURA)

REPASO ESQUEMÁTICO

EL AMOR

DIOSES A LA CARTA

EL FUTURO

CONCLUSIONES FINALES
MANIFIESTO REVOLUCIONARIO

LA HIPÓTESIS

NUESTRO MUNDO VIRTUAL

AMOR REAL O AMOR VIRTUAL

UN POCO DE FILOSOFÍA

DEDICADO A LA PSICOLOGÍA

LA SALIDA O EL DESPERTAR

EL MAL
SOBRE EL TERROR

EL PROGRAMA

EL INSTINTO RELIGIOSO

PAUTAS DE DESPROGRAMACIÓN

DESPEDIDA




PRESENTACIÓN



Cuando los populares ámbitos culturales de nuestra civilización no satisfacen plenamente nuestra sed de conocimiento, y estamos dispuestos a aumentar nuestro saber más allá de los cánones establecidos, es habitual recurrir a otros medios especiales de enseñanza que nos ayuden a traspasar las barreras del saber tradicional. Entre estos medios didácticos se encuentran las sectas, escuelas dispuestas a desvelar grandes misterios y a dar repuesta a las grandes preguntas transcendentales que siempre se ha hecho el hombre.

Lamentablemente, las personas que eligen una secta para satisfacer su natural impulso de aprender, suelen encontrarse con problemas extraordinarios, con situaciones imprevisibles, e incluso pueden correr graves peligros. De tal forma que sus expectativas de aprendizaje, además de resultar frustradas, pueden convertirse en un sinfín de inesperadas desgracias. Riesgos favorecidos por la notable falta de información que el ciudadano medio tiene de lo que realmente sucede en el interior de las sectas,

A pesar de que en los últimos años se está prestando una atención especial al fenómeno sectario, apenas disfrutamos de informaciones precisas, equilibradas y objetivas. Frecuentemente, cuando la información no nos llega a través de un descarado proselitismo, son exmiembros de sectas los que nos transfieren testimonios nublados por sus resentimientos, o son comentaristas que a priori descalifican toda actividad sectaria, influenciados por la mala fama que las sectas tienen en nuestra sociedad. Informaciones muy a menudo tan superficiales que no llegan ni a mostrarnos la punta del iceberg de lo que realmente se vive en el interior de estas asociaciones.

“Paseo por el interior de las sectas” pretende cubrir el vacío informativo que existe entre las posturas extremistas de los fanáticos creyentes y la dura oposición de los detractores intransigentes con toda forma de asociación esotérica o religiosa poco corriente. La lectura de este libro invita a recorrer las sendas que conducen a los ocultos parajes sectarios, examinando los detalles más importantes de los diferentes caminos, estudiando el mundo esotérico con profundidad, de forma imparcial, sin pasiones cegadoras ni deslumbrantes fanatismos. Pero, siempre, con el primordial objetivo de informar sobre los peligros y engaños que tanto abundan por esos caminos del alma. Pues, si no evitamos los peligros, y desenmascaramos los espejismos, mal vamos a reunir las condiciones necesarias para explorar, con un mínimo de calidad, un territorio tan desconocido.

Dos fueron los impulsos más importantes que me llevaron a lo largo de treinta años a recorrer diferentes sectas: por un lado, el hecho de que las enfermedades no me abandonaran desde la infancia, me obligó a buscar otros métodos de curación diferentes a los que proporcionaba la medicina oficial; y, por otro lado, una intensa llamada mística durante la adolescencia, me afectó de tal manera que no he cesado durante toda mi vida de sondear en la dimensión espiritual, con la intención de arrojar luz sobre los misterios escondidos en el interior del hombre.

Los logros conseguidos en la dimensión espiritual son difíciles de pesar y de medir. Lo aprendido me sirve para llevarme medianamente bien conmigo y con los demás, y a disfrutar de un grado de felicidad de lo más normal. A pesar de haber pasado tanto tiempo en las incubadoras sectarias, no puedo presumir de los grandes éxitos espirituales que tanto se anuncian en las sectas. Lo más sustancioso, probablemente, sea todo lo que he llegado a observar y a experimentar, conocimientos de los que pretendo dejar detallada constancia en este libro.

Los logros conseguidos en la dimensión material ya son más tangibles. Bien puedo decir que evité la muerte gracias a las enseñanzas curativas naturistas y esotéricas. Cuando, allá por mi juventud, la medicina oficial no me daba muchas esperanzas de vida, fue a través del yoga como inicié una recuperación que más tarde fue completándose con el uso de otras disciplinas esotéricas y medicinas alternativas; hasta que conseguí abandonar mi fatalidad enfermiza. Y, aunque no haya conseguido fortalecer totalmente mi constitución física, ―pues nunca conseguí abandonar la delgadez― disfruto habitualmente de buena salud.

Por supuesto que treinta años no es tiempo suficiente para que una persona experimente al detalle todo el abanico de posibilidades que nos ofrece el mundo de lo oculto, aunque se esté introducido en varías sectas simultáneamente durante algunos años, como fue mi caso. Las limitaciones que impone la integridad psíquica del estudiante impiden realizar estudios excesivamente intensivos. Al ser el laboratorio de experimentación uno mismo, resulta muy peligroso realizar varios experimentos simultáneos dirigidos por métodos de trabajo dispares. Riesgo que no llegué a correr, pues mis intereses personales me llevaron a seleccionar sectas de enseñanzas no excesivamente contradictorias.

A causa de esta selección circunstancial, no podré hablar ―con la propiedad que avala la experiencia― de las sectas de origen satánico, asociaciones que no tuve el “gusto” de conocer. Por lo tanto, no entraremos en minuciosos detalles sobre la magia negra, aspecto esotérico ignorado por la gran mayoría de las vías espirituales que recorrí; mas ello no nos impedirá observar el lado oscuro del ser humano. Las tenebrosas sombras de nuestras profundidades siempre se manifiestan en cualquier camino esotérico, aunque éste sea un camino de luz.

También excluiremos del minucioso análisis a las sectas de carácter religioso-militarista. La violencia es otro mal del que huyen la mayoría de los modernos caminos espirituales occidentales, por lo tanto, no me tocó fomentarla; aunque, como veremos más adelante, no tendremos otro remedio que estudiarla, pues nos la vamos a encontrar de frente incluso en los más sosegados senderos de paz.

A pesar de mis limitaciones experimentales, no nos vamos a privar de estudiar el espíritu humano en gran parte de su extensión. Los temas que pretendemos analizar son de una amplitud tan extensa y profunda que difícilmente se nos escaparán aspectos importantes del alma humana. Tan extenso es nuestro temario de estudio que nos veremos obligados a condensar en su esencia todos los temas que vamos a tratar, pues, si no lo hiciéramos así, sería imposible incluirlos en un solo volumen. Cada capítulo de este estudio trata un tema del que se podrían escribir varios libros, por lo que nos vamos a ver en la obligación de resumirlos al máximo. Procurando que no se nos quede nada de suma importancia en el tintero, evitaremos perdernos en los minuciosos detalles de cada caso particular y procuraremos realizar los comentarios indispensables sobre personas concretas o determinados grupos. Generalizar ―además de evitarme algún que otro disgusto― nos va a permitir hablar sin trabas de todo lo que podemos encontrarnos en estos mundos ocultos, y nos ayudará también a enfocarnos en lo esencial, a tener una visión global y consistente de los fenómenos más importantes y frecuentes que nos encontraremos. Extraordinarias pautas de comportamiento se repiten con asombrosa asiduidad en estas sociedades sean del color que sean. Ya se adore a un dios o a otro, muy a menudo solamente varía de una secta a otra el grado de intensidad y de calidad con que viven sus experiencias. Por lo tanto, nos enfocaremos en la esencia de las cosas.

Para el materialismo occidental no hay otro mundo más propicio para andarse por las ramas que el espiritual, su carácter volátil invita a convertir el pensar en ave soñadora perdida en un bosque de ilusiones. Resulta habitual centrar la atención sobre las sectas en frivolidades acerca de sus personajes o en llamativos aspectos de escaparate de sus doctrinas, sin prestar atención a lo que realmente está sucediendo en el interior de esas personas que las componen.

Hemos de ser más rigurosos de lo que hemos sido hasta ahora en el momento de emitir juicios o sacar conclusiones. La mente humana es ciertamente compleja y profunda, y nuestra espiritualidad apenas la conocemos. Siglos y siglos de culturas manipuladas por intereses religiosos en el poder nos ha privado de una visión objetiva del fenómeno espiritual del hombre. El estudio serio de la diversidad de sectas actuales, que emergen en nuestra civilización, es indispensable para acercarnos al conocimiento del espíritu humano. Las sectas están compuestas por personas que precisamente están comprometidas con su interior, experimentando con su alma.

Rigurosidad y objetividad serán dos objetivos a los que intentaremos aproximarnos en lo posible en este nuestro paseo por las sectas. Y digo en lo posible porque, en el mundo espiritual, el cientificismo al que estamos acostumbrados los occidentales, en otros diferentes temas de estudio, no se puede aplicar contundentemente cuando estudiamos el espíritu humano. Las arenas movedizas, los espejismos, y la imposibilidad de utilizar un sistema de pesas y medidas de magnitudes homologadas, en ocasiones hacen desesperarse al intelectual que busca explicaciones concretas para situaciones determinadas. Muchas veces habremos de conformarnos con retener la mirada allí, hasta donde nos alcance la vista, e intentar describir lo que vemos, y quizás añadir algún tímido comentario o sacar alguna atrevida conclusión. Si conseguimos el difícil equilibrio entre el andarse por las ramas y el radicalismo fanático, me daré por satisfecho. Un cierto toque de informalidad nos hará más ameno el esfuerzo que nos exigirá mantenernos en tan difícil equilibrio.

No soy poseedor de ningún título ni medalla a pesar de haber dedicado gran parte de mi vida al estudio de nuestros mundos interiores. No me considero maestro de nada ni de nadie, quizás porque en vez de dedicarme a acumular conocimientos en una doctrina determinada, y a alcanzar en ella alguna elevada categoría, me he dedicado a caminar por los mundos esotéricos, observando todo lo que se ponía a mi alcance, y aprovechándome de aquello que consideraba bueno para mi persona; interesándome en unos casos por una doctrina y en otros por otra.

En la actualidad no pertenezco a ninguna secta en concreto, a pesar de haber pertenecido a muchas de ellas. No soy muy bien visto por mis antiguos “hermanos”. La mayoría de las sectas se consideran insuperables en sus funciones aquí en la Tierra, y no entienden muy bien que me haya alejado de ellas ―para acudir a la competencia en muchas ocasiones― después de haber probado sus insuperables glorias divinas.

La verdad es que, desde el punto de vista de estos grupos de trabajo espiritual, mi aprendizaje se puede considerar un fracaso. Ya me vaticinaban que con tanto cambio de doctrina, de ambiente religioso, de terapia, no iba a obtener buenos resultados espirituales. Y cierto es que algo de razón llevan, cambiar de método didáctico puede perjudicar un aprendizaje determinado; pero también ofrece, a la persona que así se comporta, un análisis comparativo entre escuelas difícil de conseguir de otra manera, a la vez que nos descubre aspectos de nuestra mente muy difíciles de descubrir por las personas que se dedican de por vida a un mismo camino espiritual o religión.

Recorrer diversos caminos espirituales también puede ayudarnos a ser imparciales en nuestras conclusiones. Procuraremos no emitir juicios bajo el prisma de ninguna doctrina, filosofía o religión. Ésta será una de nuestras metas más importantes: evitar los abundantes partidismos divinos que observaremos en nuestro paseo por el interior de las sectas. No nos resultará fácil, pues, como veremos, el fanatismo nos esperará detrás de cada recodo del camino.

Con este libro espero satisfacer, con cierto grado de calidad, la curiosidad de aquellas personas que se interesan por todo aquello que sucede en estos grupos o sociedades. Es mi intención aportar mi granito de arena a la creciente demanda de información sobre las sectas de nuestra sociedad, procurando extenderme en aquellos aspectos importantes que se ignoran en las informaciones que habitualmente se dan sobre el tema.

Este libro también puede utilizarse como una introducción o una guía para quienes deseen adentrarse en el mundo del ocultismo o para quienes ya están en su seno. Y, los detractores de las sectas, aquí encontrarán argumentos más que suficientes para documentar al detalle sus típicas condenas al fenómeno sectario. En las dimensiones espirituales suele suceder que cada uno encuentra lo que busca.

Espero abordar con el mayor grado de imparcialidad que esté en mi mano la escritura de este libro. Siento desengañar a quienes esperen de mí una férrea postura a favor o en contra de las sectas en general. A pesar de que pueda dar a entender que estoy en algunas ocasiones a favor de ellas cuando hable de sus gozos, o en contra cuando informe de los engaños y peligros que se dan en su seno, no estaré sino informando fríamente de lo que sucede en su interior.

En la actualidad, como en cualquier otro periodo histórico, las sectas son condenadas por la sociedad dominante en la mayoría de los países del mundo; más por tradición, o como defensa de determinados intereses, que por un conocimiento de lo que realmente sucede en el interior de ellas. Nuestro nivel cultural nos exige informarnos más adecuadamente antes de emitir juicios, aunque tengamos que hacer un esfuerzo intelectual extra, pues el estudio de las sectas nos obliga a profundizar en el ser humano. Nuestro paseo por el interior de las sectas es también inevitablemente un viaje a nuestro interior. Los temas que aquí tratamos son difíciles de entender. Y los idiomas, sobre todo los occidentales, no están diseñados para definir todos los matices espirituales que un ser humano puede llegar a experimentar. Faltan palabras en nuestros diccionarios, y las que tenemos a duras penas podemos utilizarlas correctamente para describir con claridad los fenómenos esotéricos. Aun así intentaremos detallar lo mejor posible aquello que nos iremos encontrando en nuestra exploración de los mundos espirituales.

Teniendo en cuenta que no serán las dificultades idiomáticas el principal obstáculo para entender este libro. En muchas ocasiones no podré hablar tan claro como quisiera, para evitar en lo posible herir susceptibilidades, y, sobre todo, para evitar desatar ―por la cuenta que me tiene― la temible “furia mística” que experimentan algunos creyentes cuando se cuestionan sus creencias. Aunque sé que no siempre podré conseguirlo por completo. Ya el abordar con lógica humana los grandes misterios divinos será un sacrílego atrevimiento para muchos creyentes. Como también lo será la decisión que me he visto obligado a tomar de escribir la palabra dios siempre con minúscula para salvaguardar la imparcialidad de este estudio. Las reglas ortográficas nos dicen que habremos de escribir con mayúscula la palabra dios y sus atributos, siempre y cuando nos refiramos al dios verdadero. Sin embargo, en nuestro pasear por el interior de las sectas, nos vamos a encontrar con tal cantidad de dioses diferentes, considerados verdaderos por sus seguidores, y vamos a tratar tantos de sus aspectos y atributos, que yo me siento impotente para saber cuando hay que hacer uso de las mayúsculas y cuando no.

Conviene recordar que nuestra lengua nació bajo influencias religiosas totalitarias que no dejaban lugar a dudas ortográficas. Nunca nos cupo ninguna duda de qué deidad tendríamos de escribir con mayúscula y cuales no, (entre otras cosas porque si alguien se atrevía a dudar le cortaban la cabeza). Pero, si hemos de ser objetivos e imparciales en el presente estudio, no debemos de hacer uso de estas normas ortográficas interesadas. Sé que esta decisión puede escandalizar a muchos creyentes, pero si no lo hiciésemos así también se escandalizarían, pues les resultaría ofensivo si escribiéramos con mayúscula la palabra dios cuando nos refiriéramos a otra deidad infinita no reconocida por ellos. Lamento tomar esta decisión por la incomodidad que puede llegar a crear. Probablemente sean los ateos los únicos que estén satisfechos con esta medida ortográfica. Con ello no estoy haciendo una defensa del ateísmo, sencillamente estoy abogando por un idioma espiritual imparcial al relatar todo lo que nos vamos a encontrar en nuestro camino. Lamentablemente, es muy probable que muchos ateos también se sientan indignados al leer estas paginas, pues, aunque escribamos la palabra dios con minúscula, no negamos la existencia de la divinidad.

Y ya, para concluir esta presentación, mostrar mi agradecimiento a todos los maestros, gurús, instructores, sacerdotes, sanadores, y predicadores que me han transferido sus enseñanzas; y, a la vez, pedirles disculpas por hablar de ellas en este libro; así como también pido perdón por atreverme a comentar aspectos íntimos tanto de ellos como de sus sociedades. Ruego también se me disculpen las audaces conclusiones que en ocasiones me atrevo a formular. No es muy típico en las sectas que los acólitos cometan semejantes osadías. Lamento violar el servilismo intelectual del que ―como buen sectario― siempre hice gala. Actúo así con la esperanza de que mi atrevimiento sirva para arrojar un poco más de luz sobre las inmensas sombras que invaden los caminos espirituales.





UN SISTEMA DE AGRUPACIÓN MILENARIO



Desde tiempos inmemoriales el hombre a hecho uso de su facultad de reunirse en grupos o sociedades de individuos con ideologías, propósitos o aspectos religiosos en común. El consenso da firmeza a las opiniones o a las decisiones. Y las experiencias religiosas alcanzan un notable grado de realismo cuando se viven en hermandad. Todo grupo compuesto por individuos con intereses afines poco comunes puede alcanzar una convincente visión del mundo diferente a la de los demás y actuar en consecuencia. Esta diversidad de opiniones y propósitos ha sido la causa de innumerables dramas históricos. Cuando las opiniones o las actividades de estos grupos se oponían al sistema dirigente del momento o al grupo dominante, eran perseguidos, en ocasiones con gran ensañamiento. Los grupos discrepantes solían verse obligados a reunirse en la clandestinidad para protegerse, para mejor compartir sus vivencias, o para llevar a cabo las intrigas o ataques contra el poder dominante si el grupo deseaba derrocarlo. De esta forma surgieron las sectas.

Obviamente, el grado de clandestinidad venía impuesto por el grado de discrepancia o de agresividad contra el poder social, y el grado de permisividad del sistema dominante o del gobernador de turno. Cuanto más revolucionario era un grupo social, más se tendría que convertir en una secta si deseaba sobrevivir. La clandestinidad y el sectarismo, han sido ingredientes claves en el devenir histórico de la Humanidad. Infinidad de grandes cambios sociales se engendraron en el seno de sectas.

En unas ocasiones el sectarismo vino propiciado por la intransigencia del poder gobernante, representado en la antigüedad la mayoría de las veces por severas y totalitarias deidades. Cualquier grupo que se atreviera a pensar de forma diferente a esos dioses totalitarios era severamente castigado. En esas sociedades el sectarismo era algo natural, un sistema de agrupación obligado cuando los individuos intentaban hacer uso de su libertad de pensar. Pero, en otras ocasiones, el sectarismo surgía en sociedades que acogían gran diversidad de culturas y de religiones. En estos casos eran los grupos sectarios los que enarbolaban ideologías intransigentes con las libertades sociales, en su clandestinidad no se escondía una ideología liberadora, sino una ideología opresora de las libertades de culto y del pensamiento.

En unos casos u en otros, si la revolución sectaria no se aplastaba en sus principios, y seguía adelante hasta alcanzar el poder, era enorme el precio que había que pagar en vidas humanas, en torturas y en persecuciones, hasta que las nuevas ideas lograban imponerse. Y cuando lo conseguían, el grupo responsable de ellas alcanzaba el poder, se hacía con el sello divino; y vuelta a empezar.

Las religiones universales han conseguido su expansión a base de duras luchas en el pasado. Y aunque ahora sean las religiones oficiales de diferentes países, en sus principios fueron sectas que con gran esfuerzo consiguieron el poder que ahora tienen.

No existen apenas grandes diferencias esenciales entre los grupos o sociedades de carácter místico, esotérico, espiritual o religioso, porque unos sean oficiales y otros clandestinos. Las religiones oficiales de los diferentes países son consideradas sectas en otros países que no las acogen como verdaderas. Unas agrupaciones sectarias alcanzan la popularidad y el poder en diferentes zonas del mundo, y otras continúan en la sombra esperando que les llegue la hora del éxito.

Sin intenciones peyorativas, en el presente estudio incluimos a las religiones oficiales. Espero que nadie se avergüence de sus orígenes. Además, aunque no se trate expresamente de sectas, las religiones universales, gracias a su enorme extensión, tienen abundantes ramificaciones sectarias: confraternidades que trabajan de forma soterrada en beneficio de su religión universal.

No se pueden estudiar las sectas sin estudiar el fenómeno religioso en general. Nuestro paseo por el interior de las sectas es también un paseo por el interior de las religiones, e inevitablemente por el interior del hombre. Obviar la complejidad y la extensión de la espiritualidad humana, y su evolución a través del tiempo, es uno de los grandes errores que se comete a menudo a la hora de estudiar las sectas.

Entre las antiguas sociedades con mayor permisividad religiosa resalta Babilonia. Todos la recordamos como un desmadre social castigado por la ira divina. Versión particular de las escrituras sagradas hebraicas que nos enseñaron en las escuelas, historia sagrada que tiene muy poco de Historia aunque tenga mucho de sagrada para quienes creen en ella.

En otras sociedades también permitieron cierta convivencia entre diferentes dioses en sus paraísos particulares ―como por ejemplo en Egipto, en Grecia y en la India―, deidades que se repartían todas las dimensiones humanas, circunstancia consentida por los antiguos que se empeñaban en ver a sus dioses en acción en todo aquello que les rodeaba o les sucedía.

Hasta la llegada del cristianismo y del Islam, multitud de dioses y sus seguidores, tolerantes con el resto de las deidades, convivían en amplias zonas del planeta, sin necesidad de esconderse ni de convertirse en sectas. El pueblo judío era de los pocos que se negaba a cohabitar con otros dioses, mas no les quedaba otro remedio que hacerlo, pues el politeísmo era algo natural en las sociedades en las que llegaron a vivir.

La Meca, antes de la llegada de Mahoma, fue otra gran ciudad acogedora de un gran número de divinidades, gran cantidad de ídolos se agrupaban en la Caaba, en sana competencia.

Estas deidades, ya fueran más o menos permisivas con las demás, siempre estaban presentes en la vida de los pueblos. Había deidades para todas las actividades humanas, con sus templos, sacerdotes y seguidores. La prosperidad de todo pueblo debía de estar cuidada por las divinidades. Naturalmente, las que adquirían un mayor protagonismo eran aquellas que ayudaban a ganar las batallas o dirigían los pasos de los gobernantes en el poder, (cuando los gobernantes no se erigían en dioses vivientes, naturalmente).

En sus principios, tanto los mahometanos como los cristianos podrían haber convivido en paz con el resto de seguidores de otros dioses, pero su voracidad destructiva de toda deidad antigua, que no fuera la suya, les obligó a convertirse en sectas perseguidas. Hasta que alcanzaron el poder e implantaron sus regímenes totalitarios por gran parte del mundo, obligando así a convertirse en secta clandestina a los seguidores de otras deidades, a los políticos y militares independientes, e incluso a las agrupaciones de pensadores o filósofos no creyentes.

(Para evitar extendernos excesivamente en este capítulo, estamos evitando hablar de otras civilizaciones del mundo, que poco tuvieron que ver en el desarrollo de la nuestra. Esas culturas que apenas influyeron en nuestro devenir histórico son cimientos de otras civilizaciones que no difieren en demasía de algunas de las etapas históricas de nuestra civilización occidental. Y en los países subdesarrollados podemos observar que viven en circunstancias sociales semejantes a alguna de las etapas de nuestro pasado histórico. Donde las sectas tienen un protagonismo tan importante como lo tuvieron en las sociedades de nuestros antepasados).

En contraposición al fenómeno religioso, probablemente fue en Grecia donde un grupo de personas llamadas filósofos empezaron a cuestionar la validez de las divinidades en los asuntos de los hombres. La creación de la filosofía elevó al pensamiento humano y a la razón por encima de los caprichos de los dioses (conveniente es recordar que los dioses del Olimpo eran excesivamente caprichosos). La germinación de las diferentes semillas filosóficas comenzó a concebir sistemas de gobierno que prescindían en un grado notable de los sacerdotes. La cultura griega creó la democracia. Más tarde, en los primeros tiempos gloriosos del imperio romano, la separación entre la política y la religión se hizo más palpable, aunque no definitiva, pues todavía se solicitaba el apoyo de los dioses en las batallas y se consultaba el oráculo para recibir su consejo en las grandes empresas.

Los personajes filosóficos, políticos y militares de todo el mundo iban robando la confianza que el pueblo depositaba en a las fuerzas divinas. Pero la religiosidad no se dio por vencida, y dio tan fulminantes coletazos en la edad media que aplastó las tímidas intentonas de apartarla de la escena social. Tanto el cristianismo como el Islam alcanzaron un gran poder y acabaron con la libertad de culto y de pensamiento religioso.

Durante muchos siglos el sectarismo estuvo propiciado por la intransigencia de estos dos sistemas dominantes. Estas religiones totalitarias impusieron su hegemonía en todas las dimensiones humanas. A poco que la imaginación de los individuos se pusiese en marcha, violaba los estrictos cauces culturales marcados por las sagradas escrituras, pues los textos sagrados impusieron el dogma de fe en todos los ámbitos culturales así como en el poder político. Uno se convertía en un peligroso hereje por el simple hecho de pensar, y la hoguera u horribles torturas era el final destinado a quienes cometían el terrible delito de manifestar su libertad de pensamiento.

Tuvimos que esperar hasta el Renacimiento para presenciar el renacer de las libertades. En Occidente, el cristianismo, debilitado por la corrupción y por las grandes divisiones internas, ya no fue capaz de aplastar los nuevos aires revolucionarios, y estallaron con sorprendente creatividad las grandes dimensiones humanas sedientas de manifestarse tras tantos siglos de represión.

La filosofía, apoyada por el auge de las ciencias, volvió a cuestionar la prepotencia divina. Y los gobernantes empezaron a independizarse de los dioses. Pero hubo que esperar hasta la llegada de la edad moderna para que las fuerzas de izquierda consiguieran separar totalmente a la política de la religión y emprender un tipo de gobierno sin ninguna influencia divina. Fue entonces cuando comenzaron a surgir los cambios sociales más sorprendentes. El ejército rojo, en clara lucha contra los poderes religiosos, se empeñó en matar al gran dios infinito, quiso aniquilar toda manifestación divina e intentó erradicar de la política todo dogmatismo religioso. Pero, sobre todo al principio, las fuerzas de izquierda fueron tan totalitaristas como los poderes que pretendían derrocar: tras el déspota autoritarismo de los regímenes marxistas existía un endiosado ateísmo tan tiránico como la fanática religiosidad que intentaban destronar. Fue un brutal y doloroso cambio, pero esta revolución nos abrió las puertas hacia las libertades actuales, pues, al conseguir separar totalmente a la religión de la política, preparó el camino al sistema de gobierno más permisivo de toda nuestra Historia, a la actual democracia, exenta de toda influencia divina.

Al demostrarse que ya no era necesario deidad alguna para gobernar a un pueblo, las religiones, destronadas de su reinado, pasaron a un segundo plano y se incluyeron en el saco de los movimientos culturales, a la altura de los artísticos o intelectuales, lo que nos permite en los países desarrollados volver a disfrutar de una gran variedad de creencias gracias la libertad religiosa.

Con la llegada de la democracia, los partidos en oposición al gobierno vigente de cada país democrático pudieron salir de la clandestinidad, las ideas apoyadas por el pueblo tienen ahora cabida en los parlamentos de los países más desarrollados, las ideas políticas pueden ser expuestas públicamente por grupos o por individuos sin temor a ser perseguidos por ello. Las sectas de carácter político ya no tienen razón de ser. Las leyes son las más permisivas en los países desarrollados que lo que nunca lo han sido a la hora de permitir agrupaciones de individuos. Y también soplan los aires de libertad en la cultura y en la espiritualidad, ningún grupo o individuo ha de esconderse por el simple hecho de pensar diferente de los demás o de adorar a un dios poco común. Con la libertad de culto ya no hay motivo ―en teoría― para la existencia de las sectas. Sin embargo, este milenario sistema de agrupación clandestina continúa existiendo, y las numerosas sectas de carácter religioso, esotérico o espiritual, son una sorprendente realidad que no termina de ser asimilada por nuestra sociedad.





CAUSAS DE LA CLANDESTINIDAD



Habitualmente se piensa en el delito como la única causa que explica la clandestinidad de las sectas, en nuestros tiempos de grandes libertades no parece existir otro motivo para la ocultación que las actividades ilegales. Esta sospecha popular ha llevado frecuentemente a las sectas a los tribunales, mas, cuando las denuncias se investigan, la mayoría de las veces se demuestra que esas personas no cometen otra infracción que la de pensar diferente de los demás. Y el porcentaje de delitos, de injusticias o de corrupciones, no excede de los que puedan tener otro tipo de grupos o comunidades de nuestra sociedad.

Una de las causas más importante de la clandestinidad de las sectas puede hallarse en nuestro comportamiento con ellas. Por mucho que presumamos de sociedades permisivas, todavía no sabemos acoger con naturalidad en nuestra sociedad al profundamente distinto que nos vino de afuera, o a quien era como nosotros y ahora ha decidido no serlo. Nuestra sociedad está acostumbrada a las diferencias en el pensamiento filosófico y político, pero no a las profundas diferencias en la forma de pensar y de vivir que se pueden alcanzar en el interior de caminos religiosos muy diferentes a los nuestros. Aunque la exótica persona religiosa no haga otra cosa hacer uso de las libertades que le otorga la constitución del país libre en el que resida, casi siempre tiene esa sensación de persona incomprendida y rechazada por sus semejantes.

A nuestra sociedad le cuesta acoger a quienes siempre han creado grandes conflictos sociales. No termina de desaparecer de la memoria del pueblo el dramático recuerdo histórico de las viejas contiendas sectarias, como tampoco desaparece de la persona sectaria el recuerdo de las persecuciones y de las masacres que sufrieron en el pasado los miembros de las sectas. Existe un temor recíproco ―soterrado en la actualidad en la mayoría de las ocasiones― entre quienes están dentro y los que están fuera de las sectas, entre quienes siempre fueron enemigos. Probablemente esa sea la causa más importante que justifica la clandestinidad.

No terminamos unos y otros de firmar una paz duradera: el mundo siempre ha sido y continúa siendo el gran enemigo de las sectas de carácter espiritual; y para el mundo, tras el ocultismo sectario, subyace el latente peligro de unas sociedades, que se rigen por patrones desconocidos, capaces de derrocar al sistema social vigente, como en tantas ocasiones sucedió en el pasado.

Resulta inevitable un cierto temor provocado por todo aquello que desconocemos. El estudio minucioso de las sectas es la única manera de superar ese miedo ancestral; cuando se conocen los peligros, los ataques indiscriminados provocados por el miedo ya no tienen razón de ser, y la prudencia sustituye al desasosiego ante lo desconocido.

Peor lo tiene el sectario para librarse de su condición de perseguido, el temible complejo de víctima lo padecen muchos de los viandantes de los diversos caminos espirituales que existen en el mundo, creyentes en que la santidad es sinónimo de martirio. Tragedia masoquista, deseada y temida, que inevitablemente ―según muchas doctrinas― habrán de padecer las personas que deseen conseguir las más altas gracias que les promete su religión.

Como vemos, existe más de un argumento para que los miembros de las sectas continúen escondiéndose. Y todavía nos quedan por nombrar las terribles luchas entre sectas, que siempre han sido de una virulencia espantosa entre las más radicales. En Occidente, en la actualidad, aunque la sangre no llega al río, se aprecia una notable violencia soterrada entre sectas o diferentes vías espirituales. Los ataques ya no se efectúan con el filo de la espada, como antiguamente, pero las actitudes agresivas entre ellas continúan siendo extremas: “El sectario del dios de la competencia no es una persona normal, es un demonio que atenta contra nuestra doctrina, contra nuestro dios, que por supuesto, es el verdadero”. Argumentos como éste abundan en las profundidades sectarias de nuestro mundo civilizado. Todavía se pretende descalificar a la competencia con insultos atroces que incitan a una agresividad malsana. La lucha por el poder en los territorios celestiales ha sido muy dura, y sigue siéndolo. La clandestinidad permite un atrincheramiento, un camuflaje entre las sombras de lo desconocido, muy eficaz para desenvolverse en el combate.

El espíritu de la guerra no termina de desaparecer del alma de los sectarios, espíritu de lucha que en ocasiones ni siquiera es consciente, no llega a reconocerse; son otros los argumentos que aducen para seguir escondidos en sus camuflados búnkeres manteniendo a buen recaudo los secretos. Muchos dicen que la profunda sabiduría esotérica resulta peligrosa en manos profanas, y que de poco le servirían esos conocimientos al ignorante pueblo, pues no está preparado para recibirlos, y se corre el riesgo de que sean mal interpretados. Argumento que podemos considerar válido, y al que podríamos añadir algún otro, como, por ejemplo, el mantener bien guardados sus secretos profesionales para evitar que la competencia haga uso de ellos.

La clandestinidad permite a las sectas ocultar parte de sus doctrinas, de sus actividades y de sus rituales, reservando ciertas enseñanzas exclusivamente para los iniciados. El ocultismo tiene su nombre más que justificado. Ya desde la antigüedad, los chamanes y los brujos de la tribu transferían sus conocimientos más profundos de forma oral a los elegidos. Y hoy en día apenas esto ha cambiado. Incluso en las sectas más pacíficas y más altruistas, formadas por personas muy normales, gustan de mantener a buen recaudo todas sus posesiones, en este caso posesiones intelectuales de carácter esotérico místico. Y, como todavía en los derechos de la propiedad intelectual no se incluyen a las iniciaciones esotéricas, la escuela ocultista en cuestión o el gurú de turno, protegen con el secreto sus habilidades didácticas.

Otra de las causas menores de la clandestinidad es el hecho de que las doctrinas sectarias predican elevados virtuosismos para sus miembros, y si muestran abiertamente que son personas muy normales, con sus defectos y sus virtudes, como todo hijo de vecino, su proselitismo podría verse afectado seriamente. Por lo que les resulta conveniente correr un tupido velo sobre algunos de los acontecimientos que suceden en su interior, ya que, como en toda asociación de personas normales, se cometen errores humanos, y, si se descubrieran, desvirtuarían su carisma divino de cara al público.

Otra importante causa de la clandestinidad es la mala prensa que tienen las sectas, tema al que le vamos a dedicar un capítulo aparte.







LA MALA PRENSA



Allá por los años setenta asistí a una reunión internacional de los miembros de una secta de la que yo era adepto. Esta organización tenía por costumbre no informar a la prensa de sus actividades. Días más tarde leía sorprendido en una revista la noticia de nuestra reunión con todo tipo de detalles: ninguno de ellos coincidía con la realidad, habían sido todos inventados, con una imaginación apropiada para la ciencia-ficción, y que nos dejaba a todos los asistentes en ridículo.

Después de aquello empecé a comprender la mala prensa de las sectas. Pregunté por qué no se le daba a la prensa una información detallada de las actividades, ya que no estábamos cometiendo ningún delito; pero se me respondió que daba igual: se les dijera lo que se les dijera, iban a escribir lo que les diera la gana.

Yo, ciertamente, me quedé descorazonado. Cuando una persona está en el interior de una secta es porque la considera un tipo de asociación positiva, y le gustaría informar de los beneficios que ―según su parecer― puede aportar a la sociedad y a los individuos.

Pero cuando uno se da cuenta que se ha metido en una guerra ancestral, entre el sistema dominante y las sectas, toma conciencia de que el proselitismo no es tarea fácil, y que aunque a uno le vaya muy bien con lo nuevo aprendido, no es nada sencillo convencer a los demás de ello: el sistema social vigente actúa como una enorme secta celosa guardiana de sus numerosos adeptos, y hace uso de las artimañas más viles para evitar que ni un solo individuo se salga de su costumbrismo, intentando proteger sus cimientos siempre cuestionados por las sectas.

La manipulación de la información es propia de toda contienda bélica y de toda guerra fría. Tal es la mala fama que el sistema dominante puede dar a sus “enemigos” que puede conseguir que el pueblo los aborrezca aunque se trate de virtuosas personas.

Ha sido tan brutal la cantidad de calumnias que se han publicado en torno a las sectas, y es tal la mala fama acumulada por éstas, que cuando te aproximas a alguna de ellas, y sin ni siquiera darte tiempo de preguntar, lo primero que les oyes decir es: “esto no es una secta”; pretendiendo así liberarse de la mala fama que acompaña a ese calificativo; negando lo evidente.

Nadie debería en nuestros tiempos de libertades avergonzarse de llamar a las cosas por su nombre. No es digno de nuestro nivel cultural esta guerra sucia. Si bien es verdad que la persona con revolucionarias inquietudes esotéricas o místicas ya no tiene ninguna espada que penda sobre su cabeza como en la antigüedad, también es verdad que hoy en día se le presiona socialmente para que no atienda sus inquietudes acudiendo a grupos de estudio y experimentación religiosa. No podemos continuar anclados en el recuerdo de la infinidad de tragedias que las sectas protagonizaron en la Historia, observando sus actividades como residuos de un oscuro pasado.

Los partidos políticos, los estamentos militares y tantos otros tipos de agrupaciones sociales, que en el pasado protagonizaron tantas situaciones dramáticas para la Humanidad, ya son aceptados popularmente. Nuestro nivel cultural ha corregido los errores del pasado y gozamos de una convivencia pacífica entre agrupaciones que antiguamente eran nidos de contiendas dramáticas. Pero ¿qué está sucediendo con las sectas espirituales? ¿Por qué no son aceptadas popularmente? La mayoría de ellas ya no cometen las brutalidades que cometían en el pasado. ¿Quizás se piensa que son innecesarias sus actividades e incluso dañinas? ¿Se les considera un inútil reducto del pasado a extirpar de la sociedad? ¿En nuestras relaciones con ellas manda más el miedo que la razón? ¿No será la mala prensa un racismo encubierto, una agresividad contra el distinto, contra quienes viven de forma diferente a nosotros?

Por mucho que nos empeñemos en borrar del mapa a las sectas a golpe de insultos, me temo que será imposible. Mientras no encontremos respuestas a las grandes preguntas sobre nuestra existencia, mientras nuestro interior siga siendo un gran desconocido, siempre habrá grupos de aventureros dispuestos a surcar los inmensos mares espirituales en busca de respuestas. Fanáticos, muy a menudo, que proclaman a los cuatro vientos su grito de ¡tierra!, anunciador del descubrimiento de su soñado paraíso perdido.

Las sectas tienen tanta razón de existir hoy día como hace siglos. Los mares del alma siguen tan inexplorados como siempre, a pesar de nuestro supuestamente elevado nivel cultural. Aunque pretendamos apartar de nuestra modernidad a las viejas sectas, la espiritualidad esotérica continuará resurgiendo en ellas, produciendo cierta inquietud social, llegando incluso a preocupar a las grandes magnitudes sociales que nos gobiernan.

La política y la economía, dirigentes de nuestro mundo moderno, vigilan con preocupación el resurgir de la religiosidad, de ese poder que las tuvo fuera del primer plano del protagonismo social durante tantos siglos. El materialismo va a defender su poder a ultranza; y aunque sea un poder que no corte cabezas, empleará, y las emplea, todas las armas de las que pueda hacer uso para defender su protagonismo social y a cuantos lo apoyan. La exagerada mala prensa que tienen las sectas, el hecho de que ser sectario sea considerado un insulto, y el atribuir a todos estos grupos en general las barbaridades que haya cometido alguno de ellos en particular, son armas psicológicas que se están usando descaradamente en contra de un tipo de asociación que está pidiendo a gritos ser más reconocida públicamente.

¿No estaremos emprendiendo con las sectas una nueva caza de brujas al estilo moderno? Y por parte de las sectas ¿no existe cierta complacencia en que así sea? La persecución de sus líderes pertenece a un pasado glorioso que les es muy grato evocar, incluso en algunas de ellas se sueña con el martirio como expiación para alcanzar la salvación.

Esta es una situación que no puede mantenerse por mucho tiempo. De hecho ya está empezando a cambiar. Muchas sectas están abandonando su masoquismo y denuncian en los tribunales las injurias que se lanzan contra ellas. Por ello los informadores cada vez tienen más cuidado con lo que dicen.

La gran proliferación de medios informativos también está ayudando a cambiar esta denigrante situación. La competencia conduce a aumentar la calidad del producto. Un gran número de medios informativos están aumentando la objetividad en sus informaciones, y los reportajes sobre las sectas son de mayor calidad.

Esto nos puede llevar en un futuro no muy lejano a que podamos llamar a las cosas por su nombre, a que una secta no se avergüence de ser llamada así, y a que los ciudadanos no nos tengamos que enterar de que nos hemos metido en una secta después de llevar varios años en ella.





LA EVOLUCIÓN DE LOS DIOSES



En la infancia de la Humanidad, cuando todavía no habíamos desarrollado el intelecto, el hombre antiguo vivía en un mundo lleno de grandes misterios, no conocía como nosotros conocemos el porqué de gran parte de lo que nos rodea. Probablemente, para él, desconocedor de toda ciencia, todo existía y funcionaba por arte de magia. Y, naturalmente, cuando hay magia, también tiene que existir un mago o unos magos que la realicen; y, si esos magos no se ven, entonces se intuyen, o se inventan; invisibles espíritus, poderosas entidades que mueven los hilos de las marionetas del teatro del mundo: dioses.

Si pudiéramos viajar en el tiempo, probablemente veríamos al hombre primitivo dar gracias a un árbol, al espíritu del árbol o al dios de los árboles, por el sencillo hecho de que las frutas, cuando maduraban, caían a sus pies. Naturalmente, la creencia en esta magia sólo duró hasta que Newton descubrió que las manzanas no caían de los árboles por ninguna gracia divina, sino que llegaban al suelo debido a la fuerza de la gravedad.

Hasta que las ciencias nos fueron dando esas explicaciones, que tranquilizan nuestras ansias de entender los misterios de la vida, los espíritus invisibles o los dioses fueron la única explicación que podía darse el hombre a las misteriosas fuerzas que movían los hilos de su vida y de todas las cosas de su entorno.

Y no estamos hablando de algo que sucedió hace muchos miles de años, esto mismo continúa sucediendo ahora: todos los misterios que todavía limitan nuestro saber son aprovechados por las mentes religiosas para implicar a los dioses en ellos. Hasta que reciben un jarro de agua fría, cuando las ciencias descubren que aquello no sucede por voluntad divina sino por una ley natural que actúa con una sorprendente precisión matemática. No es de extrañar que la mayoría de los científicos no sean personas religiosas, y que la mayoría de las personas religiosas sean poco aficionadas a las ciencias. Por esta razón, los dioses o espíritus, engendrados por el hombre antiguo, se mantienen vivos hasta nuestros días en aquellas sociedades de bajo nivel científico, países subdesarrollados frecuentemente. Hoy todavía podemos observar como en los rituales de los chamanes, en la macumba, y en el vudú, o en creencias semejantes, populares en dichos países, invocan a esos ancestrales espíritus y se relacionan con ellos.

Dioses que nacieron cuando los grupos sociales fueron tribus y el contorno más habitual con el que se relacionaba el hombre fue la Naturaleza, razón por la que sus cultos eran de carácter animista. Las deidades más comunes de esas gentes fueron los espíritus de la Naturaleza: la gran madre tierra, el dios sol, el poderoso dios del trueno, del rayo y del fuego, el espíritu de las aguas; y cada especie animal y cada planta tenían su espíritu que les daba vida y gobernaba su destino. Su representación física se resumía al fetiche o al tótem, y el encargado más directo de comunicarse con ellos era el brujo o el chamán.

Pero cuando los poblados se convirtieron en ciudades, el hombre dejó de relacionarse íntimamente con su entorno salvaje, y los espíritus de la naturaleza empezaron a pasar a un segundo plano, eclipsados por unos dioses más deslumbrantes, más sofisticados y más poderosos, afines con la nueva grandeza social, representantes de las nuevas circunstancias psicológicas que rodeaban la existencia de los hombres. Las grandes agrupaciones humanas engrandecieron a los dioses, su grandeza era la representación espiritual del poder y de la gloria de las nuevas civilizaciones que se extendieron por toda la antigüedad; sus monumentales templos y sus enormes ídolos así lo atestiguan.

En los escenarios celestiales emergieron dioses representantes de las nuevas aperturas espirituales: dioses de amor, de la guerra, del placer, de la sabiduría, del arte, del sufrimiento y de las pasiones, del bien y del mal. Así se perdía contacto con cada elemento de la Naturaleza pero se ganaba en amplitud en la invocación de gracias. Cuando el hambre apretaba, ya no era necesario invocar al espíritu del animal que se deseaba cazar para conseguir comida, ahora se invocaba a la entidad divina que gobernaba a toda caza para conseguir sus favores y llenar los estómagos. La mente humana se expandía espiritualmente; y, de paso, los chamanes y los brujos también se engrandecían, convirtiéndose en sacerdotes o sacerdotisas representantes de deidades mayores.

Con estos nuevos dioses, llamémosles psicológicos, entraron en escena otros de índole superior, todavía más espirituales, más poderosos y más divinos, que gobernaban sobre los demás dioses que ya se habían quedado pequeños. En Grecia, en Egipto, en Mesopotamia, en el imperio incaico, en la India, y por toda Asia, se alzaban templos y más templos de deidades supremas que tenían a su servicio a las demás deidades menores. Ya no era necesario invocar a cada una de las deidades que satisfacían cada una de nuestras necesidades, con solicitar las gracias de uno de esos grandes dioses se conseguía comida, casa, riquezas y bienestar. La mente humana continuaba “progresando”; y los sacerdotes también, pues su poder ya abarcaba todo, incluso el poder político.

En torno a esos poderosos dioses crecieron las sociedades y se formaron grandes pueblos. Las luchas por el poder dejaron de ser entre tribus, se convirtieron en guerras de gran magnitud, entre imperios, y los grandes dioses se pusieron a prueba. Cuando se perdía una batalla, el pueblo perdía la fe en el poder de sus dioses y en sus sacerdotes. Por lo que era esencial poseer los favores de los dioses más poderosos. Era esencial hacerlos crecer hasta que alcanzasen el tamaño supremo, hasta que se hicieran infinitamente grandes, totalitarios, omnipresentes y omniscientes, insuperables, insustituibles por otros dioses. Vamos, el no va más: infinitamente poderosos, invencibles, creadores de todas las cosas: del universo, de los cielos y de los infiernos, incluso creadores del hombre que los había inventado.

Mas toda invención suele llevar en alguna parte el sello de su creador, y a estos dioses, exceptuando su exagerado tamaño, los creó el hombre a imagen y semejanza suya: dioses creadores y destructores, dioses llenos de amor y de ira, dioses llenos de compasión y de castigos infernales; dioses llenos de las dramáticas contradicciones humanas.

La Humanidad lleva miles de años adorando a estos dioses. Su larga permanencia en el tiempo se explica debido a su doble función: no sólo sirven a sus seguidores para vivir lo sagrado y explicarse el sentido de la vida, también son temibles armas de guerra de terrible eficacia, armas psicológicas de aterradora efectividad en las contiendas bélicas.

El creyente en este tipo de dioses no considera al infiel enemigo como a un igual que adora a otro dios diferente al suyo, porque no puede existir otro dios que el suyo (así lo afirma toda religión monoteísta), por lo tanto, el enemigo es un infiel que ya está condenado, sin ningún dios que lo apoye, derrotado antes de ser vencido, objetivo de la ira infinita e infalible del dios propio. Esta anulación total de adversario, y la promesa del paraíso para el creyente que cae en el combate, convierte al soldado religioso en un vencedor eterno salga o no salga victorioso.

Cuando todavía los armamentos no eran tan sofisticados como lo son en la actualidad, esta terrible arma psicológica propició una sorprendente expansión de las sectas que la utilizaron, llegando a convertirse en religiones universales. Y cualquiera de ellas podría haber ostentado el gobierno de todo el planeta, de no ser porque esta poderosa arma fue utilizada por diversos contendientes simultáneamente, lo que produjo un equilibrio de fuerzas durante muchos siglos que evitó un gobierno totalitario universal. Recordemos los más de mil años de contienda entre moros y cristianos.

En nuestros tiempos, estas doctrinas todavía continúan en su fanatismo bélico como hace siglos, en especial en los países subdesarrollados. Porque en cuanto el desarrollo industrial alcanza a los países, y los cañones demuestran reiteradamente que son más potentes que los dioses omnipotentes, la fe religiosa comienza a decaer, los sacerdotes representantes de los dioses son apartados del gobierno de los pueblos y sustituidos por los representantes de los poderes económicos, políticos y militares, que aunque no gobiernen tan divinamente como ellos, no lo hacen del todo mal.

No vamos a afirmar que fue exclusivamente la ambición competitiva, o las luchas por el poder, lo que produjeron esta evolución en el concepto divino; podríamos sospechar que el crecimiento de la grandeza divina fue también consecuencia del propio crecimiento de la grandeza del ser humano. Todo parece indicar que son los cambios en los hombres los que causan la evolución en los dioses. Aunque los creyentes no estarán de acuerdo conmigo. Para ellos, sus dioses son eternamente estables; es el hombre el que cambia su visión de ellos. Algo con lo que no estamos de acuerdo, pues ya hemos vivido tantos cambios en los dioses que uno no puede sino sospechar que son producto de la mente humana, ya que sufren una evolución pareja a la nuestra. Pues no solamente el hombre cambia la grandeza de sus dioses según se va engrandeciendo su conciencia, es que también cambian otras características de las deidades según cambian las circunstancias de los hombres. Y, además, son habitualmente los cambios sociales los que preceden a los cambios en los dioses, lo que nos demuestra que es el hombre quien cambia los escenarios espirituales según le va en la vida. Para muestra, baste observar cómo continúan evolucionado los dioses en la actualidad.

Las décadas de paz que llevamos disfrutando las naciones del mundo moderno están empezando a provocar nuevos cambios en el concepto divino. Los dioses occidentales se están convirtiendo de la noche a la mañana en seres mucho más pacíficos. Incluso el tan venerado dios infinito occidental está cambiando en ese sentido, reduciendo sus habituales maldiciones infernales contra los infieles. Y en los movimientos espirituales más modernistas, la competencia entre sectas o vías religiosas no se centra en el tamaño de los dioses, ya no se lleva presumir de ser devoto del dios que tiene los atributos más grandes, pues las cualidades de infinitud que les aplicamos hace siglos nos impiden hacerlos crecer más; ahora el espíritu competitivo se centra en la calidad de esos atributos.

La evolución de los dioses se encuentra en un momento fascinante: Protegidos por nuestros ejércitos ya no necesitamos dioses que nos defiendan ni machaquen al enemigo, (las bombas atómicas lo hacen mucho mejor). Ahora se están creando en las cámaras ocultas de las sectas bocetos de dioses mucho más pacíficos que no incluyen en sus creaciones demonios, infiernos, ni penosos castigos. Son dioses sin ira, tan infinitos y totalitarios como los anteriores, pero sin el terrible aspecto de intransigentes justicieros; dioses todo amor y sumamente permisivos. Ya no es necesario un dios que sirva de arma arrojadiza sobre los infieles. Éste es un cambio que está comenzando a emerger.

Ya era hora de que se empezase a dudar de la incongruencia que supone concebir una entidad infinitamente amorosa y misericordiosa, y a la vez creadora de los mayores tormentos que el hombre pudo imaginar.





LAS SECTAS Y LA POLÍTICA



Los gobernantes de los países han de tener muy claro que la mayoría de las sectas aspiran a gobernar el mundo, es éste un temible sueño místico que debe de mantener en guardia a todos los dirigentes de los diferentes estamentos sociales, especialmente en aquellos países cuyos ciudadanos hemos elegido ser gobernados por gobiernos aconfesionales. La “poderosa armonía espiritual” que se vive en el interior de las sectas siempre tiende a expansionarse mientras no encuentre la suficiente resistencia que lo evite. Es frecuente que el sectario, o la persona religiosa, sueñe con extender por toda la Tierra su doctrina liberadora, o coronar como rey del mundo a su salvador particular, y crear así un poderoso fanatismo opresor de la libertad humana.

La Historia de la Humanidad está llena de casos donde hemos podido observar la temible y poderosa efectividad que surge de la combinación de la espiritualidad con la política. El ejemplo más espectacular lo encontramos en el antiguo Egipto, donde durante milenios la mística y el poder dirigente se aunaron en la figura del faraón, gobernante y dios a la vez. Combinación que resultó ser muy efectiva a la hora de mantener en pie a los grandes imperios. Fueron innumerables civilizaciones las que convirtieron en dioses a sus gobernantes; pero este título digamos que casi siempre lo ostentaban de forma honorífica, no había necesidad de que el emperador fuera en realidad una persona muy espiritual para convertirlo en dios. De la misma forma que se colocaban la corona del reino como muestra de su poderío terrenal, hacían otro tanto con la corona celestial, como si de un honor o medalla divina se tratara. Sin embargo, en Egipto, era donde se lo tomaban más en serio, quizás por ello resultó ser una civilización tan extraordinaria y tan duradera. La función primordial de los sacerdotes se centraba en fomentar la divinización de los faraones, los grandes templos egipcios no fueron erigidos para culto del pueblo, como en otras civilizaciones. Esos monumentos sagrados, incluyendo a las pirámides, eran lugares de sacralización exclusivamente de los faraones; exceptuando a los sacerdotes, el pueblo no tenía acceso a ellos. Fue una civilización que se tomó muy en serio la soñada metamorfosis de convertir al hombre en dios. Meta que no consiguieron del todo, pues sus adorados hombres dioses, sus inmortales faraones, acabaron hechos unas momias.

En la antigüedad era habitual que los poderes religiosos cohabitaran con los poderes políticos, económicos y militares. Y al parecer resultó muy eficaz la fórmula de fundir todos esos poderes en una sola persona, el rey dios fue durante milenios la figura ideal para representar a un país o a un imperio. Por ello la competencia por el poder social entre sectas religiosas siempre fue sangrienta, pues no estaban en juego únicamente los poderes del cielo, sino que también entraban en disputa los poderes de la tierra. La Historia nos habla de la enorme brutalidad con la que resolvían sus desavenencias. Las diferencias religiosas entraban muy a menudo en sangrienta competencia bélica. Los grupos o sociedades sectarias se demostraban entre sí que su dios era el mejor cuando les ayudaba a vencer en las batallas a sus enemigos, a machacarlos a ellos y a sus deidades. El Islam todavía mantiene su filosofía de guerra santa. Y en países del tercer mundo los asesinatos se suceden sin piedad como castigo para quienes contradicen la ley divina que defiende la secta asesina en cuestión. Y las luchas entre los brujos de diferentes tribus o entre chamanes, tanto en África como en Centroamérica o Sudamérica, siempre han sido de una virulencia espiritista espantosa. Los intereses políticos o económicos casi siempre han estado unidos a los intereses religiosos, esto ha creado unas luchas por el poder extraordinarias, de un fanatismo brutal.

Hoy en día, todavía quedan países en los que su máximo dirigente espiritual es a la vez el máximo dirigente político. Estos dos aspectos unidos en un gobernante le otorgan un extraordinario poder de influencia sobre su pueblo. Pero, en general, esta excepcional situación ya ha pasado a la Historia, sobre todo en los países occidentales dejó hace muchos siglos de existir. Mas lo que no termina de desaparecer definitivamente es la influencia soterrada del sectarismo religioso en la política. Los dioses o

La consigna:
Mantener la Dignidad, la Fe, la Esperanza, el Respeto y el Honor. A traves de la Sabiduria, la Serenidad, la Sensibilidad y la Sencillez. regresar al Origen.

Los seres humanos son libres excepto cuando la humanidad los necesita.
ORSON SCOTT CARD
17-Oct-2009 08:58 PM
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Paseo por el interior de las secta
CONSUELO PARA LOS DESENCANTADOS DE LA VIDA



Lamentablemente, es muy pequeño el porcentaje de individuos que entran en una secta buscando esencialmente conocimiento. En la mayoría de los casos se trata de personas desconsoladas, desengañadas de la vida, que buscan una forma de vivir alternativa. En los casos más extremos se trata de personas muy resentidas con la sociedad, introducidas en la secta para llevar a cabo su venganza particular contra el sistema social vigente.

No vamos a detallar la infinidad de frustraciones que pueden incitar a una persona a buscar una nueva vida en las sectas. Únicamente indicar que las más abundantes son de tipo emocional. Si sabemos que en nuestro mundo falta amor, no nos extrañaremos de que haya personas dispuestas a introducirse en otros mundos en búsqueda de una mayor felicidad. Y nada mejor que elegir los universos espirituales que anuncian las sectas, donde ―según ellas― se vive armonía, amor y paz a raudales.

A pesar de ser frecuente una actitud de búsqueda desesperada, es poco recomendable para iniciarse en una andadura por el interior de las sectas. Cuando uno huye del mundo en el que vive, en realidad, la mayoría de las veces, está huyendo de sí mismo. Los cambios de lugar pueden distraer por un tiempo, pero no solucionan el problema. Un principiante, puede permanecer años distraído con las novedades de la secta que acaba de conocer, sin darse apenas cuenta de dónde se ha metido. Las nuevas experiencias embriagadoras vividas en su nueva sociedad, cambiar de dios, de rituales religiosos y de doctrina, es un proceso muy largo y ciertamente entretenido. Mientras esto sucede, la persona desencantada de la vida se mantiene distraída por la novedad del cambio y por las prometedoras expectativas de su futuro; pero, cuando las novedades dejan de serlo, y muchas de las grandes promesas sectarias no llegan nunca, uno se suele encontrar en una situación semejante o peor de la que huía cuando se introdujo en la secta.

Cambiar de sistema de vida, por muy convencidos que estemos de su beneficio, apenas nos cambia a nosotros. Son muy pocas las sectas que enseñan a asumir su responsabilidad al individuo en todo lo que le sucede. Muchas personas que buscan la paz por los caminos espirituales, lo hacen intentado cambiar su mundo exterior, su entorno social, introduciéndose en una secta que le vende la tranquilidad espiritual. A quienes tienen grandes frustraciones en el ambiente familiar, la secta les ofrece la oportunidad de integrarse en una nueva familia, grupo de grata convivencia donde, todos sus miembros unidos como una piña en un propósito común, de buenas intenciones (que nadie deberá poner en duda), rezarán juntos e invocarán la presencia de sus dioses particulares que les llenarán de paz. La experiencia religiosa, ya venga de un dios o de otro, siempre resulta gratificante. Si los miembros de las familias en crisis realizaran con sus familias los mismos rituales que practican en las comunidades religiosas o sectas, como ―por ejemplo― rezar reunidos, no tendrían necesidad de permanecer afiliados a ningún otro grupo para encontrar la paz que andan buscando. Pero, como los rencores familiares suelen intensos en las familias con problemas de convivencia, este tipo de situaciones acaban resolviéndose eligiendo una nueva familia que ofrece grandes esperanzas de felicidad. Aunque, más tarde, en cuanto los rituales pacificadores del espíritu se hagan monótonos y pierdan efectividad, es muy probable que a la persona que albergaba grandes esperanzas con su nueva familia no le vayan las cosas mucho mejor que antes, pues sus patrones de comportamiento le llevarán a sufrir el mismo drama del que huía, incluso su situación habrá empeorado por haber perdido a su auténtica familia y amigos que ahora difícilmente podrá recuperar.

Así que el sectario que buscó en la secta consuelo, puede acabar a la larga más desconsolado que estaba al principio; pero, claro, ahora las causas de su desdicha ―aunque sigan siendo las mismas― él las verá diferentes. Ahora ya no achacará sus males a su nueva familia. La secta se encargará de dejarle bien claro que ni él, ni ella, ni ninguno de sus afiliados son responsables de su propia infelicidad, sino que son los poderes del mundo, los gobernantes, el sistema social, o los demonios, quienes tienen la culpa de sus males.

No voy a asegurar que en el cien por cien de los casos suceda de esta forma. El efecto terapéutico de muchos de estos grupos resulta innegable, pero lo dicho sucede muy a menudo.

Elijo ejemplos típicos, algo extremos, como prototipos para mis exposiciones, primero porque en realidad están sucediendo, y segundo para denunciar con la suficiente claridad el tipo de males que puede llegar a sufrir el aficionado a las sectas. Son ejemplos que, aunque habitualmente no resulten tan extremos, servirán de información suficiente como para poder evitarlos.

En realidad, quien busca una alternativa en los mundos sectarios, lo hace impulsado por varias causas: aumentar su saber, mejorar su salud, encontrar nuevas vivencias, etc., y, también, habitualmente, por estar desencantado de la vida. En este capítulo estamos hablando de la peligrosidad que supone entrar en el mundo de las sectas cuando ese desencanto es precisamente el impulso más importante que nos lleva a tomar esa decisión. Cuando es así, resulta muy conveniente, incluso lo más adecuado, acudir a un buen psicólogo. La Psicología (aunque no es tan perfecta como la perfección divina predicada en las sectas) es una de las formas más serias de estudiar al ser humano, y puede ayudarnos a resolver muchos de los problemas de nuestra vida. De hecho, considero indispensable una mínima base del conocimiento de esta ciencia para quien desee introducirse en una secta. Habiendo abandonado hace años la euforia radicalista de sus principios, la Psicología se ha convertido en uno de los métodos de estudio más equilibrados, profundos y objetivos de la mente humana. Capaz de reconocer sus propias limitaciones, sus conocimientos pueden llegar a aclararnos cuál es la verdadera intención oculta que perseguimos al entrar en una secta, y también ayudarnos a descubrir algunas de las intenciones ocultas de esas santas hermandades.

Antes de dar un paso para buscar consuelo en una secta, la Psicología nos puede ayudar a comprender por qué estamos desconsolados y a superarlo. Y si es el ansia de nuevos conocimientos lo que nos impulsa a entrar en una secta, es igualmente recomendable un básico conocimiento de esta ciencia. Así nos evitaremos muchos problemas. Es muy arriesgado empeñarnos en aprender fuerzas ocultas sin conocer los impulsos básicos de nuestra mente que hace décadas nos descubrió la Psicología.







EL TURISMO



Los miembros de las sectas necesitan reunirse como necesita el agua un sediento; por lo tanto, cuando no conviven en un mismo lugar, tienen que viajar cada vez que desean agruparse. Desplazamientos que realizarán lo más a menudo posible, pues su vitalidad espiritual se basa en gran medida en la fuerza del grupo. Cuanto mayor sea el número de individuos agrupados en sus reuniones, y cuanto más frecuentes sean éstas, mayor sentirán su poder. El grado de fe en su especial creencia espiritual aumenta o disminuye en proporción directa con el número de fieles que la sigan; de ahí que necesiten desplazarse para formar aglomeraciones lo más numerosas posibles donde compartir sus ideologías y experiencias, practicar sus rituales o, sencillamente, reunirse en torno al dirigente, predicador o maestro.

Esta actividad viajera puede llegar a considerarse por quienes la observan de afuera como una envidiable actividad turística. Muchas personas se sienten atraídas por algunas sectas por los viajes que éstas realizan, deslumbradas por la actividad de cariz vacacional, seducidas por el espíritu modernista del turismo. Pero el viajar sectario tiene muy poco de viaje de placer turístico, así como tampoco es una actividad moderna; hace miles de años que existe, desde que se formaron las primeras sectas y los miembros de cada una de ellas no habitaban en un mismo lugar.

La secta organiza sus viajes con determinados propósitos enfocados en sus actividades de grupo, y en muy contadas excepciones deja algún pequeño espacio de tiempo para el turismo.

Yo he recorrido medio mundo y no he visto ni un uno por ciento de lo que hubiera llegado a ver si esos viajes hubieran sido turísticos. Cierto es que mi delicada salud me permitía a duras penas seguir los apretados programas diarios de actividades sectarias, y no me podía permitir el lujo de realizar algún escarceo turístico en horas extras; sin embargo, en especial los jóvenes, no se resistían a la tentación de conocer esos nuevos lugares donde se desarrollaban las actividades comunales, se saltaban algunas convocatorias o utilizaban las noches para salir a conocer el nuevo país. Después nos enterábamos los demás de que así había sido porque o no asistían a las meditaciones matutinas, o, si asistían, se quedaban dormidos en el intento meditador; sueño que no les venía nada mal, porque, probablemente, a lo largo de la mañana, les evitaba el oír alguna que otra reprimenda de algún dirigente conferenciante que ya sabía donde habían pasado la noche anterior. El descarado atrevimiento juvenil era censurado por los más veteranos en el seguimiento de la doctrina, para quienes, fuera de la sociedad sectaria, en el mundo, no hay nada que merezca la pena ver. El turismo para ellos es otra tentación mundana más que nos distrae del cultivo de nuestra espiritualidad.

Solamente los lugares santos se libran de ser calificados como lugares de perdición, hacia ellos está permitido el turismo religioso, semejante al turismo que todos conocemos, con la notable diferencia que no son cómodos viajes de vacaciones, sino que son recorridos expiatorios, llenos de sacrificios. Peregrinaciones que se harán por caminos santificados, sagrados, a poder ser andando o en burro, como lo hicieron los santos o los profetas; caminar que nos concede gracias extraordinarias, más aún si lo hacemos descalzos, o, como en el tercer mundo, en ocasiones de rodillas.

En la India abundan esas rutas sagradas, las más importantes son elegidas simultáneamente por diversas vías religiosas universales y sectas, como sucede en Europa con el camino de Santiago, y en el mundo árabe con las peregrinaciones a la Meca.

Existe un tercer tipo de “turismo” todavía más sufrido que los anteriores, se trata del viajar del misionero. Toda gran religión o pequeña secta incluyen entre sus miembros a estos predicadores, son los encargados del proselitismo, de extender la palabra de dios ―la que corresponda en cada caso― por todo el mundo.

En Occidente está siendo sustituido este tipo de turismo misionero por un nuevo proselitismo. La moderna tecnología de los medios de comunicación permite que los mensajes salvadores lleguen a tierra de infieles sin necesidad de que los predicadores se muevan de sus lugares de residencia. El predicador puede entrar en casa del infiel sin ni siquiera llamar a la puerta, todo un logro modernista. En Estados Unidos y en toda América están causando furor este tipo de predicaciones por las diferentes cadenas televisivas, púlpitos frecuentados por diversos predicadores. Aunque en ocasiones cada uno tiene su cadena particular, o cada cadena tiene su predicador particular, para evitar que desde un mismo púlpito no se prediquen mensajes salvadores que condenen a otros predicadores de la misma cadena televisiva; si se condenan los mensajes de otra cadena, eso no importa, incluso está bien visto. (A la competencia hay que hundirla, si es posible hasta los infiernos).

Las subvenciones a las misiones siempre han sido una carga para las arcas de las comunidades religiosas; pero, ahora, con el auge de las predicaciones televisivas, si los índices de audiencia son elevados, no sólo dejan de ser una carga, sino que pueden llegar a ser una considerable fuente de ingresos. No cabe duda de que el marketing de las empresas mundanas está contagiando a las empresas divinas.

Sorprendente es el cambio que están experimentando las finanzas en torno a las actividades misioneras. Sin embargo, la financiación de los viajes del peregrino no está sufriendo cambios importantes. La devoción hacia los santos o los dioses hechos hombres lleva al creyente a imitarlos en lo posible, y como todos vivieron en épocas de miseria, o tenían votos de pobreza, suele resultar un turismo de lo más económico. Los diferentes países, por donde transcurren esas santas peregrinaciones, tienen preparadas a tal efecto las infraestructuras de alojamiento y alimentación necesarias, para atender las necesidades mínimas de los peregrinos, a precios muy baratos o incluso gratis.

La financiación de los viajes destinados a reunirse suele efectuarse de forma individualizada; pero, para atender a quienes no tienen los medios económicos suficientes para pagarlos, se usan diferentes sistemas de apoyo según la secta de que se trate. Ya sea a través de un fondo común, de la caridad de algún miembro adinerado, o de préstamos que se realizan entre sectarios sin intereses (la usura no encaja en el espíritu de la virtud); ya sea de una forma o de otra, pocos se quedarán en tierra sin emprender los vuelos que los llevarán a disfrutar de sus gozosas reuniones nacionales o internacionales. Y es que cualquier sectario quedaría descorazonado si uno de sus “hermanos” por falta de dinero no puede asistir al evento esencial para su salvación, y para la salvación del mundo.

Yo estuve quince días en Miami beach en un hotel de lujo sin pagar nada, ni siquiera pagué el viaje desde Europa. Me encontraba sin trabajo en aquella época. La organización de la secta en la que me había metido se encargó de todo, hasta de mi sustento. No sé cómo lo hacían. Uno terminaba por creer a la fuerza en la gracia de dios.

De todas formas, no suelen ser caros los viajes de grupos sectarios. En los casos de fuertes organizaciones internacionales, las agencias de viajes se los rifan por llevarse la contratación de sus desplazamientos, ofreciéndoles precios muy baratos, y en muchos casos es la misma secta la que ya tiene creada su propia agencia de viajes. Las ciudades escogidas para los eventos suelen ser turísticas, con alta capacidad hotelera. Las reuniones se realizan en temporada baja, lo que todavía reduce más los precios, y permite que las agencias de viajes hagan su agosto fuera de temporada. Los vuelos internacionales también suelen salir a precios tirados, incluso en ocasiones se fletan vuelos chárteres para estos acontecimientos.

Forzadas por la tremenda competencia, las sectas están disminuyendo la férrea disciplina de que siempre han hecho gala, esto puede dar lugar a que no exista un riguroso control de asistencia a las convocatorias de reuniones internacionales en el lugar o país elegido para los reencuentros, por lo que más de un sectario, de dudosa lealtad a las directrices doctrinales, puede que se salte a la torera el apretado programa de actos y caiga en la tentación de dedicarse a hacer turismo. Como he comentado, me ha tocado ser testigo en varias ocasiones de este hecho, y en personas que no habían pagado el viaje ni la estancia.

Paseando por el interior de las sectas uno descubre asombrado que se pueden encontrar tantos casos en los que la secta se está aprovechando de sus adeptos, como casos de adeptos que se están aprovechando de las sectas.

No es infrecuente encontrar personas que se aprovechan del espíritu de servicio de las sectas para un beneficio propio poco ortodoxo, buscando en ellas la máxima ganancia posible. Solamente hay que tener muy claro que es lo que se desea conseguir y cuanto se está dispuesto a pagar por ello. Si uno va con la idea de conseguir mucho a cambio de nada, puede lograrlo, no es un negocio imposible en el mundo esotérico (las sectas están acostumbradas a los milagros). En su seno se puede conseguir gratis una visita turística a los antípodas. Solamente hay que echarle un poco de cara al asunto.





CREER O NO CREER, DOS EXTREMOS DE UNA VARIABLE



Los grandes errores cometidos en los ambientes espirituales siempre vienen apoyados por un notable extremismo intelectual. La fe ciega, exigencia de muchas doctrinas, es una forma de reducir nuestra capacidad de pensar a su mínima expresión. La inteligencia de los individuos siempre ha tenido problemas de ser aceptada por los seguidores de la sabiduría divina. La verdad religiosa es una realidad revelada donde nuestra inteligencia no toma parte ni concierto excepto para creer o no creer en ella.

La inutilidad de la inteligencia humana ante la suprema inteligencia divina ha sido el principal argumento, enarbolado por las religiones en el curso de la Historia, para relegar el talento de los individuos a un nivel mezquino. No cabe duda de que la inteligencia de nuestros antiguos era muy a menudo semejante a la de los animales, sus animaladas demostraban que necesitaban de dios para elevar su condición de humanos (aunque bajo la potestad divina también se realizaran animaladas semejantes).

Pero la evolución de la inteligencia humana es incesante, y en las últimas décadas se está produciendo un cambio notable, el grado de calidad del pensamiento humano está alcanzando un poder de síntesis extraordinario gracias al minucioso análisis científico. Las posiciones extremistas ya están siendo erradicadas de nuestra cultura. El desarrollo intelectual del individuo medio de nuestra civilización occidental ya permite algo más que pensar en blanco y en negro.

Sin embargo, a este cambio le está costando llegar a la dimensión espiritual, a nuestro evolucionado intelecto todavía no le hemos dado opción de desenvolverse en ella. Los temas del alma siempre han sido tabú para la mente (y continuarán siéndolo si no le ponemos remedio). Argumentos como que es un esfuerzo inútil intentar comprender con nuestro limitado entendimiento a la suprema sabiduría divina, han de ser cuestionados si queremos que nuestra inteligencia se desenvuelva en el ámbito del espíritu. En el resto de los ámbitos sociales o científicos ya nos desenvolvemos con cierta libertad; mas el ámbito intelectual se ha apartado de las dimensiones espirituales, no es habitual que nos inviten a estudiarlas, incluso nos aconsejan que no lo hagamos, es un peligroso territorio propiedad de los poderes celestiales, y, por qué no decirlo, de sus representantes aquí en la Tierra.

No obstante, el tan temido encuentro de la inteligencia humana con la divina ya ha comenzado a suceder, es inevitable por mucho que se califique de imposible. El hombre ha de vivir en su integridad personal todo el abanico de posibilidades capaz de experimentar. Y su ancestral naturaleza religiosa empieza a tener que convivir con su nuevo desarrollo intelectual. Éste es un proceso que se está produciendo lentamente. Ya no podemos continuar considerando al intelectual como persona no grata en los ambientes religiosos, ni a la persona religiosa como individuo no grato en los ambientes intelectuales. No sólo estamos obligados a convivir; la persona intelectual tiene una dimensión religiosa que no tiene porqué despreciar, y la persona religiosa de nuestros días tiene una dimensión intelectual que no tiene porque apartar de sí, si así lo desea.

Este capítulo es un inciso que considero necesario en el desarrollo del presente estudio. Los temas que aquí vamos a tratar siempre han sido objeto de duros extremismos que han nublado la objetividad de los hechos. Incluso al tratarlos actualmente surge la tentación de volver a caer en esos fanatismos. En las dimensiones esotéricas del espíritu, nuestra mente cataloga por inercia todos los datos que recibe en posturas extremistas; es la forma más cómoda que siempre ha utilizado para catalogar unos hechos cargados de misterios y para no perderse por las sutiles dimensiones del alma. Y, si no le obligamos a pensar en matices o en grados de probabilidad, continuará haciéndolo de esta manera.

En el ámbito de las ciencias hemos necesitado realizar ese esfuerzo para alcanzar el grado de desarrollo científico que hoy disfrutamos. Hoy en las ciencias todo se mueve respecto a diferentes variables. No existen ni siquiera unas sólidas magnitudes donde apoyarse. Incluso la inmutable realidad de las magnitudes más sólidas de la física fueron cuestionadas por la teoría de la relatividad de Einstein. Los fanáticos extremismos hace años que fueron desterrados del ámbito científico por la diversidad que abarca la amplia visión de las ciencias.

Aún así, todavía quedan residuos del fanático extremismo científico intolerante con todo aquello que no es ciencia. El intolerante escepticismo sobre los temas esotéricos en los ámbitos científicos es por desgracia todavía algo corriente. No es digno del desarrollo intelectual de algunos científicos la brutal descalificación que habitualmente hacen sobre todo lo concerniente a las ciencias ocultas o la religiosidad. Es éste un fanatismo sustentado en el mismo ciego apasionamiento que el fanatismo de los creyentes. Las ciencias todavía no han dado repuesta a las grandes preguntas transcendentales que de siempre se ha hecho el hombre, y ―mientras esto siga siendo así― habremos de ser tolerantes con quienes se atreven a contestarlas, aunque no tengan base científica alguna. Sin necesidad de dar la razón al mundo esotérico, una tolerante postura intermedia sería muchos más recomendable.

Como también sería conveniente empezar a desterrar de los ámbitos espirituales los extremismos intelectuales, fanatismos opuestos entre creer o no creer. Ya seamos creyentes o no creyentes, deberíamos remitirnos a los hechos, a lo que está sucediendo, para poder empezar a estudiarlo fríamente. En el mundo de las sectas se producen fenómenos extraordinarios que nos obligan a tener la cabeza fría si no queremos caer en juicios apresurados. En este capítulo me atrevo a pedirle al lector que haga ese esfuerzo. Yo soy el primero que lo he de realizar. A partir de ahora me veo en la obligación de empezar a relatar fenómenos extraordinarios habitualmente desconocidos. No pretendo con ello enfatizar ninguna creencia o doctrina, me remitiré sencillamente a los hechos y a denunciar ―como ya lo estoy haciendo― las manipulaciones que de ellos siempre se han hecho o se siguen haciendo. Una cierta influencia de la fría objetividad del método científico nos ayudará a seguir adelante con este estudio. Ni siquiera pido que se me crea o se me deje de creer, si no que se tome nota fríamente de los datos que ofreceré. Creer o no creer son dos extremos de una variable con infinidad de posiciones intermedias. Cuantos más datos obtengamos que apoyen la existencia de un fenómeno, más nos aproximaremos a considerar su existencia real y a creer en ello, y cuantos más datos tengamos que niegue su existencia, más dejaremos de creer en ello. Pero nunca deberíamos de utilizar los extremos, la relatividad en el mundo de la mística es mucho más notable que en el mundo de la física. Podemos llegar a creer con cierto grado de seguridad en algo, mas es aconsejable siempre una pizca de sano escepticismo; y viceversa, si no creemos que algo pueda existir, sería recomendable al menos poder admitir una ínfima probabilidad de su existencia mientras haya quienes la defiendan.

Una buena gimnasia mental para los aficionados a la incredulidad es informarse sobre los fenómenos paranormales que estudia la parapsicología. Y para los aficionados a creérselo todo, solamente recordarles el viejo axioma místico que nos dice que todo es una ilusión.







LA EXPERIENCIA MÍSTICA Y EL FANATISMO



El fanatismo, en el mundo del ocultismo, lo encontramos tanto en el obseso creyente como en el obcecado detractor que niega por sistema todo lo que los creyentes predican como verdad. El fanático escéptico califica indignado de obsesos y autosugestionados a los creyentes, menospreciando las intensas vivencias y toda la gloria que éstos pregonan a los cuatro vientos, justificando su incredulidad por el bajo nivel científico de las explicaciones que los creyentes dan a sus experiencias.

Como los causantes de esta abrumadora guerra de pasiones son los creyentes, pues es en ellos donde primero se genera la actitud extrema que inicia el baile del enfrentamiento, vamos a centrarnos en intentar comprender cómo se produce en ellos el fanatismo, dispuestos a no entrar demasiado en la batalla entre éstos dos bandos de extremistas.

De toda la amalgama de vivencias que existen en esoterismo vamos a elegir como ejemplo a la experiencia religiosa de percepción de la divinidad, pues es la vivencia que se produce con más frecuencia y ―en consecuencia― la que más importantes fanatismos genera, debido también a las fuertes sensaciones, emociones y alteraciones de la conciencia que provoca.

Son infinitas las maneras y los grados de intensidad que estas experiencias pueden adoptar en los individuos. Las más directas e intensas ponen a las personas en contacto con algo superior a ellas ―así es como lo sienten―, y a ese algo lo suelen llamar dios o le otorgan algún otro calificativo celestial. Vivencias que provocan un estado anormal en el individuo, y al decir anormal, quiero decir poco corriente (ya que el místico en trance también nos ve anormales a nosotros). Las experiencias religiosas pueden ser de tal intensidad que incluso pueden provocar la sublimación de la libido, superar y transcender al deseo sexual; son tan reales para el místico como para nosotros son los impulsos sexuales. Con esto quiero dejar bien claro que las experiencias de este tipo no son fantasías de imaginaciones calenturientas ―como se suele pensar―, sino que el individuo las experimenta con un grado de realidad muy elevado, con el mismo grado de realidad que podamos nosotros experimentar la sexualidad o el enamoramiento. El místico vive enamorado de su dios. Y digo esto no sólo por mis estudios e investigaciones, sino por mi propia experiencia.

Las sensaciones que produce la proximidad de algún tipo de presencia divina son extraordinarias: se puede llegar a sentir tal intenso amor que te lleva hasta el éxtasis, alcanzas una felicidad tan inconcebible que no puedes ni siquiera recordarla cuando ya no estás en ella. Una sublime atmósfera sagrada te embelesa, te droga y te seduce. (Recordemos los cantos y alabanzas que los grandes místicos realizaron en sus trances de vida celestial). La dicha es completa, la armonía sentida es fabulosa, la belleza experimentada es total; uno se siente hermoso interiormente y ve hermosos a los demás y al mundo. La sensación de estar en contacto con la verdad, con una realidad mucho más auténtica que la habitual, te envuelve completamente. Y todo ello sucediendo en un aura de profunda paz, en unión con todas las cosas, con un poder absoluto. Es el contacto con lo sagrado, es la manifestación de la beatitud, de la santidad. ¿Quién es capaz de sentir todo esto y no convertirse en un fanático?

He de confesar que en mi deambular por las sectas no he buscado otra cosa que realizar ese contacto. Una vez que se ha sentido intensamente la proximidad de lo sagrado, no se cesa de buscar la forma de volver a encontrarse con ello. Fue en la pubertad cuando por primera vez me fue regalada tal experiencia, y desde entonces no he dejado de buscarla. En cada secta, en cada camino, encontré pequeñas piedras preciosas en unas ocasiones, o grandes tesoros en otras; manifestaciones divinas de diferentes matices e intensidades. Incluso en los más insignificantes grupos sectarios, encontré pequeñas gemas, sencillas glorias celestiales, perfumes divinos, esencias de felicidad.

Inevitablemente, y con harto dolor de mi inteligencia, en mis largos años de caminar por las sectas, tuve que convivir con el fanatismo. Cuando me encontraba con él, extremaba la prudencia a sabiendas de los grandes peligros que encierra; pero, a su vez, agudizaba mis sentidos, pues sabía que tras la charlatanería vociferante del fanático siempre se esconde algún precioso tesoro sagrado, que debido a su grandeza ha hecho perder la razón a quienes lo encontraron, convirtiéndolos en obsesionados creyentes de su adorado y sublime descubrimiento celestial, al que guardan celosamente en su intimidad sectaria.

Hay que ser un experto buscador de tesoros escondidos para llegar a las secretas cámaras ocultas, donde esconden los tesoros las sectas de fanáticos, sin convertirse en uno de ellos. Yo reconozco que no siempre he sido capaz de hacerme invulnerable a su ciega fe. Mi forma de llegar a vivir lo sublime que escondía cada secta pasaba a menudo por compartir su fanatismo. En un mayor o menor grado me olvidaba de la razón y me dejaba contagiar por su pasional entusiasmo. Yo no puedo sino disculpar la fe ciega, la he vivido en mis carnes durante muchos años.

Es ahora cuando intento retomar por completo mi inteligencia escribiendo este libro, obligándome a razonar sobre lo vivido, intentando encontrar explicaciones racionales a tantas creencias irracionales que se dan en los ambientes sectarios.

Porque el peor mal del fanatismo reside en las explicaciones que dan a las vivencias extraordinarias, no en las experiencias mismas. No dejan de actuar inteligentemente quienes buscan una curación en las sectas a sus enfermedades tanto físicas, mentales o espirituales, cuando no lo consiguen de otra manera. Ahora bien, la inteligencia deja de serlo cuando nos convertimos en ciegos creyentes de todas las disparatadas explicaciones que se dan a los portentos religiosos o esotéricos, es entonces cuando nos convertimos en fanáticos; algo que lamentablemente sucede a menudo.

La experiencia mística produce una alteración emocional y mental extraordinaria en los individuos, una agitación psicológica que suele desembocar en el fanatismo. Y si a estas vivencias añadimos los fenómenos paranormales que suelen acompañarlas, la exaltación de las personas que las viven puede llegar al paroxismo. Las apariciones y los milagros, junto con las fuertes sensaciones experimentadas, son la causa de los delirantes fanatismos que a menudo presenciamos en las personas que les toca vivir este tipo de situaciones. No hemos sido educados para vivir esas experiencias. La mayoría de las veces ni creemos que puedan existir, y menos aún que nos puedan pasar a nosotros. Por ello, cuando nos suceden, nos suelen pillar por sorpresa, desestabilizan nuestra mente, y podemos acabar aceptando cualquier irracional explicación de los hechos a falta de una explicación más lógica y razonable.

Nuestra dimensión religiosa apenas ha evolucionado desde hace miles de años. Únicamente se diferencia el creyente actual del hombre antiguo en que tiene muchas más explicaciones irracionales que él para explicarse la experiencia religiosa. Las culturas de los pueblos se han caracterizado por sus particulares explicaciones que se daban a las vivencias espirituales, y hoy en día tenemos acumuladas multitud de creencias y de religiones que nos enseñan ―a su manera y de forma diferente― a interpretar las vivencias místicas.

Mas cuando, en los principios de la religiosidad, el hombre primitivo no tenía explicación alguna para sus vivencias espirituales, es muy probable que no tuviera grandes dificultades para crear un culto nuevo, y acabar explicándose a su manera lo que le pasaba. Si pudiéramos observar a nuestro antepasado místico, sin creencia alguna, sumergido en un puro éxtasis, experimentando lo sagrado, probablemente lo encontraríamos asustado, buscando instintivamente una realidad física donde apoyar su experiencia espiritual, buscando una explicación material para su vivencia espiritual. Y bien pudiera suceder que su mirada extasiada se detuviera en el sol, y su explosión de adoración acabara enfocándose allí, desde donde le parece que procede su luminosa experiencia. Y así terminaría adorando al astro sol, identificándolo como el origen y causa de sus vivencias místicas, como a dios. Pero mucho me temo que la esencia de dios no reside en astro alguno, aunque el culto a los astros haya sido frecuente en la antigüedad y les hayan funcionado a muchos pueblos como invocación de la divinidad, provocando experiencias místicas.

Este ejemplo nos puede servir para entender otras formas de adoración, otras formas disparatadas que toman cuerpo en la mente del hombre para justificar y explicar las complejas vivencias espirituales. Circunstancia que aprovechan los impulsos más peligrosos e irracionales del hombre para colarse en su vida. Pues, aquel hombre antiguo, convertido en un fanático del sol, acabará probablemente con su instinto de posesión exacerbado por lo descubierto. Formará ejércitos para defender su fe, enarbolará banderas con el símbolo solar, y declarará la guerra a sus vecinos, herejes que probablemente enarbolen la bandera de la luna, astro que a ellos les pareció como el origen de sus vivencias sagradas.

Y no digamos si ese hombre antiguo ya sabe escribir, porque entonces relatará en sus libros su historia sagrada particular, y ya no se enarbolarán las banderas solamente, ahora serán también libros, escrituras sagradas, documentos escritos donde quedará confirmado el registro de la propiedad divina. Y otro tanto harán sus vecinos. Y la guerra de las banderas se convertirá en la guerra de las doctrinas escritas (que todavía continúa en la actualidad); dogmas de fe contradictorios que se anulan mutuamente, pues si uno declara poseer el registro de la propiedad de la infinitud divina, los otros mienten, pues no puede haber dos infinitos diferentes.

En este nuestro paseo por el interior de las sectas nos vamos a encontrar a menudo con las experiencias místicas, y a la vez observaremos las contradictorias interpretaciones que de ellas se suelen hacer. La pasión suele cegar el entendimiento cuando se sienten las fuerzas espirituales. En todo momento habremos de esforzarnos por distinguir la fría realidad de una experiencia mística entre las exacerbadas interpretaciones que se dan de ella. Los cultos al sol o a la luna pueden estar llenos de grandes vivencias humanas, pero esos astros difícilmente pueden ser el origen de ellas tal y como sus adoradores han creído siempre. Ahora bien: ¿Estamos seguros de saber en la actualidad de donde proceden las vivencias religiosas? ¿Las viejas religiones universales o las modernas creencias no serán otras formas de adoración semejante al culto a los astros? ¿No son otras formas de apasionados fanatismos?





EL RACISMO SECTARIO



No cabe duda de que las pasiones y los instintos más bajos del hombre, disfrazados muy a menudo de virtud, campan a sus anchas por los caminos espirituales. La persona religiosa ―creyente muy a menudo en realidades que tienen muy poco de reales― puede llegar a no aceptar sus bajos instintos, lo que le llevará a reprimirlos, a esconderlos, a disimularlos, o incluso a justificarlos. El complejo impulso del racismo es un compuesto de varias pulsaciones psicológicas no gratas para los viandantes espirituales. En mi opinión, su principal componente es el de la violencia. Incluso me atrevería a asegurar que el racismo es una válvula de escape de la agresividad, una justificación más para agredir, otro pretexto para atacar, en este caso al distinto, a quien no es como los demás.

Yo he vivido las dos caras del racismo en mi pasear por las sectas, sin llegar a vivir la violencia física. Por un lado he sido miembro de clanes de “elegidos para la gloria”, menospreciando al resto de los mortales (la mayoría de creyentes así se sienten: miembros del pueblo elegido por el creador), y por otro lado he vivido el desprecio de los demás por ser precisamente un sectario. Estas posturas surgen imperceptiblemente en las conciencias. Existe alguna especie de instinto que insta a defender al clan y a atacar al resto, supongo que para defender del extraño al grupo homogéneo, a la familia, a la nación, al conjunto de seres semejantes. El ataque al distinto debe de estar impulsado por algún instinto destinado a la perpetuación de las especies, de las razas. Es un rechazo hacia quienes no pertenecen al modelo ideal de persona que persigue el grupo, la sociedad o la nación. Debido a mi delgadez, yo he sido despreciado muy a menudo durante toda mi vida por no dar la talla del macho típico.

Las enormes diferencias ―virtuales en muchos casos― que se viven en las sectas, propician sentimientos de elite que son un caldo de cultivo ideal para que surja en ellas el racismo. Pero, como se trata de grupos o sociedades que persiguen la virtud, les cuesta reconocer sus propias miserias, y tienden a ocultarlas; sin darse cuenta de que es mucho más honesto reconocer nuestro instinto racista que no reconocerlo. El espíritu racista invade a la mayoría de las sectas por mucho que quieran negarlo y prediquen lo contrario. En los casos de las sectas más radicales ―no por ello menos abundantes― nos encontramos con un notable sentimiento de raza, sociedad o grupo especial de elegidos para la salvación del mundo. En las vías de realización más tolerantes con la diversidad de caminos espirituales, no se aprecia tanto este fenómeno, pero cuando profundizamos en el interior de sus doctrinas, lamentablemente, solemos encontrarnos con alguna cláusula que declara su categoría de única forma de salvación, pretexto suficiente para creerse miembro de la única elite divina que reside en al tierra; distintivo suficiente para sentirse con derecho a ciertos privilegios divinos, negados al resto de los mortales.

El hermanamiento que siempre se produce entre los creyentes de una misma fe, práctica esotérica o religión, produce una sensación de familia, de elite. Aparte quedan los demás, los extraños infieles; que serán aceptados en la familia divina siempre y cuando cambien sus creencias por las de la secta y comiencen a compartir con ellos las experiencias sagradas en secreta complicidad.

Las creencias compartidas producen en el grupo sectario o sociedad religiosa un fuerte sentimiento de raza elegida, que sumado a la experiencia religiosa, presencia de lo divino sentida y compartida por el grupo, da como resultado la fe en una doctrina irrebatible avalada por el cielo. Aunque a la vuelta de la esquina les esté sucediendo lo mismo a otro grupo con una doctrina que contradice la anterior.

Este tipo de racismo “avalado por lo divino” lo encontramos a lo largo de la Historia en infinidad de ocasiones acompañado de una brutal violencia. Muchas de las sectas que llegaron al poder en las diferentes naciones, religiones dominantes hoy en día, consiguieron su triunfo sobre las demás a base de una violenta pasión racista. Su brutal fanatismo les llevaba a obligar a los infieles, que no se dejaban convencer por las buenas, a cambiar de fe por las malas, y si aún así no se dejaban convencer, se les cortaba la cabeza. Así se terminaba con la ingrata existencia de un demoniaco hereje para los de un lado, y se creaba un santo mártir para los del otro. Esta cómica situación no dejaría de resultar graciosa si no fuera por la cantidad de guerras que ha provocado y de la sangre inocente derramada por su causa.

Aunque hoy en día, en nuestra civilización mucho menos sanguinaria, las sectas no se comporten tan violentamente, podemos observar en su interior las semillas que tiempo atrás produjeron un sinfín de barbaridades y actualmente crean problemáticas situaciones de índole racista. El principal origen de todos estos males es la tremenda obsesión por convencerse y querer convencer a los demás de que la divinidad está exclusivamente de una parte, que es propiedad privada de unos pocos elegidos. Así observamos a los ejércitos de salvación, con el supuesto supremo poder divino de su parte. Razas elegidas, algunas milenarias, individuos destinados a ser los únicos que se salvarán de sus particulares invenciones apocalípticas. Desfiles de diferencias que dejan bien claro a la vista que no son iguales que sus hermanos. Diferencias de sectas modernas, llamativas, novedosas, y otras centenarias, ancladas en la cultura de los pueblos. Trajes diseñados para distinguirse. Peinados, afeitados, rasurados, maquillados; el caso es marcar bien la diferencia. Saludos especiales entre sus miembros, bendiciones homologadas, frases que sólo ellos los predestinados entienden, palabras de su idioma particular. Son la elite de los elegidos por dios porque en sus reuniones viven lo que todo ser humano puede vivir o porque su fundador vivió lo que ya no consiguen vivir ellos. A estas marcadas diferencias se añaden las costumbristas, los rituales sagrados, las formas de vivir, los comportamientos, la imagen social. (Cuanto menos se vive la santidad más hay que aparentarla). Hay que marcar bien la diferencia, que se vea lo que no existe, que se note que son los elegidos, ya que como nadie los eligió en realidad, se eligen ellos. Hay ya tantas sociedades, razas o religiones de elegidos, todas diferentes, todas asegurando que son las auténticas y que las demás son un fraude, que uno llega a sentirse muy a gusto sin pertenecer a ninguna de ellas.

El grado de hermanamiento racista entre los individuos sectarios a veces es tan espeso que hasta se puede palpar. El parecido entre sus miembros, dejando aparte las diferencias materiales y costumbristas, suele resultar muy notable: tienen la misma sonrisa, los mismos gestos, el mismo tono en el habla, hasta su mirada es semejante, parecen todos cortados por el mismo patrón, hijos de la misma madre y miembros de una familia bien avenida.

Entidad familiar siempre dispuesta muy gratamente a admitir nuevos miembros. Son familias que acogen a los desamparados de la vida como hijos adoptivos, (digo como hijos porque siempre suele haber algún padre o alguna madre de por medio). El hermanamiento suele ser muy real, muchas familias quisieran para sí la afectividad que se derrocha en las sectas, de hecho es uno de sus grandes atractivos, sobre todo para quien haya vivido un desengaño amoroso o tenga carencias emocionales, allí tendrá a unos nuevos hermanos que lo llenaran de amor y lo admitirán en la elite de los elegidos. ¿Se puede pedir más? El problema le vendrá cuando decida abandonar la secta, entonces sus amados hermanos ―ya menos amorosos― le dejarán bien claro que eso no se hace. ¡Con todo lo que ellos han hecho por él! Incluso puede que le amenacen. Por ello, yo aconsejo, que en el proceso de hermanamiento, indispensable en muchas sectas, no se pase del parentesco de primo lejano. Puede ser que ese parentesco no dé acceso a los secretos más profundos que la secta tiene reservado para los hermanos más entrañables, pero al menos se tendrán menos problemas para salir de tan divina familia cuando desee hacerlo.

Otro aspecto que nos delata el racismo de este tipo de grupos o sociedades es el hecho de que sus miembros suelen pertenecer a una misma clase social; y así tenemos sectas de pobres y otras de ricos, sectas de jóvenes y otras de ancianos, sectas de intelectuales y otras de personas de baja cultura, sectas de políticos, de dirigentes sociales y de empresarios. Podríamos exceptuar a las religiones oficiales, pues acogen a todas las clases sociales incluidas en su nación, pero si afinamos la atención, veremos grupos que actúan como sectas dentro de la religión, y en ellas se afilian miembros de una misma clase social.

De nuevo vuelvo a tener que denunciar un nuevo contrasentido: si la secta está destinada a acoger a todo ser humano como entidad salvadora de toda la Humanidad ¿cómo es posible que sus miembros pertenezcan exclusivamente a una clase social? Volvemos a encontrarnos con que los bajos instintos, en este caso racistas, superan a la buena voluntad de los individuos.

Cuan a menudo las aspiraciones espirituales quedan truncadas por las miserias humanas. El racismo es una tumba que se labran las propias sectas. Cuando el progreso espiritual del hombre exige una apertura constante a los demás, y se vive un encerrarse en el elitismo, el empobrecimiento espiritual es inevitable. Se encierran en sí mismos para enriquecerse espiritualmente y consiguen lo contrario. Algo que cualquiera puede apreciar. Es tan corriente que la miseria humana del racismo invada a las sectas, que hoy en día ya nadie se sorprende al ver las miserias de los hombres en los caminos de los dioses.





EL ATEÍSMO



Después de tantas barbaridades históricas en torno al fenómeno religioso, ¿a quién le puede extrañar que existan personas convencidas de que se trata de un cuento chino creado para satisfacer oscuros intereses personales, políticos o económicos? La manipulación de la experiencia mística ha sido tan brutal en nuestro pasado que muy poco de su auténtica realidad se ha llegado a contar en las páginas de la Historia. El ateísmo, en cierta manera, es una lógica respuesta a las grandes mentiras encarnadas en los movimientos religiosos, es un intento de negar la falsa espiritualidad y de denunciar los intereses escondidos tras las doctrinas, es una extrema oposición a esa religiosidad manipulada, una negación de la existencia de todo lo divino.

Para el ateo dios no existe, y para la persona creyente dios existe por que su percepción y su fe así lo testifica. Si aplicamos lo expuesto en el capítulo “Creer o no creer, dos extremos de una variable”, observaremos que entre el ateo y el creyente existe un inmenso espacio inexplorado, donde podemos empezar a realizar un análisis más objetivo, en vez de inclinarnos por la cómoda opción de los extremos.

Las interpretaciones que siempre se han hecho de los fenómenos espirituales han sido tremendamente subjetivas y extremistas, además de estar manipuladas por los intereses de quienes las manejan. Estas manipulaciones interesadas fueron el principal pretexto del que se valió el ateismo para arremeter contra la religiosidad hace unas cuantas décadas. La brutal represión que las fuerzas de la izquierda aplicaron sobre ciertas manifestaciones religiosas en muchos de los países donde llegaron al poder, se asemeja a la brutal represión que las fuerzas eclesiásticas aplicaron sobre la sexualidad porque la consideraban pecaminosa. Y de la misma forma que no se pudo destruir ni acallar el tremendo impulso vital sexual a través de siglos de represión, tampoco el marxismo más extremista ha conseguido acallar el tremendo impulso vital que subyace tras la religiosidad.

(Espero que no se me califique de sarcástico por utilizar a menudo el ejemplo del sexo en mis explicaciones. La vivencia sexual tiene muchos puntos en común con la experiencia mística, y nuestro pasado sexual tiene grandes semejanzas con nuestro presente espiritual).

Todas las pulsaciones de vida en el ser humano, nos gusten o no nos gusten, son patrimonio nuestro, y en ellas se manifiestan nuestra vitalidad; el negarlas o el reprimirlas supone reprimir parte de nuestras posibilidades vitales. Y una sociedad reprimida es una sociedad privada de las riquezas humanas que le correspondería vivir. No considero arriesgado afirmar que los países socialistas, a causa de su excesiva represión de la espiritualidad, no se desarrollaron como otros países donde hubo una mayor permisividad religiosa. Sé que hay muchas otras explicaciones para este hecho de gente más experta que yo en temas sociales; pero, aun así, me atrevo a no considerar una casualidad que sean precisamente los Estados Unidos el país más desarrollado del mundo y a la vez el más permisivo en la dimensión espiritual, donde más sectas se han asentado y donde más están floreciendo. No quiero decir con esto que Norteamérica sea un paraíso, han tenido problemas muy graves con las sectas y los seguirán teniendo, esto es la consecuencia de un régimen de libertades tan amplio como el que tiene, es un precio que han de pagar todos los países que abran sus puertas a la libertad de culto. Pero, en el caso de los Estados Unidos, es un precio pequeño para el gran rendimiento que en mi opinión están obteniendo de toda la actividad espiritual que se desarrolla en su seno.

No quiero dar a entender al decir esto que las personas que no sean religiosas tienen mermadas el uso de sus facultades humanas, no es así si no se desea religiosidad alguna en la vida de uno. Existen otras formas de evolucionar espiritualmente fuera de la religiosidad. Resultarán mermadas las facultades del individuo que sienta impulsos religiosos y no pueda desarrollarlos.

El ateísmo es una postura tan respetable como otra cualquiera, siempre que no pretenda imponerse a los demás. Tan desastroso resultó la persecución de infieles siglos atrás, cuando eran llevados a la hoguera por no ser creyentes, como cuando hace unas cuantas décadas también podías ser quemado, con iglesia y todo, por el solo hecho de ser creyente y encontrarte rezando dentro. Gracias a que en la mayoría de los países desarrollados hoy en día pueden los creyentes ejercer el culto que se les antoje, sin sufrir persecuciones a la antigua; y los ateos pueden vivir sin dioses a sus anchas, alejados de esas extrañas entidades divinas que tantos conflictos sociales han provocado (y continúan provocando), y sin peligro de ser captados por unas sectas de fanáticos cuyas creencias no van con ellos.

Aunque si yo fuera ateo, y me interesara por la vida interior, no estaría muy seguro de no acabar seducido por alguna secta. Pues las sectas más avispadas, conociendo la gran cantidad de adeptos potenciales que encierran las filas del ateísmo, suelen cambiar el nombre de “dios” por otro que no recuerde viejas tragedias históricas. Y así nos encontramos en estas modernas vías espirituales con: “el poder supremo”, “el gran espíritu”, “la energía cósmica”, “la gran armonía”, etc. Calificativos diferentes para un mismo dios, para una misma vivencia religiosa, en la mayoría de los casos.

Aunque también es cierto que según el calificativo que se le dé a dios, la forma en que se le invoque o la doctrina que lo acompañe, influye en los efectos que provoca en sus seguidores. Parece ser que nuestra actitud ante la divinidad, y las características que le apliquemos, es esencial para obtener sus gracias o sus desgracias. Por ejemplo: si creemos en un dios generoso que regala beneficios a raudales sin tener que realizar grandes sacrificios, obtendremos de él más satisfacciones que si creemos que se trata de un dios que aplica su justicia implacablemente aplicando castigos a diestro y a siniestro a la menor violación de sus severas leyes. La creencia influye notablemente sobre la experiencia. Quien cree que el sexo es pecado difícilmente lo podrá disfrutar, la culpa aniquilará su goce sexual, o incluso puede convertirlo en dolor. La fe también modifica o trastorna las vivencias espirituales más intensas y naturales del ser humano.

Por ello, aunque la vivencia espiritual de la divinidad sea en esencia feliz, las diferentes creencias la moldean a su gusto. Los practicantes del culto al sol seguro que tendrían una vivencia de la divinidad mucho más cálida que los adoradores de la luna. Las características de cada deidad influyen en las vivencias místicas de quienes creen ellas.

Así que acabamos de descubrir un doble juego: estábamos viendo que tanto las interpretaciones como las explicaciones que nos damos sobre las vivencias espirituales pueden ser erróneas, y ahora observamos cómo esas aptitudes mentales influyen y moldean la experiencia espiritual.

Un doble juego que puede dar pie a otro argumento para justificar el ateísmo, pues, si nuestra percepción de dios depende del dios en el que creamos, parece evidente que todo el conglomerado de creencias y de experiencias religiosas que existen son creaciones de nuestra mente. Más, volviendo a utilizar el símil del sexo, sabemos que existen infinidad de fantasías y de sensaciones sexuales, y no por ello negamos la existencia de la energía sexual. Probablemente el ateísmo no se equivoque al negar la existencia de dios, pero negar la existencia de lo divino, de lo sagrado, equivaldría a negar la existencia del sexo por el mero hecho de en cada persona se viva de forma diferente. La gran diversidad de cultos es semejante a la gran diversidad de formas que las personas tenemos de vivir nuestra sexualidad, el hecho de que las creencias moldeen el fluir espiritual del hombre no nos da derecho a negar la existencia de esa energía tan especial. Nadie niega hoy en día la existencia del fluir sexual porque la mente de cada persona lo moldee a su manera. Fue cuando eliminamos los tabúes del sexo cuando empezamos a ver claro nuestra dimensión sexual. Por lo tanto, cuando la divinidad deje de ser tabú en las diferentes culturas, empezaremos a ver claro nuestra dimensión espiritual.

A poco que uno estudie mitología sin prejuicios religiosos, acaba sacando la conclusión de que desde el culto al sol, pasando por los diferentes dioses de los panteones de las diversas culturas del mundo, hasta los dioses infinitos, son creaciones de la mente humana. Así como también se puede observar cómo la propia mente moldea la vivencia espiritual del creyente según crea en un dios o en otro. Pero la magnitud de las vivencias espirituales, así como las sexuales, necesita de una energía esencial, sagrada, divina, espiritual, igual que detrás de la compleja sexualidad de los seres humanos existe una energía básica sexual. Freud nos indicó que las vivencias religiosas se producen por una sublimación de la libido, de la energía sexual. Según él se trata de una misma energía que toma un curso espiritual en unos casos o un curso sexual en otros.

En nuestro paseo por el interior de las sectas iremos en busca de esa energía primigenia, necesitaremos sumergirnos con el bisturí de la razón por los terrenos prohibidos de las divinidades, a sabiendas de que nos vamos a encontrar con los tabúes divinos por todos los caminos espirituales, señales de peligro que nos indicarán la inconveniencia de continuar adelante so pena de correr grandes riesgos. Vamos a necesitar cierta valentía para continuar. Recorrer el camino entre el ateísmo y la fe nos va a exigir un esfuerzo extra, pues necesitaremos adentrarnos en el territorio de los dioses donde nos encontraremos con los tabúes religiosos. Y conviene recordar que cada vez que nos encontremos con ellos, sentiremos una resistencia para avanzar, una prohibición irracional de seguir adelante, pues el tabú no sólo reside enraizado en lo más profundo de las culturas, sino también en lo más hondo de nosotros.





LAS FINANZAS



Salgamos de nuestras profundidades para tomarnos un respiro en la superficialidad, y observemos, ya en una dimensión más material, el fluir del dinero por los caminos espirituales.

Las sectas en relación con el dinero se comportan de forma muy semejante a las demás formas de asociaciones, son comunidades humanas por mucho que presuman de divinas. Necesitan de una economía para financiar sus actividades, sus locales de reunión, oficinas, ediciones, gastos de sus dirigentes y subordinados, etc. Y el porcentaje de anormalidades económicas que hayan podido suceder en su seno, o estén sucediendo, no creo que superen en número al de cualquier otro tipo de grupos, sociedades, empresas o individuos. Si bien es cierto que hemos observado multitud de llamativos escándalos, no ha sido porque por sistema se haga un uso del dinero diferente al que se hace en otro tipo de sociedades, sino porque de estos grupos espirituales se espera que no se comporten con el dinero como se comportan los demás. En Occidente esperamos que todo lo referente a la espiritualidad vaya acompañado de la pobreza. En Oriente no sucede así porque en sus escrituras sagradas tienen unas encarnaciones divinas que vivieron en la miseria y otras que vivieron en la abundancia. Pero en los países desarrollados ―curiosamente, donde tanto abunda el dinero― carecemos de semejante variedad de opulentas santidades en nuestra Historia, pues las que tenemos no solían llevar unas monedas en los bolsillos ni para pan. Naturalmente, esto lo consideramos una virtud esencial de todo aquel que emprende el camino espiritual, penalidad añadida a las dificultades de este dificultoso caminar; voto de pobreza imprescindible según nuestro concepto de religiosidad. Privaciones económicas que en mi humilde parecer no considero en absoluto necesarias. No está menos obsesionado con el sexo quien lo vive a diario que quien no lo vive por intentar ser más espiritual y no puede quitárselo de la cabeza. Y otro tanto sucede con el dinero. Por ello considero oportuno dar al César lo que es del César y a dios lo que es de dios; y, obviamente, el dinero es del César, como todo lo material conque nos vemos obligados a tratar en este mundo.

En el caminar espiritual esperar o pretender imitar que el maná nos caiga del cielo, montar en burra en nuestros desplazamientos o que se nos dé de comer como dicen los creyentes que dios da a los pájaros, es exponerse a un ridículo espantoso; porque, como en general no hemos alcanzado merecimiento de semejantes gracias divinas, si pretendemos imitarlas, probablemente nos muramos de hambre o de frío; cosa que no suele suceder, porque los imitadores de pobres suelen preferir esconder el dinero que necesitan para sus gastos, avergonzados de tener que manejar semejante sustancia mundana. Como si lo sucio del dinero estuviera en las monedas de cambio y no en el egoísmo del hombre. No dejan de resultar gracioso los grandes esfuerzos que las sectas realizan para disimular sus necesidades mínimas, y en otros casos sus ambiciones económicas.

Otra actitud, opuesta a la anterior, que algunas modernas sectas suelen adoptar respecto a su economía, es considerar que su dinero es sagrado, regalo del cielo, destinado a un fin divino; y por lo tanto no tienen porque dar cuentas de sus cuentas a ningún estamento mundano. Vuelven a olvidarse de dar al César lo que es del César, esperando que dios les proteja del fisco; y así, más de un moderno gurú o predicador ha terminado en la cárcel por no presentar las cuentas claras y no pagar los tributos mundanos de sus actividades divinas.

También muchos protestan ―y no sin razón― de los beneficios fiscales e incluso ayudas económicas que muchos estados proporcionan a las religiones oficiales; y, sin embargo, las religiones minoritarias, además de no obtener ayuda alguna, tienen que pagar impuestos.

La mayoría de las sectas ya han aceptado su cruz, y se mueven por el mundo de la economía como lo haría cualquier otra organización de otro tipo. Siempre procurando evadir los impuestos en lo posible, pero sin correr grandes riesgos; por ello casi todas las más importantes tienen sus cuentas en Suiza o en cualquier otro paraíso fiscal. No cabe duda de que una buena cuenta en Suiza es el mejor seguro en este mundo antes de llegar al otro.

También, en los sistemas de recaudación de ingresos, las sectas hacen lo que pueden para evadir impuestos, evitando en lo posible no dejar constancia alguna de las donaciones o de las cuotas de sus afiliados; si es en grupos pequeños pagando en mano sin recibo, y si se trata de fuertes organizaciones internacionales, enviando los ingresos a alguna cuenta de Suiza.

También existen sectas que tienen incluidas en su infraestructura económica a empresas, formando holdings que en ocasiones alcanzan el tamaño de auténticas multinacionales. Así se garantizan un reino aquí en la tierra, (supongo que será por si les falla el otro).

Pero lo que realmente le interesa a la persona buscadora, que no pertenece a una secta de por vida, es la relación calidad precio de las ofertas. Dejando a un lado la polémica de si la secta defrauda al fisco o si es el fisco quien defrauda a la secta, lo que más nos interesa es que no nos defrauden a nosotros. Para ello, la primera regla de oro ya comentada es no pagar grandes sumas, de esta forma difícilmente nos podrán robar lo que no exponemos. Quien se inicia en estos mundos corre el riesgo de ser engañado, ya que le pueden acabar vendiendo a un alto precio, por ejemplo, una parcela en el otro mundo; terreno que todos tenemos ya guardado lo compremos o no lo compremos. Con esto quiero decir que el inexperto puede ser engañado, y terminar pagando por lo que es de dominio público. Casi todas las sectas ponen este tipo de trampas para los novatos, pues se atribuyen funciones de carácter universal como únicas concesionarias de las gracias que anuncian, y la persona inexperta acaba pagando por un cielo que le acaban de descubrir, cuando en realidad no tenía nada más que haber mirado hacia arriba para vivir gratis lo que ahora le está costando tanto.

No hace falta ser muy avispado para darse cuenta de cuándo le están pidiendo a uno más de lo que debiera dar, o cuándo está sencillamente pagando los gastos mínimos necesarios para desarrollar la actividad que se esté realizando. Si se están realizando los trabajos en grupo en el campo, será más barato que si se realizan en una elegante sala de reuniones o conferencias alquilada. Y si todo se desarrolla en un piso, pues también habrá que pagar el alquiler de éste.

Yo he llegado a pagar por cursillos de fin de semana cantidades excesivas, y, sin embargo, en otras ocasiones no he pagado ni lo que valía la comida. Claro está, un cursillo se realizaba en un lujoso hotel con todas las comodidades, y el otro en una casa de campo cedida por alguna persona miembro o simpatizante de la secta que además nos invitaba a comer. Ante todo siempre procuré tener bien claro qué era lo que deseaba aprender, y, después de sopesar si estaba dispuesto a pagar lo que costaba, aceptaba las condiciones económicas de la enseñanza o nos las aceptaba; sin más problemas. Y con el convencimiento de que la enseñanza cara podría ser diferente, pero no mucho mejor que la que no me costaba nada. En los temas del espíritu y de la mente no siempre el precio va acorde con la calidad de lo que se ofrece. Los elevados precios, más que ofrecer una calidad superior lo que hacen es seleccionar a un tipo de gente adinerada, así, además de forrarse el gestor de la idea, da la oportunidad a la gente rica de reunirse en labores espirituales, cosa que no harían si tuvieran que agruparse con gente pobre. (Esto lo dejamos claro en el capítulo sobre el racismo).

Los que pertenecemos a la clase media nos podemos permitir el lujo de meternos en sectas de ricos mientras nos alcance el dinero, estemos dispuestos a gastárnoslo y no nos sintamos incómodos entre tanta opulencia. Y en las sectas de pobres no tendremos problemas económicos, pero quizás nos perturben sus insis

La consigna:
Mantener la Dignidad, la Fe, la Esperanza, el Respeto y el Honor. A traves de la Sabiduria, la Serenidad, la Sensibilidad y la Sencillez. regresar al Origen.

Los seres humanos son libres excepto cuando la humanidad los necesita.
ORSON SCOTT CARD
17-Oct-2009 09:00 PM
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Paseo por el interior de las secta
LA VISIÓN



Es éste un capitulo crucial para ayudarnos a entender mejor el mundo de las sectas. Vamos a hablar de la enorme relatividad de la visión que los seres humanos tenemos sobre las cosas. Cada persona vemos el mundo de forma diferente a los demás, incluso somos capaces de ver la vida de forma diferente según el estado de ánimo que tengamos en ese momento o las circunstancias que nos estén afectando en determinada época de nuestra vida.

Una persona sin empleo puede ver mucho más negro el mundo que otra integrada en el mundo laboral. Nuestro cerebro sintetiza los datos que recibimos a través de los sentidos según las preferencias culturales y las circunstancias personales de cada cual. Una sencilla caricia puede ser recibida por una persona temerosa como un intento de agresión, y, por una persona receptiva al cariño, como un gesto de amor. Tal es la variedad de las formas en que diferentes personas pueden recibir un mismo estímulo a través de los sentidos que se llega a decir, en el caso de la vista, que los ojos no ven, es el cerebro quien realmente ve.

La ciencia sabe que nuestro cerebro recibe los datos que le llegan a través de los sentidos en forma de impulsos eléctricos, como lo hace un ordenador con las señales que le llegan de sus sensores. En realidad no vemos imágenes ni percibimos olores, ni gustamos sabores; son únicamente impulsos eléctricos los que recibe nuestro cerebro, sentimos diferentes sensaciones porque dichos impulsos de cada sentido son enviados a la zona precisa del cerebro que así lo interpreta. Si pudiésemos cambiar en el interior del cerebro el nervio de la retina por el del oído, escucharíamos a través de los ojos sonidos cada vez que la luz llegase a la retina, y veríamos flases de luz y colores cuando algún ruido llegara a nuestros oídos.

A modo de ejemplo baste con decir que los colores en realidad no existen, son una creación de nuestra mente. A través de la retina recibimos una pequeña gama del amplio espectro de radiaciones electromagnéticas, y nuestro caprichoso cerebro se digna a darle un color diferente a cada frecuencia; de esta forma vemos en colores. Si nuestros cerebros no hicieran eso probablemente veríamos un mundo en blanco y negro, tendríamos una visión menos alegre de como vemos en realidad. Dada la importancia del color en nuestra vida, este ejemplo nos puede dar la idea de la enorme importancia que tiene la capacidad moldeadora de la visión de nuestra mente, creamos en nuestro interior las características y las circunstancias más importantes que moldean lo que percibimos.

Esto se produce a un nivel general, a un nivel de raza. El resto de animales ven de forma diferente a nosotros, su espectro de visión no se resume al arco iris. Cada especie de seres vivos ve la realidad distinta a los demás. Pero no pensemos que todos nosotros, como seres humanos, vemos el mundo de forma semejante porque pertenecemos a la misma especie de seres vivos y percibimos el mismo espectro de vibraciones electromagnéticas. Entre cada uno de nosotros existen notables diferencias de percepción que nos hace ver la vida de forma distinta a los demás.

Los impulsos eléctricos que cada sentido envía al cerebro son procesados y sufren un proceso de filtrado. Todas las imágenes que llegan a la retina son enviadas a la zona del cerebro que procesa los datos del sentido de la vista, allí se codifican y se envían a la corteza cerebral, y es en ésta donde se produce una selección según las preferencias personales, el interés del momento, o el estado de ánimo; así recibimos una imagen de lo que únicamente queremos ver, el resto, sencillamente, no lo vemos. Esa es la función del programa cerebral de selección de preferencias. Si mostramos una imagen compleja a personas diferentes, y después les preguntamos que han visto, sus respuestas serán desiguales. E igualmente sucede con los demás sentidos. De hecho, si fuéramos conscientes de todos los estímulos que entran en nuestro cerebro constantemente a través de nuestros sentidos, si todos esos impulsos eléctricos no fueran filtrados por el programa de preferencias personales, nos volveríamos locos ante la inmensa cantidad de datos que nos resultaría imposible asimilar.

Esta selección de datos comienza a realizarse en el cerebro en la infancia, ya desde niños se nos inculcan las principales preferencias culturales correspondientes a la sociedad en la que nacemos. Aprendemos primero procesando patrones sencillos y luego vamos añadiéndoles complejidades, como si fuéramos componiendo las piezas de un puzzle. Nuestro cerebro moldea nuestra percepción a través de patrones a los que va añadiendo datos a lo largo de la vida. En realidad, cuando vemos algo, no lo vemos tal y como es, sino que vemos el pasado de ese algo, modificado con los matices actuales. Los datos procesados de los sentidos que llegan a la corteza cerebral buscan donde encajar, como si de recomponer un puzzle se tratara, y terminan en el patrón de la memoria donde mejor se acoplan; de esta forma no llega a nuestra conciencia lo que vemos en el momento, vemos nuestras experiencias pasadas ampliadas por el estímulo actual.

Si la cultura en la que nacemos nos proporciona los patrones más importantes, serán después las preferencias del individuo las que desarrollen más unos patrones u otros, e incluso se pueden llegar a crear otros nuevos partiendo de cero. El cerebro pone su capacidad operativa a disposición de los intereses o preferencias de los individuos, utilizando grandes zonas de su materia gris para los temas que más nos interesan y para los sentidos que más utilizamos, y dedica menos materia gris a lo que menos nos importa. Tenemos, por ejemplo, a los aficionados a la música, con un elevado número de neuronas dedicadas a procesar lo que les llega al cerebro a través del sentido del oído; y entre esas personas las habrá adiestradas desde niños, probablemente genios de la interpretación; sin embargo, tendremos otras personas adultas que, sin haber recibido educación musical en la infancia, partiendo de cero, han ido poco a poco entrando en el mundo de la música, obligando a su cerebro a crear dentro de sí un nuevo puzzle de procesamiento de datos musicales y a desarrollarlo. Por consiguiente, somos muy capaces de cambiar nuestros patrones heredados de aprendizaje, con lo que cambiaremos también la visión del mundo en el que vivimos.

Una sociedad se compone de individuos que tienen en sus mentes unos programas de selección de preferencias más o menos semejantes, ya que ésta es una condición indispensable para una fluida comunicación entre ellos. Cuando algunos individuos desarrollan más que los demás alguna preferencia, llegan a formarse grupos elitistas que alcanzan un nivel de incomunicación con la gran masa en proporción al grado de intensidad con que vivan su especialización. Pero si unos individuos deciden cambiar los principales valores de sus mentes, patrones básicos de la sociedad en la que viven, dificultarán gravemente la fluidez de la comunicación entre ellos y el mundo que los rodea, quedarán excluidos de la sociedad a la que pertenecen y, probablemente, formarán otra compuesta por las personas que han realizado esos mismos importantes cambios en sus mentes y tienen una visión del mundo semejante. Este es el caso de las sectas.

En nuestra sociedad se permiten grandes libertades, pero siempre dentro del marco o esquema general básico indispensable para una fluida comunicación entre los individuos. Si alguien se sale demasiado de este mapa, queda excluido de nuestra colectividad.

Es de urgente necesidad reconocer este hecho e intentar remediarlo para evitar el desmembramiento de nuestra sociedad. Puede parecer que necesitaremos hacer un esfuerzo extraordinario para acercarnos a comprender a todos aquellos que se nos alejan demasiado, pero quizás no sea así; probablemente, con sólo desperezar nuestra forma de comunicarnos sea suficiente para entender a quienes ven el mundo de forma muy diferente a nosotros. No conocemos los límites de nuestro entendimiento ni de nuestro cerebro, el intentar comprender a aquellos individuos o grupos que abandonaron los esquemas básicos de nuestra cultura buscando opciones de vida alternativas, en vez de descalificarlos con el contundente calificativo peyorativo de sectarios, puede crear una nueva forma de comunicación “para largas distancias” que integre en nuestra sociedad a quienes se alejaron demasiado de ella. Despreciarlos por distintos es una forma de racismo intolerable para el hombre auténticamente civilizado. Nuestro mundo, el mundo que vemos nosotros, no es tan modélico como para erigirlo por encima del mundo que viven los miembros de las sectas; de hecho, aquí vivimos errores y barbaridades muy parecidas a las que vemos en las sectas, pero nos sucede que no las vemos o nos hemos acostumbrado a ellas.

Uno de los mayores atrevimientos que me permito en este texto es el de considerar a nuestro mundo civilizado como una forma de vivir semejante a la de las tan criticadas sectas. Si observamos nuestra intolerancia intelectual, los cerrados esquemas culturales que habitualmente nos obligamos a adoptar para integrarnos socialmente, podemos considerar a nuestra sociedad actual como la autentica secta dominante, con su visión personal del mundo tan llena rituales sociales, de fantasías, hermetismo, fanatismos y engaños, como los que habitualmente vemos que suceden en las sectas. Nuestra visión personalizada y colectivizada de la vida, al igual que sucede en las sectas, nos impide ver nuestros errores, y, por lo tanto, el corregirlos. Vemos la paja del ojo ajeno y no vemos la viga en el nuestro.

Una actitud comprensiva reduciría el diálogo de sordos que existe entre nuestra sociedad y las sectas más distantes de nosotros. El muro de incomunicación que nos aparta de ellas habrá de ser derruido si no queremos correr el peligro de desmembrar seriamente nuestra sociedad. No podemos seguir luchando contra lo evidente, ni expulsar de nuestro lado a quienes tienen una visión del mundo diferente de nosotros; esto, además de no ser civilizado, es incluso peligroso. La guerra entre las sectas y la sociedad dominante ya nos ha dado bastantes disgustos como para no emprender un armisticio. No tenemos derecho alguno de tratar como a un enemigo a todo aquel que se atreve a experimentar otras formas de vivir y de ver la vida. Sería muy recomendable incluso aprovecharnos culturalmente de esas diferentes visiones de la realidad, pues pueden aportarnos diversos enfoques del mundo y de la vida que enriquecerían nuestra conciencia. Es mucho mejor abrirnos voluntariamente a un intercambio cultural, porque involuntariamente ya lo estamos haciendo. Las personas sectarias viven entre nosotros, y, lo queramos no, el intercambio cultural es inevitable. En unos casos para llenarnos de preocupaciones negativas, contagiados por los agoreros apocalípticos, y, en otros casos, influenciados por sus sugestivos entusiasmos.

No creo equivocarme si afirmo que la ya famosa “visión positiva” de la vida nació en las incubadoras sectarias para más tarde contagiar a toda nuestra sociedad. Ya es de dominio público que la forma de ver la vida tiene una gran importancia para la felicidad del ser humano. Últimamente se está poniendo gran empeño en la necesidad de tener una visión positiva de la vida para ser feliz. El “pensamiento positivo” se ha hecho muy popular.

Una visión entusiasta ante la vida puede hacer que el programa de selección de preferencias de nuestro cerebro filtre los datos que le llegan de los sentidos y nos muestre un espectáculo de un mundo feliz. Observar el mundo en positivo nos puede ayudar a ser más felices, pero hasta cierto punto. Si las circunstancias de la vida se nos ennegrecen demasiado, si a través de la vista vemos un gran sufrimiento, violencia y muerte; a través del tacto sentimos grandes dolores y enfermedades, etc., ardua labor de selección estaremos imponiendo a nuestro cerebro para que continúe mostrándonos un mundo feliz.

Muchas sectas obtienen su visión del mundo inducidas por sus maestros, doctrinas, moralidades, o sus escrituras sagradas particulares. Mediante la fe en ellas programan su particular mapa de preferencias y obtienen una visión del mundo diferente a nosotros. Pero nuestra mente difícilmente puede ofrecernos una visión positiva de una realidad negativa o viceversa. El programa de selección de preferencias puede filtrarnos ciertas realidades que no deseemos ver, pero, si todo lo que entra por nuestros ojos está lleno de esas realidades, tarde o temprano habremos de modificar el programa de selección de preferencias para adecuarlo a la realidad que recibimos por nuestros sentidos.

Ahora bien, cuando observamos a algunos miembros de sectas que parecen vivir en otro mundo muy diferente al nuestro, nos preguntamos cómo es posible que personas aparentemente normales puedan llegar a semejante grado de sugestión como para comportarse en contra de toda lógica y mantener esa postura durante tanto tiempo. Sus actividades y posturas ante la vida nos hacen sospechar que no puede ser solamente su programa de selección de preferencias los que les dan una visión de mundo tan diferente a nosotros, sino que hay algo más. Y así es: lo que principalmente les empuja a tomar esas actitudes tan extrañas, y tan diferentes a las nuestras, no son exclusivamente las sugestiones, sino las percepciones extraordinarias que les llegan a través de los sentidos.

Estamos hablando de las percepciones extrasensoriales.





LA PERCEPCIÓN EXTRASENSORIAL



El estudio de las facetas ocultas del ser humano parece indicarnos que las limitaciones de nuestros cinco sentidos no son las que habitualmente creemos. Todo parece indicar que por cada uno de ellos podemos recibir señales que no siguen los cauces normales. Es como si pudiéramos ver y oír sin utilizar los ojos ni los oídos. Existen infinidad de teorías esotéricas que pretenden explicar estos hechos. Cada secta, cada doctrina, cada religión los explica a su manera, y siempre aprovechando la oportunidad para apoyar gratuitamente sus hipótesis sobre las magnitudes ocultas que ellos defienden.

No vamos a detenernos a estudiar todas las hipótesis que existen, pues se nos haría interminable, y seguro que nos dejaríamos alguna. Si hubiera algún acuerdo entre tanta teoría lo anotaríamos, pero, como el clásico desacuerdo en este tema se hace más notable que nunca, no vamos a perder el tiempo en hablar de ellas.

Las percepciones extrasensoriales parecen generarse en el propio cerebro, todo parece indicar que la materia gris destinada al sentido de la vista o del oído, por ejemplo, ve y escucha por su cuenta las señales que le llegan de otras zonas del cerebro. De esta forma cada sentido puede percibir señales que no le llegan a través de su órgano correspondiente sino de la propia mente. Y con esto no quiero decir que estas percepciones se produzcan exclusivamente en el individuo y no le lleguen también de fuera de él. Si decimos que somos capaces de sentir, de ver y de escuchar a nuestra propia mente, también estamos diciendo que podremos ver, sentir y escuchar también señales del inconsciente colectivo, dimensión psicológica apenas explorada y de la que no conocemos sus límites.

Las limitaciones de las percepciones normales de nuestros sentidos están definidas científicamente, pero las limitaciones de las percepciones anormales, extraordinarias, extrasensoriales, no están en absoluto definidas; éste es un terreno inexplorado, y, como tal, lleno de peligros.

Estas impresiones extraordinarias de nuestros sentidos suelen ser insignificantes comparadas con las percepciones normales. De hecho, todas las personas tenemos algún tipo de percepción extrasensorial y no le damos apenas importancia. Pero, cuando no sólo se le da importancia, sino que se les presta especial atención, se pueden producir cambios importantes en la personalidad de los individuos. Una pequeña percepción extrasensorial puede cambiar toda una vida si el interés de la persona así lo propicia. Recordemos que el interés mantenido sobre algo puede cambiar el programa de selección de preferencias de nuestros cerebros, y algo muy insignificante puede cobrar prioridad absoluta si así lo queremos. Estas percepciones, si se toman con un interés proporcional al grado de sensaciones que habitualmente transmiten, no tienen porque producir importantes cambios en la personalidad. Pero, si nos empeñamos en otorgarle un interés extraordinario, podemos originarnos transformaciones importantes de dudosos efectos, pues la inseguridad en los resultados que vamos a obtener del desarrollo de estas facultades está garantizada. En los psiquiátricos acabaron muchas personas que se obsesionaron con estas percepciones anormales. Mientras no sepamos más a ciencia cierta de dónde realmente provienen y cómo se producen, mejor es oírlas, si es que las tenemos que oír, como quien oye llover.

También es cierto que podremos acudir a esas sectas expertas en estas cosas, donde se nos darán todo tipo de explicaciones a nuestras extrañas percepciones, e incluso se nos señalará que poseemos unas dotes extraordinarias que deberíamos desarrollar para nuestro bien, el de la Humanidad, y el de la secta, claro está. De esta forma nos convertiremos en conejillos de Indias al servicio de los planes de experimentación de la secta, con el propósito de confirmar sus hipótesis.

Cualquier persona es muy libre de experimentar con su cuerpo o con su mente introduciéndose por terrenos inseguros y llenos de peligros, de hecho, si así no se hubiera sucedido a lo largo de la Historia, apenas habríamos salido de la Prehistoria. Lo que resulta intolerable en nuestro mundo moderno, donde tanto se defienden los derechos humanos, es que haya personas que estén sirviendo de conejillos de Indias sin saberlo.

Cierto es que la mayoría de las veces los dirigentes de las sectas no son conscientes de los riesgos que están corriendo ellos y sus adeptos, están cegados por su ansia de encontrar la tierra prometida; como nuestros antiguos exploradores, emprenden expediciones llenas de peligros, embarcando a una tripulación ignorante de lo que le espera en una aventura que les hará padecer innumerables penalidades. Sus objetivos son muy dignos de llevar a cabo; pero, por favor, sin engaños, prometer lo que no podemos dar es un fraude; delito que muchas veces no podemos denunciar porque la mayoría de sus promesas se nos dice que se cumplirán en la otra vida, y eso es algo que nadie puede poner en duda porque nadie regresa de allí para contarlo.

Por consiguiente, si no tenemos espíritu aventurero, y escuchamos pequeños sonidos que no nos entran precisamente por los oídos, o vemos tenues luces que no nos entran por los ojos, mejor no prestarles especial atención. A nuestro potente ordenador cerebral se le puede perdonar algún pequeño cruce de cables que perturbe un poco nuestra sensible percepción.

Si por el contrario estamos dispuestos a desarrollar nuestra percepción extrasensorial, habremos de saber que pisaremos terrenos inexplorados, y si nuestro interés mantenido así lo propicia, podemos acabar convertidos en videntes que ven más con su mente que con sus ojos, y oyen más son su cerebro que con sus oídos. Y con el sentido del tacto, del gusto y del olfato puede suceder lo mismo. Los agradables aromas celestiales o el olor a azufre del infierno no son afirmaciones gratuitas, son experiencias extrasensoriales de aquellos que aseguraron visitar esos lugares. Otro tanto sucede con el gusto, sintonizar con un nivel agradable o desagradable de nuestro inconsciente puede dejarnos un buen o un mal sabor de boca. Y a través del sentido del tacto podemos sentir la presencia de esa entidad del más allá que nos puede poner los pelos de punta.

Son muy pocos los casos en los que este tipo de percepciones llegan a ser importantes, la mayoría de las veces es el interés o la obsesión del propio individuo quien propicia su desarrollo, cuando no es un impulso vanidoso de sentirse diferente a los demás, elegido por los dioses para percibir lo extraordinario.

Insisto en la tremenda peligrosidad que implican las percepciones extrasensoriales. Si se quieren correr riesgos, adelante, pero siendo conscientes de que los estamos corriendo. Podemos hacer uso de toda la información que nos han dejado infinidad de videntes en sus inmersiones por nuestros misterios profundos; cierto es que unos nos hablan de fabulosos tesoros encontrados, de dichas inmensas disfrutadas, sentidas a través de nuestra manera de percibir extraordinaria; no olvidemos los éxtasis de los místicos, auténticas orgías de sensaciones celestiales; pero no olvidemos tampoco a quienes cayeron en los infiernos y padecieron visiones y sensaciones tan horribles que acabaron enloquecidos.

Mientras no abramos seguras autopistas por nuestro inconsciente que nos lleven allí donde queramos ir, todo aquel que se introduzca en el mundo oculto del ser humano está dispuesto a correr unos riesgos que en la mayoría de los casos no son compensados por los resultados obtenidos. Sin embargo, y a pesar de ello, muchas personas continúan adentrándose en su interior, poniendo un interés especial en ese tipo de percepciones, anhelando descifrar los sonidos que llegan de nuestra frondosidad inconsciente, y pretendiendo reconocer alguna figura en las sombras de la espesura de nuestra mente.

Este interés de escuchar algo más de lo que oyen nuestros oídos o de ver más de lo que ven nuestros ojos, hace que nuestro programa cerebral de selección de preferencias destine a gran parte de nuestra inteligencia para descifrar y entender lo que nos llega a través de las percepciones extrasensoriales. Y, si en el capítulo anterior expusimos la capacidad que tiene nuestro cerebro de mostrarnos una visión de la realidad diferente de la que nos llega por los sentidos, cuando se trata de procesar los datos que nos llegan a través de la percepción extrasensorial, el riesgo de obtener una visión falsa de lo que estamos percibiendo es de un elevadísimo porcentaje.

Nuestra inteligencia es tan lista que, cuando le pedimos insistentemente que nos dé una visión inteligente de unas vagas impresiones que estamos recibiendo, intentará componer con esos datos un esquema inteligente que encaje en nuestro puzzle cerebral, y, si lo consigue, nos dará la visión correcta; pero, si no lo consigue, se la inventará. Y los datos aportados por las percepciones extrasensoriales, son tan difíciles de encajar en la lógica de nuestra inteligencia, que la mayoría de las veces nuestra mente ha de inventarse una visión personal de ellos para satisfacer nuestro empeño de entenderlos. De hecho, en este tipo de percepciones, las deducciones lógicas de lo que se percibe son formadas, más que por las propias percepciones, por las creencias de los individuos que las perciben. Esta facultad de fantasear de nuestra mente también se aplica a las percepciones que recibimos por nuestros sentidos, pero en un grado mucho menor, ya que la precisión de las leyes físicas de nuestro mundo que percibimos por los cinco sentidos no dan mucho margen para la fantasía. Nuestra mente termina por aprender la fría realidad matemática de nuestro mundo tridimensional, aunque para ello haya necesitado tropezar varias veces en la misma piedra. Nuestro cerebro procurará mostrarnos una visión de la realidad de lo que le llega por los sentidos lo más fiel posible, es de suponer que siempre procurará darnos una visión correcta de lo que tenemos delante de los ojos para evitar accidentes; no le resultará muy agradable que nos rompamos los huesos por no ver bien lo que tenemos delante de los ojos, sobre todo si esos huesos son los de la cabeza.

Pero este duro y obligado aprendizaje no se da cuando se trata de obtener una visión de las percepciones extrasensoriales, fuera de nuestra dimensión tridimensional no parece que existan leyes como las físicas gobernando las realidades. Un ejemplo de ello lo tenemos en el mundo de los sueños, donde nuestra mente tiene libertad absoluta para mostrarnos cualquier tipo de realidad virtual. La creación de las características figurativas de la realidad onírica no implican dificultad alguna para nuestra mente, cada noche creamos innumerables situaciones de realidad virtual. Una de las funciones más importantes de nuestro cerebro, y a la que se le presta muy poca atención, es su capacidad de crear escenarios de realidad virtual, mundos y personajes creados exclusivamente para protagonizar en el teatro de nuestra mente impulsos que no protagonizamos en nuestra realidad tridimensional. Las características figurativas de estos escenarios y personajes son extraídas de nuestra memoria, consciente o inconsciente, elegidos entre aquellos que estén más familiarizados con nosotros y mejor puedan escenificar las pasiones, los temores, conflictos, represiones, etc. Lo importante para nuestra mente es hacernos vivir nuestros impulsos psicológicos, realizarlos en los sueños, y para ello elegirá un mundo y unos personajes que mejor puedan hacernos vivir esos impulsos. Y al actuar así no está actuando caprichosamente, sino que responde a las órdenes de nuestros impulsos personales y al programa de selección de preferencias. Y esto precisamente sucede cuando le ordenamos que nos interprete y nos dé una explicación a las percepciones extrasensoriales, prácticamente estamos obligando a nuestro cerebro a que nos cree realidades virtuales, cosa que hace muy a gusto y a poco que le insistamos; y, como nada le obliga a darnos una visión fiel de ese tipo de percepciones, nos ofrecerá la visión más lógica para nosotros, la que nos resulte más creíble, la fantasía que mejor nos podamos creer. Buscará en nuestros patrones heredados culturales los materiales necesarios para crear un mundo esotérico o espiritual donde hará encajar las visiones y sonidos extraordinarios. Y esto no es un capricho de nuestra mente, es el resultado de invitarla a darnos una visión precisa de unos datos tan imprecisos como son los que recibimos a través de la percepción extrasensorial.

De todos es conocida la existencia de la telepatía, de la clarividencia y de la precognición, y seguro que la mayoría de nosotros hemos tenido vivencias relacionadas con estas capacidades extrasensoriales. También es de todos conocido el fracaso de todos los intentos hechos hasta ahora para dominar estas facultades. Las consecuencias de este fracaso no vienen exclusivamente porque no sepamos utilizarlas, sino porque cuando a nuestro cerebro le estamos pidiendo que las utilice y no se dan las circunstancias para que funcionen, entonces se las inventa: visionamos algo que no está sucediendo, prevemos cosas que no van a suceder, o nos inventamos una conexión telepática que no existe.

En los ámbitos espirituales esta capacidad de inventar escenarios virtuales se ha puesto de manifiesto a lo largo de la existencia de la Humanidad. El ansia por explicarnos las experiencias de las percepciones extrasensoriales ha obligado a nuestra mente a crear mundos donde encajarlas, escenarios donde tuviéramos una visión más o menos lógica de tan ilógicas experiencias, realidades virtuales que incluso nos obligamos a creer en ellas a golpe de dogmas de fe, religiones que pretenden satisfacer las inquietudes espirituales, sectas que poseen su particular realidad virtual donde toman protagonismo los impulsos psicológicos del grupo, mundos elegidos por personas cansadas de sus frustraciones en la dimensión tridimensional; esperanzas de vida que no existen, inventadas por la poderosa máquina de generar realidades virtuales, por nuestro cerebro.

Por lo tanto, los personajes, entidades, dimensiones y estados de los que nos hablan las religiones o las doctrinas de los caminos esotéricos, no son creaciones fantasiosas sin ningún sentido; tras ellas se ocultan esencias de nuestra humanidad.

El impulso sexual, por ejemplo, es una fuerza esencial en los individuos con el que generamos las fantasías oníricas que nuestro cerebro construye en la dimensión de los sueños.

Lo dramático se produce cuando esas imaginaciones, que en un principio sirvieron para escenificar unas pulsaciones psicológicas o para explicarnos las percepciones extrasensoriales, acaben tomando cuerpo en la conciencia humana y campen a sus anchas por la mente de los creyentes con vida propia.

Las sectas, que debieran de ser grupos de investigadores de lo oculto, acaban la mayoría de las veces atrapadas en sueños, en mundos de realidad virtual donde pretenden explicarse y satisfacer sus impulsos psicológicos espirituales. Su diferente visión del mundo llega en muchas ocasiones a ser tan diferente del mundo real que crean en su imaginación mundos aparte. Sofisticados escenarios esotéricos donde se protagonizan fantásticas tramas protagonizadas por las pulsaciones de la sombra humana. Tal es el grado de realidad que la conciencia del grupo sectario puede imprimir en esos mundos virtuales, que incluso puede superar el grado de realidad de la dimensión tridimensional. Y es entonces cuando se vive en una realidad no física, moviéndonos por este mundo como si viviéramos en otro.

Nuestra ansia por descubrir nuevos mundos nos ha llevado infinidad de veces a inventarlos. ¿Qué otra cosa pueden ser, aparte de invenciones, los innumerables mundos espirituales contradictorios que nos enseñan las diferentes religiones, las vías esotéricas o las sectas? Si alguna de ellas hubiera descubierto la auténtica realidad espiritual, ésta se hubiera impuesto a todas las demás que la contradicen. No sucede así porque siempre se trata de imponer una realidad virtual sobre otra, algo que es imposible, porque cada sueño tiene su grado de realidad para quien lo sueña.





PERCEPCIONES EXTRASENSORIALES EN HERMANDAD



Está sobradamente reconocida la efectividad del trabajo en grupo para conseguir determinados fines en cualquier ámbito de las actividades humanas. Y en los ambientes esotéricos, religiosos o místicos, no iba a ser menos; la efectividad de sus grupos de trabajo también está demostrada, su poder creativo mental demuestra una gran capacidad para convertir en “realidad” cualquier tipo de fantasía. La atmósfera sagrada generada por los rituales de un grupo espiritual propicia enormemente la creatividad. Como dijimos en el capitulo anterior, nuestro cerebro no tiene limitaciones para crear realidades virtuales en las dimensiones espirituales, y, cuando son más de un individuo los implicados en este tipo de creaciones, los resultados son siempre sorprendentes, y adquieren un grado de realidad compartida indiscutible para quienes así lo perciben. Y no sólo me estoy refiriendo a pequeños grupos de personas, muy a menudo estas creaciones son aceptadas por la gran masa de una sociedad y se convierten en escenarios y personajes reconocidos por la mayoría. De hecho, no creo que haya existido en la Historia una sociedad que no acogiera algún tipo de estas creaciones, ya se tratara de una gran nación o de una pequeña tribu, siempre la colectividad aceptaba un tipo de escenarios virtuales, paraísos, cielos o infiernos, donde se desarrollaba la actividad de sus personajes, entidades espirituales, dioses, ángeles y demonios; virtuales también, por supuesto. La mitología hace abundante acopio de este tipo de creaciones, como lo hacen también las diferentes religiones actuales, y por supuesto las sectas.

Cuando dormimos, las vivencias oníricas son individuales, las crea el cerebro tomando datos de la mente de la persona; pero, cuando se trata de las creaciones compartidas que estamos hablando, los datos con los que se crean estos escenarios, magnitudes y personajes espirituales, son tomados de la mente colectiva, de la cultura de la colectividad o del grupo implicado, lo que permite un grado de sofisticación y de detalles mucho más complejo que si de un solo individuo se tratara.

Convencer a un individuo de la existencia de una realidad espiritual que justifique su particular percepción extrasensorial, puede resultar relativamente fácil, pero convencer a toda una sociedad es mucho más complicado. Para ello resulta necesario que los escenarios, personajes o magnitudes, sean creíbles por la mayoría, por lo que deberán de ser construidos con materiales extraídos de la propia cultura de la sociedad o de la secta en cuestión, y deberán también ser “soñados” por un grupo lo suficientemente grande e influyente como para convencer al resto. Para otorgar un notable grado de realidad a estas creaciones, es necesario que haya un apreciable número de individuos de la colectividad que tengan las experiencias extrasensoriales mínimas que las apoyen. Esta condición indispensable se da en las reuniones destinadas a fomentar la realidad virtual espiritual de que se trate. En los ambientes de hermanamiento se dan las condiciones propicias, para obtener las experiencias extrasensoriales, que otorgarán realidad a las creaciones virtuales de los mundos espirituales imaginados. La atmósfera sagrada introduce en una ensoñación colectiva al grupo de creyentes. Una sutil embriaguez nubla la conciencia de este mundo y le da paso al mundo de los sueños espirituales, donde tomarán cuerpo las pulsaciones ocultas del hombre, en los escenarios y en los personajes soñados. Después vendrá la fase siguiente: convencer al resto de personas de que aquello es real, algo que no implica demasiada dificultad aunque para ello sean necesarios años o siglos; pues cuando se ha creído una ilusión espiritual un considerable grupo de personas, la propagación de su creencia es sólo cuestión de tiempo. Un grupo o sociedad de creyentes no tiene muchas dificultades para convencer a otro individuo de la realidad de sus creencias, si la persona en cuestión, por supuesto, no es ya un fanático creyente de otra realidad virtual espiritual opuesta, o un escéptico empedernido.

Para observar la influencia que la masa puede ejercer sobre un individuo, no hace falta meterse en esoterismo, en los espectáculos públicos como puede ser en un concierto de rock, en un acontecimiento deportivo, militar o artístico, tenemos claros ejemplos; en ellos se puede sentir el vibrar del público, sus emociones y sus sensaciones, y podemos observar lo tremendamente fácil que le resulta al individuo dejarse llevar por ellas; tanto es así que la persona puede llegar a traspasar sus propias limitaciones y acabar sorprendida de haber experimentado sensaciones que nunca tuvo o de haberse comportado como nunca lo hubiese hecho por sí misma.

El único punto en común que pueden llegar a tener las personas de estos grupos es su interés por el espectáculo o acontecimiento que están presenciando, circunstancia suficiente para hacerlos vibrar al unísono y para proporcionarles vivencias extraordinarias.

Pero, cuando la reunión tiene un objetivo que no es de este mundo, las vivencias que se pueden producir en los individuos pueden llegar a ser auténticas experiencias extrasensoriales.

En cualquier agrupación de personas se vive una especie de sintonización. Cada individuo puede vibrar al unísono entrando en resonancia con los demás, como si de un contagio vibratorio se tratará. En el capítulo de los chacras decíamos que eran centros de bioenergía corporales que vibraban y emitían las radiaciones que forman el aura, y parece ser que esas radiaciones traspasan nuestro globo bioenergético y las emitimos al exterior. De estas vibraciones personales apenas se conocen sus características ni su alcance, lo que sí parecen provocar, en las personas predispuestas a ello, es una recepción de las emisiones producidas por las personas transmisoras. Si ponemos dos instrumentos musicales próximos y producimos una nota musical con uno de ellos, el otro resonará también en la misma frecuencia. Para que esto suceda entre nosotros será primero necesario que podamos vibrar a la misma frecuencia y estemos predispuestos a vivir esa sintonización.

Los templos nunca fueron exclusivamente centros de adoración, fueron ante todo lugares de experimentación donde se generaba la atmósfera sagrada, el sumo sacerdote vibraba en trances alucinatorios y contagiaba a su auditorio. Hoy en día se ha perdido bastante la espectacularidad de estos acontecimientos públicos, ya sea porque no existe en general una buena predisposición para experimentar los procesos sagrados o porque los sacerdotes oficiales no son capaces de hacernos vibrar como lo hacían los sumos sacerdotes de la antigüedad. Cierto es que todavía nos queda, en los rituales que protagonizamos en los templos oficiales, una tenue presencia de la divinidad que se puede llegar a vivir, las oraciones y los cánticos en masa nos pueden elevar hacia dulces dimensiones espirituales, o hacernos sentir la culpa que nos invitará a los infiernos. Pero, en el seno de muchas sectas, las experiencias extrasensoriales son mucho más espesas y cobran un notable grado de realidad, pues son capaces de generar atmósferas sagradas mucho más densas. Sus miembros se abren a vibraciones esotéricas más profundas, y en sus sumos sacerdotes, gurús, predicadores, sanadores, etc., nos encontramos con la fuente generadora de la vivencia sagrada, o sencillamente con la dirección del éxtasis colectivo.

El hermanamiento es condición indispensable para que la experiencia extrasensorial en este tipo de grupos se produzca. Mientras que en otro tipo de acontecimientos públicos basta con un interés común y pertenecer a una misma sociedad para integrarse en las vivencias del grupo, en los ámbitos espirituales es necesario una confraternidad entre sus miembros para que puedan sintonizar con niveles vibratorios elevados y generar una densa atmósfera sagrada. El íntimo lazo emocional facilita la sintonización entre las personas, la unión entre ellas; necesitan vivir unidos las experiencias de otras dimensiones, apoyándose mutuamente y dándose confianza mutua. Un escéptico en el grupo puede estropear toda una sesión vuelo místico, de ahí la intransigencia que siempre han demostrado los seguidores de las vías espirituales con las personas de poca fe. Para que la realidad virtual espiritual cobre visos de realidad es necesario creer en ella, darle un voto de confianza al menos, después la mente se encarga de hacer el resto.

En nuestros días podemos observar en los debates públicos de creyentes con escépticos, como los creyentes defienden una realidad que sus detractores no conocen en absoluto. Debates que suelen terminar en un diálogo de sordos, pues unos no se explican como los otros no pueden ver las realidades espirituales que ellos ven, y los otros no se explican que es lo que están viendo esas personas para que lo defiendan con tanto ahínco. Los creyentes en las realidades virtuales espirituales ven un mundo particular que no puede ser compartido ni comprendido por quienes no creen en él. Esta incomunicación se da también entre seguidores de diferentes religiones o sectas, sobre todo si éstas adoran a deidades diferentes ubicadas en parajes espirituales virtuales diferentes también.

Estas faltas de acuerdos nos han creado auténticas tragedias históricas. Los debates no se hacían antes como los hacemos ahora, sino que se le cortaba la cabeza a quien no nos daba la razón. De esta forma se defendía la realidad de las realidades virtuales, a punta de espada. Hoy en día podemos sentirnos afortunados de que no sea así, al menos en los países desarrollados, donde el escepticismo es una opción libre de ser tomada por quien lo desee. Como lo es también la fe, condición que continúa siendo indispensable para introducirnos en una realidad virtual espiritual.

Otra causa que une como una piña a los grupos o sociedades de creyentes es el pánico. Las experiencias extrasensoriales asustan al más valiente. Los seres humanos ante una situación de peligro nos unimos más que nunca, y por supuesto que el sumergirse en una realidad virtual espiritual produce un miedo espantoso. Situación que siempre se querrá remediar introduciendo en ella entidades protectoras de los débiles humanos, porque en los mundos virtuales espirituales el ser humano se suele quedar en muy poquita cosa. Miedos que tomarán cuerpo en lugares o personajes terroríficos de los que es muy difícil librarse, infiernos y demonios que sirven de justificación si no sales bien parado de la aventura, cosa que sucede a menudo.

Espero que me esté explicando lo suficiente para entender el grado de realidad que pueden adquirir las experiencias extrasensoriales en grupo. Aunque hayamos visto que suceden en una especie de sueño místico, no conviene olvidar la fuerte impresión de realidad que experimenta quien lo vive. No se trata de tenues ensoñaciones debidas a la sugestión, se pueden vivir autenticas películas de miedo o de gloria divina siendo el protagonista de forma muy real, sin tener la sensación de que se está viviendo una película. Si recordamos esos casos en los que dormidos soñamos con un elevado grado de conciencia, de tal forma que en el momento de despertar no estamos muy seguros si el mundo real es el de los sueños o el de la vigilia, tendremos un ejemplo del elevado impacto en la conciencia del individuo que pueden tener los sueños. Las percepciones extrasensoriales en hermandad provocan impactos de realidades compartidas de indudable existencia para quienes los viven. El sencillo y peligroso juego de la ouija pone de manifiesto con que sencillez podemos poner en marcha percepciones de otras supuestas realidades. Un sencillo mantra entonado en grupo desata unas fuerzas impresionantes. Y la invocación de cualquier entidad espiritual encuentra respuesta segura cuando se realiza al unísono por más de una persona creyente. Estas experiencias se hacen muy espesas y palpables para quienes las viven en grupo, bien podríamos decir que el grupo hace de amplificador y potencia su grado de realidad. Todas las mentes unidas crean unas realidades virtuales espirituales mucho más reales que si lo hiciera un cerebro solamente. Su grado de realidad puede llegar a ser tan poderoso que pueden hacer temblar nuestra realidad tridimensional. Siempre ha sido así: la realidad física se resquebraja ante los fenómenos paranormales. Desatado el fenómeno paranormal, apenas puede la persona incrédula negar su existencia. Hasta hace unas pocas décadas nadie se atrevía a negar la existencia del demonio, por ejemplo, personaje que tiene un voluminoso historial de manifestaciones físicas en nuestro mundo.

Pero la culturización del pueblo, que tanto querían evitar los poderes eclesiásticos del pasado, nos ha llevado a conocer otras religiones; y ahora nos preguntamos si esos escenarios que en las realidades virtuales espirituales se describen, sus fuerzas, sus entidades y sus personajes, son en realidad reales. De existir un cielo realmente, por ejemplo, no sabríamos como es, porque cada religión o secta lo describe de forma diferente, y con unos seres en su interior tan dispares de una descripción a otra que no podemos sino deducir que esos paraísos del más allá, con sus habitantes incluidos, no son sino creaciones de los seres humanos. Seguro que, para el creyente, el cielo que él conoce es el real, con todas sus fuerzas y entidades incluidas; pero, si nosotros hemos de ser imparciales y procuramos no inclinarnos por ninguna opción que no sea evidente, no encontraremos, en un análisis comparativo, ninguna que nos ofrezca más visos de realidad que las otras. Lo que nos lleva a deducir que todas son creaciones de quienes creen en ellas.





LA ATMÓSFERA SAGRADA



A lo largo de todo este libro no vamos a dejar de utilizar este concepto y de desarrollarlo. El estudio de la atmósfera sagrada es de suma importancia para entender el mundo sectario, es un ingrediente clave en la vida espiritual del hombre, y habitualmente se obvia cuando se habla de las sectas. Podríamos definirlo como la consecuencia de una elevada vibración personal, esencia de toda vivencia espiritual y de la experiencia religiosa. Son nuestros chacras superiores emitiendo vibraciones y generando una atmósfera espiritual en torno a la persona que vive este proceso, alcanzando elevadas densidades cuando es un grupo de personas las que vibran espiritualmente, generando en su entorno una atmósfera sagrada que se puede “respirar”.

Conviene aclarar que no estoy hablando de una vibración extraordinaria destinada únicamente para los elegidos, exclusiva de las personas religiosas. Nada más lejos de la realidad, la atmósfera sagrada la encontramos muy a menudo en la vida de las personas corrientes aparte de las actividades religiosas. Es un aire sagrado que lo conocemos todos, rara es la persona que en algún momento de su vida no lo ha respirado intensamente en soledad o en grupo. Especialmente en la adolescencia se viven momentos o temporadas que el elixir sagrado nos embriaga, se sea creyente o no se crea en nada. Es la sustancia que crea el misticismo aparte de las creencias, es la vibración que abre nuestra mente al infinito, la que da cuerpo a lo divino. Un amor platónico tiene mucho de sagrado. Los artistas conocen muy bien la divinidad de su creatividad. Un buen concierto de ópera, por ejemplo, puede sacralizar tanto a su auditorio como un ritual religioso. Un buen museo es un templo de creatividad con su atmósfera sagrada propia, exponga temas religiosos o no. Los enamorados se divinizan y se adoran mutuamente embriagados por los elixires de la atmósfera sagrada que los envuelve. Lo sagrado es una sensación humana, aunque casi siempre la convirtamos en una sensación divina.

Vamos a intentar dejar bien claro lo básico de este concepto, pues es esencial hacerlo para continuar entendiendo este estudio. Para ello es necesario separar lo que estamos llamando atmósfera sagrada de lo que habitualmente la envuelve y se suele presentar unido a ella. Nos va a venir de perillas continuar usando la metáfora del sexo para entenderlo. (Lamento que esta traslación pueda resultar sacrílega a algunos creyentes, pero no encuentro otra mejor). Todos conocemos la vibración sexual, y no nos resultará difícil entender que es una atmósfera sexual: aquella que puede emitir una persona sexy, o aquel ambiente generado por una pareja o grupo sumido en erotismo; pues bien, la atmósfera sagrada es otro tipo de vibración digamos que más espiritual, menos corporal, aunque se puede sentir por todo el cuerpo. También sabemos que la energía sexual, la libido que llamaba Freud, no son los rituales amorosos, ni los genitales, aunque habitualmente fluya a raudales por ellos; así como tampoco la energía sagrada son los chacras que los emiten, ni los altares, ni los dioses, ni los rituales religiosos, aunque habitualmente fluya a raudales por ellos; éstas dos energías existen por sí mismas y dan cuerpo a todo aquello por donde circulan. El río no existe sin el agua, pero no es el agua; estas energías son el agua de todo aquello por donde circulan, le dan realidad a todo lo que alimentan, pero no son esas realidades ya sean sagradas o sexuales. Y tanto una energía como otra pueden ser experimentadas por una persona que no haya oído hablar de ellas en su vida. El sexo, en aquellas culturas que lo reprimían, irrumpía en las personas sorprendiéndolas en la mayoría de los casos; y lo sagrado también es susceptible de ser experimentado en aquellas personas que nunca oyeron hablar de los cielos, de los dioses o de los santos, pues éstos son como ríos por donde fluye lo sagrado, mas el agua puede beberse en otras fuentes u otros ríos sin nombres, diferentes a los conocidos.

La atmósfera sagrada es embriagadora y seductora, como la sexual; y crea adicción, como el sexo. Los fluidos sexual y sagrado son tan semejantes en sus comportamientos que ambos consiguen unirse en perfecta armonía en los enamoramientos típicos de las parejas.

La sexualidad es en el mundo material lo que la divinidad es en el mundo espiritual. Y si ha sido lamentable lo que el hombre ha hecho con su sexualidad en el curso de la Historia, más lamentable es lo que ha hecho y continua haciendo con su divinidad; pues todavía no somos conscientes de que nuestro fluir divino es nuestro, no de caprichosos dioses, entidades o energías divinas ajenas a nosotros. La sombra de la maldad humana se ha apropiado de la divinidad del hombre en muchos casos para causarle gran sufrimiento, una energía gloriosa en sí misma ha sido y está siendo causa de gran sufrimiento para gran parte de la Humanidad. Espero que nadie se extrañe de este fenómeno, con la sexualidad nos sucedió algo semejante. La violencia unida al sexo nos ha dado muchos disgustos y nos los continúa dando, y la represión sexual también ha sido causa de sufrimiento y de enfermedades mentales. Una energía tan dichosa como es la sexual puede ser convertida en causa de gran sufrimiento. Solamente cuando fuimos conscientes de que nosotros somos los primeros responsables de nuestra sexualidad, fue posible empezar a disfrutarla. Y solamente cuando seamos conscientes de que nosotros somos los primeros responsables de nuestra divinidad, será cuando podremos empezar a disfrutarla. Espero que este libro nos sirva para retomar la conciencia de lo que es nuestro. La atmósfera sagrada es en el plano espiritual lo que la atmósfera sexual es en el material.

El sexo es una fuerza creadora de vida, y la atmósfera sagrada también lo es, con la diferencia de que la primera crea seres vivos en este mundo y la segunda crea también seres presumiblemente vivos pero en el otro mundo. La vivencia sagrada conlleva un impulso creativo enorme que excita la imaginación de la persona más tranquila. En mi opinión ella fue el origen de tan variopintas creencias espirituales que existieron y existen en el mundo. Los artistas aprovechan el impulso creativo de la atmósfera sagrada que pueden llegar a sentir, aunque sea mínimo, para realizar sus creaciones. Recordemos que la mayoría de las grandes obras artísticas de la antigüedad fueron religiosas, el arte sacro es una clara manifestación del gran impulso creador que conlleva la vivencia de lo sagrado.

Mi experiencia personal reafirma este hecho: Cuando regresaba de asistir a seminarios, donde había respirado una densa atmósfera sagrada, experimentaba fuertes impulsos creativos. Nuevas ideas bullían en mi mente, nuevos proyectos de futuro y las más sorprendentes creaciones mentales solicitaban mi actividad para hacerlas reales. En ocasiones, permanecía meses, incluso años, borracho de elixires creadores, empeñado en realizar inventos al estilo Leonardo da Vinci que siempre acabaron en agua de borrajas.

Las creaciones más sublimes del hombre, haciendo uso de la atmósfera sagrada, han sido y siguen siendo aquellas realizadas en las dimensiones espirituales. Es sorprendente observar como la sustancia o vibración sagrada es capaz de dar cuerpo a la imaginación estimulada por la percepción extrasensorial. La fantasía esotérica puede cobrar vida en otros mundos imaginados con un realismo tan sorprendente que puede llegar a influir y a manifestarse en la realidad de nuestro mundo. La mitología nos habla de multitud de fantásticos mundos espirituales poblados de los seres más increíbles. Realidades virtuales que afectaron muy directamente a la realidad de nuestros antepasados; así como en la actualidad nos están afectando a nosotros las realidades virtuales espirituales que están vigentes hoy en día. En el seno de las religiones, de los caminos esotéricos y de las sectas, se mantienen vivas gran cantidad de estas creaciones. Observemos en el siguiente capítulo esta gran capacidad creadora del hombre por lo ancho y largo del mundo y a través de la Historia.

La consigna:
Mantener la Dignidad, la Fe, la Esperanza, el Respeto y el Honor. A traves de la Sabiduria, la Serenidad, la Sensibilidad y la Sencillez. regresar al Origen.

Los seres humanos son libres excepto cuando la humanidad los necesita.
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17-Oct-2009 09:01 PM
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Dark Crow Sin conexión
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Mensaje: #4
Paseo por el interior de las secta
LAS REALIDADES VIRTUALES ESPIRITUALES



Hagamos una lista de estos mundos del más allá para que podamos ir ampliando la idea que tememos de ellos, pues seguro que al menos uno ya lo conocemos. Empezaremos por la realidad virtual espiritual que más nos atañe, la que se extendió por Occidente basada en las viejas creencias hebraicas plasmadas en el antiguo testamento de la Biblia. En ella existe un cielo feliz plagado de ángeles y de personas que fueron buenas en vida, y donde reina un dios todo poderoso creador de todas las cosas, y, en contraposición, existe un infierno lleno de demonios y de personas que fueron malas, donde reina el demonio más malo de todos. Los cimientos básicos de esta realidad virtual son antiquísimos, pero al paso de los siglos y de los milenios se fueron añadiendo “pequeños detalles” en su construcción. Diversos enriquecimientos literarios sin importancia a no ser porque causaron grandes guerras y millones de muertos. Se supone que el pueblo judío se quedó con la versión antigua. Los cristianos introdujeron a Cristo y lo sentaron a la diestra del gran padre creador, algo con lo que no estaban de acuerdo los árabes, ya que para ellos el profeta del dios bíblico es Mahoma. Y a estos cambios en las sagradas escrituras le sucedieron otros y otros, hasta hoy en día, época en la que existen multitud de religiones derivadas de ellos, cuyos mundos virtuales son muy parecidos entre sí, pero con alguna modificación que les costó la expulsión de la religión madre por su sacrílego atrevimiento.

Sin salir de nuestra civilización podemos llegar a conocer una gran cantidad de estas variantes derivadas del tronco original hebraico, repartidas por el gran abanico de sectas asentadas en nuestras ciudades, donde también podemos encontrar realidades virtuales espirituales ajenas a la Biblia, y a nuestro tradicionalismo religioso. Porque en la antigüedad existieron otras grandes creencias, diferentes escenarios espirituales a los descritos en la Biblia. Algunos de ellos muertos o casi muertos, porque no tiene creyentes que los mantengan vivos, y si los tienen son en pequeño número; mundos que han acabado convertidos en literatura fantástica o infantil, como son aquellos donde habitan las hadas, los gnomos o los vampiros. Entre los mundos espirituales más importantes desaparecidos tenemos al mismísimo Olimpo griego, lleno de poderosos dioses que gobernaron sobre los antepasados que vivieron en los orígenes de nuestra civilización occidental. Y no olvidemos las realidades virtuales espirituales egipcias, plagadas de deidades.

De estos mundos desaparecidos merece destacar la enorme cantidad de animales mitológicos que los poblaban, desde el famoso Minotauro hasta los dragones que raptaban a las princesas en el medioevo. En este sentido la Biblia es una excepción de realidad virtual, en ella apenas residen personajes que no sean de forma humana. Si descartamos las alas de los ángeles y los cuernos de los demonios, sus personajes tienen cuerpos bastante parecidos a los que tenemos nosotros. Pero esto no es siempre así, en el resto de realidades virtuales nos encontramos con mundos exóticos plagados de dioses y de demonios de los más variados aspectos, donde las formas animales se entremezclan con las humanas. La combinación más típica es la compuesta por un cuerpo humano y una cabeza animal. El hinduismo contiene muchas de estas combinaciones, en los templos de la India nos podemos encontrar en los altares con un dios elefante, con otro dios mono, o con una diosa serpiente. Aunque conviene aclarar que al mal le gusta disfrazarse mucho más que al bien, pues hay más diferencias con los humanos en los personajes malvados, con rostros terroríficos y cuerpos mitad animales mitad hombres, que en los personajes destinados al bien. Está claro que los creadores de estos seres querían dejar bien claro la bondad de las personas de aspecto normal.

También existen notables diferencias respecto al “espacio” donde presumiblemente se ubican las realidades virtuales espirituales. Popularmente situamos nuestro tradicional cielo allende las estrellas, y a nuestro infierno en algún lugar de las profundas entrañas de la Tierra, sin que tengamos muy claro donde se encuentran realmente. Sin embargo, otras creencias sitúan a sus personajes espirituales en escenarios diferentes. Mereciendo especial atención las creencias animistas, muy profesadas por el hombre primitivo, y que han perdurado hasta nuestros días. Los dioses o espíritus de la Naturaleza no se suelen encontrar en cielos o infiernos semejantes a los bíblicos, sus hábitats espirituales son de los más extraño y sofisticado; aunque en ocasiones no son lugares ajenos a nuestra realidad. Un dios de una montaña se puede encontrar en las entrañas de su montaña, y el dios de cualquier raza de animales puede campar por los prados con sus manadas. En el sinto japonés tenemos como ejemplo un gran panteón de dioses o espíritus de la Naturaleza. En el chamanismo también observamos abundantes ejemplos de estos dioses y demonios de la Naturaleza, que han conseguido su resurgimiento en nuestra sociedad gracias a la proliferación de sectas animistas.

Conviene reseñar que existen miles y miles de seres espirituales de naturaleza debido a que cada cultura, cada civilización o pueblo, que profesa cultos animistas, tienen sus dioses y demonios particulares diferentes a los demás pueblos, aunque sean espíritus de una misma planta, raza de animales, ríos o montañas. Un dios de las vacas de una zona del mundo no se parece en nada al dios de las vacas de otro lugar, aunque las vacas sean iguales. Por ello existen miles y miles de dioses repartidos por todo el planeta, aunque reinen sobre las mismas especies. Ello es debido a que en cada lugar nacieron de creadores distintos, de diferentes culturas y civilizaciones; recordemos a los druidas celtas en Europa, a los chamanes indios americanos, a los mayas, y a la enorme variedad de pueblos asiáticos donde surgieron rituales animistas practicados desde hace miles de años.

Las creaciones virtuales espirituales parecen tener vida propia: nacen, crecen, se reproducen y hasta algunas han llegado a morir. Para su nacimiento solamente necesitan de un grupo de influyentes videntes que la experimenten en su sagrado sueño compartido, después vendrá la santa anunciación al resto de la sociedad, y, si todo les es propicio a la criatura, y no se la ha engullido otra creencia contraria, el paso de los siglos la hará crecer aumentando su número de creyentes. Si la suerte o la espada de sus defensores continúan animando su crecimiento, sobrevendrá el siempre doloroso y trágico trance de la reproducción, del cisma, del sector de herejes que percibirán en el mundo virtual original algún cambio sacrílego para su creencia madre. Y a un cisma le podrá seguir otro y otro, llegando a niveles de reproducción sorprendentes como en el caso del cristianismo.

Aquellas personas, muy interesadas por estos temas, quizás se sientan frustradas al creer imposible asistir a un nacimiento de una realidad virtual espiritual, porque habitualmente se consideran creaciones muy antiguas. Para su alegría, he de decirles que la capacidad creadora de aquellos que experimentan la atmósfera sagrada no ha desaparecido, se continúan generando nuevas realidades espirituales, en realidad nunca se ha detenido el proceso creador. Incluso en los momentos de un mayor monopolio de la espiritualidad por las religiones universales, los creadores de nuevas realidades virtuales, aunque no se atrevían a crear mundos totalmente nuevos, modificaban el mundo de su religión madre y creaban una nueva religión.

La creatividad provocada por la atmósfera sagrada, religiosa en estos casos, no se detiene nunca, y se adapta a los cambios culturales de las sociedades. Asistir a un nacimiento de una realidad virtual espiritual totalmente nueva sí que es mucho más difícil. No porque nuestros antiguos tuvieran más imaginación que nosotros, sino porque un nuevo mundo espiritual solamente podrá nacer de una civilización nueva. Recordemos que estos sueños compartidos nacen de la cultura de los pueblos que los sueñan. Ahora podríamos preguntarnos si nuestra cultura es lo suficientemente novedosa como para que emerjan de ella realidades virtuales espirituales totalmente nuevas. Pues parece ser que así es. El moderno desarrollo tecnológico de nuestra civilización nos aporta un nuevo ingrediente cultural esencial para crear nuevas realidades virtuales espirituales no nacidas de otras viejas. Este es el caso de los mundos de ciencia-ficción plagados de extraterrestres. Los estudiosos del fenómeno religioso están de enhorabuena, pueden observar en vivo el nacimiento de una realidad virtual espiritual, el fenómeno ovni esta ahí con su gran número de creyentes que aumenta día a día.

También conviene recordar en este capítulo que, a pesar del inmovilismo de muchas religiones, los mundos virtuales espirituales están en continuo cambio, sobre todo en nuestros días, cuando tantos cambios suceden sin cesar en nuestra sociedad. Cuando una religión defiende su inmovilismo a ultranza, corre el riesgo de perder su integración con una sociedad en progreso. Una de las claves del éxito en la propagación de muchas sectas es su flexibilidad a la hora de adaptarse a los movimientos culturales de los pueblos. La cultura y las realidades virtuales espirituales conviven en un régimen interactivo, influyéndose mutuamente; si la creencia se niega a ser influenciada por los cambios sociales corre el riesgo de morir. En estos tiempos de libertades, están sucediendo enormes cambios culturales a una velocidad sorprendente. Las realidades espirituales están experimentando unos cambios como nunca sucedió en la Historia, y a un ritmo muy poco habitual, pues siempre estos cambios necesitaron mucho más tiempo que el que ahora necesitan para cuajar en las masas de creyentes. No cesan de desaparecer viejos métodos de realización espiritual mientras aparecen otros nuevos.

Otra consecuencia de esta exuberante creatividad es la cantidad de mezclas de estos mundos que se están produciendo en la actualidad en las sectas, cogiendo un poco de este mundo y otro poco de otro, unos personajes de éste y otros de aquél; resultando de esos cócteles divinos asombrosos mundos espirituales donde Jesucristo se sienta al lado de Buda, o la virgen María lucha contra los dragones medievales. A medida que aumenta en la población el conocimiento de nuevas realidades virtuales espirituales, es inevitable que se creen nuevos mundos en el más allá mezclas de todos ellos.

Cuando se estudian las grandes obras de la Humanidad se suelen ignorar las creaciones espirituales, al hombre le cuesta reconocer su capacidad creativa de dioses y de demonios, como también le costó reconocer que sus sueños son creaciones suyas. El creyente no puede deducir que la realidad virtual espiritual en la que cree sea creación suya o de sus antepasados, pues él mismo se considera una creación de las entidades divinas que él considera creadoras de toda forma de vida. Digamos que él se considera una creación de sus propias creaciones espirituales. Aptitud suficiente para dar viso de realidad a sus sueños espirituales y olvidar su protagonismo y participación en ellos.

Y, como se puede sospechar, el hombre ha creado a lo largo de su Historia infinidad de divinidades que se le antojaron creadoras del mundo, del universo y de él mismo. Han existido, existen y existirán, multitud de entidades divinas creadoras del universo, con notables diferencias entre sí. (Digo esto para quienes pueden llegar a pensar que se trata de un solo dios con diferentes nombres).

Podríamos continuar realizando un análisis comparativo de estas deidades y realidades virtuales espirituales más detallado, pero dudo si será muy conveniente para mi seguridad en este mundo, demostrar con demasiados detalles, que todo escenario religioso de los otros mundos son una realidad virtual. Muchos creyentes se sentirán insultados ante semejante atrevimiento y podría crearme demasiados enemigos. (Aunque sería aplaudido cuando calificara de ilusión una creencia que no fuera la suya). No sería el primer escritor perseguido a la antigua usanza por herir la frágil estructura de estas realidades virtuales. La violencia con que se han defendido siempre estas santas realidades ha sido espantosa. A lo largo de la Historia se desataron multitud de trágicas guerras donde los creyentes en unas realidades virtuales espirituales intentaban borrar del mapamundi al resto de creyentes en otras para imponer así la suya.

Cabe preguntarse cómo es posible que estas santas realidades hayan dado cabida ―y sigan dando― a tanta violencia. Si la atmósfera sagrada es el seno de donde surgen, y ésta es una atmósfera de amor y de paz y origen de los milagros, ¿cómo es posible que tenga cabida en ella la violencia? Si volvemos a retomar el ejemplo comparativo del sexo, observaremos que él también es muy positivo en sí mismo, pero es también un gran generador de fantasías. La imaginación se desborda en proporción directa a la intensidad de vibración experimentada ya sea ésta sexual o sagrada. En un caso serán las fantasías sexuales, y en otro serán las fantasías espirituales. Creaciones mentales que podrán ser tan positivas como las energías que las alimentan, o, por el contrario, podrán ser creaciones perversas brotadas de las semillas del mal humano plantadas en las energías vírgenes. Entonces tendremos las aberraciones, sexuales en unos casos, y sagradas en otros; violaciones y agresiones sexuales o espirituales. La perversidad generada por la mente humana es capaz tanto de dañar la función tan positivamente creadora del sexo como la de la atmósfera sagrada. Lo más habitual es que la mente humana realice sus creaciones mezclando tanto el bien como el mal en ellas, consiguiendo así infinidad de matices.

A lo largo de este estudio no cesaremos de observar la gran cantidad de variopintas creaciones que la mente de los artistas esotéricos han creado y continúan creando, e intentaremos descubrir aquellos aspectos que en su origen no son precisamente sagrados aunque se presenten como tales.

Estas fuerzas o personajes de las realidades virtuales espirituales son representaciones de nuestras profundas fuerzas o pulsaciones psicológicas, que podemos percibir a través de la percepción extrasensorial. Nuestro subconsciente nos representa nuestras propias realidades internas de esta forma semejante a como lo hace cuando dormimos en los sueños. Las realidades virtuales espirituales son sueños, no son creaciones conscientes, pero no por eso dejan de ser importantes, en ellas se encuentra representada toda nuestra profunda realidad, e incluso influyen en nuestra realidad física. La mayor diferencia con los sueños del dormir radica en que las realidades virtuales espirituales son sueños compartidos por quienes creen en ellas, no por el resto de personas no creyentes o creyentes en otras realidades virtuales. De ahí que cuando se otorga realidad, a una de estas ilusiones espirituales, se anulen automáticamente el resto de las demás. Un creyente que “sueña” en la realidad virtual de su creencia no puede creer en otra diferente, pues no se pueden tener dos sueños simultáneamente. De ahí que existan tantas creencias tan diferentes y tan incomprendidas entre sí.

Si todos los grandes videntes espirituales hubieran visto un mismo cielo, un mismo dios o unos mismos personajes espirituales, no habría problema, todos creeríamos que son ciertos. Pero, como sucede en el mundo de los sueños, nuestra realidad interna se escenifica de forma diferente según sea un individuo u otro quien sueña. En unos grupos humanos el bien y el mal se escenifican de distinta forma a otros grupos, todo depende de la cultura a la que pertenece cada grupo, y si en uno el representante supremo del bien aparece con un aspecto determinado, en otros lo hace de forma diferente. Después suele venir la disputa entre grupos de creyentes en un tipo de representación o de otro, defendiendo unos una imagen y otros la otra, defendiendo uno a un dios y otros a otro, sin explicase cada uno cómo el otro puede ver algo diferente a lo que ellos están viendo.

Los escenarios de nuestros sueños cuando dormimos son creaciones nuestras, de nuestra mente, aunque no las realicemos conscientemente; en ellas se representa únicamente nuestra vida interior, aunque muchos de los personajes que aparezcan en nuestros sueños nos hablen y nos dé la sensación que no son creaciones nuestras. En las realidades virtuales espirituales sucede lo mismo, pero habitualmente de forma compartida, lo que aumenta el grado de realidad del sueño esotérico. En las diferentes atmósferas sagradas, donde se crean o se recrean estos sueños de realidades virtuales espirituales, las entidades espirituales o fuerzas divinas son parte de nosotros por mucho que creamos que no tenemos nada que ver con ellas y que existen por sí mismas. Soy consciente de que esto es muy difícil reconocerlo, en especial para el creyente; al igual que cuando estamos soñando nos será casi imposible reconocer que tanto el escenario así como los personajes de nuestro sueño son creaciones de nuestra mente. Despiertos, podemos entender que el toro, aquél que nos perseguía en un sueño, es una creación de nuestra mente; pero, cuando lo soñamos, sufrimos la trágica persecución como si fuera real.

La atmósfera sagrada es propicia para “soñar sueños compartidos” vividos con tal grado de realidad que se convierten en creencias religiosas. Y, como en el caso de los sueños, esto será muy difícil reconocerlo mientras se continúe soñando.





LA TRANSMUTACIÓN DE LAS ENERGÍAS



El auge que las ciencias han experimentado en el último siglo, en los países desarrollados, ha introducido en nuestra cultura popular un gran número de términos científicos que a su vez han sido absorbidos por los diferentes caminos espirituales. La utilización de estos términos permite dar explicaciones más sofisticadas y detalladas de las magnitudes espirituales, incluso de esta forma dan la sensación de ser más convincentes al imprimirles un carácter científico.

Entre todos ellos, el concepto de energía es el más utilizado en todas sus variantes y sinónimos. Ya forman parte del vocabulario esotérico popular expresiones como: el poder de la fuerza, la radiación divina, la luz sanadora, la energía universal, el poder mental, las radiaciones cósmicas, las fuerzas del lado oscuro, las energías armonizadoras, las buenas y las malas vibraciones, las energías positivas, negativas, constructivas, destructivas, etc.

Por supuesto que el término energía siempre se ha utilizado, pero nunca con tanta asiduidad como en la actualidad. Las religiones, las vías espirituales o esotéricas, o los métodos sanadores, que incluyen alguna forma de energía en sus doctrinas, están de enhorabuena en los tiempos actuales. El utilitarismo de nuestra civilización acepta muy complacido la utilización de cualquier tipo de energía, con tal de que sirva para mejorar el potencial personal de los individuos. Ser más fuertes suele atraernos más que ser mejores y más espirituales. El gran interés que despiertan las energías ―sean del tipo que sean― está mermando el viejo protagonismo de los dioses, incluso en muchos casos los dioses están siendo sustituidos por las energías. Esto nos puede dar la impresión de habernos liberado de la brutal prepotencia de viejos dioses, pero en realidad apenas sucede cambio alguno cuando la creencia en un dios se sustituye por la creencia en una energía. Lo que antes era un dios, ahora se llama energía. Muy a menudo las energías esotéricas hacen el mismo papel que las deidades, solamente cambia el calificativo, se hace más moderno y más científico; pero el creyente se relaciona con él como si de deidades se tratara.

Probablemente, la deidad y la energía sean la misma cosa, un dios sin energía no es nada, y toda energía está sometida a unas leyes que la gobiernan, y las leyes que rigen el comportamiento de una energía son interpretadas por el creyente como impuestas por la voluntad divina. En la antigüedad las energías se convertían en deidades como por arte de magia, y, hoy en día, las deidades de la antigüedad se están convirtiendo en energías por la influencia del pensamiento científico. Incluso con la deidad suprema, el dios infinito, está sucediendo algo semejante, ahora resulta habitual dirigirse a él llamándolo poder superior, luz infinita, suprema energía de vida, poderoso espíritu soberano, etc.

No se puede evitar que las creencias estén influenciadas por nuestra cultura, nuestros intereses personales o nuestras circunstancias. Nuestros antepasados creaban realidades virtuales espirituales relacionadas con las fuerzas de las Naturaleza, mundos imaginados que daban acogida al dios de las aguas, del viento y del sol. Dioses que tenían un aspecto u otro según les iba a sus devotos en su relación con las fuerzas que representaban. Si el clima era benigno con ellos, los dioses que los creyentes veían eran de aspecto muy agradable; pero si les iba mal la cosa: las aguas se convertían en torrentes destructivos, el viento en huracanes, o la sequía otorgaba al sol un poder abrasador; los dioses que ellos verían no serían de aspecto muy agradable. Este es un ejemplo práctico de cómo las energías, en este caso las fuerzas de la Naturaleza, fueron convertidas en dioses diferentes.

Como venimos diciendo, cuando nuestra mente no es capaz de darnos una explicación lógica que podamos entender sobre algún acontecimiento, entonces, si continuamos insistiendo, pidiéndole una explicación, nuestro cerebro nos la dará creando una realidad virtual que nos explique lo que en realidad no podemos explicarnos de otra manera mejor. Podríamos pensar que esto ya es Historia, y creer que las ciencias nos dan explicaciones suficientemente satisfactorias como para no tener que crearnos realidades virtuales. Esto es verdad en relación con las magnitudes físicas comprendidas científicamente; pero, con las psíquicas o espirituales, estamos como nuestros antepasados estaban con las fuerzas de la Naturaleza, no cesamos de utilizar realidades virtuales para explicarnos y poder entender las movidas de esas energías por nuestros interiores.

En el yoga encontramos un ejemplo práctico de todo esto que estoy diciendo y que a mí me tocó vivir muy de cerca. Kundalini es la energía madre del yoga, yace dormida en nuestro interior, y en su despertar reside nuestra realización como seres espirituales. Es una diosa muy poderosa. Su despertar en nosotros requiere un laborioso proceso que puede necesitar para ser concluido varias vidas, según el yoga, claro está. Muchos occidentales pensaron que esto era así porque en la India no se conocía el despertador, y, ni cortos ni perezosos, se lanzaron a intentar despertar a la bella durmiente. Los que lo consiguieron, comprobaron que el ruido del despertador no es bien recibido, no solamente por los que vivimos en este mundo, sino que también molesta a quienes viven en el otro, y se encontraron con una diosa enfurecida convertida en una serpiente de fuego bastante enojada. Cuando yo hacía yoga ―como comenté en el capitulo de los chacras― también tuve la desgracia de despertar esa fuerza que de poco me abrasa vivo. Yo no recuerdo haber puesto despertador alguno (ya había sido avisado del peligro que corría), pero se conoce que, cuando anduve por mis interiores, debí de hacer algún ruido de más que despertó a la diosa antes de tiempo, y se me desató la tragedia. Gracias a que hoy puedo contarlo, incluso en clave de humor; pero doy testimonió de que ese tipo de energías no son ninguna broma. Cuando decidí bucear en mí para ver que estaba sucediendo en mis profundidades, allí estaba esa serpiente de fuego, era como una barra al rojo vivo que amenazaba con atravesar mi cuerpo, incluso emitía una especie de silbido semejante al que emiten las serpientes. Más tarde aprendí que esa misma energía, que de poco me destroza los nervios, es representada en otras ocasiones como una madre toda llena de amor. ¿Cómo es posible que una deidad pueda ser a la vez algo destructivo o algo sumamente beneficioso? Pues de la misma forma que para nuestros antiguos era la diosa de las aguas: cuando todo iba bien era una diosa de vida y alegría, pero si se convertía en torrente y arrasaba todo lo que pillaba por delante, entonces era un demonio maligno.

Kundalini es una fuerte radiación bioenergética de nuestro cuerpo, su poder es semejante a la fuerza del agua contenida en un enorme pantano, si nos equivocamos al manipular las compuertas de la presa, o éstas se rompen por alguna causa, el poder de las aguas es netamente destructivo, pero si su fluir se regula de forma adecuada, es una fabulosa fuente de vida.

Hoy en día, la mayoría de nosotros no vemos deidades en las aguas, sencillamente porque conocemos casi todos sus misterios, desde los meteorológicos hasta los químicos. Nada nos induce a pensar que haya un espíritu gobernando el líquido que sale por nuestros grifos. ¿Quién se puede creer hoy en día que en torno al agua, al fuego, al viento, a los volcanes y al sol, existan dioses dirigiendo su comportamiento? Está claro que aquellas religiones primitivas eran producto de la ignorancia sobre las fuerzas de la Naturaleza, eran causa del miedo y de la superstición del hombre antiguo. ¿Y no nos resulta ahora obvio deducir de qué son producto las religiones actuales, así como tanta vía espiritual llenas de intrigas, amenazas apocalípticas, misterios insondables, peligros terribles, energías aplastantes, dioses y demonios que nos exigen grandes sacrificios?

Hasta que no descubramos todos los entresijos de las profundidades de nuestra mente, continuaremos creando realidades virtuales para explicarnos lo que nos sucede. Si nuestras energías psíquicas latentes se desatan sin control pueden causarnos verdaderos estragos, y entonces creeremos que se trata de una energía negativa o de un demonio que nos está fastidiando, pero si fluyen a través de nosotros de forma armoniosa y son causa de bienestar, entonces creeremos que se trata de un tipo de energía positiva o de una deidad beneficiosa derramando sus gracias sobre nosotros.

Es necesario comprender esto para continuar adelante. Las energías psíquicas o espirituales son algo natural, pero las deidades que se nos antojan representándolas son invenciones nuestras o de nuestros antepasados, como también lo son cuando nos las imaginamos solamente como determinadas energías gobernadas por leyes implacables, con propiedades y aplicaciones específicas sin ninguna base científica. Teniendo en cuenta que, cualquier creencia sobre una energía de la naturaleza, como pudiera ser la del viento, no se va a ver afectada en su comportamiento, creamos que la gobierna el dios A o el dios B. El viento seguirá soplando según las leyes de la meteorología, no según las ordenes del dios que queramos ponerle encima. Pero nuestras fuerzas psíquicas o espirituales sí que se ven afectadas por nuestras creencias. Yo no hubiera tenido la experiencia que tuve con Kundalini si no hubiera sido un yogui creyente. Si mis estudios esotéricos hubieran seguido otra disciplina espiritual, yo habría experimentado mis movidas internas de forma distinta.

Las fuerzas de nuestro interior son moldeadas por nuestras creencias. En cada realidad virtual espiritual residen diferentes tipos de energía que dan fuerza y vida al mundo virtual y a sus personajes o deidades, si es que los tienen. Vuelvo a insistir en la tremenda capacidad creadora de fantasías espirituales de nuestra mente. El ser humano, con su energía psíquica, y sumergido en una atmósfera sagrada, ha sido capaz de crear innumerables mundos virtuales plagados de unas energías o deidades energéticas de una variedad y de un colorido inmenso. Ha creído en ellas, las ha sentido, y ha vivido para ellas.

Las creencias influyen en las experiencias. Nuestras energías se transmutan en aquello que tenemos fe. Los escenarios virtuales religiosos, o de cualquier vía esotérica, toman vida real en nuestro interior y en nuestro mundo si creemos en ellos, y nuestras energías internas se moverán en ese escenario, darán vida a los dioses o energías en los que creamos; de esta forma condicionaremos nuestra vida con sus limitaciones, olvidándonos de que todo es producto de nuestra creatividad.

Para el creyente en su deidad o en su energía particular estoy cometiendo un tremendo error sacrílego al decir esto, pero seguro que estará de acuerdo conmigo en que las deidades y las energías de las otras religiones son invenciones fantásticas; lo malo es que los creyentes en ellas piensan lo mismo de la suya. Al fin y al cabo todos los creyentes terminarán dándome la razón cuando trate de examinar una religión o una vía espiritual que no es la suya.

El gran descubrimiento del gran gurú de la física, Albert Einstein, también se puede aplicar las dimensiones mentales o espirituales, pues todo parece indicar que las energías psíquicas o espirituales ni se crean ni se destruyen, únicamente se transforman en las fuerzas, magnitudes, personajes o entidades que contienen la realidad virtual que nuestra fe certifica como real.





LA ASTROLOGÍA



Las radiaciones cósmicas son un tipo de sutiles energías que nos llegan del Universo, y parece ser que nos afectan directamente. Está demostrado que la luna afecta a los organismos vivos, y que delicadas reacciones químicas, semejantes a las que se producen en el interior de nuestros cerebros, pueden verse afectadas por las radiaciones que nos llegan de los astros. Pero a partir de ahí, las ciencias apenas conocen mucho más, el desconocimiento de nuestro cerebro en su totalidad, y el de las radiaciones que nos llegan del firmamento, impiden que podamos obtener una idea claramente científica de cómo estas sutiles energías influyen en nosotros.

A pesar de que el hombre sabe desde tiempos inmemoriales que los astros nos afectan, desconocemos en detalle cómo lo hacen; pero ―como he dicho en anteriores capítulos― el ansia del ser humano por hallar respuestas, para aquellas preguntas que todavía no está capacitado para responder, le lleva en muchas ocasiones a inventárselas, y para ello crea universos virtuales donde desarrolla sus hipótesis, las hace realidad, y se responde en su mundo imaginario a las preguntas que de otra forma no podría responderse.

La Astrología es una de estas realidades virtuales que intenta mostrarnos cómo las energías cósmicas influyen en nosotros. Se dice de ella que es la nueva religión estrella de nuestros días, pues tiene sobre las demás ciertas ventajas especiales, como por ejemplo que no es necesario acudir a templo alguno ni estar afiliado a ninguna religión o secta para ser un fiel seguidor de las predicciones astrológicas; esto facilita que sus adeptos se oculten en el anonimato. Se puede ser un fanático de la astrología sin perder el status de persona normal. En los horóscopos que los medios informativos nos ofrecen a diario podemos saber cómo nos van a afectar los astros, y, si queremos una información más personal y detallada, podemos acudir a un astrólogo con la misma facilidad que acudimos al médico.

La Astrología se ha introducido en nuestra cultura como ninguna otra realidad virtual esotérica lo ha hecho en los últimos años. Como sucedió con el Yoga, nuestra sociedad cienticifista la ha acogido por sus connotaciones científicas, por su cariz astronómico, por la rigurosidad que parece deducirse de sus complicados cálculos matemáticos, y por no poseer apenas escenarios religiosos. Los signos de zodiaco hoy en día no se consideran dioses o fuerzas divinas, se interpretan como fuerzas astrales, aunque algunos de ellos sean antiguos dioses convertidos en energías.

El atractivo principal de la Astrología radica en su supuesta capacidad de predecir el destino. Llegar a conocer el futuro siempre ha sido muy deseado, aunque casi nunca conseguido. Lástima que exista tanta falta de acuerdos entre los astrólogos a la hora de confeccionar los horóscopos. Recordemos que la falta de acuerdos es algo típico de toda realidad virtual. Y, como toda realidad virtual, es de una tremenda fragilidad, es una seudo ciencia desarrollada en una realidad imaginaria sin ningún fundamento científico; sólo se mantiene en pie por nuestra creencia en ella. Podemos darle un margen de confianza a esta observación milenaria de los astros y al estudio de cómo nos afectan, pero recordemos cuanta paja tuvo que soportar la Humanidad durante milenios de explicaciones esotéricas en torno a las inclemencias meteorológicas, por ejemplo. Cuando hacía viento no se reconocía como un hecho natural, era el dios del viento el que soplaba, y gigantescos dioses continuaron soplando hasta que descubrimos las causas científicas de los meteoros.

No hay gran diferencia entre el hombre antiguo, sugestionado por el poder del dios del trueno, y el hombre moderno sugestionado por la fuerza de Plutón. Tanto es así que es muy difícil saber cuando son los astros quienes influyen en la vida del adicto a al astrología o cuando es su sugestión quien determina el rumbo de su destino.

El principal error del fanático de la astrología ―como el de cualquier otro fanático― es creer que esas energías que nos llegan de los astros son las “únicas” que dirigen nuestra vida. Cuando en realidad nos relacionamos con tantas fuerzas y energías que resulta un grave error dar prioridad en nuestras vidas a cualquiera de ellas. Porque recordemos que a todo aquello que le demos prioridad, en la dimensión mental o espiritual, se desarrollará en nosotros, crecerá desplazando a otras formas vitales de nuestra persona, y acabaremos desequilibrados, con unas fuerzas y energías muy desarrolladas, muy presentes en nuestras vidas, por haberlas potenciado con nuestro interés, y con otras sin apenas desarrollar por no haberles prestado interés alguno. Si dirigimos nuestro programa de selección de preferencias sobre un determinado tipo de energía exclusivamente, acabaremos viviendo en una realidad virtual construida por dicha energía y por sus derivados o transmutaciones.

Por ello es necesario reconocer si hemos alcanzado un insano grado de adicción partidista hacia cualquier realidad virtual. Para ello primero habremos de descubrir la realidad imaginada y después nuestro grado de adicción. Nuestra adicción no es difícil descubrirla, basta con que alguien ponga en duda la realidad virtual en la que creemos ciegamente para que se nos revuelvan las tripas, pues ese tipo de creencias necesita de un fanatismo visceral que le dé realidad.

Desenmascarar a una realidad virtual no es difícil, incluso siendo adictos a ella; si nos esforzamos por ser objetivos y sinceros, podremos reconocerla. Hay una pista infalible para descubrir una ilusión esotérica: toda realidad virtual espiritual se forma con elementos extraídos de la cultura de los pueblos, sociedades o grupos que las generan, y si se ha creado una realidad virtual en torno a determinado tipo de energías en una civilización, es casi seguro que en otra parte del mundo, en otras culturas diferentes, se hayan creado otras realidades virtuales diferentes en torno a las mismas energías. Por ejemplo: un dios del viento de una cultura antigua era distinto del dios del viento de otra cultura totalmente diferente. Esta es una forma de erradicar fanatismos. Una amplia culturización de los individuos nos da el ingrediente básico para eliminar la ciega creencia en estos mundos ilusorios. El fanatismo de una persona puede resquebrajarse si observa la existencia de otras personas tan fanáticas como ella que defienden una realidad virtual diferente u opuesta sobre el mismo tema y con el mismo ahínco.

La astrología no es una excepción a esta regla de diversidades ilusorias. Existen otras realidades virtuales espirituales astrológicas diferentes de la popularmente conocida por los doce signos del zodiaco. En el lejano oriente tenemos el horóscopo chino, basado en los ciclos lunares, al que aconsejo que se le preste un poco más de atención para desmitificar nuestra astrología occidental. (También está empezando a llegarnos a Occidente noticias del horóscopo azteca, pero está mucho menos introducido en nuestra sociedad que el chino). Los sabios chinos hicieron un sorprendente trabajo para ayudar a entender al pueblo llano los complicados cálculos astrológicos. Los doce animales del horóscopo chino ejercen su influencia cada uno en cada año, y cada doce años se vuelve a renovar el ciclo. Cada persona tiene las características del animal de año en el que ha nacido, y en cada año nos irá diferente según el animal reinante en ese año. Esta compleja interrelación entre las psicologías de estos animales resulta muy fácil de asimilar y no exige cultura alguna, ya que cualquier analfabeto conoce la personalidad de estos animales y su relación entre ellos. Y por supuesto que su efectividad es tan comprobable como lo es en nuestra astrología babilónica, a pesar de ser totalmente diferente a ella. Incluso en algunos casos pueden las personas descubrir que define su personalidad mucho mejor que la astrología zodiacal.

El partidario de la astrología, como el que lo es de la religión, o de cualquier vía esotérica o espiritual, hará muy bien en conocer otras alternativas semejantes a la suya para abrirse a nuevos horizontes, ampliar sus opciones de elección, y, en definitiva, aumentar su grado de libertad. Si Marte nos está dando mucha guerra, no estaría nada mal echarle un vistazo al horóscopo chino, porque igual en él encontramos un pronóstico, para el animal que somos, de un tiempo de placida bonanza. Es en estas contradicciones donde se pone a prueba nuestra capacidad de elección, según deseemos paz o guerra nos inclinaremos por utilizar un horóscopo u otro. Ésta es una buena manera de retomar nuestro auténtico poder para dirigir nuestro destino.

Yo mismo me confieso influenciado por las predicciones astrológicas, pero, como no se me dan bien los complicados cálculos de la astrología zodiacal, y las predicciones que puedo observar en los horóscopos de los periódicos y revistas son contradictorias, y, además, como me niego a gastarme dinero alguno en astrólogos, porque yo consultaría a más de uno para contrastar datos, y seguro que no se pondrían de acuerdo en cómo me va a ir, he optado por la astrología china que me lo pone más fácil y es menos contradictoria (no se si por el hecho de que haya menos astrólogos chinos en Occidente). Así que he escogido el año del buey para que este trabajador animal me ayude a realizar el esfuerzo de escribir este libro, y procuraré editarlo en el año del tigre, tiempo propicio para las revoluciones culturales, ya que necesitaré un apoyo extra para que ni yo ni el libro seamos aplastados por las fuerzas tradicionalistas.

(He de notificar que cuando escribí por primera vez este capítulo así pensaba que iba a suceder, no contaba con que este estudio iba a ser tan extenso ni que iba a necesitar tanto tiempo como el que he necesitado para concluirlo. Se me pasó el año del tigre sin editarlo, llegó el año siguiente, el año del gato, también llamado el año del conejo o de la liebre, y se conoce que a estos tiernos animalitos no les gustó como había quedado lo escrito, por lo que le estoy dando un repaso. Espero que este año, o el siguiente, el del dragón, sean unos años propicios la edición de nuestro “paseo por el interior de las sectas”. No me gustaría tener que esperar doce años para que cada animal estelar chino me diese el visto bueno al texto).

Como se puede observar, quien no se monta su particular película astrológica es porque no quiere.





EL YIN Y EL YANG, EL KI Y EL PRANA



Volviendo a recordar el capítulo de la transmutación de las energías, y como continuación del de la Astrología, vamos a centrarnos ahora en otros diferentes matices energéticos que varias vías espirituales o esotéricas nos muestran. Uno de esos principales matices nos llega del taoísmo, en esta vía espiritual se afirma que todas las realidades existentes se sustentan por estar sometidas a la dualidad. Sólo existe una realidad total e infinita que existe por sí misma, y ésta es el Tao. La creación se forma al dividirse esta magnitud universal primordial e infinita en innumerables pares de opuestos que dan realidad a todos los elementos de nuestra realidad. Es como si toda la creación funcionase a pilas, cada elemento de ella tiene su polo positivo y su polo negativo por el que circula una corriente que lo mantiene en la dimensión de la realidad, y a su vez cada elemento es un polo opuesto de otro elemento similar a él pero diferente, entre los cuales también circula una corriente o una energía que les da vida a ambos; se trata una atracción repulsión semejante a la fuerza de gravedad compensada por la fuerza centrifuga que mantiene en equilibrio a los sistemas planetarios y a los átomos.

La teoría del Yin y del Yang nos dice que nada existe sin polaridad, de hecho, nos dice que es precisamente la polaridad lo que da la vida. Toda la creación parece haber sido llevada a efecto por un poderoso ordenador y programada en un sistema binario. Todo es reducido por esta doctrina a Infinidad de dualidades en una compleja interrelación: Cielo y tierra, masculino y femenino, frío y calor, alto y bajo, positivo y negativo, vida y muerte, vacío y lleno, acción e inacción, expansión y contracción, separación y unión, grande y pequeño, blanco y negro, etc. Son las innumerables formas que adopta el Yin y el Yang, en un difícil equilibrio entre su atracción y repulsión mutua. El camino del Tao enseña a buscar ese equilibrio en todas las cosas; por supuesto, también en uno mismo.

La mayor dualidad que nos afecta más directamente a los seres humanos la forman dos energías primordiales que nos llegan una de arriba, del cielo, que nos entra por la cabeza, y otra de abajo, de la Tierra, que nos entra por la parte inferior del cuerpo. Ellas son el aspecto energético de la eterna dualidad humana entre la materia y el espíritu. Casi todas las vías esotéricas, que se dignan a esquematizar las corrientes que circulan por nuestro cuerpo, nos hablan de estas dos principales entradas de energía. Nuestro delicado y poderoso sistema bioenergético es alimentado por la corriente bioeléctrica que se forma entre estos dos polos, uno positivo y otro negativo. Toda nuestra maquinaria vital es abastecida por esta corriente que pone en funcionamiento al resto de los chacras según le ordene nuestro programa de selección de preferencias.

Pero los chacras no sólo realizan la función de estimular los nervios, provocarnos sensaciones y llevarnos a actuar, también tiñen nuestra visión con su color particular. Estos centros energéticos, cuando están radiantes, emiten sus radiaciones, colorean nuestra aura, y todo lo que vemos a través de ella lo observamos del mismo color, como si lleváramos unas gafas del color predominante en nuestra aura; de ahí que la vibración del chacra en particular que esté irradiando más en nosotros será el que más condicione nuestra visión del mundo. Esto nos muestra que el cuerpo no es solamente elemento de percepción y experimentación, sino que además es una especie de proyector de luz coloreada que nos pinta todo lo que vemos. Nuestra visión está impregnada de nuestras propias energías personales. Y cuando se trata de realidades virtuales espirituales, entonces, si es un sólo chacra el que domina sobre los demás, no se limitará a colorear la realidad virtual, también la invadirá, ocupándola totalmente y actuando como lo hacen los dioses, de forma absoluta, convirtiéndose en la esencia de todo, en la sustancia con la que se construye ese mundo virtual espiritual; la energía del chacra será la fuerza creadora de la vida, la esencia del universo, virtual, por supuesto. En el sueño esotérico sucede como en los sueños normales, si en ellos prima la energía sexual ―por ejemplo― será un sueño erótico, y, si prima cualquier otra energía, será ella la que imprima sus propiedades en los escenarios soñados y en sus personajes.

Como ya hemos advertido en los capítulos anteriores, baste estudiar algunas de las energías más populares en esoterismo para observar en ellas el mismo viejo y ancestral totalitarismo de los principales dioses de las religiones. Cada una de estas energías, para sus seguidores, son tan únicas, básicas e imprescindibles para la vida, como lo es cualquier dios de cualquier religión para sus devotos. Se trata del mismo totalitarismo virtual típico en la mayoría de los espíritus sectarios.

Si en una vía esotérica en cuestión prima el chacra del sexo sobre los demás, pues sus seguidores creen que la sexualidad es la función primordial de la vida, el elixir de la evolución espiritual, la fuerza del alma, el fuego alquímico de la transmutación, etc., estos creyentes verán sexualidad hasta en las piedras, pues para ellos el sexo es un dios omnipresente. La creación fue el resultado de un acto sexual divino, un parto a lo bestia. E intentarán divinizar toda sexualidad que vivan en su cuerpo.

Pero si vamos ascendiendo por el cuerpo, a la altura de las tripas, nos encontramos con el Ki, energía también llamada Chi, muy popular en los ambientes de las artes marciales. Por supuesto que también se considerará como la energía vital cósmica que habita en el universo y da vida a todos lo seres que lo pueblan. Según el arte marcial que la trabaje, será utilizada para romper con la frente un montón de ladrillos ―sin romperse uno la cabeza―, para derribar al oponente que tenga un Ki más bajo que el nuestro, o para entrar en una danza cósmica que termine con las narices de nuestro oponente en el suelo por no ser tan buen bailarín como nosotros.

Bromas aparte, como en el caso del sexo, quienes trabajan con esta energía se la toman muy en serio, reside en el Hara, centro energético que está debajo del ombligo. (Yo apenas la he experimentado y no puedo hablar de ella con propiedad). Podríamos decir que quien la experimenta siente una especie de armonía sagrada, de fuerza de vida que exige todo un esforzado trabajo interior para poder ser vivida en plenitud.

Si ahora nos centramos en el Yoga, y nos detenemos a la altura del pecho, nos encontraremos con el depósito más importante de Prana, otra energía tan totalitaria para sus seguidores como las otras dos anteriores; se trata, por supuesto, de la energía universal que da vida a todo lo existente. Mediante el pranayama, ejercicio respiratorio que el aficionado al Yoga realiza muy a menudo, se toma el Prana del aire, se acumula en los pulmones y después puede ser utilizado para revitalizar cualquier zona del cuerpo.

(Me temo que en nuestros ambientes urbanos no podrá funcionar el pranayama como antiguamente; el Prana acumulado en nuestros pulmones puede llegar a ensuciarse tanto por la contaminación atmosférica que podemos acabar llenos de toxinas en vez de la sutil energía que andábamos buscando).

Continuando con nuestra ascensión por el cuerpo llegamos al tercer ojo, a la glándula pineal. Sus fervientes partidarios ven luz en todas las partes, y si no la ven se la imaginan, sobre todo en la realidad virtual que se inventan. La luz divina todo lo impregna, todo es luz, la vida es luz, y la luz es dios, nosotros somos luz y el único camino es el que lleva a la luz. Estos son los más visionarios de todos los seguidores de estas diferentes modalidades energéticas. Las reacciones de este chacra se producen precisamente en el centro de la cabeza y no necesitan de ser emitidas al exterior para afectar a la visión de las cosas. En muchas ocasiones la luz que ellos ven no llega más allá de sus narices.

Y no nos olvidemos de los amantes de las divinidades que no cesan de cantar, como trovadores enamorados, las glorias del amor divino. Ellos viven en un mundo rosa donde todo es amor, pues la omnipresente divinidad amorosa que ellos adoran todo lo impregna. Quizás estos son los más dichosos, hoy en día es muy difícil encontrar unas gafas de color de rosa que nos convenzan de que todas las barbaridades que suceden cotidianamente en este planeta están impregnadas de amor.

Cada una de estas modalidades energéticas deja bien claro que cuando algo no marcha bien, o se produce una enfermedad, es porque vivimos un desequilibrio energético o porque sufrimos alguna carencia de su energía particular: No sabemos mantener en equilibrio el Yin y el Yang en esa situación, estamos desperdiciando nuestra energía sexual, tenemos muy bajo el Ki, estamos sufriendo una deficiencia de Prana, nos falta luz, no hay amor en nuestra vida o ―recordando el capítulo anterior― no nos favorecen los astros.

Hay explicaciones para todos los gustos. No terminaríamos nunca de hablar de estas diferentes energías totalitarias. En los innumerables métodos que utilizan los sanadores y sanadoras de las medicinas alternativas, nos encontramos con una gran variedad de energías con personalidad propia, todas ellas bastantes diferentes entre sí, con propiedades muy dispares e impregnadas de la personalidad del sanador o sanadora que inventó el método de aplicarla. Y todas ellas con las susodichas características totalitarias, de las que se resalta ex profeso sus facultades sanadoras, cuando no milagrosas. No es el sanador quien realiza la curación, es esa energía especial elevada a la categoría de divina quien sana al paciente. Y la enfermedad, por supuesto, es la carencia de esa energía particular. El resto de las energías que desconoce cada sanador no tienen importancia para él, pues la suya, la que él utiliza, es la mejor, la verdadera y la única. ¿Existen grandes diferencias entre esta actitud con las energías y la postura que adoptan las religiones con sus deidades particulares?



INTENTOS UNIFICADORES



La invasión en los ambientes culturales esotéricos de tanta diversidad de energías, y de dioses totalitarios, está produciendo un descenso popular de su credibilidad. Al sincero buscador ya le resulta intolerable este escándalo de tan disparatadas ofertas. Solamente la persona que comienza a iniciarse en actividades sectarias, o lleva desde la infancia practicando una religión sin conocer las demás, puede ser convencida de que aquello que le están presentando es lo mejor y lo único. En cuanto se comienzan a estudiar otras opciones, donde se comprueba que también se ofrece lo inmejorable, insustituible y supremo, la duda y el escepticismo minan la credibilidad de todas ellas.

Por mucho que se ha predicado a lo largo de la Historia la existencia de un padre único para todos los hermanos que poblamos la tierra, nunca se ha conseguido que nos lleváramos bien tan desavenida familia. Proclamas que consiguieron separarnos más, porque cada religión afirma poseer, en su cielo particular, al auténtico padre nuestro, todos ellos diferentes entre sí.

No pueden existir dos dioses ni dos energías artífices de la creación. Las religiones, las sectas, las diferentes vías o caminos espirituales y los sanadores, sabiendo esto, siempre intentaron remediarlo presentando a la competencia como algo maligno, demoníaco; las otras vías, religiones o sectas, no se debían ni nombrar so pena de sufrir grandes males. Pero, como esta actitud amenazante no les está sirviendo de nada para defender su absolutismo en estos tiempos modernos, ya que el desarrollo cultural de los pueblos está descubriendo su sucio juego, ahora se les empieza a notar un pequeño interés por clarificar todo el batiburrillo insostenible de deidades y de energías esotéricas omnipotentes. Conscientes del ridículo que están haciendo, pretenden ahora subsanar este error milenario con tímidos acercamientos de posturas presumiblemente más tolerantes. Pero estos pequeños pasos son a todas luces insuficientes. Hasta que los dogmas de fe no se cambien de raíz, continuaremos siendo testigos de esta absurda competencia por atribuirse unas competencias que, de existir, ya habrían sido concedidas desde la creación a quien correspondiera. Mientras no se abandone el ansia por la prepotencia virtual, continuaremos siendo testigos de la absurda lucha por un trono que, de existir, llevaría muchísimos milenios ocupado.

En esta era de acuario se está pregonando a diestro y siniestro la llegada de la religión de las religiones. Existe tal ansia popular por extirpar las prepotencias partidistas, en los niveles espirituales, que se está proclamando la llegada de una religión universal que acoja a todas las demás y las unifique. Esta proclama parece insinuar que las religiones llegaron a la Tierra como por arte de magia, y que la nueva religión también habrá de hacerlo de la misma manera, como caída del cielo, sin que nosotros tengamos mucho que ver en ello. A veces, en los caminos espirituales estamos tan rodeados de fuerzas, entidades y dioses, que nos olvidamos de nuestro propio protagonismo. A dios gracias que existen los ateos para recordarnos que somos nosotros los únicos protagonistas de todos estos montajes.

Si fueron nuestros antiguos intereses los que propiciaron la creación de tantos totalitarismos religiosos, habrá de ser a base de un gran desinterés como desmantelaremos semejante montaje virtual. Será necesario abandonar el instinto de posesión, al menos en las dimensiones espirituales, para evitar la tentación de apropiarnos de ellos. Disponibilidad altruista que precisamente brilla por su ausencia en los ambientes donde el altruismo y las posturas desinteresadas deberían de derrocharse a diestro y a siniestro. Los mayores santos místicos siempre estuvieron dispuestos a entregar todo de sí mismos excepto su creencia en la prepotencia de la deidad particular que adorasen, muchos entregaron su vida antes de negar que su dios era el único y todopoderoso creador del Universo. Son muchas las deidades que se han defendido con sangre, son muchos los mártires de la fe en todas las religiones. Esta especie de instinto por defender lo indefendible (ya que es ridículo defender algo que se anuncia como omnipotente), prevalece hoy en día en los creyentes. Y si hoy no corre la sangre, al menos en los países desarrollados, es porque el infiel discrepante no es perseguido con las armas como antiguamente, gracias a la libertad religiosa.

Por consiguiente, nos encontramos con el poderoso y ancestral instinto posesivo de las verdades religiosas, en oposición a un nuevo y tímido deseo de unificación de tanta diversidad totalitaria insostenible. Después de tanta guerra santa, emergen débiles intentos negociadores de la paz. La Iglesia Católica ha pedido perdón por sus grandes errores históricos cometidos; esto es algo que le honra en la actualidad. Dirigentes de diferentes religiones se están reuniendo en congresos con la intención de aclarar el caos espiritual producido por la unión de las culturas y de sus respectivas religiones. Actitudes que son de agradecer y pueden terminar por hacer desaparecer totalmente del mundo las terribles matanzas religiosas que tanto han asolado nuestro planeta. Pero la abrumadora prepotencia de los dioses creadores impide que una paz total se extienda por las dimensiones espirituales, pues continúan triunfando las viejas creencias, desafiantes entre ellas, sobre las nuevas pretensiones reconciliadoras. La guerra fría entre los poderes espirituales es el resultado de estos tímidos acercamientos. Muy pocos creyentes están dispuestos a ceder el trono del creador del Universo, anunciado en su particular realidad virtual espiritual, a otros dioses creadores de otras religiones.

Y en el caso de los creyentes en una energía creadora del Universo, el ánimo de aproximar posturas a otras vías que promulgan otro tipo de fuerzas supremas, parece encontrar más facilidades para llevarse a efecto que cuando se trata de deidades; pero solamente en apariencia, ya que el creyente que siente plenamente un tipo de energía dentro de sí, a la que le concede los supremos poderes de las deidades, no tiene inconveniente en aceptar otros tipos de energías como supremos poderes universales, siempre y cuando se acepte su semejanza a la energía que él considera como única fuerza creadora del Universo. Estos creyentes están dispuestos a aceptar la unificación de todas las energías creadoras en una sola, siempre y cuando todas la demás se parezcan a la suya, o mejor dicho, sean igual que la suya, en definitiva, sean la suya propia. Si recordamos el capítulo anterior, donde expusimos la gran variedad de energías que se mueven por los mundillos esotéricos, habremos de reconocer que, por mucho que se empeñe el seguidor de una de ellas en promulgar que todas las demás son en realidad la suya propia, no puede convencer a nadie que haga un minucioso análisis comparativo entre todas ellas.

La tentación de convencerse y de querer convencer a los demás de estar en la posesión del descubrimiento de la energía madre, origen de todas las demás, no es nada nuevo. Este tipo de intentos unificadores los hemos contemplado en todos los albores de las ciencias, los científicos de aquellas épocas, deslumbrados por sus descubrimientos, no dudaban en proclamar como sumamente trascendente para la existencia lo que ellos acababan de descubrir. Sería más tarde cuando la evolución del conocimiento científico pusiera todos esos descubrimientos en su sitio. Ahora, este tipo de insostenible intentos unificadores nos los encontramos en los actuales albores de la ciencia del espíritu. Será más tarde cuando la evolución de nuestro conocimiento del alma ponga a todas las energías espirituales correctamente en lugar que le corresponden.

Y cuando se trata de intentar unificar a las divinidades, si son deidades de poca monta, con ciertas semejanzas y con limitados atributos, las que se pretenden agrupar en una sola, se suelen hacer, como en el caso de las energías, intentos unificadores con grandes dosis de ignorancia y de soberbia. Se pretende convencer a los creyentes de una fe que el resto de deidades menores, a primera vista semejantes de otras vías o religiones, son en realidad las mismas que la suyas, sólo que en otra parte del mundo, en otras culturas, les pusieron otros nombres porque utilizaban otro idioma. Otro minucioso estudio comparativo nos descubrirá que realmente hay alguna semejanza entre esas deidades, pero que en absoluto se puede tratar de la misma deidad, ya que las diferencias entre ellas son tan notables que es imposible se trate de una misma entidad. Esto se da muy a menudo con los seres angelicales de los diferentes cielos, con las vírgenes, con los grandes santos, y con los grandes demonios. Quienes creen que son reales los seres de su realidad virtual espiritual particular, creen a su vez que los seres de otras creencias son los mismos que los suyos. Algo totalmente insostenible cuando se hace un detenido estudio, pues se observa sin lugar a dudas que son seres diferentes, nacidos en espacios diferentes, de culturas y de mentes diferentes, y que trasmitieron mensajes muy diferentes.

La soñada gran unificación tiene grandes impedimentos para llevarse a efecto, aunque el mayor obstáculo unificador nos lo encontramos, no en los personajes, sino en los mundos virtuales espirituales. Los escenarios en los que los dioses se desenvuelven, al igual que los demonios, son de una diversidad enorme. Existe un cielo para cada dios, un paraíso para cada tipo de deidad angelical y un infierno para cada tipo de demonio. Las notables diferencias entre ellos impide pensar que todos los paraísos de todas las religiones sean en realidad el mismo. El paraíso cristiano no se parece en nada al musulmán, ni estos se parecen en nada a los diferentes paraísos de las deidades hindúes. Cualquier minucioso estudio de los detalles de esas realidades virtuales demuestra que son creaciones muy diferentes entre sí, imposible de unificarlas todas sin desvirtuarlas.

El creyente modernista, con voluntad unificadora, suele pretender realizar el proceso unificador intentando meter a los dioses y energías, de las otras vías y religiones, en el mundo virtual que él conoce; pero otorgándoles una posición secundaria, desvirtuando así las cualidades de las deidades o de las magnitudes que no son las suyas. En un paraíso con un sólo trono para un sólo dios creador de todo el universo, rey de todas las cosas, no hay cabida para otros dioses creadores ni para otros reyes. Cuando se invita a otro dios de otra cultura, como mucho, se le considerará un noble invitado que se sentará a la mesa de los banquetes paradisíacos. Nunca se le considerará cocreador con la deidad adorada por el creyente. ¿Se imaginan un reparto de la creación entre todos los dioses creadores que existen? Sería algo ridículo, y muy difícil de llevar a efecto. Aunque se podría hacer por sorteo: uno se llevaría la creación de las aguas, otro la creación del viento, otro la de la tierra, la de los astros...

La solución ideal para el problema unificador sería crear un nuevo y complejo universo espiritual donde todas las deidades y energías tuvieran cabida, una especie de parlamento democrático virtual donde se debatiría el destino del Universo, un cielo donde tuvieran cabida todos los dioses conocidos y se pudieran repartir el pastel de la creación, como hacemos con el pastel de nuestro mundo real; pero muchas de las más importantes deidades y energías totalitarias se nos quedarían en nada al perder su omnipotencia infinita por tener que compartir su poder con otros dioses u otras energías.

Cada deidad o energía es inseparable del escenario virtual donde desarrolla su actividad. Cada personaje de un sueño es inseparable del escenario del sueño. Estas invenciones espirituales del ser humano son completas en sí mismas, cada personaje o fuerza es inseparable del escenario donde se desarrolla su actividad. Si deseamos encontrar la esencia de todos estos sueños de la Humanidad, una teoría que unifique tanta diversidad, tendremos que esforzarnos por interpretarlos, por psicoanalizarlos. Pretender defender que unos personajes de los sueños son más importantes que los de otros sueños, que en esencia nos dicen lo mismo, es absurdo. Nuestra mente puede crear infinidad de personajes para decirnos lo mismo en diferentes sueños. Cada persona escenifica en sus sueños lo mismo que otras pero con escenarios y personajes diferentes según sus culturas o nivel intelectual. Y con los sueños espirituales sucede igual.

Los chinos tienen dioses chinos en paraísos chinos y con costumbres chinas, los negros tienen dioses negros con costumbres africanas. Cada cielo y cada dios es una creación de una cultura de una civilización. Si cada creyente continúa defendiendo las diferencias de sus sueños espirituales con las de los sueños del resto de creyentes, nunca habrá unificación. Los detalles de los sueños pueden ser de una variedad infinita. Y nuestra mente no ha cesado nunca de crear realidades virtuales espirituales, es su forma de decirnos algo, probablemente lo mismo, pero de mul

La consigna:
Mantener la Dignidad, la Fe, la Esperanza, el Respeto y el Honor. A traves de la Sabiduria, la Serenidad, la Sensibilidad y la Sencillez. regresar al Origen.

Los seres humanos son libres excepto cuando la humanidad los necesita.
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17-Oct-2009 09:02 PM
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Paseo por el interior de las secta
LOS GURÚS



En Occidente, consideramos a la India como el país con más espiritualidad del planeta. Los maestros espirituales hindúes que nos han transmitido sus enseñanzas ―llamados gurús en hindi― han dado buena cuenta de ello. Sus iniciaciones han causado furor en Occidente y han conmovido a las masas. Por supuesto que no me estoy refiriendo a los imitadores, sino a los auténticos gurús, quienes han conseguido fascinar a millones de personas. Su facilidad para conseguir hacer que sus discípulos obtengan experiencias sagradas ha sido muy aplaudida y ha venido a recordarnos que la santidad no es una vivencia histórica inaccesible para el hombre moderno, exclusiva de unos santos del calendario, sino una vivencia accesible para todo aquel que desee vivirla.

Podríamos definir la santidad como una cualidad originada por una intensa penetración de la atmósfera sagrada tanto en los individuos como en los animales, los lugares o las cosas. (Exceptuando, claro está, la multitud de casos en los que el título de santidad es nobiliario) En todas las culturas nos encontramos con santos personajes, animales sagrados, lugares santos como por ejemplo los templos y los altares, y cosas sacralizadas como las reliquias, objetos que pertenecieron a personas o lugares santos. La santidad en los individuos no es sino un estado de bienestar tan profundo e intenso que se llega a contagiar, es una muestra de la capacidad humana para experimentar su propia divinidad. Los estados de santidad se consiguen según las culturas y las creencias de diversas formas.

La llegada de los gurús a nuestra sociedad fue favorecida por la incapacidad de las religiones occidentales para hacer vivir intensamente a sus feligreses su propia divinidad. Todos estábamos convencidos de que para ser santos había poco menos que ser mártires. Han sido los ciudadanos occidentales sedientos de dios quienes han abierto las puertas de nuestra sociedad a estos maestros espirituales. La mayoría de los gurús nos ofrecen ―sin pedirnos martirio alguno a cambio― la oportunidad de sentirnos santos, aunque sea temporalmente. Todo un regalo, una experiencia inolvidable. Un cambio revolucionario en nuestras creencias, un mazazo a las dogmáticas realidades virtuales espirituales a las que estamos acostumbrados en Occidente.

Los gurús nos han venido a demostrar que la santidad no es una exclusividad de las religiones dominantes, y que cualquiera puede aproximarse a ella sin padecer dolorosos martirios.

Lamentablemente, la mayoría de los gurús afirman que la santidad es exclusividad suya, su método de llegar a dios es el único y el mejor, así lo anuncian, y clavan su bandera de propietarios en un terreno que es propiedad de todo ser humano. El gran fraude espiritual es una tentación tan poderosa que hasta los seres más espirituales de la Tierra caen en ella.

Cierto es que los ingredientes que contiene la experiencia de lo sagrado parecen ponerse a favor del totalitarismo. Como ya expusimos en el capítulo sobre el fanatismo, sus innumerables aspectos positivos son experimentados con una intensidad, grandeza y realismo fuera de lo común; la paz, el conocimiento, la pureza, el poder, la belleza, etc., son sensaciones espirituales que incluso invaden la dimensión física. Tal es la grandeza con la que se llegan a vivir estos aspectos que siempre se les añade algún otro calificativo superlativo, para diferenciarlos de las mismas vivencias pero de índole más común; se les suele llamar: la paz celestial, el conocimiento supremo, la pureza divina, el poder superior, la belleza inmaculada, etc. Y entre estos atributos de la experiencia divina está el de la verdad, el de la verdad suprema, naturalmente.

Toda experiencia de santidad conlleva el sello de la verdad. Una sensación de estar viviendo en lo auténticamente cierto embarga a quien experimenta la atmósfera sagrada. Probablemente sea la vivencia de infinitud que conlleva toda aproximación a lo divino lo que produzca la impresión de verdad, de algo imperecedero. Esta sensación de estar viviendo una realidad más auténtica que la que vivimos a diario es la que fanatiza a los místicos y les hace luchar por ella, pues cuando la pierden no se llegan a sentir tan vivos como cuando la tienen. Y esto no sucede porque se les haya convencido de que esa es la verdad, como se cree popularmente, sino porque así lo están sintiendo.

No es una realidad cierta porque sea convincente en un nivel intelectual, la verdad mística es silenciosa, no enarbola argumentos que pretendan engatusar a nadie, otra cosa es que los individuos lo hagan, pero ella es verdad por sí misma, su certeza se siente sin necesidad de argumentos que la apoyen; es como si poseyéramos una intuición que la reconociera. Las personas que hemos experimentado en nosotros este fenómeno sabemos de lo que estamos hablando, aunque para quienes no lo hayan vivido les resulte incomprensible.

En el mundo espiritual casi todo es incomprensible para la razón materialista, los atractivos y deseados atributos sagrados que acabamos de comentar son todos de un origen enigmático, solamente explicables mediante los polémicos argumentos esotéricos que cada religión o vía espiritual utiliza particularmente. La fuerte sensación de verdad suprema, que la experiencia de aproximación a lo divino conlleva, tiñe de un fuerte realismo el mundo espiritual para quien así lo está experimentando; es como si asomásemos nuestra conciencia a una dimensión mucho más real que ésta en que vivimos. Toda vivencia de lo sagrado siempre conlleva el sello de la verdad suprema.

Lo lamentable es que siempre, o casi siempre, este sello de verdad se haya aplicado y se continúe aplicando a lo que es mentira. Esta circunstancia es aprovechada fraudulentamente para dar realismo a las realidades virtuales espirituales. No ceso de insistir en ello, una cosa es la experiencia de lo sagrado y otra cosa es lo que nuestra cabeza hace con ella. Esta impresionante sensación de verdad, que toda aproximación a lo divino conlleva, siempre ha sido utilizada para pintar de verdad lo que no es cierto.

Un gurú, un maestro o una escuela espiritual, están en su derecho de anunciar que está enseñando a experimentar la verdad suprema; pero lo que es una vergüenza es observar como también se anuncian como poseedores de la “única” verdad suprema, reyes de su reino virtual, considerándose superiores a cualquier otra doctrina o método didáctico espiritual. Es un engaño en ocasiones muy difícil de descubrir, porque en realidad es verdad que se está enseñando la “única” verdad suprema, ya que la experiencia de esa verdad es siempre única y suprema, pero los maestros o métodos empleados para llegar a ella no lo son.

Tener una vivencia de la verdad absoluta no quiere decir que también sea una verdad absoluta el método que se utilizó para alcanzarla, o que el cabecilla que nos la enseñó a sentir sea el único poseedor de la única verdad suprema. La experiencia de lo sagrado se puede obtener por caminos muy diferentes; sin embargo, en casi todos estos caminos pone el cartel de “único” camino al cielo.

En el caso de los gurús, muy pocos se libran de caer en la tentación de promulgar como la única verdad absoluta lo que ellos enseñan y el método que utilizan. Y sus discípulos están encantados en que así sea; su percepción de la verdad absoluta así lo confirma. No puede haber error. La experiencia de la verdad no deja lugar a dudas. El engaño está servido. Dios lo avala. Imposible de descubrir por los discípulos. “¿Cómo nos va a engañar nuestro maestro que está tan lleno de dios y con tanta facilidad nos lo hace sentir?” Argumentos como éste ciegan en entendimiento de los devotos, borrachos de los elixires sagrados que su maestro les proporciona.

No puedo definir los métodos que los gurús utilizan para acercarnos a dios con tanta facilidad. Sus secretos didácticos están enraizados en su cultura milenaria, son transmitidos directamente de los maestros a los discípulos elegidos que más tarde serán nuevos gurús. Digamos que el trono de su reino virtual espiritual tiene garantizada de esta manera la sucesión.

Sus enseñanzas son iniciaciones que nos abren las puertas a nuestros mundos interiores de la más exquisita espiritualidad. No es de extrañar que a los gurús se les entregue la vida. Muchos de ellos son capaces de recibir el alma hecha polvo de cualquiera que se la entregue y devolvérsela renovada, incluso en un estado mejor que el mejor estado conocido por el devoto. Y esto lo digo por experiencia.

El ignorante occidental sobre estos temas, que observa el fenómeno devocional hacia los gurús desde afuera, le da la sensación de que se trata únicamente de una fuerte autosugestión engañosa, pero nada más cierto de la realidad. En nuestra cultura utilizamos demasiado a menudo a la palabra autosugestión para explicarnos aquello que no nos podemos explicar. No vamos a negar que los engaños sugestivos, hipnóticos, existan en los ambientes sectarios, no cesamos de hablar de ellos en este libro. Pero tampoco estamos dejando de hablar de las fuertes vivencias que se experimentan por estos mundos de dios. Respirar cualquier atmósfera sagrada no es una broma, y los gurús saben muy bien trabajar la alquimia necesaria para hacernos respirar la atmósfera divina.

A simple vista, en muchos casos, no le exigen a los discípulos nada extraordinario para que puedan experimentar a su dios particular. En ocasiones, a modo de ejemplo, puede tratarse de repetir con machaconería el nombre sagrado de la divinidad adorada: una palabra suelta repetida hasta la saciedad puede hacer que el discípulo experimente una aproximación a lo divino, lo que no le dejará lugar a dudas de que está en el único camino correcto; aunque el gurú del ashram de al lado esté haciendo experimentar otra aproximación a lo sagrado a sus discípulos invocando a otro dios con nombre diferente.

Pero los discípulos no se paran a efectuar investigaciones para descubrir el fraude, sería un insulto dudar de su maestro, quien les asegura que la vivencia del dios que él proporciona es la más importante, la única, diferente a todas las demás. Y en cierta manera la experiencia que él proporciona de la divinidad se diferencia del resto de caminos espirituales. Recordemos el cuento del elefante, cada aproximación a lo sagrado nos puede hacer sentir diferentes aspectos de la divinidad, habitualmente interpretado como una aproximación a un dios diferente. En cada ocasión que yo he tenido oportunidad de revivir mi contacto con lo sagrado, en circunstancias diferentes, con maestros o en sectas diferentes, nunca ha sido igual. Digamos que lo divino siempre lo he podido sentir, pero sus matices variaban según las circunstancias. (Sucede como cuando nos enamoramos varias veces a lo largo de nuestra vida de diferentes personas: con todas ellas vivimos el amor, pero en cada una de ellas con matices diferentes). Si la experiencia divina se compone de diversos factores, como hemos comentado anteriormente, estos factores se entremezclan entre sí de forma diferente, de tal forma que en unas ocasiones, bajo la enseñanza de un maestro o bajo la doctrina de una enseñanza religiosa, sobresaldrá por ejemplo la paz, en otras la belleza, en otras en conocimiento, en otras el equilibrio interior, en otras la seguridad en sí mismo, etc. En cada una de ellas se puede sentir la personalidad espiritual que invade a sus creyentes, es algo palpable, es la vibración personal del grupo donde se han acomodado y se han atrincherado en la creencia de que esa forma especial que ellos viven de relacionarse con dios es única. Pero aunque el tocar una parte del elefante sagrado ya proporcione una experiencia de dios, estas percepciones son incompletas, y como tales muy poco consistentes, por lo que necesitan de bastante constancia en las prácticas y vivencias en grupo o en relación con sus dirigentes espirituales, para conseguir así mantenerlas vivas. Es necesario de un gran teatro, de una gran realidad virtual, con fantásticos fuegos artificiales, para que nadie descubra el gran fraude espiritual, para que nadie descubra que aunque nos están ofreciendo todo, en realidad solamente nos están vendiendo una parte.

Y todavía podemos hablar de otro ingrediente básico espiritual que empeora esta ceguera fraudulenta. Se trata del amor, del amor supremo, naturalmente. La experiencia divina de los creyentes conlleva siempre una vivencia de amor con dios, y entre las personas que la comparten. Las sectas espirituales se forman por el íntimo vínculo del amor fraterno. Y de ese ambiente de sentimentalismo sobresale la relación amorosa del dirigente con sus seguidores. En otras ocasiones surge ese amor, con algún mediador que ya no convive físicamente con nosotros, sin la intervención de grupo alguno.

Cuantas veces hemos oído decir que dios es amor a todos aquellos que experimentaron una aproximación a lo divino. Un amor pasional en muchas ocasiones, que hace desear a los místicos incluso la muerte para poder conocer a su amado, para conocer al mediador, elegido por su corazón, que habita en el otro mundo. Situación que no se da en el caso de los gurús de cuerpo presente, pues, como ellos son la encarnación de dios, ellos son el origen del amor divino y el objetivo pasional de sus devotos, que se sienten muy afortunados de tener al amor divino de cuerpo presente en este mundo.

(A mí me tocó experimentar estos dos tipos de amores: sobre los dieciocho años viví un fuerte enamoramiento de Cristo que cambió toda mi vida. Con el paso de los años mis sentimientos hacia este mediador estrella fueron desapareciendo. Y años más tarde volví a experimentar el amor místico, pero esta vez enfocado en un gurú oriental).

El creyente siempre establece una relación muy familiar con el mediador que haya escogido para alcanzar a dios. En cualquier cultura encontraremos vínculos con mediadores, ya desaparecidos del mundo físico, semejantes al del matrimonio, al de la maternidad o al de la paternidad. Todos conocemos a esas personas que aseguran estar casadas con dios o con cualquiera de los dos grandes mediadores del cristianismo, Jesucristo o la Virgen María, ya sean mujeres u hombres; o, en otros casos, hablan de su padre o su madre celestial. Este tipo de vínculos emocionales el creyente los puede llegar a experimentar de forma muy real. El amor que acompaña la vivencia de la atmósfera sagrada parece necesitar un soporte determinado donde enfocarlo. ¿Y a quién dirigir mejor nuestros mejores sentimientos que a quien pensamos que nos está ayudando a caminar espiritualmente?

Hoy nadie se extraña que se haya podido vivir en el pasado esa exacerbada devoción en los tiempos en que vivían los grandes mediadores, protagonistas principales de las historias sagradas, cuando sus devotos se relacionaban con ellos directamente. Tampoco nos extrañamos de que se les continúe manifestando fervores pasionales en la actualidad; forman parte de nuestras tradiciones religiosas.

No obstante, cuando observamos que eso está sucediendo en torno a una persona viva, puede llegarnos a parecer hasta ridículo. Parece increíble que algo que sucedió en la antigüedad pueda suceder ahora. Muy poca gente se puede llegar a creer que puedan existir actualmente mediadores de superior categoría, auténticas encarnaciones de la divinidad. Tan increíble parece que, a un nivel popular, se tiene la idea de que un mediador vivo es un oportunista embaucador. Sin embargo, estudiando las historias sagradas de las diferentes culturas, yo no encuentro grandes diferencias entre aquellos del pasado y los actuales. Cualquier devoto de cualquiera de los grandes gurús actuales podría escribir exaltadas páginas de la vida de su maestro, incluyendo milagros, que no tendrían nada que envidiar a las que hay en las sagradas escrituras sobre los grandes mediadores. Pero, a la persona que no está implicada en las enseñanzas de ningún maestro actual, le resulta muy difícil entenderlo, es más fácil divinizar a un espíritu de algún mediador desaparecido de la dimensión física, incluido en el costumbrismo de alguna tradición religiosa, que a esos desconocidos gurús de carne y hueso. Esta situación es semejante a la que se produjo en el pasado en los tiempos en que se escribieron las historias sagradas; la mayoría de los habitantes de los pueblos antiguos rechazaron y no comprendieron a los grandes mediadores históricos, cuando no les apedrearon. Hemos de comprender que tanto el fenómeno de las sectas, como el de sus predicadores o maestros que enseñan las doctrinas, son fenómenos habituales en la evolución de la Humanidad. Reconociendo que en la Historia se repiten con sorprendente asiduidad estos casos, no vamos ahora a comportarnos como nuestros incultos antepasados, considerando a los desaparecidos maestros antiguos superiores a los que ahora están pisando la tierra.

Si así lo entendemos, comprenderemos mejor que las historias sagradas se estén repitiendo asiduamente a lo largo de los siglos y de los años. La diferencia más notable entre ellas es que unas terminan escritas y otras no, y entre las que se escriben, unas pasan a la posteridad en letras de oro y otras no: todo depende de los intereses o poderes ocultos que manejen las entidades editoriales de cada época y lugar donde se desarrollen los hechos.

El amor místico entre el maestro y el discípulo es uno de los hechos más sorprendentes y más exquisitos de experimentar, pero no por ello menos frecuente. Lo que llegamos a conocer de su existencia es una mínima parte de lo que está sucediendo. De alguna forma el devoto digamos que se avergüenza de sentir lo que está sintiendo y lo oculta. Esto sucede sobre todo al principio, cuando el devoto se siente sorprendido por sus propios sentimientos, y se descubre protagonista del antiguo drama que siempre supuso amar a un dios hecho hombre. También el hecho de que esta especial condición sentimental sea criticada, y ridiculizada en los medios de comunicación frecuentemente, ayuda a que no transcienda al exterior. El miedo consigue acallar un sentimiento que pide ser anunciado a gritos. Mas cuando se rompen estas barreras, el escándalo estalla, y la indignación popular arremete contra quien se ha atrevido a amar a un hombre considerándolo dios, como arremetió contra otros que se atrevieron a amar en otros tiempos a otros maestros que convivieron con ellos, y protagonizaron un escándalo social semejante.

Este tipo de amor es tan inocente y tan digno de ser vivido como cualquier otro, incluso podríamos añadir que es de los más exquisitos y sublimes que el ser humano puede llegar a experimentar. Y, como en todas estas vivencias positivas que estamos estudiando, características de lo sagrado, lo malo no está en ellas, sino en lo que hacemos con ellas. Y ese tipo de amor es moneda cambio muy frecuente para cometer el gran fraude espiritual.

Todos sabemos que la persona enamorada vive engañada de alguna forma, y muy a menudo acaba defraudada por no cumplirse las expectativas que en un principio esperaba de su amor. Ya forma parte de nuestra cultura escuchar pacientemente las alabanzas que la persona enamorada hace de su pareja. Sin embargo, habitualmente se pierde la paciencia cuando alguien habla de las glorias de un amor místico entre algún gurú y alguno de sus discípulos. Nos resulta inadmisible que una persona se engañe de esa manera y nos quiera engañar a nosotros. No perdonamos el ansía proselitista, que inevitablemente surge en el devoto, como perdonamos la publicidad que algunos enamorados dan a su amor. Si una persona enamorada siente un fuerte impulso por ensalzar ante los demás a la persona elegida por su corazón, cuando se trata de los devotos del amor místico, las alabanzas que hacen de su maestro se convierten en sublimes cantos celestiales que ansían ser pregonadas a los cuatro vientos. Al estar mezclada la vivencia religiosa con las celestiales realidades virtuales espirituales, la exaltación que proporciona ese tipo de amor, cobra tal intensidad que el devoto no tiene duda alguna de que su gurú es una encarnación divina: si ha sido capaz de elevarle a él hasta el sublime cielo, también puede hacerlo con toda la Humanidad. No le cabrá duda de que un nuevo gran mediador está entre nosotros; y, porque no, no le cabrá duda de que su maestro es la nueva encarnación de un gran mediador estrella, del único e insustituible; hecho que queda confirmado cuando, sorprendentemente, su maestro consiente en afirmar que así es.

Sorprendidos quedaríamos si llegáramos a conocer la cantidad de este tipo de maestros que se anuncian como la nueva encarnación de Jesucristo, por ejemplo, se podrán contar por cientos, porque ya no sólo lo pregonan los grandes gurús, cualquiera que tenga un mínimo éxito en la implantación de su doctrina se puede llegar a anunciar como el nuevo Jesucristo. Esto es algo que en Oriente se ha hecho siempre, la importación de la teoría de reencarnación y los gurús nos ha traído esta especie de tradición, allí es habitual que un gurú se anuncie como la encarnación de cualquiera de sus mediadores estrella más famosos de esa cultura, son innumerables las personas encarnaciones de Buda y de Krisna que caminan por la India. Y, cuando llegan a Occidente, no se cortan un pelo en afirmar que también son la encarnación de nuestro gran mediador estrella, de Jesucristo.

Yo no alcanzo a comprender que necesidad tienen estos personajes de comportarse como auténticos charlatanes, vendiéndonos sus enseñanzas etiquetadas con prospectos falsos, cuando lo que nos ofrecen es de una calidad tan elevada. Es como si el vendedor de una miel exquisita nos estuviera diciendo que ha sido confeccionada en el cielo por los ángeles. Si esa miel es realmente exquisita ¿qué necesidad tiene de engañarnos contándonos mentiras? Alguien ―probablemente seguidor de alguno de estos gurús― nos podría insinuar que alguno de ellos ―en especial el suyo― podría ser la auténtica encarnación de Jesucristo; pero hay tantos que así se anuncian que uno llega a la conclusión de que no es ninguno. En Oriente justifican esta situación diciendo que los grandes mediadores tienen el don de la ubicuidad, y pueden manifestarse cuantas veces quieran en este mundo y en los cuerpos que quieran. Claro está que cuando uno descubre los notables desacuerdos entre las diferentes encarnaciones de un mismo mediador, no le queda otro remedio que sospechar que algo falla en esta teoría.

Yo le aconsejaría a al creyente, deslumbrado por la encarnación que ha llegado a conocer, que tuviera la valentía de dudar, aunque solo fuera un poco, y se animase a conocer a otro u otros gurús que también se anuncian de la misma manera. Así podrá observar que todos enseñan algo sublime, a pesar de que entre ellos no se parecen en nada. Todos enseñan a experimentar una parte del gran elefante sagrado. Lo que resulta intolerable es que, estimulados por el deslumbramiento que produce la maravilla vivida, cerremos las puertas a otras opciones de aprendizaje, descalificándolas brutalmente.

El gran fraude espiritual, en todas las formas en que se manifieste, ha existido desde tiempos inmemorables, es parte de la cultura de nuestro mundo, como lo son los grandes fraudes políticos o los económicos. Está enraizado en nuestra absurda y egoísta forma de ser que adoptamos frecuentemente los humanos. Cuando es el amor el protagonista principal del fraude, el engaño es semejante al que experimentamos cuando nos enamoramos al más tradicional estilo romántico y quedamos atrapados entre una serie de pasiones humanas que muy poco tienen que ver con el amor.

Los amantes, ya sean una pareja normal o un gurú y su devoto, viven un amor exclusivo, se aman aparte de todo lo demás. Amar a otras personas como ellos se aman supone para ellos un peligro del que hay que huir si no se quiere correr el riesgo de perder su especial unión, su realidad virtual paradisíaca creada en el nido del amor, la ilusión, la mentira; por ello es necesaria la exclusividad del amor en los amantes, ya sean carnales o místicos. Es necesario marcar bien su territorio de amor, su realidad virtual particular, para que en este mundo, de carestías amorosas y de ladrones, nadie venga a robarle su preciado tesoro; por ello, el instinto de territorialidad y de posesión de los amantes es una pasión muy fuerte. Nadie puede entrar en el territorio sagrado de su pasión amorosa excepto ellos dos. La poligamia es una excepción que admite a varias amantes de un mismo individuo, pero esto exige a un único individuo, nunca a dos o más. Y algo semejante sucede con los amados mediadores. El juego amoroso devocional permite entrar en el territorio virtual de la devoción a innumerables discípulos, pero nunca se permitirá entrar a otro mediador, so pena de desatar la celosa ira divina del mediador propietario del harén místico.

Es muy difícil encontrar un tipo de relación amorosa limpia de polvo y paja, ya sea de pareja, con el grupo familiar, con el grupo sectario o con el gurú o maestro espiritual con el que nos relacionemos. Necesitamos realizar un gran esfuerzo si no deseamos corromper las extraordinarias vivencias espirituales con actividades egoístas y fraudulentas. Mas urge hacerlo si queremos disfrutar largamente de los goces que nos puede proporcionar nuestra dimensión sagrada. Quien sufre el fraude como víctima puede ver mermada su capacidad de vivir su plenitud espiritual; pero, quien lo realiza, lo suele pagar muy caro. Llevar a cabo un fraude en la dimensión económica, si no nos cae el peso de la ley encima, puede otorgarnos elevados beneficios; pero en la dimensión espiritual, un fraude termina, tarde o temprano, por hundirnos en una miserable pobreza de espíritu. Recordemos a esas grandes religiones que, a base de vivir actividades fraudulentas, perdieron las glorias sagradas de sus principios y alcanzaron unas altas cotas de miseria espiritual.





LA CREACIÓN DE MITOS



No es necesario realizar exhaustivos estudios antropológicos para observar cómo se crea un mito en torno a un líder religioso. En la actualidad tenemos ejemplos de todas las fases de creación de un mito, podemos observar su proceso evolutivo desde sus principios. En muchos casos, como en el budismo tibetano, los lideres o los santos son adiestrados desde niños para la santidad. Elegidos por los astros o por los videntes, son apartados de sus padres para hacer de ellos seres divinos; modelos ejemplares de lo que puede conseguir una educación determinada desde la infancia en los seres humanos.

Pero los casos más extraordinarios de santidad son aquellos surgidos del pueblo sin manipulaciones previas. En el hervidero espiritual hindú tenemos ejemplos de todas las fases de la creación de un personaje mitológico por generación espontánea. Normalmente, en la infancia suelen ser niños muy normales con algún pequeño síntoma de niño prodigio, pero sin mayor importancia. Ya en la adolescencia comienzan encauzar sus preferencias por la vida espiritual, como tantos otros que eligen el celibato y la religiosidad, a diferencia de la mayoría de los jóvenes de su edad que comienzan a pensar en cosas más mundanas. Si su adiestramiento esotérico le permite continuar evolucionando espiritualmente, y alcanza la facultad de hacer algún milagro, su conversión en mito está garantizada. Cuando la población hindú comprueba la santidad de dicha persona, ya sea hombre o mujer, certificada por sus milagros y por la dedicación de su vida a la enseñanza de las virtudes necesarias para alcanzar la beatitud, ya se le considera oficialmente un maestro espiritual, un gurú. Sus devotos seguidores comienzan a escribir su historia particular, su curriculum espiritual, su historia sagrada, donde se hará una detallada recopilación de todos los acontecimientos virtuosos que haya protagonizado, en especial los milagros. A partir de aquí, la realidad comienza a mezclarse con la ficción. La inventiva de los autores de las historias sagradas no tiene limite: el gran fraude espiritual comienza a tomar cuerpo, pronto se comentará que se trata de una encarnación de alguna entidad divina. Su familia también se verá implicada, arrojada sin remedio al escenario de la nueva realidad virtual que se está creando; sus padres y familiares se verán santificados aunque sean personas muy normales. Las circunstancias, tanto de la gestación como del nacimiento del individuo, se convertirán en milagrosas como por arte de magia, señales del cielo inventadas santificarán con todo lujo de detalles un pasado más o menos corriente, así convertirán a una persona normal en un elegido de dios incluso antes de su nacimiento, pues seguro que encontrarán a alguien que anunció su santa venida a este mundo. El nuevo santo ya tiene su historia sagrada particular. Sus devotos no cesarán de cargar su guirnalda de bendiciones. Las exaltadas experiencias espirituales que se producen a su alrededor propiciarán la creencia de que son ciertas todas las glorias que de él se cantan.

Y llegada la hora de su muerte, el proceso no se detiene, normalmente se amplifica. Existe una explosión de fuegos artificiales esotéricos cuando estos dioses hechos hombres fallecen. Este es un fenómeno muy digno de tener en cuenta. Los discípulos continúan comunicándose con su maestro fallecido, sienten su presencia en sus reuniones y rituales incluso con más fuerza que cuando estaba vivo. Experimentan una infusión de energía espiritual enorme, una euforia mística que les hace afianzarse más todavía en la fe en su maestro y en la doctrina que él predicó.

Siento no poder dar explicación a este fenómeno. Como dije en la presentación de este libro, en muchas ocasiones tenemos que conformarnos con relatos de hechos incomprensibles para la razón, pero que han sido y son de gran importancia en el mundo de las sectas y, por lo tanto, en la Historia de la Humanidad.

Este efecto post mortem, típico de todos los grandes maestros espirituales, ha generado a lo largo de la Historia de la Humanidad sorprendentes cambios sociales. La euforia que los discípulos pueden llegar a sentir y las maravillas que ―supuestamente― su maestro puede realizar a través de ellos, es de tal magnitud que el proselitismo está más que garantizado. Y si se tiene la suerte de convertirse dicha doctrina en oficial, por haber sido acogida por los poderes políticos y militares del país o países en expansión donde está sucediendo el milagro, puede convertirse en una religión universal.

Para ello también es indispensable que la nueva creencia se vea apoyada por las escrituras, ninguna religión universal pudiera haber llegado a extenderse por el mundo si no hubiera sido por la escritura. Y probablemente la escritura no hubiese prosperado como lo ha hecho, a lo largo de la Historia, de no ser por la urgente necesidad de conservar en el escrito las claves evocadoras de las vivencias espirituales. Los textos sagrados han sido durante milenios la lectura madre de toda civilización, y en la actualidad en muchos países continúan siéndolo.

Toda escritura sagrada nos habla de la vida y milagros de los maestros espirituales, de sus doctrinas y rituales, de las revelaciones divinas que recibieron del más allá, y de las realidades virtuales espirituales donde se ubica todo el teatro esotérico. Es un tipo de escritura, llamémosle mágica, que puede provocar la experiencia mística en los creyentes con solo leer las palabras del libro sagrado.

Para la permanencia inalterable en el tiempo de un mito es necesaria la escritura. Hasta que ésta no hizo su aparición, los mitos se transmitían oralmente y, por lo tanto, se desvirtuaban moldeados a capricho por la imaginación de los narradores. Tanto es así que no podemos saber cuál es el origen de toda la mitología griega, por ejemplo; los primeros escritos sobre los dioses griegos, relatan hechos tan fantásticos e irracionales, que demuestran las abundantes imaginaciones fantasiosas que a través de las generaciones transformaron los hechos que originaron esos mitos.

Cuando el fenómeno mitológico nace en una sociedad que conoce la escritura, a pesar de que en ella también se puedan relatar exaltadas fantasías espirituales, tendremos al menos un documento más real que si su historia hubiera sido transmitida oralmente. Y con sólo observar como se continúan produciendo conatos de creación de mitos en el seno de las sectas occidentales, o en sociedades de densa espiritualidad, como por ejemplo en la India, podremos comprender cuál fue el origen de los hechos que relatan las escrituras antiguas.

Aunque siempre habremos de tener presente que cuanto más alejada en el tiempo se ubique la creación del mito y su inmediata escritura, aumentarán las probabilidades de que la auténtica historia original haya sido falseada. Si los primeros escritos realizados por testigos directos del acontecimiento espiritual ya son capaces de añadir fantasiosos complementos destinados a engrandecer lo acontecido, no digamos a lo largo de los siglos lo que se puede añadir, borrar o tergiversar; la manipulación interesada está garantizada cuando se realizan copias o traducciones de las escrituras sagradas. En las escrituras con más de mil años, aunque se haya sido lo más fiel posible al original en todas sus traducciones o copias, nos llega a nosotros muy poco de lo que realmente sucedió o del mensaje que aquel maestro de aquel tiempo transmitió a sus discípulos. Aunque el texto fuera el mismo, no nos llegaría a nosotros el mismo significado, ya que las palabras de hoy no significan lo mismo para nosotros que lo que significaban para las personas de hace miles de años. Sobre todo los vocablos de cariz espiritual son de una relatividad tremenda, ya que están basados en la experiencia y en la interpretación personal o cultural de la época, y si un escritor relata su vivencia personal de un acontecimiento sagrado, mal lo puede traducir quien no haya tenido la misma vivencia ni conozca los patrones de interpretación vigentes cuando ocurrieron lo hechos.

Sin embargo ―y esto es sorprendente― cuanto más viejo es un mito, más solera tiene y más a gusto se consume. El creyente apenas se para a pensar en todas las fantasías que se hayan podido añadir durante los siglos en que estuvo vigente. En la dimensión espiritual del hombre pesa más la tradición que la lógica más sensata. Y cuanto más fantasioso es un mito más atractivo resulta.

Las fantasías añadidas convierten los hechos originales en leyenda, por ello es necesario observar las creaciones de mitos cercanas en el tiempo, para ayudarnos a comprender los mitos que tienen más de mil años. Siendo conscientes de que no todos los mitos siguen unas pautas semejantes en su creación, ya que pueden existir diferentes versiones creadoras de un mismo mito. No es infrecuente que, después del fallecimiento de un personaje destinado a convertirse en mito, sus discípulos más directos, embriagados por la euforia mística, se dividan y creen diversas vías doctrinales, y distintas historias sagradas según la interpretación de cada uno, e incluso ubiquen a su maestro en diferentes realidades virtuales espirituales. Enseñanzas de importantes maestros espirituales fallecidos en este siglo han sido dispersadas en tantas ramificaciones como discípulos directos tenían. Y cuando los mitos permanecen vigentes durante varios siglos, en muchas ocasiones sufren una disgregación incesante.

Un ejemplo muy familiar para los occidentales lo tenemos en Jesucristo.





JESUCRISTO



Posiblemente no exista otro mediador estrella en otras civilizaciones que haya sido tan manipulado como Jesucristo en nuestra cultura occidental. Las religiones cristianas, sectas o vías de realización ―llamémosles como queramos―, se cuentan por cientos. Aquel hijo de carpintero, probablemente, nunca llegó a sospechar que su mensaje pudiera llegar a dar pie a tantas doctrinas y tan diferentes. En mi paseo por las sectas es sorprendente todo lo que he podido llegar a oír sobre él. Son innumerables las versiones que hay sobre su vida, cada una de ellas defendida por argumentos convincentes para los creyentes en esas versiones particulares.

Aprovechando la sospecha de que el nuevo testamento ha sido manipulado a lo largo de la Historia, unas versiones dicen que los años que precedieron a su vida pública no se los pasó ayudando a su padre en la carpintería, sino que estuvo educando su espiritualidad en los centros más espirituales del mundo de aquella época. (Naturalmente esos centros de estudios esotéricos suelen coincidir con las tendencias religiosas de la vía o secta cristiana que defiende dicha versión sobre el pasado de Jesús).

Las tendencias esotéricas que ven en la sexualidad el elixir indispensable para el crecimiento del espíritu, no creen que Jesús fuera célibe, más bien creen que se acostaba con María Magdalena, prostituta elegida para las difíciles posturas que estos místicos profesionales han de adoptar en el proceso alquímico sexual.

Su inmortalidad tiene bastantes detractores, aunque hay muchos más que están a su favor, incluso algunos afirman que en la actualidad se pasea por las calles de nuestras ciudades como un turista cualquiera, luciendo un cuerpo de dos mil años de antigüedad, pero con un aspecto del que todavía no ha cumplido los cuarenta.

Otros lo sitúan allá en el paraíso, a la cabeza de las huestes celestiales, presidiendo la gran logia blanca, compuesta por todos los grandes personajes espirituales que se fueron al otro barrio; y que desde allí ―dicen― están haciendo todo lo posible para salvar al mundo de sus males.

La mayoría esperan su segunda venida, la anunciada en las escrituras a bombo y platillo, retorno definitivo y apocalíptico como rey salvador, inminente según aseguran muchos. En unos casos vendrá al frente de una inmensa flota de platillos volantes a salvar a los buenos (entre quienes se encuentran los miembros de la secta aficionada a los ovnis, naturalmente); y, en otros casos, será al frente de una huestes de ángeles, con trompetas y esas cosas que usan los ángeles. Pero hay otros que aseguran que su venida será como la anterior, como todo hijo de vecino, parido por hembra humana, más no en plan mártir, sino como rey del mundo. Y anuncian la venida tan inminente que muchos ya han anunciado su nacimiento. Lástima que no se pongan de acuerdo. Llevo más de treinta años escuchando que acababa de nacer en algún país afortunado, hijo de unos padres más afortunados todavía. Sin exagerar, serán unas cinco veces las que he recibido la buena nueva de cinco nacimientos en años diferentes, distanciados por varios años, y en lugares y de padres distintos. Cinco nuevas Navidades con fecha diferentes y cinco sagradas familias de otros tantos pueblos elegidos. Como se les ocurra a todos ellos predicar a la vez su buena nueva, no sé qué método habrán de usar los legisladores espirituales para saber cuál de ellos es el auténtico. Y seguro que habrá muchas más anunciaciones de las que a mí no me llegó noticia. De ser ciertas todas ellas, tendríamos en la actualidad un gran número de Jesucristos predicando doctrinas diferentes..., y, de hecho, los tenemos.

Hay sectas, incluidas en el montón de las partidarias de la reencarnación, que tienen un descaro sorprendente a la hora de acreditar que su dirigente es el auténtico dios hecho hombre reencarnado en innumerables ocasiones, todas ellas de mediadores estrellas, naturalmente. Y nos podemos encontrar, en su certificado particular, el periplo que el alma santa de su maestro recorrió por este mundo metiéndose un cuerpo tras otro de todos los grandes maestros que han existido. No es poco corriente encontrarnos en alguna sala del centro sectario o en las páginas de algún libro, una consecución de retratos realizados por algún devoto correspondientes a Krisna, Confucio, Buda, Jesucristo, Mahoma, etc. Todas ellas puestas en orden cronológico, para insinuar el recorrido a través de los siglos del alma grande de su maestro, la única que ha merecido la pena ser adorada en este mundo. En los lapsus de siglos donde no ha sobresalido ningún mediador estrella, se sacan de la manga algún santo que sin llegar a gran mediador sobresalió en esa etapa histórica, y lo ponen en la lista para rellenar el hueco temporal, de esta forma demuestran que su incansable maestro no ha abandonado el cuidado del mundo ni un momento.

Como se puede comprobar, el gran fraude espiritual tiene infinidad de modalidades. Al inocente occidental buscador, que desconoce estas patrañas, siempre le causa una fuerte impresión el anuncio de estas nuevas venidas de Jesucristo. Es una forma típica de captación de adeptos. La buena fama de Jesucristo se convierte en anzuelo para pescar al incauto. En ocasiones se mantiene en secreto la noticia de la nueva venida, (igual temen que algún moderno Herodes se ponga a degollar niños), buena nueva que solamente recibirán aquellos que sean de la secta en cuestión. Crías de nuevos salvadores que suelen llegar a hacerse adultos. Nos sorprendería conocer el elevado número de individuos que en la actualidad se creen ser Jesucristo y tienen seguidores.

El hecho de que fuera un gran milagrero, también le hace estar en cabeza de las invocaciones de los sanadores junto con el Espíritu Santo. Las técnicas particulares de muchos sanadores esotéricos son anunciadas como las que utilizó Jesucristo hace dos mil años. Un pequeño repaso de todas ellas nos demuestra que eso es imposible, pues son muy diferentes entre sí y corresponden a orígenes muy dispares; pero los sanadores no se suelen cortar un pelo para invocar el poder sanador de Jesús, aun cuando están utilizando un método chamanístico o de brujería, que muy probablemente sería rechazado por nuestro mediador estrella si éste levantara la cabeza.

Otras tendencias nos dicen que Jesús fue una persona normal que alcanzó el estado “crístico”, etapa final de la evolución espiritual del ser humano. Este tipo de interpretaciones nos dicen que Cristo no es una persona si no un estado que se puede alcanzar, (esto nos puede explicar porqué hay tantos cristos).

Y no podemos dejar de referirnos en este capítulo a quienes están en comunicación constante con él vía telefónico-celestial. Pero éste es un asunto que trataremos más detalladamente en el capítulo sobre los mensajes del más allá.





EL PECADO, LA CULPA Y EL KARMA



Nuestra civilización cristiana lleva padeciendo el síndrome del mártir desde sus orígenes. Ya el antiguo testamento nos cuenta como metimos la pata y nos ganamos la expulsión del paraíso en el que vivíamos. Este mito lleva amargando la vida de gran parte de la Humanidad desde hace miles de años, los golpes de pecho y la culpa no nos han aplastado totalmente porque por suerte siempre existieron los hombres de poca fe. La creencia de que somos terribles pecadores se afianzó todavía más con la muerte de Cristo. Somos tan perversos que fuimos capaces de torturar y de matar al hijo de dios. Miles de templos nos han recordado durante siglos ―y nos lo continúan recordando― el dramático final de nuestro favorito mediador estrella; la tétrica imagen de Cristo clavado en la cruz de los altares de nuestras iglesias nos muestra nuestra maldad, nuestro pecado y nuestra culpa, todo ello reforzado por el incumplimiento de unos mandamientos divinos prácticamente imposibles de cumplir.

La expiación siempre ha sido necesaria, y el martirio la forma más gloriosa de alcanzar el cielo. Casi todos nuestros santos fueron mártires. El santo o el profeta debían de tener vocación de martirio y esperar felizmente a que sus perseguidores les sometieran a tortura. Antiguamente no había otra forma de purgar definitivamente las culpas, todo místico debía de ser adicto al suplicio si quería alcanzar el éxito, sus males eran anheladas pruebas divinas, un honor que dios le hacía para ayudarle a alcanzar el cielo. Esta tradición masoquista asegura que sin sufrimiento no hay progreso espiritual. Tan profundamente es deseado el martirio que, a falta de crueles infieles martirizadores en la actualidad, hay fieles —elegidos por dios— que sufren el honor de padecer los estigmas de Cristo para no perder nuestra santa tradición masoquista; los fenómenos paranormales están al servicio de los impulsos psicológicos más ancestrales y profundos. La vida, pasión y muerte de Cristo, ha sido siempre fervientemente imitada por sus devotos, (pero parece ser que ninguno consiguió imitarle en su resurrección).

La vocación de martirio no es exclusiva del cristianismo, en muchas otras vías religiosas también se practica. La mortificación del cuerpo se considera en muchas ocasiones como camino imprescindible para alcanzar la virtud y purgar el pecado, se cree que el maltrato, el desprecio y el abandono de la carne y de todo lo material, es necesario para alcanzar el mundo espiritual.

Esta creencia es aterradora, y es capaz por sí sola de impedir el progreso del estado de bienestar de multitud de países subdesarrollados, afianzados en unas creencias que fomentan su status miserable. El hambre, la miseria, las enfermedades, y todo tipo de penalidades son castigo de dios, expiación de las culpas humanas, son algo inevitable ante lo cual sólo hay una postura virtuosa y digna de ser adoptada: sufrir con paciencia de santo, siguiendo el ejemplo del santo Job. Rebelarse contra el sufrimiento es un atrevimiento de impíos.

Pero estas creencias no fueron impuestas en sus principios por una capricho de las entidades religiosas, fueron y son la explicación más convincente que los hombres siempre se han dado a sus desgracias. El castigo divino y la expiación de culpas son las justificaciones asumidas por el pueblo llano a todos sus males. Una sociedad apesadumbrada se pregunta qué habré hecho yo para merecer esto, e inmediatamente vienen las respuestas espirituales del pecado o del mal karma. Cuando los individuos de una sociedad sufren cualquier tipo de mal, se convierten en terreno abonado para que germinen en ellos las semillas del miedo, y vislumbren todo tipo de sombras tenebrosas en los cielos.

Así que, por un lado, podemos observar como una creencia influye en la sociedad, y, por otro lado, observamos cómo el estado de bienestar o de malestar de una sociedad influye sobre las creencias. Esta influencia mutua es muy digna de ser tomada en consideración a la hora de estudiar los cambios sociales de un país o de un tipo de civilización.

Nuestras décadas de paz disfrutadas en Occidente, y el desarrollo tecnológico, han supuesto un cambio tan notable en el grado del bienestar en nuestro pueblo que inevitablemente las creencias espirituales se han visto afectadas. A pesar de que las tendencias más tradicionalistas permanecen manteniendo las antiguas creencias, la ausencia de grandes males en las vidas de la mayoría de los individuos está consiguiendo que los grandes patrones religiosos atormentadores estén perdiendo credibilidad. Como ya hice alusión en el capítulo “La evolución de los dioses”, están apareciendo en el seno de las sectas nuevos objetivos devocionales. Aunque los personajes divinos sean los mismos, la visión de éstos está cambiando considerablemente. Al mismo Jesucristo ya no se le representa en sus momentos trágicos de la crucifixión, aquello es un agua pasada hace dos mil años que muy poco tiene que ver con la gloria libre de todo sufrimiento que ahora ven en él sus más modernos seguidores. Los mediadores más modernistas, incluyendo a los gurús, son aquellos que predican una espiritualidad libre de culpa y de grandes castigos para el pecador.

Cierto es que los tradicionales sistemas religiosos todavía continúan vigentes, pero, si les prestamos atención, veremos que están sustentados por personas adictas al apesadumbramiento, enganchadas a alguna forma de sufrimiento personal, muchas de ellas padecieron en su juventud o infancia la tragedia de una guerra, dolor de un mal no olvidado que se mantiene vivo en su espiritualidad, estimulando la aparición del castigo divino, de la culpa o de la expiación dolorosa. Los países que dieron al olvido y al perdón los desastres bélicos que sufrieron, olvidan más fácilmente la ira divina, la culpa y el pecado.

En Occidente, las tendencias espirituales más modernas reducen considerablemente estos dolorosos conceptos, son elegidas por personas que no padecieron grandes tragedias sociales o personales en su vida o por aquellas que ya las olvidaron y las perdonaron. Se duda que para llegar a dios sea necesario sufrir grandes padecimientos o amenazas, y se emprenden caminos de búsqueda mucho más agradables y llevaderos, más en sintonía con el tipo de vida que disfruta el ciudadano medio. El aumento del estado del bienestar reduce el sufrimiento, y a su vez se reduce la sensación de castigo, que a su vez reduce la sensación de haber pecado, que a su vez reduce la sensación de culpa.

Los diferentes infiernos de las diversas realidades virtuales espirituales religiosas, con sus demonios incluidos, están perdiendo credibilidad. No cabe duda de que estas diabólicas creaciones virtuales son en parte reflejo de las infernales condiciones de vida en las que vivían nuestros antepasados.

A medida que los derechos humanos se vayan implantando en el mundo, los viejos sistemas religiosos atemorizantes irán perdiendo credibilidad. Cuando se reducen los padecimientos del pueblo, merman los temores circunstanciales donde enraízan los horrores de las religiones. La reducción de las injusticias sociales convierte a los creyentes en personas dignas de ser amadas por un dios con un amor verdadero, completo y sin fisuras, sin ira y sin dolorosos castigos. De ahí la importancia de la extensión por todo el mundo de los derechos humanos, su implantación mundial mermará la creencia en los temibles castigos divinos. Y nuevas formas de enfocar la culpa menos trágicas se asentarán en las culturas.

En Occidente ya hemos aceptado novedades importantes traídas de Oriente. La ley del Karma nos ha venido como anillo al dedo para empezar a ir suplantando el concepto de pecado. El concepto kármico, al ser semejante a una cuenta corriente celestial, merma la vieja sensación infernal del pecado. En esta especie de cartilla de ahorros, las obras buenas nos generan ingresos, mientras que las malas nos generan deudas; teniendo en cuenta que las deudas hay que pagarlas siempre, con obras buenas, claro está. Cuando oímos que ésta o aquella persona tiene mal karma, entendemos que su cuenta corriente esta en números rojos. Naturalmente, esta filosofía de pagar las culpas de nuestros pecados con obras buenas, durante las vidas que haga falta en este mundo, resulta mucho más atractiva que pagarlas mediante un abrasarse vivo eternamente en los infiernos. Sin embargo, no olvidemos que la ley del Karma continúa teniendo notables semejanzas con el castigo eterno, es una especie de ojo por ojo justiciero muy severo, en ocasiones las deudas pueden ser tan grandes que al creyente en la reencarnación se le exige un pago de vidas y vidas de sufrimiento en este mundo semejante al que se le exige por toda la eternidad en los infiernos al tradicional creyente pecador.

Pero, como esta nueva creencia encaja con nuestro actual concepto de la justicia y de pensamiento económico, está teniendo una buena aceptación en las modernas tendencias espirituales. Nos parece justo que alguien que ha cometido malas acciones pague con buenas acciones, y, si no lo hace así, que sufra en vida todo lo que él ha hecho sufrir. Aunque este juego de justicia puede ser eterno también, porque durante toda una vida es muy difícil que al mismo tiempo que hacemos buenas obras no hagamos daño a nada ni a nadie. Si nos tomamos muy en serio el juego del Karma podemos acabar como los miembros de esa secta hindú que van barriendo el terreno delante de ellos, cuando caminan para no pisar ningún insecto, y evitar así hacer un daño a un ser vivo que pudiera descompensar su cuenta corriente de buenas obras.

De todas formas, modernas tendencias afirman que el Karma es negociable, sólo es necesario ponerse en contacto con los banqueros espirituales y renegociar con ellos el préstamo. Lo malo es que los señores del Karma que financian nuestra deuda están en el cielo, dificultando la negociación por falta de comunicación, aunque sabemos que muchos creyentes superan muy a menudo las dificultades para comunicarse con el más allá.

Todo por rebajar nuestra sensación de culpa y el pago por ella. Incluso existen tendencias espirituales que van tan deprisa en su ansia por liberarse de la culpa que se la pasan de largo, ignorándola totalmente y proclamando la total inocencia del ser humano, haga lo que haga. Anuncian que el hombre está sumido en la total ignorancia y que por ello actúa como un niño de corta edad, sin auténtica conciencia de lo que hace, y por lo tanto no es culpable de sus actos, ni merece castigo alguno ni crear ninguna deuda Kármica. Quienes así piensan son los sibaritas de la espiritualidad, el suyo pretende ser un camino de rosas pero sin espinas.

Llegados a este punto del camino en nuestro paseo he de colocar una señal de peligro: El pecado, el infierno y el Karma han sido durante siglos muy duros castigos para los creyentes; pero, a su vez, han sido métodos correctores del comportamiento; sin ellos, probablemente nuestro pasado hubiese sido más caótico que como fue. Si con semejantes amenazas sobre quienes hacían el mal a su prójimo, hemos sido capaces de matarnos como lo hemos hecho a lo largo de las Historia, no quiero ni pensar que hubiera sucedido si esos duros castigos celestiales prometidos no hubiesen estado ahí.

Cierto es que hoy en día está empezando a no ser necesario en el mundo esta dura justicia divina, la comunidad internacional ya se esfuerza por castigar las violaciones de los derechos humanos.

Pero la ONU. no alcanza a castigar la sutil perversidad que se puede producir en las relaciones interpersonales. Una persona que consigue liberarse de la culpa, si no tiene una educación moral suficiente, puede convertirse en un perverso sin freno que, sin llegar a cometer delito denunciable, haga imposible la vida a las personas de su alrededor.

Por ello, cuando nos sintamos atraídos por una secta que nos promete liberarnos de la culpa, no olvidemos que la perversidad humana tiene infinidad de formas de manifestarse, y, aunque podemos acabar sintiendo la agradable sensación de nuestra inocencia original, también podemos ser víctimas de alguno de nuestros candorosos hermanitos sectarios que, en su inocencia y en su falta de conciencia de culpa, nos están haciendo la puñeta hasta límites insospechados, comportándose como un refinado sádico con nosotros.

Esto también han de tenerlo en cuenta quienes se relacionan directamente con personas pertenecientes a sectas que las ha liberado de la culpa. Ya sea en la familia o en cualquier otro grupo social, podemos encontrarnos con personas ―poco normales― que descaradamente nos estén amargando la vida mientras están cantando felizmente sus cánticos espirituales.

La anhelada inocencia original podremos disfrutarla cuando alcancemos los altos niveles espirituales en los que el amor nos invada de tal manera, a nosotros y a todos quienes nos rodean, que nos resulte imposible hacer daño a nadie; solamente en semejante estado de santidad la culpa no tendría razón de ser. Pero, mientras estemos en el camino, habremos de conformarnos con vivir en el virtuoso justo medio que nos corresponde.

Si en nuestro mundo ya no tenemos por qué padecer pesadas culpas por tradiciones religiosas o por hacer cosas inocentes, tampoco tenemos por qué comportarnos como inocentes cuando tengamos la culpa.





LA POBREZA Y LA RIQUEZA



La pobreza ha sido un gran mal que desde tiempos inmemorables ha padecido la Humanidad. La riqueza mundial se centraba en unos pocos individuos que gobernaban sobre el resto del pueblo sumido en la miseria. Causa de innumerables males, la pobreza ha visto derrocado su ancestral poderío por el reciente progreso de las afortunadas naciones occidentales. Únicamente en los países desarrollados hemos conseguido erradicarla de la mayoría de la población. Este éxito no ha sido debido a un altruista reparto de la riqueza, sino al crecimiento económico que ha permitido a los ricos ser más ricos y a los pobres dejar de serlo. Digamos que el desequilibrio económico entre los individuos sigue siendo el mismo, pero, al menos, de unas décadas a esta parte, hemos expulsado a la pobreza de la mayoría de nosotros.

Y, como comentamos en el capítulo anterior, todo cambio social sugiere un cambio en las creencias; y viceversa: todo cambio en las creencias estimula al cambio social. Sabiendo que siempre se ha de superar la resistencia al cambio, incluso cuando se trata de abandonar el ancestral y miserable hábito de vivir en la pobreza.

Parece ser que las leyes físicas de la inercia no solamente afectan a los cuerpos pesados; los costumbrismos sociales y las creencias pueden atraparnos en una inercia que nos impida movernos cuando estamos anclados en hábitos del pasado, o nos impida desviarnos o detenernos cuando vamos en una dirección que realmente no deseamos.

Aunque todo individuo pobre desee conscientemente dejar de serlo, existe una resistencia inconsciente provocada por las creencias y por los hábitos tradicionales. ¿Cuántas personas que fueron pobres en su niñez o juventud continúan comportándose como si realmente lo fueran, a pesar de que hace décadas que dejaron de serlo?

Nuestra próspera civilización hace más de un siglo que emprendió la imparable marcha del progreso impulsada por el crecimiento económico. Pero los hábitos de conducta, y en especial las creencias espirituales tradicionales, no son capaces de cambiar a la misma velocidad. Tengamos en cuenta que las escrituras sagradas son sistemas inamovibles de creencias indiscutibles para el creyente, creadas en un ambiente social de penurias económicas, afectadas por la pobreza reinante, influenciadas por ella.

Aunque parezca ridículo, la pobreza, como cualquier otra circunstancia social, a pesar de ser aborrecible, también es justificada por las viejas creencias que surgieron en su seno. Podríamos enumerar innumerables claves de fe que proclaman a la pobreza como una virtud indispensable para entrar en los cielos. Baste con recordar aquella parte de los evangelios cuando Jesús dice que es más difícil que un rico entre en el paraíso que un camello pase por el agujero de una aguja, o bienaventurados los pobres porque ellos heredarán la tierra.

No existe nada reprochable en toda persona que elija a la pobreza como camino de evolución espiritual, todos somos libres de elegir el tipo de caminar espiritual que deseemos. Como en el caso de quienes eligen el celibato, la clausura o el cilicio. Ahora bien, lo que resulta intolerable es la imposición de una forma directa, o indirecta mediante argumentos religiosos, de esos males benditos, a un pueblo que ni los desea ni se los merece. No es de extrañar que los pensadores de izquierdas sospecharan que esas proclamas de virtuosismo de la miseria fueran una herramienta más, que los poderosos gobernantes siempre utilizaron descaradamente, para mantener al pueblo conforme con las migajas sobrantes de sus banquetes que arrojaban sobre sus súbditos.

Básicamente, los elogios que en muchas tendencias espirituales convierten a la pobreza en una virtud, vienen determinados por la necesidad del espíritu de desprenderse de la materia. Todo aquél que desee alcanzar el más allá tiene que renunciar a todo lo que lo ata al más acá. Por ello son bienaventurados los pobres de la Tierra. Pero esa práctica de la virtud no ha sido elegida por los pobres, sino impuesta; y una virtud no elegida tiene muy poco de virtuoso.

Si bien es cierto que la riqueza puede resultar una trampa mortal para el espíritu, más cierto es que la pobreza es una trampa mortal para el cuerpo, pues produce una indigna muerte prematura no deseada por nadie. La mayoría de los pobres de la tierra, si son virtuosos, es porque están más cerca del otro mundo que de éste, pero no por evolución espiritual ni por elección libre, sino porque se están muriendo de hambre.

Los creyentes más tradicionalistas creen que las realidades virtuales espirituales de las que hablan las viejas escrituras, y en las que se ha creído durante siglos, no son afectadas por los cambios sociales; son dogmas de fe avalados por la palabra de dios que siempre habrá de ser la misma en el pasado, en el presente y en el futuro. Muchos de ellos, en Occidente, escogen el voto de pobreza aún viviendo en un ambiente de abundancia. Un camino tan digno como cualquier otro de evolución espiritual, sobre todo ahora que no es impuesto por las circunstancias sociales. Aunque he de comunicar ―persistiendo en mi empeño por avisar de los peligros― que he conocido casos de quienes, en su prisa por realizarse espiritualmente, comenzaron a entregarlo todo, incluido su dinero; y en su alarde de desprendimiento de la materia de este mundo también abandonaron su trabajo, su única fuente de ingresos; y el único cambio que pude observar en ellos fue que, en vez de alcanzar la iluminación, se quedaron a oscuras porque la compañía eléctrica les cortó la luz por no pagar la factura.

Avanzadillas de modernos creyentes, ponen en duda que la pobreza sea una virtud, incluso aseguran que es un concepto masoquista residuo de un oscuro pasado religioso. El principal argumento que esgrimen para justificar semejante atrevimiento se basa en que todos somos hijos del gran dios infinito, hijos del creador de todas las cosas, dueño de todo el universo; por lo tanto somos hijos del ser más “rico” de la creación. ¿Cómo podemos llegar a pensar que nuestro padre desea que vivamos en la miseria? Estas nuevas vías consideran que la pobreza es un mal sueño de los hijos de un padre de riqueza infinita, una pesadilla de la que ya es hora que despertemos y recordemos quiénes somos. Son las nuevas vías de la opulencia, donde los ricos son los bienaventurados que heredarán la Tierra. Atractivos caminos de riquezas prometidas para quienes los realicen. La pobreza es un concepto, una idea de los pobres de espíritu, una forma de vivir elegida por los condenados por su propia culpa. En realidad ―según afirman en estas vías― somos hijos de un padre de riqueza infinita, bondadoso y ansioso por llenarnos de riquezas espirituales y materiales, esperando a que aceptemos sus maravillosos regalos.

Con sólo pensar en ello a uno se le ensancha el alma (y los bolsillos). Merece la pena prestar atención a estas nuevas vías espirituales. Nuevos conceptos religiosos que pueden cambiar nuestra vida. Yo les auguro un gran éxito. La infinita opulencia divin

La consigna:
Mantener la Dignidad, la Fe, la Esperanza, el Respeto y el Honor. A traves de la Sabiduria, la Serenidad, la Sensibilidad y la Sencillez. regresar al Origen.

Los seres humanos son libres excepto cuando la humanidad los necesita.
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17-Oct-2009 09:04 PM
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Paseo por el interior de las secta
ABRAZOS, BESOS Y CARICIAS

El fluir de lo sagrado es un tipo de energía creativa que puede ser utilizada para conseguir aquello que se desea. La satisfacción de los deseos es uno de los mayores beneficios que de él se esperan. La persona religiosa, sabiendo esto, implora a los cielos en sus oraciones aquello que anhela. La grandeza, el poder y la infinitud, experimentados en torno a los dioses, propician la sensación de que no existen dificultades para conseguir satisfacer nuestros deseos más insospechados. Y en ocasiones estos deseos se consiguen, el poder de la fe unido al poder de dios parece no tener límites. Si revisamos la Historia veremos que del seno de la espiritualidad han emergido toda una serie de sorprendentes fenómenos que cambiaron el curso de la Historia. Las guerras santas son un claro ejemplo ―y lamentable― de la utilización de la creatividad sagrada al servicio de los deseos, violentos y conquistadores en este caso.

Los profesionales de la espiritualidad, sabiendo la mala fama que les ha aportado la violenta utilización en el pasado del elixir sagrado, en la actualidad se están esmerando en mejorar su imagen, acomodándola a los nuevos aires pacifistas, y nos están proponiendo atractivos cambios en la utilización de lo divino. Ahora, además de poder cantar y bailar con los dioses, en éxtasis amorosos, envueltos por ese amor, también podemos amarnos entre nosotros. Un gran porcentaje de religiones y de sectas parece que se han puesto de acuerdo en conseguir tan anhelado y difícil propósito. En las congregaciones de los rituales religiosos se está poniendo de moda darse la mano, abrazarse, besarse, e incluso acariciarse. Todo dirigido a manifestar físicamente el perseguido y tan pocas veces conseguido amor al prójimo.

Estas manifestaciones de amor y de cariño están produciendo un impacto entre quienes las experimentan. No estamos acostumbrados a semejantes muestras afectivas excepto con nuestros más allegados. Y, en ocasiones, ni con nuestros parientes más próximos las vivimos. Por ello resulta impresionante, para la persona común, vivir esas manifestaciones de cariño con personas que no pertenecen a su entorno familiar o de amigos.

La primera deducción lógica que se obtiene al vivir esas muestras de afectividad, con personas prácticamente desconocidas, es el convencimiento de que en esa religión, o comunidad sectaria, se está viviendo un auténtico amor fraterno. La personas con carencias emocionales se sienten muy atraídas por tanta efusión amorosa, esperando que van a encontrarse en un entorno de amor y de comprensión; pero muy a menudo acaban desengañadas. En las reuniones en hermandad, donde se experimenta lo sagrado, todas esas muestras de afectividad surgen sin apenas dificultad entre personas embriagadas por las benditas cualidades de lo divino. Pero, cuando pasa la borrachera y todo vuelve a su estado normal, el desengaño suele hacer acto de presencia. Cierto es que existen comunidades donde sus miembros se unen como una piña, viven en comunas, y son los unos para los otros como auténticos hermanos, (aunque pocos se libran de las peleas entre ellos que cuestionan su fraternidad). Pero en la mayoría de comunidades no sucede así, sus miembros se reúnen unas pocas veces durante la semana, y los efusivos gestos amorosos no transcienden más allá de sus reuniones. Aquellos caminantes de lo esotérico novatos, que creían en la existencia de un amor fraterno real, convencidos por tanta amorosa efusión física, pueden sentir como un mazazo al comprobar que no es así. Puertas afuera de los rituales de la comunidad las cosas continúan con la fría convivencia típica de nuestra sociedad; y aquellos que se manifestaban como auténticos amorosos hermanos en los rituales del templo o de la sala de reuniones, en la calle no pasan de parientes lejanos que se preocupan muy poco de cómo le va en la vida a aquél que acaban de abrazar efusivamente en la fiesta espiritual.

Sin embargo, aunque habitualmente esas muestras de cariño se den solamente de puertas adentro, la utilización de ellas está teniendo un notable éxito. La falta de amor en el mundo propicia que esas efusiones sean bien recibidas por el público; aunque sean fingidas, terminan por ser uno de los ingredientes más importantes para la captación de adeptos. Es tal el éxito que los abrazos están alcanzando en la actualidad que hay personas sumergidas en el mundo de las sectas únicamente por el hecho de vivirlos. A nadie le amarga el dulce acariciarse o el abrazo de varios minutos; sobre todo si es con esa persona que nos resulta atractiva y con la que nos gustaría hacerlo más intensamente en la intimidad. No creo exagerar si afirmo que para una de las cosas que más han servido las efusiones cariñosas “espirituales” ha sido para iniciar contactos más materiales, romances que acabaron en relaciones de pareja. En ocasiones resulta inevitable que los efluvios sexuales se mezclen con los divinos cuando nos abrazamos a esa persona que nos resulta atractiva.

No está nada mal que en el seno de la espiritualidad hagamos más el amor que la guerra, aunque muy a menudo sea un amor fingido o vivido temporalmente. Sea cual sea nuestra vivencia, siempre es conveniente reconocer que es debido al elixir de santidad, propio de la atmósfera sagrada, vivido en los rituales o en los cursillos espirituales, lo que nos hace sentir benditos los abrazos, los besos y las caricias. Y si este elixir no nos embriaga lo suficiente, todas esas muestras afectivas se convierten en fríos rituales, en imposiciones costumbristas que no garantizan lo que pretenden demostrar. Un abrazo puede llenarte de amor, pero también puede no ser otra cosa que un apretón físico, incluso desagradable. Sucede igual que con la música sagrada que comentábamos en el anterior capítulo. En cualquier cosa que nos ofrezcan como sagrada, lo sagrado habremos de ponerlo siempre nosotros; no olvidemos que toda manifestación sagrada emerge de nuestro interior. Tanto en una música como en un abrazo, si deseamos que sean celestiales, lo celestial habremos de ponerlo nosotros.

Necesitando incluso realizar una criba de vivencias, pues lo divino, en los seres humanos, suele presentarse unido a lo profano. Cuando vivimos tal santidad en las reuniones espirituales, que nos hace sentir divinos los abrazos, también podemos observar muy frecuentemente que nuestra percepción corporal es muy selectiva. Como la mayoría de nosotros estamos más a menudo en nuestro cuerpo que en los mundos sutiles del espíritu, no podemos evitar sentirnos mejor o peor según nos abrace una persona un otra. Esto suele producir una rivalidad que crea sutiles envidias entre los cofrades o sectarios: “A mi no me abrazas tanto como a aquella persona. Esta persona no me hace sentir lo mismo que aquella. Tu abrazo da más lástima que amor. Aquellas dos personas se ponen siempre juntas en las reuniones para darse un apretón de espanto cuando llegue el momento de los abrazos”, etc. Y no olvidemos los ataques de celos que puede llegar a sentir uno de los miembros de una pareja cuando observa al otro miembro abrazarse, a quien pudiera ser su rival, más efusivamente de cómo mandan los cánones,

En esta especie de competición afectiva, también hay personas que se sienten menospreciadas por la mayoría en el ritual de los abrazos, ―suelen ser las menos agraciadas― mientras que otras personas están muy solicitadas. También hay líderes, como en toda competición. Normalmente el liderazgo lo ostentan los propios líderes de la secta, su abrazo es tan anhelado por todos sus seguidores que es frecuente tener que hacer fila para conseguirlo. Porque siempre se tratará de un abrazo divino, naturalmente.



LA DROGADICCIÓN MÍSTICA

A los miembros de las sectas se les suele considerar adictos al fanatismo de su credo particular, enfermos de una de las drogadicciones más perniciosas. Creencia popular semejante a la que se tiene del consumo de las drogas ilegales, mientras que las legales se consumen sin preocupación e incluso apoyadas por la cultura del pueblo que las acoge. Situación similar a la que padecen los adictos a los juegos de azar, buscadores enfermizos de la buena suerte, que la sociedad compadece mientras por otro lado les tienta con la publicidad que se hace de los sorteos de loterías oficiales o apuestas deportivas.

En el mundo de la espiritualidad no es diferente: el consumo de las ofertas sectarias se considera una perniciosa drogadicción, mientras el consumo de las religiones oficiales no.

Si deseamos realizar un análisis serio sobre la adicción que se puede dar en el mundo del espíritu, hemos de abandonar todo tipo de preferencias culturales. Cuando se consigue sortear los peligros que tanto abundan por los caminos espirituales, superar la resistencia a evolucionar espiritualmente y el pánico a arrojarse al infinito vacío celestial, la vivencia de lo sagrado implica en la mayoría de las ocasiones un aumento del bienestar. La paz que se puede llegar a sentir, cuando nos invade la presencia divina, es uno de los mejores analgésicos existentes para contrarrestar los dolorosos trances por los que puede transcurrir nuestra vida. Cuando la santidad se siente en las venas, por haber entrado en contacto con lo sagrado, una plenitud feliz invade al afortunado que consiguió probar las mieles del cielo. A partir de ahí, si la suerte se repite, tendremos a una persona adicta a las drogas sagradas, adicta a los regalos de los dioses.

Los contrastes que experimenta nuestro bienestar influyen de forma muy importante en nuestra vida. La espiritualidad puede proporcionar tan importantes aportaciones a nuestra felicidad que es muy fácil convertimos en adictos a una vía espiritual si estamos viviendo en ella gozosas experiencias. Está demostrado que nuestro cerebro sintetiza drogas en nuestros momentos más felices, como por ejemplo durante un orgasmo, de ahí que la mayoría seamos adictos al sexo. Las endorfinas, opiáceos generados por nuestra glándula pituitaria, nos emborrachan de bienestar cuando la felicidad nos envuelve. Las diferentes experiencias de lo divino nos pueden embriagar de dicha y engancharnos, son unas de las drogas más fuertes que puede disfrutar o padecer ―según se mire― el ser humano.

La drogadicción espiritual, como la sexual, no tiene contraindicaciones biológicas; es provocada por drogas que genera nuestro organismo de forma natural, no afecta a nuestra salud sino es para mejorarla. Sin embargo, como cuando se usan tóxicos, dependiendo de la dosis, existen peligros para nuestra salud o nuestra vida, en este caso peligros psíquicos. La drogadicción sexual puede convertirse en grave obsesión e impulsar a cometer locuras, y con la drogadicción espiritual puede suceder lo mismo. Si se llega a un elevado estado de embriaguez frecuentemente, el borracho de dios puede actuar con un notable descontrol y caer en un irracional fanatismo; puede convertirse en un defensor a ultranza de la fuente proveedora de la droga mística, del cártel al que pertenezca; grupo de fanáticos que puede entrar en guerra contra otros cárteles que, como mafias de lo sagrado, quieren imponer por la fuerza su especial polvo blanco en el mercado espiritual.

Las diferencias más notables entre la adicción sexual y la espiritual se basan en el culto, en un caso es una adoración material y en el otro se trata de un culto espiritual. La desinhibición sexual de nuestra civilización propicia un exceso de fluidos eróticos en muchas personas, que pueden acabar convertidas en fanáticas defensoras del placer sexual, en adoradoras del cuerpo. El culto al cuerpo está muy extendido hoy en día entre la población occidental. Sin embargo, el exceso de las bebidas celestiales, propicia el culto al espíritu, a los espíritus o a las deidades, y muy a menudo el menosprecio de la vida. Recordemos el típico rechazo del cuerpo como algo pecaminoso, los suicidios colectivos ―que estudiaremos más adelante― y las guerras santas, que no cesamos de citar, repletas de kamikazes suicidas.

Cuando las endorfinas las genera el sexo, creemos que los goces provienen de nuestro cuerpo o del cuerpo de la pareja que copula con nosotros. La felicidad sexual es un goce corporal que puede prescindir de lo espiritual. Sin embargo, los placeres espirituales parecen no provenir del mundo físico, aunque la drogadicción suceda en el cuerpo. Y al no tener limitaciones físicas la sensación de su procedencia, los goces espirituales cubren un abanico de matices y de calidades tan amplio que nos va a resultar muy difícil llegar a alcanzar una idea aproximada de todos ellos. Los diferentes elixires que pueden producirse en cada individuo sumido en el seno de diferentes atmósferas sagradas son infinitos. Cada gurú, cada ritual, cada secta o cada religión, produce un tipo de elixir sagrado particular en cada individuo, como si de innumerables tipos de drogas se tratara, provocando una gran cantidad de tipos de adicciones.

Las propiedades analgésicas y relajantes de las drogas generadas por nuestro organismo en las vivencias espirituales son indudables. Los mártires sin ellas nunca hubieran podido permanecer impasibles, e incluso felices, en las torturas que les tocó vivir; la sedante paz espiritual no falta en cualquier atmósfera sagrada. Incluso todo parece indicar que también somos capaces de generar alucinógenos en los trances místicos, pues la percepción sufre muy a menudo notables cambios cuando respiramos densas atmósferas sagradas, tan notables como que cada uno de nuestros cinco sentidos físicos puede empezar a percibir “alucinaciones”, como ya vimos en el capítulo sobre las percepciones extrasensoriales.

Exceptuando las conexiones con dimensiones del mas allá infernales (pesadillas de todo drogodependiente) y las terroríficas visiones apocalípticas, los contactos con las glorias celestiales siempre son contactos felices, gozosos, llenos de dicha. El alucinado que alcanza la realidad virtual espiritual en la que cree, el sueño esotérico que le ha tocado en suerte soñar, puede percibir gloriosas visiones celestiales que le llenarán de felicidad; también puede oír otros dulces sonidos diferentes a los escuchados con nuestros oídos ―como ya dijimos en el capítulo sobre la música y la danza―; también puede oler el perfume de los ángeles, y creer que lo está oliendo con sus narices, sin haber olor alguno en el ambiente que le rodea; y gustar las mieles del maná celestial, sentir en su boca una dulce sensación, sin estar gustando pastel alguno; así como también puede sentir sensaciones en su cuerpo venidas de otro mundo, caricias divinas de sublime amor.

Entre las más notables diferencias que la drogadicción por endorfinas tiene con la generada por sustancias preparadas, tenemos en primer lugar que todavía no hemos sido capaces de fabricarlas, son drogas que no se pueden ingerir ni inyectar en la sangre, las produce nuestro organismo; y, en segundo lugar, todavía nadie ha conseguido controlar su elaboración en nuestro cuerpo. Drogas que no se pueden comprar, y no hay forma alguna ―todavía― de asegurarse su abastecimiento de por vida. Por lo tanto, conviene dejar bien claro que toda persona enganchada a este tipo de adicción tiene asegurado padecer, tarde o temprano, el síndrome de abstinencia, pues no hay forma de asegurarse su abastecimiento de por vida.

Las investigaciones farmacéuticas, a pesar de no cesar en su empeño por sintetizar endorfinas, no lo han conseguido todavía. Pero, aunque se consiguiera algún día, me temo que su dosificación y la elección del tipo de droga nunca serían tan adecuadas ni tan naturales como cuando se originan espontáneamente en cada persona. Todo parece indicar que, en los casos en los que no se alcanza la borrachera, el cerebro de cada individuo genera su propia droga, la adecuada para su organismo, y habitualmente en la cantidad justa para aumentar notablemente su grado de bienestar, y sin contraindicaciones biológicas.

Quien prueba asiduamente las drogas de los cielos se convierte en un drogadicto de la armonía feliz, muy difícil de sustituir con cualquier otro tipo de inyección en nuestro cuerpo. Por ello, el drogadicto de dios, se convierte en un buscador incansable de los camellos venidos de arriba con la mercancía sagrada alucinógena, y no cesará de buscar a los repartidores de la experiencia mística, a los maestros de los rituales sagrados y de las creencias que harán segregar de su cerebro las sustancias de la felicidad. Multitud de mediadores aseguran repartir el sagrado polvo blanco de los cielos a diestro y a siniestro, charlatanes en muchos casos que ofrecen lo sagrado mezclado con venenos, sustancias divinas adulteradas con credos enfermizos, toxinas para el alma, creencias de infelicidad.

Probablemente sean los grandes gurús orientales en la actualidad los mejores proveedores de experiencias divinas, son capaces de sintetizar atmósferas sagradas de una pureza extraordinaria y de hacernos segregar como nadie endorfinas de felicidad. Lástima que vayan acompañadas habitualmente de tóxicos para la mente, de creencias extrañas e irracionales, del gran fraude espiritual.

Conseguir que nuestro cerebro sintetice en su estado puro la droga que es capaz de generar la divinidad del hombre, es un empeño todavía no logrado, pues siempre suele ir acompañada de sustancias intelectuales dañinas para la salud mental. Algo semejante a lo que sucede con la pura droga que es capaz de generar nuestra sexualidad, delicia de placer tan a menudo intoxicada por anormalidades psicológicas.

Uno de mis empeños de estos últimos años de mi vida consiste en intentar generar por mí mismo, en mi organismo, en mi cerebro, las drogas espirituales de la felicidad, sin camellos ni traficantes ni intermediarios que tan caro nos las hacen pagar; es decir, sin dioses ni gurús, sin ningún mediador que especule con lo que es nuestro. Y sobre todo sin sus doctrinas o creencias impuestas. Si nosotros creamos a los dioses, y los dioses nos proporcionan las drogas celestiales de la felicidad, resulta evidente que nosotros somos los únicos que deberíamos de tener el control sobre estas drogas. Las drogas divinas las genera nuestra propia divinidad, nuestro propio organismo, nosotros.

Más cuando somos creyentes no lo sentimos así, creemos que la felicidad nos viene del cielo, convencidos por la fe. Una sola vez que hayamos probado los elixires de la divinidad a través de la fe, puede ser suficiente para continuar buscándolos de por vida por los territorios virtuales espirituales.

Y si se ha vivido durante tiempo borracho de elixires, cuando estos desaparecen, uno puede convertiste en un consumidor de todo tipo de adulteraciones espirituales, padeciendo una penosa situación semejante a la que padece el drogodependiente típico, consumidor de tóxicos perniciosos para su salud por no poder adquirir la droga pura.

Pues conviene saber que la gracia de dios sobreviene muy a menudo como por arte de magia, y desaparece también como por arte de magia. Cuando perseguimos los goces divinos de los dioses, conviene no olvidar que no tenemos garantizado su abastecimiento. En toda búsqueda de dios hemos de tener presente que podemos llegar a encontrarlo con la misma facilidad que podemos llegar a perderlo. La experiencia divina es una de las más escurridizas que puede sentir el ser humano.

Si estudiamos las vidas de los santos, observaremos las fluctuaciones del fluir divino en sus vidas y todo lo que sufrían cuando padecían el mono de la ausencia divina.

Aunque yo no soy un santo, en mi vida he sufrido muy a menudo el síndrome de abstinencia, así como también lo he visto padecer a otras personas compañeras de camino. No sé como será el mono provocado por la ausencia de continuar inyectándose droga en el caso del drogadicto de tóxicos, pero no creo que sea muy diferente. Cuando viví la pérdida del amor de Cristo, allá por la juventud, padecí un mono desesperante. Y durante el resto de los años de mi vida, en mi recorrido por las sectas, esta situación se ha ido repitiendo con sorprendente asiduidad. Había temporadas que conseguía beber a raudales los elixires sagrados, seguidas de otras temporadas de desasosegada y dolorosa abstinencia. Y en la actualidad, habiéndome negado a seguir tomando toxinas intelectuales ―dogmas de fe ya inaceptables para mi inteligencia― apenas soy capaz de conseguir generar las drogas de la felicidad espiritual. Y he de reconocer que la alegría y la paz interior se han reducido notablemente en mi vida, aunque no hasta extremos desesperantes.

Parece ser que el drogarse, de forma natural o antinatural, es típico del ser humano en su búsqueda de la felicidad. Si yo nunca me decidí a ingerir sustancias fue porque mi débil organismo apenas aguantaba la ingestión de droga alguna si resentirse demasiado. Pero las generadas por mi propio cerebro no me provocaban daños físicos, e incluso me sentaban bien, así que me convertí en un en un adicto a ellas, experto en encontrarlas en densas atmósferas sagradas.

Hoy puedo dar gracias que a mi cerebro no le dio por generar intensamente alucinógenos, a pesar de haber estado inmerso en densas atmósferas sagradas que sumían en profundos trances alucinatorios a otras personas, porque entonces sí que hubiera tenido problemas más serios. No voy a negar que he tenido sueños esotéricos en suaves trances meditativos, pero siendo consciente en la mayoría de los casos de que eran sueños. Algo que no siempre resulta fácil, porque todo creyente tiene cierta predisposición a creer que son verdad.

Podemos dudar de todo lo que vivimos por los caminos espirituales, de lo que creemos por fe aunque no lo veamos, de los paraísos, de los infiernos, de los dioses y de los demonios; pero cuando nos convertimos en videntes y “vemos” las realidades virtuales espirituales, cuesta mucho creer que no son verdad. Las creencias se han forjado de esta manera, así creamos a los dioses, en borracheras alucinatorias; y creímos que el sagrado vino nos lo daban ellos, los dioses, cuando en realidad se genera en nuestras propias glándulas. Las bodegas de los divinos vinos están en nosotros, en nuestro cuerpo, por mucho que las creamos ubicadas en los cielos y que los dioses tienen sus llaves.

Es esencial comprender el fenómeno de la drogadicción mística para entender como se crearon las realidades virtuales espirituales y a los personajes que las pueblan. Las impresiones extrasensoriales son muy fuertes bajo los efectos de las drogas, (todo drogadicto de alucinógenos sabe lo intensas que pueden llegar a ser las sensaciones o las alucinaciones). Y si se repiten una y otra vez las mismas sensaciones o la misma videncia, el místico acaba creyendo que su estado proviene de la aparición virtual, creencia que le permitirá de ahora en adelante emborracharse con sólo invocarla mediante algún ritual que le evoque la experiencia extrasensorial.

Ahora podemos comprender mejor porqué las creencias se defienden con tanto ahínco, pues de la fe depende el suministro de las drogas místicas. En nuestra mente colectiva debe de estar tan grabado que las poderosas drogas de la felicidad nos llegan del cielo, que, cuando dejamos de creer en dios, lo tenemos muy crudo para acceder a ellas. No parece haber otra forma de conseguirlas con frecuencia que a través de la fe. Se echan en falta cuando se decide dar el paso del agnosticismo o del ateísmo, a pesar de las adulteraciones de insanas creencias que contienen, y de lo aleatorio de su abastecimiento. Sería un gran logro dar con la clave que nos permitiera sintetizar la poderosas drogas místicas sin tóxicos credos.

Pero todavía no lo hemos conseguido. Una fría estadística actual nos mostraría que lo más frecuente es sentir esporádicamente las vivencias divinas con cierta moderación en el seno de la fe, sin grandes borracheras, en momentos que nos llenan de gozo y que desaparecen tarde o temprano, sin provocar fuertes drogadicciones. Muchas personas se conforman con eso y aseguran que dios no da para más, que ellos están recibiendo lo máximo del cielo. Pero si realizamos análisis comparativos en diferentes individuos borrachos de dios, entre aquellos que se drogaron más de lo habitual, observaremos que la divinidad da para mucho más y de infinidad de formas diferentes. Las drogas divinas que podemos generar nosotros mismos nos pueden otorgar multitud de estados felices. En unos casos nos pueden dar más fortaleza, en otros más alegría, más paz, más belleza, etc. Es una lástima que todavía no se conozca método espiritual alguno que nos ofrezca todos los beneficios que es capaz de darnos la nuestra divinidad. Es obvio que hacen falta más investigadores al respecto, y, sobre todo, hace falta una auténtica revolución espiritual.



LA REVOLUCIÓN ESPIRITUAL

No creo equivocarme si me atrevo a afirmar que estamos comenzando a vivir, en Occidente, una revolución en nuestra dimensión espiritual semejante a las otras grandes revoluciones que cambiaron en pocas décadas nuestra sociedad.

La proliferación de sectas en los países libres occidentales, a pesar anunciarse a los cuatro vientos su peligrosidad, es una muestra del inconformismo de una gran parte del pueblo con los poderes religiosos oficiales o con el ateísmo que niega la existencia de todo lo sagrado. Rebeldía popular que está creando una auténtica revolución en el mundo del espíritu.

Derrocar a los viejos poderes espirituales es uno de los principales fines de dicha sublevación. Destronar a los tiranos dioses, que llevan milenios reinando en las almas de los hombres, es una meta revolucionaria que poco a poco se está consiguiendo.

Pero, como sucedió en otras de nuestras revoluciones, muchos de los dirigentes revolucionarios están cayendo en la tentación de apropiarse de los poderes usurpados, mientras que a sus seguidores los emborrachan con el vino encontrado en las bodegas de los todopoderosos, elixires divinos, drogas celestiales robadas a los dioses.

Muchos de estos revolucionarios del alma se están convirtiendo en los nuevos tiranos del espíritu, pues, aunque ahora apenas tiranicen a sus seguidores con el látigo del castigo divino, ejercen el control utilizando las drogas divinas, manteniendo enganchados a sus seguidores gracias al consumo de las mieles celestiales cosechadas en los infinitos campos del cielo, goces prohibidos para el pueblo desde hace miles de años.

Así hemos vivido durante años muchos de nosotros esta nueva revolución, borrachos de felicidad, enganchados a la droga diaria, sin vivir un auténtico despertar revolucionario.

El fin primordial de toda revolución no es el de suplantar a un tirano por otro, sino el de entregar el poder al pueblo, a cada individuo, tal y como lo estamos intentando hacer con la democracia en la dimensión de la política. Pero para ello es necesario que las personas se crean que eso es posible. Y si entregar al pueblo el poder político resultaba increíble hace unos siglos, mucho menos creíble resulta en la actualidad entregar al pueblo el poder religioso. Sin embargo, ese es el propósito final de toda revolución. Tarde o temprano serán usurpadas las riquezas a los todopoderosos dioses, y el pueblo podrá hacer uso de ellas, sin condiciones y sin necesidad de besarle los pies a nadie por ello. Pero primero tendremos que comprender que la divinidad no es una exclusividad de los dioses, sino de todo ser humano. Después podremos aceptar a los auténticos revolucionarios espirituales, capaces de robar la divinidad a los dioses y de entregársela al pueblo, a sus antiguos propietarios; pues, al fin y al cabo, fueron nuestros antepasados quienes se la dieron a los dioses.

Las revoluciones experimentadas en los niveles cultural, científico, industrial, político y sexual, siguieron en sus principios una pautas liberadoras con ciertas semejanzas a las que estamos viviendo en la actualidad en nuestra dimensión espiritual. ¿Quién se iba a imaginar hace unos siglos que la sexualidad iba ser disfrutada libremente por cada individuo? ¿O quién podía sospechar la abundancia y la libertad económica que hoy disfrutamos? Los viejos temores que vaticinaban el fracaso de nuestras revoluciones hoy nos resultan hasta graciosos. Nos podemos reír de aquellos vaticinios que nos pronosticaban que toda mujer liberada sexualmente se iba a convertir en una prostituta, al igual que pensábamos que liberar nuestro pensamiento político nos iba a mantener en una guerra constante con quienes no pensaban igual, o que la revolución industrial nos iba a convertir en robots de una sociedad dominada por la tecnología. Ninguno de aquellos oscuros pronósticos se ha llegado a cumplir, y es de esperar que tampoco se cumplan ninguno de los oscuros pronósticos vaticinados por los detractores de esta nueva revolución humana. Aunque, bien es cierto, que son de mayor magnitud las oscuras amenazas pronosticadas en la dimensión del espíritu que las que se pronosticaron en las otras revoluciones; pues tengamos en cuenta que no se tratan de amenazas humanas, sino de amenazas divinas cargadas de pronósticos infernales, castigos apocalípticos que caerán sobre los sacrílegos revolucionarios y sobre todo aquel que se atreva a seguirlos.

Para que toda revolución progrese es necesario que los ejércitos de revolucionarios superen el miedo a caer en combate. Ahora bien, en esta revolución espiritual no se trata de superar el miedo a perder el cuerpo, sino superar el miedo a perder el alma, cuestión que nos puede llegar a aterrorizar mucho más de lo que pensamos. De ahí que, probablemente, necesitemos de más tiempo que el que hemos necesitado para concluir las otras revoluciones. Y no sólo por los temores que hemos de superar, sino por la enorme envergadura del cambio, pues recordemos que las propiedades divinas, que se pretenderán sean asumidas en un futuro por los individuos, son de carácter infinito, y las personas estamos más acostumbradas a asumir nuestras propias limitaciones que a reconocernos seres de facultades ilimitadas.

Más el desánimo nunca hace presa en los revolucionarios. Hace unas pocas décadas, el disfrute de la actividad sexual era algo prohibitivo, un vicio pecaminoso e insano, una perniciosa adicción y a la vez un placer reservado a unos pocos afortunados; hoy, el disfrute de la sexualidad, es una saludable virtud, y la adicción al placer sexual se considera como algo natural. La mayoría de los individuos la consideramos algo propio que podemos utilizar libremente.

Es de esperar que pronto nos suceda lo mismo con nuestra dimensión divina. En mi opinión, la liberación de la espiritualidad sigue unas pautas semejantes a la liberación sexual: Hoy se considera una perniciosa adicción las asiduas prácticas o rituales destinados a gozar de las dichas espirituales fuera de los contextos tradicionales. Los perjuicios en torno a las novedades sectarias propician que muchas personas rechacen las nuevas revoluciones espirituales y no lleguen a conocer sus delicias. Como sucedió con el sexo, los miedos y los tabúes nos impiden disfrutar de una importante dimensión humana.

Tampoco vamos a olvidar los errores propios que habitualmente se cometen en los inicios de toda revolución, pues al igual que sucedió en los primeros tiempos de las libertades sexuales, la libertad espiritual de nuestros días contiene las típicas torpezas de los principios de una liberación prácticamente recién nacida. La libertad religiosa ha propiciado la liberación del consumo de diferentes métodos de estimular nuestra espiritualidad. Pero, como sucedió con el sexo, su consumo se realiza como una ciega drogadicción, atendiendo a los primarios instintos de búsqueda de la felicidad, rompiendo los tabúes a golpe de vivencias, caminando en ocasiones a ciegas, adoptando nuevas ideologías aperturistas pasionales contrarias a las creencias tradicionales; más por estimular una revolución incipiente contra los poderes espirituales establecidos que porque realmente sean unas ideologías equilibradas del alma.

Estas nuevas ideologías espirituales suelen pecar de fanatismos semejantes a los que padecen las antiguas creencias. Todas compiten entre sí para intentar llevarse el premio de la razón que apoye su nueva forma de ser feliz. Mas las explicaciones de los divinos hechos, que se experimentan en su seno, se continúan obteniendo a través de códigos de fe, sin apenas lógica alguna, donde la razón brilla por su ausencia.



CON O SIN RAZÓN

Uno de los impulsos que más estimulan el crecimiento de nuestros conocimientos es el de la curiosidad por encontrar explicación a todo lo que nos sucede y a todo lo que nos rodea. Nuestro entendimiento ha ido creciendo a golpe de ir comprendiendo poco a poco lo que nos resultaba incomprensible. La evolución de las ciencias es el más claro ejemplo de este crecimiento, su ámbito de estudio no cesa de crecer tanto en cantidad como en calidad. Pero aun existen grandes terrenos inexplorados llenos de misterios, en especial en la dimensión espiritual del hombre. La psicología es una de las ciencias que más se atreve a sumergirse en esas profundidades, sin encontrar en muchas ocasiones explicación a ciertos fenómenos del alma humana, aunque poco a poco va robándole terreno a los misterios. Intromisión nunca bien vista por los creyentes, pues de siempre han estado convencidos de que la inteligencia humana nunca será capaz de entender los misterios divinos.

Tanto es así que al buscador de caminos espirituales se le suele aconsejar que deje en la cuneta su sabiduría si quiere llegar a alguna parte. Los creyentes saben que para conseguir ciertas metas de elevada santidad es necesario sumergirse en la ignorancia más absoluta, pues nuestro entendimiento estorba más que otra cosa en nuestra ascensión a los cielos más elevados. Una inteligencia formada para desenvolvernos en este mundo, sirve de muy poco para movernos por el otro. Las leyes que rigen la materia no funcionan en las dimensiones espirituales. Y nuestra sabiduría habitual se ha de volver ignorancia si deseamos llegar a conseguir el escondido conocimiento. Es necesario vaciar de viejos programas y de viejos datos el ordenador de nuestra mente para que los nuevos ocupen su lugar.

Por todo ello, en la mayoría de las sectas, vías espirituales o religiones, se nos dice que en los mundos de dios el raciocinio nos sirve de muy poco, la lógica no funciona como habitualmente la conocemos, y la explicación más usual de los hechos divinos es: “misterio, hijo, misterio”. Buscarles una explicación es un terrible pecado de soberbia. La ignorancia siempre será una virtud indispensable para todo aquel que desee progresar en el conocimiento espiritual. Si no abandonamos nuestra erudición, no dejaremos espacio para que la sabiduría divina deposite en nosotros las migajas del conocimiento sagrado que, como regalo de los dioses, podemos llegar a alcanzar.

Todo esto propicia que los intelectuales no seamos bien vistos en el mundo de las sectas. Cuando uno está acostumbrado a ir de listo por la vida le resulta muy difícil ir de tonto aunque se lo proponga. Cuanto mayor sea el saber que uno acumula, mayor esfuerzo habrá de realizar para vaciarse de él. Esto lo saben los dirigentes sectarios, y por ello exigen más que a nadie al intelectual que se vacíe de su saber antes de enseñarle los conocimientos ocultos. Para mí siempre resultó muy dura tal exigencia, y creo que nunca la cumplí del todo. Para conseguir mi empeño de aprender en las escuelas de lo oculto me convertí en un experto en poner cara de tonto. En muy poco tiempo terminaba por convencer de que estaba listo para recibir las instrucciones, mi aspecto de ignorante, unido a las ganas que tenía de aprender, convencía a los exigentes maestros. Así fui acumulando conocimientos sin necesidad de tirar a la basura todo mi saber. (También he de reconocer que hubo algunos instructores esotéricos a los que no pude engañar, y a los que abandoné, pues me exigían un duro proceso de desprogramación mental que yo no estaba dispuesto a seguir).

De todas formas, es hasta cierto punto comprensible que se pida el abandono del discurrir al principiante. Hay que tener en cuenta que los valores espirituales de cada secta, vía espiritual o religión, son diferentes a los habituales. Si recordamos lo expuesto en el capítulo de “La visión”, cuando comentábamos que la visión del mundo no nos la dan nuestros ojos sino nuestro cerebro, a través del programa cerebral de selección de preferencias, resulta obvio que para entrar en otro mundo sólo es necesario cambiar dicho programa, de esta forma tendremos otra visión del mundo, veremos otro mundo y, por lo tanto, será en el que vivamos.

Cambiar los códigos del programa cerebral no es nada fácil. Y existe el tan cacareado riesgo de volverse loco, a causa del fuerte cambio intelectual o del exceso de dosis de droga mística que puede desequilíbranos psíquicamente. Aunque no es frecuente que esto suceda, pues pocas personas pueden respirar grandes dosis de atmósfera sagrada; la mayoría las toman en pequeñas cantidades.

No se puede negar que cambiar los programas de selección de preferencias cerebrales produzca una crisis en el individuo, pero la drogadicción mística, en vez de empeorar la crisis de adaptación a las nuevas creencias, suele incluso ayudar a superarla. (Algunos estudiantes toman drogas en época de exámenes para ayudarse a realizar el esfuerzo intelectual). La paz y la armonía de toda atmósfera sagrada son ingredientes clave para concluir con éxito el delicado cambio intelectual. La drogadicción mística, si se lleva a cabo con cuidada dosificación, ayuda a asentar el nuevo cambio intelectual en vez de perturbarlo. Este es un proceso que las sectas llevan miles de años experimentando con un alto porcentaje de éxito.

Existe un miedo exagerado a volverse loco. El cambio de los programas cerebrales se suele hacer de forma muy estudiada por las escuelas de lo espiritual, y nuestra resistencia a la locura es mayor de lo que habitualmente se cree. El tipo de locura que se le suele achacar al sectario viene más determinado porque sus hábitos no son los habituales de nuestra sociedad que por un desequilibrio de su mente diferente al de una persona normal. Al miembro de las sectas típico se le llama loco porque sus locuras no son las mismas que las aceptadas socialmente, pero no porque esté más loco que los que estamos fuera de las sectas.

Cierto es que el cambio del programa de selección de preferencias humano es un proceso que necesita tiempo. Realizarlo demasiado deprisa puede generar desequilibrios psíquicos. Por ello las sectas suelen dar “tiempo” a los adeptos para que vayan digiriendo los cambios. Tengamos en cuenta que las creencias espirituales están muy arraigadas en nuestra mente, son ancestrales creencias que pertenecen al inconsciente colectivo de la sociedad en la que hemos crecido. Cambiarlas puede llevarnos años, aunque pensemos que no creemos mucho en ellas.

No existe un proceso de cambio típico, cada secta o cada religión, cuando capta nuevos adeptos los adiestra a su manera. La experiencia religiosa suele ser un factor importante para el cambio de creencia, cuanto mayor sea el goce espiritual que vivan los nuevos seguidores, menor será el poder de convencimiento que habrán de usar los instructores o sacerdotes para seducir al primerizo. Cuanto más elixires divinos droguen a los adeptos, más alegremente dejarán a un lado su inteligencia para afrontar el nuevo cambio en sus vidas. Aunque, como venimos diciendo, si tomamos excesiva dosis de droga mística, la locura o el descontrol puede esperarnos a la vuelta de la esquina.

No es fácil delimitar las fronteras de la locura, sobre todo en los caminos espirituales. Todos sabemos que un pequeño grado de “locuras” a nuestra vida le da cierto aliciente. Y no por ello perdemos el entendimiento de forma absoluta, pues ―en mi opinión― la razón es algo tan esencial de la mente humana que es necesaria una gran locura para extirparla del todo.

El proceso del cambio del programa cerebral de selección de preferencias se realiza en un tiempo determinado, y, mientras dura ese proceso, la lógica puede llegar a no funcionar con normalidad, la razón suele entrar en crisis, y nuestra capacidad de discurrir puede permanecer mermada hasta que el nuevo programa cerebral se asiente definitivamente en nuestras neuronas. Después de que esto se haya completado, nuestra inteligencia, con un nuevo programa de preferencias, volverá funcionar como lo hacía antes, o incluso mejor si el cambio fue positivo. Pues no vamos a negar que en el sistema cultural occidental existen conceptos religiosos dignos de ser eliminados de los individuos.

Los insistentes consejos que dan en el seno de las sectas para que abandonemos los patrones de lo aprendido, en realidad, la mayoría de las veces, no van destinados a fomentar nuestra ignorancia ni a mermar nuestra capacidad de raciocinio, sino a invitarnos a cambiar las preferencias de nuestra vida.

Sin embargo, esto puede no presentarse tal y como es. La lógica puede llegar a ser desprestigiada brutalmente, y considerarse nuestra capacidad de raciocinio poco más que un estorbo para la evolución espiritual; lo que es un tremendo contrasentido. Pues si al principio se le aconseja insistentemente al adepto principiante que abandone toda lógica, después se le incitará para que vuelva a usarla, pero utilizando los valores que ya habrá aprendido de cada secta en particular.

Las realidades virtuales espirituales no son otra cosa que sistemas lógicos donde las entidades divinas, las fuerzas celestiales y nuestras almas, desarrollan sus actividades. Son explicaciones virtuales a lo que todavía no sabemos explicarnos de otra manera. En los universos celestiales todo funciona con lógica, divina, pero lógica al fin y al cabo. Lo que no tiene explicación se explica por decreto divino. En estos teatros particulares, de cada religión o secta, se enseña que las razones de dios están muy por encima del razonar del hombre. Pero el razonar, ya sea divino o humano, nunca se abandona a pesar de que al estudiante se le aconseje no utilizar el raciocinio. Cuando se desconocen las razones de las actuaciones divinas, se apela a nuestra ignorancia para hacernos reconocer nuestra incapacidad para descubrir las razones que dios tiene para actuar como actúa. Pero la razón, ya sea conocida o desconocida, siempre reina en los teatros de lo divino. Por ello, cuando nos aconsejen abandonarla, hemos de recordar que lo único que pretenden es que abandonemos nuestras razones para imponernos las suyas. (Dejando bien claro que al decir esto no pretendo dar la razón a nadie en particular).

Una persona que se haya sumergido en diversas creencias espirituales y haya obtenido experiencias religiosas en cada una de ellas ―tal y como es mi caso―, si hace uso de su razón, no podrá dar la razón en particular a ninguna de las creencias en las que depositó su fe durante su vida; sin embargo, reconocerá que cada una de ellas tiene sus razones para sustentar sus creencias, y que resulta necesario reconocer esas razones para obtener los resultados prácticos que otorga la experiencia de lo sagrado, para conseguir la drogadicción mística particular que proporciona cada creencia y cada ritual.

Es decir, un análisis como el que estamos realizando en este libro, donde intentamos que la razón se imponga a base del discurrir del entendimiento, basándonos en todos los conocimientos que poseemos sobre diversos caminos espirituales, es una forma de razonar inteligente para quien desee obtener un conocimiento intelectual general de estos temas; sin embargo, no es una sabia forma de razonar si deseamos obtener el conocimiento de dios, ya que dios solamente se revela (hasta ahora) a través de las realidades virtuales espirituales, sistemas lógicos de valores esotéricos ―contradictorios entre sí la mayoría de las veces― donde extrañas razones a la lógica, de un conocimiento general intelectual, permiten obtener la vivencia de lo divino.

Mis conocimientos sobre las sectas o religiones no me han permitido hasta ahora alcanzar lo divino sin pasar por las condiciones que cada una de ellas imponen. (Es de esperar que la revolución espiritual nos permita conseguirlo). En el capítulo sobre los “intentos unificadores” hablamos de que, por los caminos espirituales, se comentaba que en un futuro se impondrá una religión universal consensuada entre las ya existentes, pero también observamos que si ponemos sobre la mesa todas las condiciones que cada religión o vía espiritual exige para llegar a su dios particular, con la esperanza de que se trate de un dios único, veremos que no hay forma de conseguir vislumbrar un camino consensuado, más aún, si encontramos alguno en el que coinciden varias formas de fe, observaremos con asombro que unas nos aconsejan seguirlo en una dirección para encontrar a dios, mientras otras nos aconsejan que caminemos en dirección contraria.

No hay forma de poner de acuerdo a esos sistemas lógicos, porque cada uno de ellos posee una lógica aparte, un mundo virtual aparte, muy diferente a los demás. Y, si hemos de ser fieles a los más elementales principios de la lógica, obtendremos la conclusión de que esos sistemas de lógica espiritual, vistos todos en conjunto, no guardan lógica alguna. Cuando los estudiamos llegamos a conclusión de que son dioses y mundos inventados, escenarios virtuales donde cada creyente escenifica su papel, para al final de cada función recibir la satisfacción de la experiencia sagrada. Da la sensación de que lo importante no es cómo esta hecha la realidad virtual de cada religión o secta, sino su capacidad para producir la experiencia sagrada. Podríamos crear incesantemente mundos virtuales espirituales que nos permitieran obtener la vivencia de lo sagrado, pero siempre tendríamos que abandonar nuestros sistemas de valores conocidos y adoptar los suyos para conseguir vivir las fantásticas vivencias espirituales que proporciona la drogadicción mística.

Por mucho que los intelectuales reivindiquemos nuestro derecho a vivir lo sagrado, como cualquier otro ser humano menos aficionado a meterse en las profundidades mentales en que nosotros nos metemos, todavía no existe método alguno que nos acoja para hacernos llegar a la divinidad tal y como nosotros somos, partidarios de la razón, científica, si es posible.



RELIGIÓN O CIENCIA

Las razones científicas y las razones religiosas siempre han estado enfrentadas. Si exceptuamos el tremendo esfuerzo que Santo Tomás de Aquino hizo ―allá por el siglo doce― por acercar a estas dos razones, bien podríamos decir que siempre estuvieron muy alejadas la una de la otra. Son lógicas creadas sobre unas bases muy diferentes. Mientras las ciencias se basan en las observaciones y en las deducciones lógicas obtenidas a través de nuestros cinco sentidos, las religiones se basan en las revelaciones recibidas a través de las percepciones extrasensoriales.

Como no cesamos de aclarar, es el programa de selección de preferencias de nuestro cerebro quien nos da una visión de una realidad u otra. Nuestro entendimiento discurre por el sistema lógico que nuestro cerebro nos crea combinando las preferencias que hayamos elegido. Podemos crear tantos sistemas lógicos y visiones del mundo, de la vida, de la realidad, como combinaciones de preferencias recibidas a través de nuestras percepciones seamos capaces de elaborar.

A pesar de que el hombre no ha dejado nunca de percibir a través de sus cinco sentidos, el tipo de visión que más ha primado en la Humanidad a lo largo de la Historia ha sido la visión religiosa. La importancia de todo aquello que presumiblemente existe, aparte de lo que percibimos por los sentidos, ha superado con creces a lo que nos entra por los ojos o por los oídos. Pero, en los últimos siglos de nuestra Historia, las ciencias le han ido comiendo el terreno a la visión religiosa. La lógica científica, empírica, matemática, basada en las percepciones físicas, ha robado popularidad a las razones de fe religiosas.

Las causas de semejante cambio no son totalmente nuevas, tienen cierta semejanza con la pérdida de poder de algunas creencias a lo largo de la Historia. En la antigüedad, cuando no se hizo uso de la fuerza bruta, muchos dioses, con sus sofisticadas realidades virtuales espirituales, desaparecieron por el simple hecho de que el pueblo los olvidó, porque las gentes se aburrieron de ellos, o porque sencillamente fueron suplantados, derrocados, por otros dioses más poderosos o más benefactores.

Yo me atrevería a asegurar que el éxito popular de la visión científica no ha sido propiciado por su elevado grado de realismo sobre las realidades espirituales, sino por su mayor capacidad para realizar milagros y para beneficiar con ellos al pueblo.

Los seres humanos no solemos elegir un tipo de visión de la vida u otro porque sea el más próximo a la verdad, sino por su grado de efectividad. La mayoría no prestamos excesiva atención al rigor de los razonamientos, eso queda para los filósofos, nos suele dar igual que los razonamientos sean correctos o incorrectos, lo que realmente nos importa es que tengan resultados prácticos. Y las ciencias nos han proporcionado milagros de tal magnitud que han superado en mucho a los milagros religiosos; y, como consecuencia de ello, el pensar científico va robándole terreno al pensar religioso.

Las ciencias nos dan una sensación de realismo superior que las religiones a muchos de nosotros por los fabulosos resultados prácticos que obtenemos de ellas; pero, en su esencia, contienen tantas preguntas sin responder como las religiones, o incluso más. Los grandes misterios científicos son de un tamaño tan grande o más que los de las religiones; con la diferencia que los místicos acostumbran a enseñar los misterios divinos, mientras que las ciencias acostumbran a enseñar lo que han llegado a comprender y a descubrir, y suelen ocultar lo que desconocen.

Lo que más distingue a la realidad científica de la espiritual es su rigor matemático, pero ese rigor no es absoluto, no se extiende por toda la realidad de nuestro mundo, lo hace exclusivamente en ciertas áreas de estudio. Cada una de las ciencias desarrolla su rigor científico a base de buscar relaciones matemáticas entre diversos materiales de dichas áreas. Pero, fuera de esas áreas, el misterio rodea a la realidad científica. La verdad científica es exacta solamente en su territorio, por lo tanto no es una verdad absoluta, es una verdad incompleta. Su poder matemático reside en las científicas piezas ya descubiertas del gran puzzle de la existencia, pero las ciencias todavía no han rellenado muchos misteriosos huecos de piezas no encontradas. Vacíos de misterio que muy a menudo bordean amenazantes los territorios científicos, islas descubiertas en un mar de misterios, grandes edificios con cimientos desconocidos.

La sólida materia, donde descansa nuestro mundo materialista, contiene multitud de matices ignorados para los científicos. Los terrenos científicos seguros pertenecen a las piezas del gran puzzle de nuestra existencia que ha conseguido reunir cada ciencia, mas sus bordes tocan lo desconocido. Y cuando nuevas piezas encontradas, por nuevos investigadores, continúan encajando en los ámbitos científicos y ensanchando su extensión, entonces aparecen nuevos bordes que continúan siendo un misterio. De tal forma que cuanto más ampliamos la superficie del saber del polígono de una ciencia, más ensanchamos el perímetro de su ignorancia.

Una gran esperanza científica radica en conseguir que las piezas, que ha conseguido reunir cada ciencia, lleguen a tocarse; y aumenten tanto su perímetro de contacto con el resto de las ciencias que lleguen a unirse todas, se rellenen los huecos que todavía quedan vacíos, y nos muestren el mapa completo de toda la realidad (suponiendo que ese mapa fuera esférico). Pero las ciencias guardan todavía grandes distancias entre sí. Además de que, para intentar recomponer el puzzle de nuestra realidad, necesitaremos tener al menos una remota idea de la imagen que tenemos que recomponer.

Cuando compramos un puzzle, adquirimos, aparte de las piezas, la imagen que tendremos que recomponer con ellas. Pero, para recomponer nuestra realidad, no tenemos ninguna imagen que nos dé una visión aproximada de lo que tenemos que componer. Nos falta el mapa general. Muy a menudo no sabemos dónde colocar las piezas que nos descubren los nuevos avances científicos.

En los comienzos de las ciencias, después de cada ¡eureka!, el entusiasmo cegaba a algunos científicos, suponían que lo descubierto era una importante pieza central del puzzle de nuestra realidad. El paso de los años, y nuevos descubrimientos, iban relegando aquellos deslumbrantes hallazgos a pequeñas piezas del puzzle general. Hoy en día, el científico es más cauto, y sospecha que el mapa completo de nuestra realidad es mucho más extenso y complejo de lo que antiguamente se pensaba.

Para que el cientificismo venza por completo a la religiosidad es necesario que encuentre el mapa general de nuestra realidad, algo que las religiones, o cualquier creencia esotérica, han proclamado conocer desde el confín de los tiempos. El descaro de los místicos a la hora de explicar cómo se realizó la creación, y cómo se sustenta, no tiene límites. En realidad, el descaro es de los dioses que así lo revelaron. Existen tantos mitos de creación del mundo, del universo y del hombre, como creencias existen. Cada dios creador nos dice que hizo todo de una manera y lo mantiene vivo a su manera, explicándonos su mapa particular de fuerzas esotéricas que sustentan nuestra realidad, por lo que tenemos tantos mapas de nuestra realidad como dioses creadores existen.

Contrario a lo que se pudiera pensar, las ciencias tampoco se han quedado cortas, a lo largo de la Historia, a la hora de esgrimir argumentos fundamentales sobre nuestra realidad tan gratuitos como los de las diferentes creencias. En especial, en los inicios de las ciencias, diferentes mapas generales de nuestra realidad fueron defendidos, y más tarde se comprobó que no eran correctos.

Esta es una de las virtudes de las ciencias, su capacidad para corregir. La palabra del científico no se parece en nada a la palabra de dios. El científico reconoce que se puede equivocar, dios no. La prepotencia divina, peculiar de los dioses, propicia que el creyente esté orgulloso de ellos; así como también propicia su ocaso, pues a medida que las ciencias van descubriendo la realidad, descubren a su vez la mentira y el engaño de los dioses. Algo que siempre ha mantenido en pie de guerra a estos dos grades adversarios.

Durante muchos siglos las religiones dominaron sobre las ciencias, y, después, especialmente en el mundo occidental, fueron las ciencias quienes dominaron sobre las religiones. Hace unos cuantos siglos ser científico podía suponer acabar en la hoguera, la investigación científica era un grave sacrilegio, el hombre no debía de atreverse estudiar la creación divina y poner en duda lo que dios había revelado a los hombres. Mas tarde, las perseguidas ciencias alcanzaron el poder y arremetieron contra las religiones. Su venganza fue terrible. En muchos países, apoyadas por el ateísmo, las ciencias arrinconaron a las religiones a pequeños reductos del ser humano. Negaron la existencia del dios que llevaba siglos reinando en nuestra civilización. Borraron del mapa científico al todopoderoso dios cristiano, creador de todas las cosas. Científicamente, dios no aparecía por ningún lado, por lo tanto no existía. En sus comienzos, las ciencias fueron estudiadas por una mayoría de individuos no creyentes que utilizaban a menudo sus descubrimientos para apoyar el ateísmo y atacar así a las religiones. Se llegó a creer que la victoria sobre la religión fue total, pero no fue así. Dieron por muerto a un enemigo al que todavía le quedaba mucha vida. Las creencias espirituales se atrincheraron en lo más profundo del ser humano, allí donde las ciencias no llegaban. Y hoy en día podemos observar como resurgen con fuerzas renovadas tanto en las religiones tradicionales como en las sectas.

Las ciencias celebraron demasiado a la ligera su victoria. Tan a la ligera que como se descuiden un poco pueden volver a ser derrotadas. La enorme proliferación de sectas y de creencias esotéricas en nuestra sociedad es señal de que nos espera una nueva ofensiva de creencias. En mi opinión esto ha sido debido a que los argumentos que la ciencia utilizó para atacar a la religión eran muy poco científicos. Estaban impulsados más por la venganza que por el riguroso minucioso estudio que debe de preceder a toda sentencia científica. Por ello urge iniciar un minucioso y profundo estudio del fenómeno religioso, al estilo científico, si queremos ver reforzada la razonable sabiduría del hombre y evitar regresar al oscuro pasado de las ciegas creencias. Nosotros lo estamos intentando en este libro.

Podemos aprovechar estos tiempos de pacifismo y de libertades en las sociedades occidentales, donde, por ahora, la convivencia pacífica entre estos dos grandes enemigos es prácticamente obligada. Ya nadie puede cortarle la cabeza a nadie porque crea en la ciencia o en la religión, las disputas se llevan a cabo intelectualmente, como lo hacen los políticos, en debates, que aunque puedan ser virulentos, también pueden ser fructíferos. El ateísmo científico ha llegado a reconocer que puede matar a dios, pero no puede matar la necesidad de divinidad que tiene el hombre; y las religiones reconocen que sus muchas verdades reveladas no son tan verdades. Incluso la persona religiosa que quiere maravillarse de la sabiduría divina en los descubrimientos científicos puede hacerlo, y la persona no creyente que desee estudiar el fenómeno religioso sin ver a dios por ninguna parte, también puede hacerlo. En nuestra sociedad occidental, las ciencias y las religiones conviven pacíficamente, aunque continúen siendo viejos oponentes y de vez en cuando se enseñen los dientes.

En los tiempos actuales, el pensamiento científico ya es patrimonio cultural del individuo medio, es parte de nuestra mente y de nuestra forma de pensar. A todos se nos enseña en las escuelas el método científico. Y, por otro lado, el viejo impulso religioso continua vigente en muchas personas, al que hay que sumar las nuevas tendencias espirituales o esotéricas. La religiosidad y la mentalidad científica han de convivir unidas queramos o no. Incluso se sospecha que puedan llegar a integrarse en un abrazo tan furibundos enemigos. Yo no oculto que albergo tal esperanza (en la ciencia ficción ya está sucediendo). Por mucho que se pronostique su imposibilidad y peligrosidad, intentar evitarlo sería retrasar lo que tarde o temprano tiene que ocurrir. La proliferación de sectas, en un mundo en el que reina el materialismo científico, es un síntoma de tal acercamiento. Y, a un nivel individual, muchas personas ―en las que me incluyo― viven en su interior este viejo conflicto entre religión y ciencia. Educado su intelecto para ser razonablemente científico, se han visto inmersas en una densa religiosidad, teniendo que soportar una dualidad en su interior tan en conflicto que muy a menudo han tenido que elegir a una tendencia y desechar la otra.

Las ciencias, con su tremenda capacidad para realizar portentos, no son capaces de llenar la dimensión espiritual humana. Algo que es totalmente lógico, porque el sistema científico es materialista y todavía no alcanza al espíritu. La psicología es la única ciencia que se atreve a inmiscuirse en las dimensiones espirituales. Es éste un interesante punto de encuentro entre la ciencia y la espiritualidad. Espero algún día cobre unas dimensiones mucho más importantes que las que ahora tiene.

Hasta ahora las ciencias no han sido capaces de saciar la sed de espiritualidad que muchos seres humanos sentimos. Todos aquellos que hemos decidido saciar la sed de nuestra alma, y somos admiradores del rigor científico, hemos tenido que soportar la irracionalidad de los diferentes caminos espirituales, hemos tenido que creer a ciegas para conseguir un poco de agua celestial. Muchas personas han decidido abandonar el rigor científico y sumergirse en la sin razón de las realidades virtuales espirituales, mientras otros, como en mi caso, continuamos negándonos a abandonar la lógica científica, a pesar de su incapacidad para hacernos felices, y así nos mantenemos en el viejo conflicto en la espera de algún día resolverlo.

Yo apuesto por la fusión de estos dos grandes sistemas de pensamiento, aunque nos lleve siglos; pues es algo que ya ha comenzado, las sectas tienen cantidad de adeptos con rigurosa educación científica, y aunque a menudo su ciencia sea derrotada por la creencia o viceversa, es inevitable que tarde o temprano se vayan fundiendo. Este libro es un intento de aproximación entre ciencia y fe, de hacer razonable lo irrazonable, de reconciliar la fe con el intelecto, dentro de mis limitadas posibilidades intelectuales, naturalmente. No me puedo considerar una eminencia intelectual cuando me he pasado media vida andando por caminos espirituales que me exigían dejar mi inteligencia en la cuneta.

No puedo disimular que sueño con que algún día encontremos un método científico que nos permita vivir nuestra divinidad. Me resisto a aceptar la imposibilidad de vivir la esencia sagrada sin abandonar la inteligencia; aunque, hasta ahora, todo aquel que no abandona su razón y su lógica apenas vive lo sagrado en una excelsa plenitud religiosa. Esperemos que una revolución espiritual consiga otorgarnos a los intelectuales la experiencia de lo divino sin necesidad de abandonar nuestra adicción a hacer discurrir nuestro entendimiento.



CIENCIA-FICCIÓN Y EXTRATERRESTRES



A pesar de que la fusión entre ciencia y religiosidad todavía no sea posible en la realidad, en el mundo de la fantasía ―donde todo es posible― las rigurosas ciencias pueden llegar a unirse con nuestras inquietudes espirituales. En la ciencia-ficción podemos imaginar grandes ilusiones científicas, deseadas o temidas, a la vez que soñamos con grandes esperanzas espirituales. Las obras de ciencia-ficción que alcanzaron un mayor éxito fueron las que mejor escenificaron nuestras inquietudes interiores. En un principio fue el miedo a la tecnología, o al mal uso de ella, lo que llenó las páginas de las obras de ciencia-ficción; pero después fue ganando terreno la victoria de los valores humanos al mando de sofisticadas tecnologías de futuro. La ilusión del poder del hombre sobre la máquina, del alma sobre la materia, y la subordinación de la tecnología al servicio de los más altos valores humanos, son sueños que nos permitimos hoy en día gozar en la ciencia-ficción.

La consigna:
Mantener la Dignidad, la Fe, la Esperanza, el Respeto y el Honor. A traves de la Sabiduria, la Serenidad, la Sensibilidad y la Sencillez. regresar al Origen.

Los seres humanos son libres excepto cuando la humanidad los necesita.
ORSON SCOTT CARD
17-Oct-2009 09:05 PM
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Paseo por el interior de las secta
EL LAVADO DE CEREBRO

Otro de los bulos más populares en torno a las sectas, que discurre sin apenas motivos justificados, es que en todas las sectas en general te lavan el cerebro, es decir: te dañan la mente. Como acabo de comentar en el capítulo anterior, estas agresiones verbales son provocadas por el típico miedo que suele producir lo desconocido, ya que diversas actividades tradicionales, ya sean religiosas o no, lavan más el cerebro a los ciudadanos, como se cree que lo hacen en las sectas, sin que nadie haga nada por remediarlo.

No es cierto que en general las sectas dañen la mente del adepto, aunque no se puede negar que en algún caso particular sea cierto. El lavado de cerebro, que habitualmente se practica en el seno de las sectas, no tiene nada que ver con la refinada tortura psicológica utilizada en prisioneros por los tiranos regímenes políticos que la practicaron en el pasado o la practican en la actualidad. En las sectas, como en las religiones o como en cualquier vía espiritual ―tal y como estamos aclarando en este libro― se le induce a la persona, que se inicia en sus andaduras, a realizar un cambio en sus valores humanos y a creer en realidades virtuales espirituales. Y esto no se parece en nada a la agresión psicológica que el término “lavado de cerebro” implica.

En primer lugar deberíamos definir correctamente que es un “lavado de cerebro”, frase de tal sencillez que, de no ser por el doble sentido que se le ha dado, no admite tergiversación alguna. Cuando yo andaba por las sectas y alguien me decía que me estaban lavando el cerebro, yo le solía contestar: “y bien limpio que me lo están dejando”, dando a entender que se trataba de una beneficiosa limpieza sin más complicaciones.

Un lavado efectivo es aquel que quita la suciedad sin dañar lo limpiado. Y nuestros cerebros, como cualquier parte de nuestro cuerpo, se ensucia con el uso, por lo que no le viene nada mal de vez en cuando una limpieza. Cierto es que la delicadeza de nuestro cerebro dificulta su limpieza, y se corre el riesgo de dañar alguna parte de él; pero en la mayoría de las sectas, religiones o vías espirituales, tienen sus técnicas particulares para realizar sus limpiezas interiores con un alto porcentaje de éxito. El buen lavado de cerebro consiste en limpiar de nuestra mente todo lo que nos estorba o nos perjudica, y dejar aquello que nos interesa o es beneficioso para nosotros. Las oraciones, las meditaciones, el canto de mantras y todo ritual realizado en atmósfera sagrada, relajan nuestra mente. La paz mental que conlleva la experiencia religiosa es semejante a un fluir de agua limpia por nuestra mente, es un auténtico lavado de sucios pensamientos. En la paz divina descansa toda mente por muy estresada que se encuentre, la paz espiritual calma los pensamientos más desordenados, y, si esa paz se vive profundamente y se mantiene durante días, se produce un auténtico lavado de cerebro que deja a la persona como nueva. Yo he vivido ese proceso, y he de reconocer que te renueva profundamente, la mente se queda en blanco, embriagada por las drogas que sintetiza nuestro propio cerebro, embelesada por la maravilla de lo sagrado. Y, terminados los ejercicios espirituales, la semana de retiro o el largo fin de semana, uno afronta su realidad cotidiana renovado totalmente.

La paz espiritual vivida profundamente actúa como un verdadero lavado de cerebro semejante a la limpieza del disco duro de un ordenador. Ahora bien, conviene aclarar que existen diferentes niveles de limpieza. Si el místico no detiene un proceso creciente del fluir de la experiencia religiosa, ésta es capaz de lavarle tan profundamente la mente que puede borrarle el sistema de valores por los que vivimos en este mundo, y cambiarle del programa de selección de preferencias los valores mundanos por las preferencias celestiales, deseando incluso la muerte. Esto lo saben en todos los monasterios sacerdotales que creen en un paraíso en el más allá, si alguno de sus miembros se emborracha demasiado con los elixires divinos hay que tirar de él hacia abajo para evitar que se eleve hasta el otro mundo y deje de prestar los servicios que ha venido ha realizar en éste. Muchos de nuestros grandes místicos anhelaron la muerte como un paso exigido para unirse definitivamente con su amado divino. Sin embargo, no hay por qué llegar a esos extremos si elegimos una vía espiritual que admita la posibilidad de alcanzar el paraíso sin necesidad de morir. Desear la muerte en los caminos espirituales es provocado más por las creencias que por la experiencia divina. No conozco un fluir de energía más limpio y más respetuoso con la libertad de elección del individuo que el fluir de la experiencia religiosa limpia de polvo y paja. La divinidad ―a pesar de representarse con cierta tiranía en los dioses― es ante todo una presencia tremendamente respetuosa con la libertad del hombre. El fluir de la energía sexual, por ejemplo, es mucho más exigente en sus manifestaciones.

La energía divina es la energía de la santidad, una energía pura, poderosa en sí misma y tremendamente creativa. Como venimos advirtiendo, el peligro no reside en ella, sino en lo que hacemos con ella. El peligro no radica en el lavado de cerebro que nos hace, sino en con qué llenamos el hueco que ha quedado en nuestra mente después de haber retirado la porquería; pues, habitualmente, un beneficioso proceso de limpieza de la mente va seguido de un adoctrinamiento que puede ya no ser tan beneficioso.

Mis primeras experiencias religiosas las tuve en el seno del Catolicismo, y cierto es que pasó por mi mente el deseo de morir; pero esto sucedía porque yo imaginaba, según lo que había aprendido, que morir era necesario para llegar a unirme a aquello que sentía con tanta fuerza y con tanto amor. Creía que dios estaba en el cielo y que para llegar a él había que fallecer (en gracia de dios, naturalmente). Cuando años más tarde tuve experiencias de lo sagrado en otras vías que afirmaban que el ser humano puede unirse a dios con toda su gloria sin necesidad de dejar que se lo coman los gusanos, desaparecieron mis sentimientos suicidas; entonces (lo que pueden hacer las creencias) la experiencia religiosa no sólo dejó de invitarme a la muerte sino que me invitó a vivir más intensamente y mucho más feliz.

Cierto es que he sentido a veces en esas vías ―llamémosles más vitales― la sensación de que la experiencia espiritual me sacaba de este mundo; pero, como todavía no estoy por la labor de abandonarlo ―al menos en lo que de mí dependa―, siempre se me disparó una especie de alarma que me invitó a reducir la práctica de los rituales que me levantaban del suelo, evitando así terminar en el mundo de las hadas.

Con esto quiero decir que vivir lo sagrado es tan peligroso como vivir cualquier otra dimensión humana, no hay por qué temer algo que fluye de forma tan natural en nosotros como nuestra sangre por las venas. Los peligros que pueden existir son tan naturales como los que nos puede producir la alimentación, por ejemplo, si no somos cuidadosos con ella. Un atracón de comida puede causarnos serios problemas. Pero, de la misma forma que todos los seres vivos poseemos un instinto supervivencia, que nos puede ayudar a evitar los accidentes con la alimentación avisándonos de los peligros, los seres humanos poseemos también un instinto que regula nuestra alimentación espiritual, una luz de alarma que nos avisa de los peligros y nos ayuda a evitar que ingiramos algo pernicioso.

Claro está que ese instinto primero habrá de ser despertado cuando empecemos a comer espiritualmente con cierta normalidad, porque, por ahora, la mayoría de los habitantes de este planeta ―sin ánimo de ofender a nadie― somos unos muertos de hambre, espiritualmente hablando.

Cuando observamos fotografías antiguas, podemos observar en las gentes el rostro de la hambruna que solían padecer. Espero que quienes observen nuestros rostros dentro de un siglo, puedan también apreciar nuestra hambruna espiritual, pues será síntoma de que ya están mejor alimentadas sus almas.

El síntoma principal que demuestra la hambruna espiritual, que padecemos los humanos, es el apetito devorador de experiencias espirituales que se suele despertar en todo aquél que acaba de llegar a una secta y se le muestra la sagrada mesa con abundantes manjares de los dioses. Es frecuente que el primerizo acabe dándose un atracón que se le indigeste.

Pueden pasar años hasta que se alcanza la experiencia suficiente en ese tipo de alimentación y se le pierde el miedo. A base de vivir y vivir lo sagrado, uno puede aprender a regular la alimentación de su alma. Y puede incluso controlar a su gusto el nivel de prelavado, lavado y aclarado de su cerebro, siendo capaz hasta de elegir entre los diferentes tipos de detergente que se ofertan en las diferentes sectas o vías espirituales, y evitar el inevitable desteñido cuando se lava con agua demasiado caliente por avivar demasiado el fuego místico.

Pero, vuelvo a repetir que existe un peligro de ser engañados, no en el lavado, éste puede estar mejor o peor hecho y puede dejarnos más o menos limpios, o algo desteñidos, pero eso no tiene gran importancia; el mayor peligro reside en el teñido que después suelen pretender hacernos a nuestra mente sin nuestro consentimiento las diferentes doctrinas. Y lamento denunciar que esto es muy habitual: corrientemente, unido al lavado de cerebro, va incluido el teñido con los colores de la bandera de la religión, secta o vía espiritual que nos haya hecho el favor de limpiarnos la mente.

Cierto es que de todas formas teñida ya la tenemos la mente. Nuestra sociedad se encarga de colorear mediante la educación los pensamientos vírgenes de los niños, con la intención de que todos llevemos colores semejantes en la bandera del pensamiento para favorecer la paz social. Pero, cuando una persona no está contenta con los colores que luce su alma, puede estar de acuerdo en que después de un lavado espiritual le hagan un cambio de colores en sus vestiduras interiores. Sin embargo, quienes estamos satisfechos con nuestra forma de ser y no deseamos cambiarla en esencia, no tenemos por qué soportar los tintes.

Y lamento no poder notificar la existencia de lavados de cerebro en las sectas sin teñidos. Si yo, en estos momentos, no me encuentro practicando ningún tipo de ritual, que me proporcione un buen lavado de cerebro de vez en cuando, es porque no soporto los tintes que se incluyen en todos los lavados que conozco. Las comunidades espirituales que se anuncian como lavanderías espirituales no son tales, son en realidad tintorerías. En los últimos años de mi pasear por las sectas, harto de teñidos y desteñidos, me esforcé tremendamente por vivir únicamente lo sagrado puro, en esencia, sin contaminaciones doctrinales añadidas. Siguiendo la máxima de dame pan y dime tonto, me alimenté como pude de los elixires sagrados de las comunidades sectarias o religiosas, intentando pasar de todo aquello que no era pan para mi alma. Pero es prácticamente imposible conseguirlo al cien por cien. Aunque no se haga caso de los adoctrinamientos, estos se cuelan en la mente si te los están cantando al oído cuando se está viviendo la dichosa paz celestial.

Es ésta una situación semejante a la que ha vivido la Humanidad durante casi toda su existencia a la hora de alimentar sus estómagos, pagando precios carísimos, incluso dejándose la vida por llevarse un trozo de pan a la boca. Es de esperar que de la misma forma que hemos conseguido llenar nuestros estómagos sin grandes sufrimientos, y sin necesidad de profesar creencia alguna ni pertenecer a ningún grupo sectario de ricos, podamos algún día llenar nuestra alma con el alimento espiritual sin padecer engaños ni grandes sufrimientos, y sin profesar creencia alguna ni pertenecer a ningún grupo sectario de presuntos ricos espirituales. Como ahora alimentar el cuerpo es un derecho reconocido de todos en los países desarrollados sin penosas exigencias, alimentarse espiritualmente esperemos que pronto también lo sea sin exigencias doctrinales.

Se puede llegar a pensar que la doctrina es algo necesario para vivir lo espiritual, pero eso no es cierto: seguidores de doctrinas contradictorias entre sí viven sus particulares experiencias religiosas, y, si una de ellas fuera necesaria para vivir lo sagrado, los creyentes en la otra no tendrían acceso a lo divino, y lo tienen. Pensar que la doctrina es algo necesario responde a defender los intereses particulares de cada secta o religión. Es una barbaridad actuar como habitualmente se actúa sobre la inteligencia de los sinceros buscadores de la verdad. En el mundo de las sectas es habitual que aconsejen al novato abandonar su entendimiento de las cosas para facilitar el lavado de su mente; si el buen estudiante así lo hace, cuando casi no ha terminado de relajarse en la paz divina y de abandonar en la cuneta del camino su vieja mochila cargada con todos sus viejos conceptos sobre la vida, van y le cargan con otra mochila en ocasiones mucho más pesada, llena de otros conceptos más pesados todavía. Por ello conviene siempre saber qué se oculta tras todo lavado espiritual del pensamiento. Podemos estar muy satisfechos con lo limpia que nos han dejado la cabeza, pero puede que no estemos muy de acuerdo con el tinte que con toda seguridad nos van a intentar dar después.

Resumiendo: el lavado de cerebro, la limpieza de mente, que se experimenta en toda atmósfera sagrada, es algo beneficioso y positivo. El engaño y los problemas vendrán más tarde, a veces simultáneamente, cuando limpiados de dañinos hábitos mentales, muchos de ellos enraizados en el costumbrismo social, nos encontramos con que nos intentan inculcar otros hábitos de pensamiento y de acción desconocidos. Esta distinción entre lavado y teñido no se hace en las religiones, ni en las sectas, ni en camino espiritual alguno. El lavado se presenta siempre unido inevitablemente al teñido, aunque son dos funciones claramente separadas.

Éste es el peligro del lavado de cerebro que se suele producir en las sectas, religiones o diferentes vías espirituales. No tiene nada que ver con la terrible manipulación psicológica de los típicos lavados de cerebro de los tiranos regímenes políticos. Se trata sencillamente de un engaño, de un fraude, no de una agresión a nuestra inteligencia. Todo esto que estamos diciendo es continuación del capítulo “El gran fraude espiritual”. Es un engaño tan milenario que todo lo alerta que el buscador espiritual se mantenga en torno a él es poco. Es lógico que quien va buscando la paz mental acabe allí donde le prometen ofrecérsela, aunque después pueda descubrir que la susodicha paz es en realidad un plan de guerra.

No siempre los nuevos valores que nos pretenden inculcar en los teñidos son peores que nos inculcaron de niños en nuestra sociedad, en muchas ocasiones son mejores, pero, sucede que al ser diferentes a los aceptados socialmente, entran en conflicto; y, aunque poseamos valores mejores que los anteriores, viviremos en una guerra contra el mundo que nos amargará la existencia, por mucho que nos creamos poseedores de la verdad suprema. Al buscador con espíritu guerrero puede incluso resultarle atractivo emprender una santa cruzada contra el mundo; pero todos aquellos que buscan la paz no tienen por ser engañados ni reclutados para una guerra que no desean.

Por lo tanto, el lavado de la mente que se realiza en estos mundos de dios no es tal, es un teñido; la alimentación que nos ofrecen para el alma es más una exigencia doctrinal que un darnos la divinidad limpiamente. Cobran demasiado caro los mendrugos de pan espiritual que ofrecen a sus siervos. (Actúan como esas ONG religiosas que dan alimentos a los pobres cargados de mensajes proselitistas). La prometida limpieza del programa de nuestro cerebro es en realidad una programación interesada. Abandonados los valores mundanos, de los que podemos estar hartos, se nos inculcan otros que pueden crearnos más problemas que los que hemos abandonado. Desprogramada nuestra mente de los hábitos mentales que no nos hacían felices, apenas se nos deja descansar en la paz mental y se nos vuelve a programar una realidad virtual espiritual con códigos de fe, sin lógica ni razón alguna, basados en las realidades reveladas, que nos sumergirá en un universo tan irreal y tan apartado del mundo, que podemos llegar a pedir a gritos una nueva desprogramación que nos vuelva a dejar por lo menos como estábamos antes.



LA DESPROGRAMACIÓN

Desengancharse de un proceso adictivo que nos crea problemas es de todos sabido que no es cosa fácil, y, en especial, cuando se trata de abandonar la adición religiosa. Aunque ésta tenga ciertas similitudes con otro tipo de adicciones, implica un mayor número de dificultades para deshabituarse de ella, pues la adicción religiosa se produce en todos los niveles del ser humano: en el espiritual, en el intelectual, en el emocional y en el biológico. Esto propicia que la mayoría de las personas practiquen la religión oficial y las creencias que se les enseñaron de niños durante toda su vida. De ahí la importancia que tienen los conceptos religiosos que se les enseña a los niños o los rituales a los que se les hace asistir. Naturalmente esto no se considera una adicción, pues es parte del costumbrismo social. Solamente es al adepto de las sectas al que se le considera enganchado de forma perniciosa, pues se ha salido de ese costumbrismo y vive unos valores religiosos no tan asentados en la sociedad como los valores predicados por las religiones oficiales.

Por ello, el término de desprogramación habitualmente se aplica para cambiar los valores del sectario por los aceptados socialmente; sin embargo, el adepto ya sufrió una desprogramación cuando cambió sus viejas creencias por las de la secta. Ese primer proceso de cambio suele afrontarse con cierto júbilo y borrachera mística, así como con la esperanza de iniciar un cambio prometedor; factores que ayudan a superar la crisis de valores típica que se produce en todo cambio en el programa de selección de preferencias mental. No obstante, cuando el sectario decide salir de la secta y volver al punto en el que estaba antes de llegar a ella, ya no lo suele hacer jubilosamente, sino como una víctima enfermada en la secta por la que fue seducido o en la que escogió meterse. Circunstancia que dificulta el cambio y propicia que en ocasiones se pida ayuda a algún experto en desprogramación. Mas la asistencia psicológica solamente es capaz de ayudar en el nivel mental a cambiar unos valores humanos por otros, y recordemos que la adicción religiosa alcanza varios niveles.

Habitualmente, en este tipo de desprogramaciones se ignora el nivel biológico. La producción de endorfinas en nuestro cerebro cuando vivimos un éxtasis religioso produce una auténtica drogadicción muy semejante a la toma de drogas. Sin embargo, esta drogadicción no se considera una toxicomanía, pues son sustancias no tóxicas generadas naturalmente por nuestro organismo. Lo que no impide que, si las vivencias de lo sagrado se producen a menudo, enganchen biológicamente como cualquier otra droga; y desengancharse de ellas exija un proceso semejante a los utilizados para deshabituar a drogadictos. Esto habitualmente no se reconoce, pues las endorfinas son drogas que produce de forma muy natural nuestro cerebro y, no sólo no enferman como las tóxicas, sino que, además, el organismo las asimila de forma beneficiosa; añadiendo a todo esto que la experiencia que producen se considera habitualmente regalo de dioses. No obstante, la acumulación de las adversas circunstancias, que se pueden dar en el seno de las sectas, impulsa al adepto a abandonar totalmente al clan al que pertenece, y, por lo tanto, a dejar su adicción. Cuando se ha tomado esta decisión, y se empieza un proceso de desprogramación, inevitablemente aparece el síndrome de abstinencia. Este síndrome será más intenso cuanto más elevadas hayan sido las experiencias religiosas y cuanto menos lo sean en la nueva vida que se lleve después de salir de la secta. Esto es muy importante tenerlo en cuenta, sobre todo porque habitualmente se ignora en los procesos de desprogramación, y puede dar al traste con un buen programa psicológico de readaptación a una vida normal.

Mi historial religioso está lleno de entradas y salidas en estos procesos adictivos. Nunca acudí a programas de desprogramación psicológica porque, además de que estos programas son de reciente creación, yo nunca viví esos cambios como procesos de desenganche sino como circunstancias de mi búsqueda interior. Cierto es que cuando decidía salir de una secta, que me estaba proporcionando el acceso a elixires divinos, sufría el síndrome de abstinencia; padecimiento que me duraba poco, pues tarde o temprano acababa bebiendo de otras fuentes sectarias. Al final he terminado abandonando las bebidas gloriosas de los dioses, no por haberme propuesto un programa de deshabituación, sino como un proceso normal de abandonar una drogadicción natural por problemas con circunstancias de su contexto. No obstante me considero tan adicto a la experiencia religiosa como a la experiencia sexual, son dos tipos de adicciones muy similares, las dos suponen la generación de endorfinas en nuestro organismo. Pero, sucede a menudo que para vivir una plenitud, tanto en una dimensión como en la otra, pueden surgir tal cantidad de inconvenientes que uno acabe por elegir la tranquilidad de no vivirlas plenamente en los contextos tradicionales. En el sexual ya hemos descubierto nuevas formas de alcanzar satisfacción fuera de las relaciones tradicionales de pareja. Y ahora nos falta encontrar nuevas formas de gozar lo sagrado fuera de los conflictivos espacios religiosos tradicionales. Cuando las encontremos tendremos una buena alternativa para todo aquél que abandona las sectas.

Mientras tanto, si deseamos conseguir una buena desprogramación, sin penosos síndromes de abstinencia, es conveniente administrar los mejores sustitutos que tengamos a mano. Y como todavía no se han descubierto sustitutos químicos que sean tan bien asimilados por nuestro organismo como las endorfinas, sin contraindicaciones, no nos queda sino elegir otras vías espirituales menos “duras”. Cambiando a otras sectas que nos proporcionen unas experiencias religiosas menos flipantes, y, a su vez, menos problemas, podremos conseguir un proceso de deshabituación menos doloroso al abandonar la drogadicción poco a poco, administrando como sustitutos drogas místicas más suaves. Se trata de deshabituarse reduciendo lentamente los trances espirituales que producen endorfinas.

Pero siempre teniendo en cuenta que las sectas o las religiones no se abandonan por desengancharse de las drogas divinas, la felicidad que éstas provocan es muy natural y saludable; son las inaguantables situaciones que se viven en el seno de esas santas asociaciones las que provocan la pérdida de fe en ellas y la urgencia por salir de allí. Las relaciones de pareja no se abandonan por desengancharse de las delicias sensuales que se viven en su seno, sino por otras insoportables situaciones que vive la pareja. Cuando se tiene cierta madurez, se valora más la estabilidad en las relaciones que los éxtasis de felicidad, y esto sirve tanto en el mundo de las relaciones de pareja como en el mundo de las sectas.

Las vías espirituales de reciente creación denominadas de crecimiento personal o de la nueva era, bien pueden ser un eslabón en el proceso de desengancharse. Basadas en modernas tendencias espirituales, muchas de ellas contienen importantes ingredientes extraídos de modernas psicoterapias. Digo esto porque, en mi caso, harto de subidas y bajadas, mareado de tanto experimentar la montaña rusa que me estaba produciendo el intentar llegar al cielo, dando grandes saltos que luego iban seguidos de grandes caídas, al final conseguí encontrar el camino de salida de las sectas más duras metiéndome en estas nuevas vías. Sin que por ello esté asegurando que todo método de realización incluido en los sacos del crecimiento personal o de la nueva era sea beneficioso. Eso es algo que cada uno ha de sopesar. Y aviso que bajo esos modernos títulos se están incluyendo métodos de desarrollo interior de dudosa efectividad. De todas formas, suelen ser métodos con un índice de racionalidad superior a las vías espirituales basadas en las tradicionales revelaciones divinas, por lo que son asociaciones menos conflictivas. Y a su vez tienen una capacidad menor de generar intensas atmósferas sagradas que las vías basadas en la fe, lo que nos viene como anillo al dedo en un proceso de deshabituación.

Otra ventaja de estas modernas vías radica en que en sus programas de trabajo se incluyen intentos por erradicar de las personas tanto los malos vicios religiosos tradicionales como los de nuestra sociedad laica. Ambiciosos proyectos que todavía, en mi opinión, se encuentran en una fase experimental, pues nos queda un arduo camino hasta que consigamos erradicar los grandes males del hombre y de nuestra sociedad. Para alcanzar el éxito en semejante empeño, primero será necesario una visión de la totalidad del mal del ser humano, y eso es algo que todavía no hemos conseguido. El mal en esencia siempre se nos ha escondido, y cuando aparece lo hace casi siempre disfrazado ya sea de demonio, personificado en los enemigos, en las enfermedades, etc., pero nunca lo hemos visto tal y como es.

En este libro vamos a intentar obtener esa visión con la mayor claridad posible, y a partir de ahí intentaremos sentar las bases de un programa de desprogramación del mal, tanto para quienes están en las sectas como para quienes estamos fuera de ellas. Porque si enfocamos la desprogramación solamente sobre aquellos que salen de las sectas, y los devolvemos al mundo del que se fueron, sin haberlo mejorado, mucho me temo que eso es pan para hoy y hambre para mañana.

Para seguir en nuestro propósito, continuaremos en nuestro paseo por el interior de las sectas, recorriendo aquellos territorios que nos conducirán a las profundidades del ser humano y de nuestra sociedad.

Ya hemos tratado el estudio de la desprogramación en los niveles de adicción biológico y mental. El estudio en los niveles espiritual y emocional sobre la adicción religiosa lo tratamos en los siguientes capítulos.



LA RUPTURA DE LAZOS EMOCIONALES

Es en el nivel emocional donde se produce la mayor actividad en el seno de las sectas, y a al vez es también donde se producen un mayor número de manipulaciones y engaños. La actividad en este nivel humano es de tal importancia que determina ―en un elevado porcentaje de individuos― el introducirse en la secta, la permanencia en ella o su abandono. Mientras el balance emocional del adepto sea positivo, éste no suele tener inconvenientes para permanecer en la secta disfrutando de las buenas emociones que las relaciones con sus hermanos espirituales y con sus deidades le proporcionan; pero, en cuando empiece a tener sentimientos negativos frecuentemente, será entonces cuando probablemente decidirá abandonar el mundo sectario, y será entonces cuando correrá los mayores riesgos que pondrán el peligro su integridad personal.

El proceso de salir de una secta tiene muchos puntos en común con el proceso de divorcio de una pareja. Es un cambio ciertamente peligroso que exige tomar todas las precauciones posibles para correr los mínimos riesgos a la persona que ha elegido separarse. Los ataques entre aquellos que fueron amantes pueden ser brutales. Y aquellos que se consideran personas espirituales, que no se permiten manifestar agresividad alguna (visible), pueden caer en una especie de agresividad inconsciente, mucho más dañina que si se dedicaran a dar puñetazos. La amenaza de caer en los infiernos eternamente es un claro ejemplo habitualmente utilizado por las religiones tradicionales para todo aquel que desea divorciarse de ellas. Pero, como en muchas de las nuevas vías sectarias, ya no existe tal castigo divino, utilizan argumentos semejantes destinados a asustar a todo aquel que se le ocurra abandonarlas.

Este tipo de amenazas no sólo es un método para evitar que los adeptos se vayan de las sectas, es también un ejercicio de autoafirmación. Tengamos en cuenta que el ambiente sectario y su doctrina, para quienes creen en él, es una panacea, regalo de los dioses. Si alguien que ha vivido esas glorias las abandona, no puede haber duda alguna de que ha sido engañado por algo, atrapado por el mal, seducido por el demonio, etc. La persona que ha elegido ser libre puede tener serios problemas si se sigue relacionando con sus antiguos “hermanos”. Es muy aconsejable abandonar totalmente a la vieja familia sectaria, algo que puede llegar a costar gran esfuerzo y mucho dolor. Tengamos en cuenta que el adepto, en la mayoría de los casos, abandonó a sus antiguas amistades para sustituirlas por las sectarias, y ahora, al abandonarlas, se encuentra en la soledad más absoluta; de ahí que muy a menudo se pretenda continuar manteniendo la amistad con miembros de la secta abandonada, lo que no es nada recomendable, pues es muy difícil continuar manteniendo una amistad con quien te considera encarnación del peor mal de la tierra.

Mientras el adepto continúe manteniéndose en la secta, aunque se sienta muy mal en ella, no habrá problemas de relaciones con el resto de los miembros. Continuarán halagándole, ensalzando sus virtudes, minimizando sus defectos o sus dolencias, y dándole ánimos para seguir adelante en el caso de que flaquee su fe. Pero, en cuanto haga saber su decisión irrevocable de abandonarlos, será calificado de cobarde incapaz de soportar el sufrimiento que todo camino espiritual exige. Abandonar su camino perfecto es algo que difícilmente le perdonarán. Le echarán en cara todo lo que hicieron por él y ya no le engrandecerán sus virtudes, ahora le harán ver sus defectos engrandeciéndoselos. “Has sido atrapado por las fuerzas del mal” le dirán sus cofrades. Los videntes, los entendidos del grupo, le dirán que ha sido presa del tipo de mal que ellos quieran inventarse. Si en la secta se reciben mensajes del más allá, seguro que habrá más de uno, dedicado a quien quiere abandonarlos, avisándole de los terribles peligros que corre si lo hace. Tendrán un elevado poder de sugestión sobre quien quiere irse del grupo, pues utilizarán todo tipo de argumentos espirituales en su contra basados en las enseñanzas que se le transmitieron mientras estuvo en la secta. Hasta es posible que pretendan hacer un exorcismo con quien los abandona por libre elección; esto nos da una idea del horroroso concepto que pueden llegar a tener de él.

Como consecuencia de mi deambular por las sectas durante muchos años, la mayor parte de mis amistades se forjaron en su seno. Y, después de abandonar las comunidades, en muchas ocasiones realicé grandes esfuerzos por mantener estas relaciones dentro de una normalidad, pero casi siempre resultó un gran fracaso, aun con aquellas personas que mantenían una cierta proximidad conmigo por circunstancias ajenas al mundo sectario. En la actualidad todavía mantengo alguna pequeña relación de amistad con miembros de sectas, y siempre tiene que haber un gran distanciamiento entre ellas y yo, pues ellas continúan considerándome una persona enferma, afectada por algo semejante a un virus mortal muy contagioso. Como se podrá comprender ese tipo de relaciones son insostenibles.

Aunque por cortesía los sectarios disimulen su creencia en el mal que, según ellos, padece todo aquel que les abandona, e intenten amar a quienes les dejan, el amor hacía sus creencias superará a su hipotético amor al prójimo; sobre todo si ese prójimo es quien ya no les va acompañar en su caminar espiritual. Puede ser tan fuerte su aversión hacia esa persona que ésta no puede evitar percibirlo y sentirse muy incómodo en su compañía. Es difícil no darse cuenta cuando te miran con malos ojos conocidas amistades. En el momento que se comunica la rotunda decisión de abandonar la secta, se pasa de ser un hermano angelical a ser un temido demonio.

Esto es muy doloroso vivirlo, y es necesario reconocerlo, aunque cuando uno se mete en una secta no suele pensar en los problemas que podrá tener el día que decida abandonarla, si es que algún día lo decide. Algunas sectas, que yo no he tenido la desgracia de conocer, persiguen al adepto que quiere dejar de serlo hasta el punto de acosarlo constantemente para intentar convencerle de que corrija el error que según ellos está cometiendo. No se trata de una sádica persecución, se guían por los “buenos sentimientos” de intentar salvar su alma. Las hay que hasta secuestran al enfermo de ansias de liberación con la intención de mantenerlo en una cuarentena que le cure del mal de libertad que padece.

El momento de abandonar una secta es tan delicado y peligroso que yo aconsejo concluirlo cuanto antes para no alargar un proceso que puede convertirse en una agonía. Aunque resulte muy doloroso y nos encontremos en la calle más solos que la una, un portazo puede ser muy aconsejable. No se puede tener consideración con quienes no la van a tener con nosotros.

Y para sobrellevar la soledad y el síndrome de abstinencia emocional que podemos llegar a padecer, podemos hacer lo que habitualmente hace una persona recién divorciada: acudir a un psiquiatra o buscarse otro tipo de relaciones que compensen lo perdido. Como he aconsejado en el capítulo anterior, una buena idea es meterse en uno de esos grupos de trabajo interior menos radicales, más permisivos con la libertad del hombre. Pero teniendo sumo cuidado en la elección, no vaya a ser que vayamos de mal a peor.

Los centros de psicoterapia y de enseñanzas dedicadas al crecimiento integral de la persona, son los más adecuados para superar el síndrome de abstinencia emocional, en ellos podemos relacionarnos de nuevo y continuar respirando cierta atmósfera sagrada. Teniendo siempre presente que tras ellos puede esconderse una fanática secta. Elegir un centro de crecimiento personal que funciona como una academia, con sus horarios, cursos, cursillos, niveles de enseñanza y precios, es una garantía de que se nos va a respetar la libertad de abandonar la enseñanza cuando queramos como quien abandona otro tipo de estudios académicos. Es un buen paso para abandonar definitivamente los niveles más duros de las sectas.

CAMBIOS EN LOS VALORES ESPIRITUALES

La Humanidad no ha cesado a lo largo de su Historia de realizar profundos cambios en la elección de los valores espirituales. Revoluciones que siempre se han producido de forma muy lenta, pues las desprogramaciones y las nuevas programaciones en el nivel espiritual del hombre necesitan de un mayor tiempo que las realizadas en sus otras dimensiones. No porque el alma humana sea más lenta en experimentar cambios, sino porque una revolución espiritual solamente alcanza su madurez cuando se ha extendido a toda una sociedad; y eso lleva su tiempo. Mientras que en los otros niveles el ser humano puede vivir cambios completos en sí mismo, los cambios nivel espiritual son incompletos si no se extienden al resto de los individuos. Uno de los impulsos más vitales del espíritu humano es el de hacer llegar la revolución concebida por un individuo, o por un grupo de individuos, al resto de la Humanidad; y si ese impulso es reprimido, si el cambio espiritual no es compartido, la desprogramación de valores espirituales no ha sido efectiva ni siquiera para el propio individuo que la concibió. Será una revolución en semilla, sin germinar, un cambio inacabado, incompleto. Las revoluciones espirituales no se llevan a cabo únicamente a un nivel individual, sino que atañen al inconsciente colectivo que nos une a todos.

De ahí la necesidad que tiene el alma humana creadora de agruparse para sembrar las nuevas creaciones espirituales, tierra donde pueda germinar la semilla engendrada con la esperanza de que crezca y se extienda por toda la Tierra. Las sectas son esos grupos de personas donde el experimento se lleva en secreto, invernaderos clandestinos donde la plantación se esconde del resto de la Humanidad para proteger su crecimiento. Protección que resulta insuficiente en muchas ocasiones, e incluso contraproducente, pues de la misma oscuridad del misterio surgen todo tipo de intrigas que, como malas hierbas, terminan con las esperanzas de una buena cosecha.

Esta especie de plantaciones espirituales ―sectarias o no― no han cesado de producirse a lo largo de la historia de la Humanidad. Unas fructificaron con gran éxito y se extendieron por todo el mundo, otras lo hicieron en zonas concretas del planeta, y otras fracasaron. Unas son de carácter filosófico, otras de carácter ético, otras político, otras sencillamente culturales o artísticas, y otras de carácter esotérico o religioso. Todas ellas componen el conglomerado de valores espirituales de los seres humanos.

Las preferencias de las sociedades por uno u otros valores no han cesado de cambiar a lo largo de nuestra Historia. La adicción social a unos o a otros valores ha sufrido constantes procesos de deshabituación seguidos de nuevos procesos adictivos. La búsqueda de respuestas, de la felicidad, de la perfección y de nuevas fronteras, nos incita a experimentar constantemente con nuevos valores espirituales. El proceso evolutivo de estos cambios en la actualidad parece dirigirse hacia una humanización de los valores. El esfuerzo por la implantación de los Derechos Humanos a un nivel planetario, que están realizando los países desarrollados, es una buena muestra de esta humanización, y supone una auténtica revolución espiritual universal.

Recordemos que en la antigüedad se consideraban una actividad espiritual los sacrificios humanos en muchos lugares de la Tierra. Desde entonces hemos dado un giro de ciento ochenta grados a nuestros valores espirituales. Ahora defendemos la vida de todo ser humano y pretendemos combatir todo aquello que atente contra ella. (Aunque no podamos evitar que todavía existan grupos religiosos que consideren la matanza de infieles como un valor espiritual).

Las ciencias también han hecho cambiar los valores espirituales. A medida que fueron descubriendo la realidad, fueron perdiendo credibilidad las creencias basadas en que todo funcionaba por arte de magia o por voluntad de los dioses de turno. Ya casi nadie ve a un dios en un rayo o en el sol.

La infalibilidad de las religiones se está cuestionando como nunca se había hecho hasta ahora. Sin embargo, probablemente debido a que la sed espiritual del hombre todavía no ha sido saciada, y gracias a la libertad de culto y el derecho de asociación, las sectas han proliferado en nuestra sociedad, y cualquier ciudadano de los países desarrollados tiene acceso a multitud de religiones o sistemas de culto por muy extraños que sean. Esto ha propiciado realizar unos análisis comparativos que nos han demostrado la validez de la mayoría de las creencias para saciar la sed de la experiencia religiosa, y en los que también hemos podido comprobar que ninguna de ellas sobresale tanto por encima de las otras como sus predicadores anuncian. A un nivel popular ya no se valoran a nuestras viejas religiones como entidades infalibles y todopoderosas.

Todos estos cambios en los valores espirituales han necesitado de un gran esfuerzo social. Cambiar un costumbrismo espiritual asentado en la tradición necesita superar una notable resistencia. Especialmente, ha sido la religiosidad uno de los mayores impedimentos para el progreso de la evolución de los valores humanos, han sido necesarios períodos de muchos siglos, incluso milenios, para que arcaicos y obsoletos patrones religiosos fueran abandonados y dejaran de ejercer su influencia social. Los dogmas de obligatoria creencia han sido los sellos que durante siglos han mantenido vigentes las diferentes religiones. Pero la libertad religiosa, que las leyes sociales nos otorgan en los países desarrollados, ha suprimido la obligatoriedad de creer en los dogmas de fe de las religiones oficiales. Las dudas que siempre estuvieron en la mente de los feligreses, en torno a las verdades reveladas de los diferentes credos religiosos, han cobrado fuerza. La fe está en crisis, y, en consecuencia, muchas personas con inquietudes religiosas, están buscando unos cimientos más sólidos para su religiosidad, están buscando una demostración más palpable, incluso física, de la existencia de las verdades religiosas.

La fe ya no es un valor predominante en nuestra sociedad, el valor en alza es la experiencia, la vivencia. Lo que está produciendo un gran número de agrupaciones sectarias en torno a favorecer la drogadicción mística y los fenómenos paranormales de carácter religioso. Apariciones, milagros, mensajes del más allá, efluvios emitidos por los hombres dioses, y todo tipo de exaltadas sensaciones sagradas, están siendo los nuevos objetivos de gran número de buscadores. La fe ya no es gran valor supremo, ahora es la vivencia religiosa, espiritual, esotérica, lo que se valora más por los caminos del alma. Ahora, para creer en dios, casi hay que tocarlo, sentirlo, vivirlo, gozarlo. La fe se ha quedado sola, ahora se lleva ver para creer. Cambio en los valores espirituales que supone un regreso a volver a vivir los valores antiguos, los prehistóricos, los que crearon las creencias. Cambios que no suponen una evolución, suponen más bien una regresión a nuestro pasado espiritual. Ahora el típico buscador espiritual moderno se está comportando como el hombre religioso antiguo: cree en dios a base de vivirlo. Se está regresando a Babilonia. (Retroceso cultural que no considero negativo. Prefiero la libertad de culto babilónica, que los siglos de creencias impuestos por las grandes religiones a golpe de espada).

El mayor peligro del regreso a los valores primitivos en los ámbitos espirituales reside en el aumento de la drogadicción mística, y en consecuencia en la irracionalidad con la que se puede llegar a comportar todo borracho de dios. Es muy grande el peligro de que volvamos a caer en un nuevo periodo de inmovilidad, en siglos de adicción a estos viejos valores espirituales, cualquier drogadicción asentada en parte de la sociedad puede costar siglos erradicarla.

Puede pensarse que exagero, que todas estas historias no afectan a nuestro modernismo; pero yo no estaría tan seguro de ello. Nuestra modernidad tiene mucho de escaparate, como lo han tenido otras grandes civilizaciones de la antigüedad, complacidas en que todo iba bien en su seno, mientras en las sectas se cocían revoluciones que pusieron patas arriba a imperios muy poderosos. No querer ver el poder que tienen las sectas, obviar todo lo que se cuece en su seno, es arriesgarse a llevarse un susto (de muerte muy a menudo, como nos muestra la Historia). Son muy poderosas las fuerzas espirituales que podemos desarrollar los seres humanos sumidos en densas atmósferas sagradas. Obviarlas nos aboca a llevarnos sorpresas que pueden llegar a ser muy desagradables, por ello es necesario buscar alternativas lo más válidas y beneficiosas posibles.

Para salir de este nuevo periodo espiritual, insatisfactorio para muchos de nosotros ―que ya lleva décadas gestándose― no va a ser suficiente con mostrar el fraude de las movidas religiosas, habrá que encontrarles una alternativa válida. Muchos de los grandes filósofos griegos, en los inicios de nuestra civilización, ya nos avisaron que los dioses no eran ropa limpia. Pero, como no dieron alternativas válidas para drogadicción mística, el pueblo continuó drogándose, emborrachándose con los dioses, y con los nuevos dioses más tarde, más flamantes, más infinitos, más seductores. Porque no pensemos que las creencias han sido exclusivamente impuestas por la fuerza, también hubo cierta complacencia en los creyentes para que así fuera, y la sigue habiendo. Las creencias pueden darnos regalos sensoriales a los seres humanos tan gozosos, que podemos creer en auténticas estupideces si al hacerlo nos sentimos más felices.

Nos encontramos en un momento fascinante, la evolución de nuestros valores espirituales vuelve a encontrarse en un nuevo instante de crítico. En la actualidad tenemos otra nueva oportunidad para salir del oscurantismo religioso, otra nueva oportunidad para dejar de ser borrachos de los dioses, pues ahora los tenemos a todos ―o a casi todos― ofreciendo sus dulces vinos al pueblo. Circunstancia que nos puede ayudar a sospechar el engaño, así como a impulsarnos a buscar nuevas alternativas a tanta deidad contradictoria y a sus gozosas glorias divinas.

En mis sueños de futuro confío en que los cambios de los valores espirituales, que estamos experimentando en los últimos tiempos, nos permitan evolucionar hacia una espiritualidad más auténtica, más asumida por los hombres y menos proyectada en las divinidades.

Cuando vivíamos en nuestra prehistoria sexual, el placer era un tabú. Los dioses de la fertilidad reinaban sobre las sociedades prehistóricas, suyo era nuestro sexo. Levantábamos menhires o tótems fálicos que representaban nuestra virilidad, altares para una sexualidad que creíamos venida de los cielos, y dedicábamos templos a la fertilidad femenina; adorábamos algo que creíamos no nos pertenecía. Ahora, que hemos asumido nuestro poder creativo sexual, abandonamos aquellos rituales y tabúes; somos responsables de la procreación de nuestra raza, y disfrutamos del sexo como algo nuestro. El sexo fue una energía psíquica reprimida por las creencias, proyectada en los dioses, y ahora está liberada. Esperemos que la energía sagrada también deje de estar reprimida por las creencias que aseguran que no es un fluir nuestro, esperemos de la divinidad deje de estar encarnada en los dioses, y sea liberada en cada individuo.

Cuando abandonemos nuestra prehistoria espiritual dejaremos de levantar altares a los dioses y dejaremos de considerar tabú las delicias de lo sagrado. Habremos reconocido que dios es una dimensión humana y dejaremos de verla fuera de nosotros, abandonaremos los rituales de adoración, asumiremos la responsabilidad de nuestro poder creativo espiritual, y disfrutaremos del goce de lo sagrado como algo muy nuestro.

LAS TOXICOMANÍAS

No podemos abandonar el tema de las adicciones sin hablar de las toxicomanías. El uso de drogas en esoterismo o en las religiones fue en la antigüedad algo habitual. Los chamanes, los brujos y las brujas, utilizaban los alucinógenos como puertas de acceso a sus realidades virtuales particulares y para ponerse en contacto con las entidades que las pueblan. La persecución a escala mundial de las drogas ilegales ha terminado con estas viejas costumbres. Solamente se continúan utilizando en contadas ocasiones en el mundo de las sectas, y siempre en secreto. Son en las sectas de carácter chamánico, de magia negra o de brujería donde más se pueden llegar a utilizar.

Yo nunca me pude permitir el lujo de drogarme (ni con las drogas legales), siempre temí que mi débil constitución física se me resquebrajara bajo la influencia de las drogas; además de que no me agrada cualquier perturbación de la conciencia o de la percepción. Por lo tanto, no puedo hablar de las drogas con la propiedad que avala la experiencia. Únicamente me permito el lujo de drogarme con las endorfinas ―de las que ya hemos hablado― generadas por las experiencias místicas, pero sin llegar a alucinar ni a sumirme en placenteras somnolencias.

No obstante, sí que he sido testigo en varias ocasiones del consumo de drogas en el seno de las sectas por las que he andado, pero este consumo nunca fue inducido por la doctrina sectaria ni por el gurú de turno, sino por circunstancias ajenas. Las sectas típicas occidentales procuran evitar que entre sus adeptos haya drogadictos; ya tienen bastante mala fama como para que encima la aumenten acogiendo a drogodependientes o induciendo al consumo de drogas. Sin embargo, allá por los setenta, bastantes sectas acogieron una gran oleada de drogadictos provenientes del proceso de desintegración del movimiento hippy. Muchos de estos jóvenes se introdujeron en el seno de las sectas como continuación del proceso de búsqueda del paraíso utópico, al que el movimiento hippy no les había conseguido llevar. Y muchos de ellos continuaron en las sectas con sus drogodependencias adquiridas en sus años de hippy. Yo fui testigo de cómo se desgañitaban los dirigentes de la secta de carácter hindú ―en la que me encontraba por aquellos años― predicando en vano para que no se consumieran drogas. Se estaba intentando enseñar a meditar a unos jóvenes adictos a volar; y, para desdicha de sus instructores, no había forma de que se sumergieran en la quietud indispensable para iniciar cualquier tipo de meditación; las alteraciones que les producía su drogodependencia se lo impedía. Los elixires sagrados que se vivían en el seno de las actividades místicas sectarias no saciaban por completo su sed de borrachera, y gustaban de mezclar la droga sagrada de la volada mística con las otras drogas tóxicas para volar más alto. Naturalmente, cuando se caían, se hacían bastante daño.

La mezcla de las experiencias espirituales con el consumo de drogas es un cóctel muy explosivo del que es muy difícil salir bien parado. Solamente los chamanes y los aficionados a la brujería se atreven a manipular esta mezcla. Como yo no he estado en contacto con este tipo de vías esotéricas, no puedo apenas dar detallada información sobre ellas. Uno de los argumentos más importantes que estas vías exponen para justificar el consumo de drogas en sus rituales es que lo hacen como se hacía en la antigüedad, de forma naturalmente asimilable para los individuos. Aseguran que en la actualidad es perjudicial el consumo de drogas porque se ha perdido el contacto espiritual con el alma de la planta alucinógena. Dicen que las drogadicciones actuales son exclusivamente químicas, mientras que ellos consumen las drogas acompañados siempre de espíritus que ayudan a asimilar el impacto alucinógeno y a evolucionar espiritualmente al aprendiz de chaman, de brujería o de magia negra. Yo, si desconozco estos métodos ―además de por el miedo que les tengo― es porque nunca he sido partidario de ellos. En cualquier tipo de vía espiritual el estudiante ha de realizar un gran esfuerzo para integrar las variaciones internas propias de todo caminar esotérico; añadirle nuevas variaciones, producidas por sustancias de perturbación de la conciencia, me parece desbordar la capacidad de asimilación humana.

En mi opinión, si el chamanismo o la magia negra necesita de drogas tóxicas, es porque no son capaces de generar la suficiente atmósfera sagrada que provoque, en los asistentes a los rituales, una espontánea drogadicción mística a partir de endorfinas. Digamos que sus métodos son un poco rudos, manejan la espiritualidad a lo bestia. Al trabajar más con la energía de la tierra que de los cielos no alcanzan la sutileza suficiente para provocar la drogadicción natural mística, no son lo suficientemente espirituales como para prescindir de las drogas, necesitan de los tóxicos alucinógenos para penetrar en sus realidades virtuales espirituales y ponerse en contacto con sus dioses particulares. No es la atmósfera sagrada quien los lleva a la borrachera, son las borracheras, que les producen las drogas que se suministran respirándolas, ingiriéndolas o a través de la piel, las que les llevan a vivir lo sagrado.

Como hemos visto en los capítulos anteriores no es necesario tomar sustancias tóxicas para alucinar en los caminos espirituales típicos. Las drogas que segrega nuestro cerebro, de forma natural cuando estamos sumergidos en la vivencia de lo sagrado, ya son más que suficiente para hacernos disfrutar de dulces borracheras sin peligro de matarnos lentamente. El efecto sedante de la paz espiritual es de una calidad muy superior a cualquier tipo de tranquilizante farmacéutico o de droga hipnótica. Y si somos adictos a la “mucha marcha”, no hay mejor estimulante que la fuerza espiritual para darnos toda la cuerda que deseemos. Y las visiones de los iluminados espirituales, o las apariciones que puede producir la experiencia religiosa, no tienen nada que envidiar a los efectos alucinatorios que produce el consumo de alucinógenos.

Estas propiedades biológicas de la vivencia de lo divino, están siendo aprovechadas por algunas organizaciones de carácter espiritual para crear programas de rehabilitación de drogadictos. Sólo se trata de sustituir una adicción que está matando por otra inofensiva e incluso beneficiosa para el organismo. Algo que puede parecer muy sencillo, pero que exige un gran esfuerzo y suele provocar fuertes crisis internas en los afectados. Hay que tener en cuenta que para drogarse, la persona adicta a sustancias tóxicas, ha tenido que realizar siempre un tipo de esfuerzo digamos material, para conseguir el dinero que le van a costar las drogas, por ejemplo; y ahora tiene que hacer un tipo de esfuerzo, habitualmente desconocido para él, de tipo espiritual. Es tal el cambio de valores que ha de realizar el drogadicto en su programa de selección de preferencias que no puede evitar sufrir una fuerte crisis de adaptación al nuevo sistema de vida. Las organizaciones enfocadas en semejante empeño realizan esfuerzos dignos de ser aplaudidos. Tenemos un ejemplo digno de mencionar en la asociación “Alcohólicos Anónimos”, sociedad empeñada en rehabilitar a los enfermos de una de las peores adicciones a un tipo de droga legalizada en los países desarrollados. El uso que hacen de las propiedades divinas para curar a estos enfermos es ejemplar. Sin afiliarse a ningún credo ni religión, invocan el poder divino para que les ayude en su curación, con tal grado de éxito que están mereciendo el aplauso de la sociedad. Es uno de los pocos grupos sectarios que ha conseguido utilizar la fuerza espiritual para algo realmente práctico, sin necesidad de perderse por las ramas de complejas doctrinas.

Existen otros grupos de rehabilitación de drogadictos de carácter espiritual integrados en religiones o vías espirituales. La sociedad ha de estar agradecida al esfuerzo que todos ellos están realizando para intentar rehabilitar a los afectados de una de las peores lacras de nuestra sociedad. Aunque no vamos a negar que tras la rehabilitación de drogadictos, como tras cualquier otro servicio social de estas organizaciones, se esconda un notable proselitismo.

LA SANACIÓN

De todos es conocido que en el seno de las sectas no sólo se rehabilitan drogadictos. Las artes curativas desarrolladas en ellas abarcan prácticamente la curación de todas las enfermedades existentes. Mucho antes del nacimiento de la medicina, los chamanes y los brujos ya daban a sus enfermos pócimas medicinales envueltas en rituales esotéricos. Innumerables métodos terapéuticos, muchos de ellos de carácter milagroso, son utilizados por las sectas en sus curaciones. Unos trabajan con la bioenergía corporal, otros en la mente del paciente, y otros en el nivel espiritual. Todos ellos usan los diferentes elixires, que han conseguido extraer de las dimensiones sagradas, y los aplican a sus técnicas terapéuticas particulares; son sus poderes curativos sobrenaturales.

Veamos algunos de ellos: Los hay quienes afirman que toda enfermedad es una falta de energía en el cuerpo o una falta de armonía de las corrientes energéticas, y entre ellos nos encontramos a aquellos que utilizan las manos para canalizar la bioenergía, rellenar los vacíos energéticos o armonizar las corrientes por el cuerpo. La imposición de manos es un gesto ritual ancestral de muy variada utilización. A través de ellas fluye nuestra energía vital, de tal forma que cuando alguna parte de nuestro cuerpo nos duele, instintivamente ponemos la mano allí para aliviarnos. Sin necesidad de ser curanderos todos sabemos que nuestras manos si no curan al menos alivian las dolencias. Pero el sanador explota al máximo esta propiedad de las manos, y a través de ellas dice canalizar todo tipo de energías milagrosas que curarán al más enfermo. También los hay que, poniéndose a la altura de las nuevas tecnologías, aseguran que no necesitan ponerle la mano encima a nadie para curarle y que son capaces de hacer el milagro por control remoto, enviando su curativa energía por el éter hasta quien la necesite.

Otras técnicas de armonización energética utilizan las piedras y las gemas, otras las esencias florales, otras las meditaciones, el Yoga, etc.

Y entre quienes trabajan con la mente del paciente se encuentran, por supuesto, aquellos que creen que toda enfermedad es producto de un desequilibrio mental; por consiguiente, su terapia habrá de ser aplicada a la mente del paciente, de tal forma que para dar la salud a una persona enferma, solamente hay que convencerla de cambie la actitud mental que está originado su enfermedad. Desde hace décadas ha sido la hipnosis muy utilizada para estos propósitos; pero hoy está haciendo furor la imposición del pensamiento positivo, en el consciente, claro está, porque hasta el inconsciente no se si seremos capaces de llegar y cambiar esos oscuros y negativos pensamientos ancestrales que llevan miles de años haciéndonos la puñeta.

Luego tenemos a los sanadores espirituales. Estos, como es de esperar, afirman que el origen de nuestras enfermedades está en nuestra alma, y no dudan en tratarla. Y como ellos no suelen ser capaces de llegar hasta allí, ―donde se encuentra nuestro espíritu― invocan al Espíritu Santo o al mismísimo Jesucristo, para que les haga el trabajo. La Virgen María también es una buena curandera, recordemos los milagros de Lourdes y Fátima; y en todas y cada una de las abundantes apariciones, que lleva a efecto cada año, siempre hace alguna sanación milagrosa como regalo a alguno de sus devotos. Tampoco hemos de olvidar las abundantes reliquias de santos a la que se les atribuyen propiedades milagrosas.

El espiritismo también nos trajo otra curiosa forma de sanación espiritual: son las canalizaciones. Hay sanadores que aseguran no tomar parte en las curaciones que llevan a cabo: dicen que quien realmente trata a sus pacientes es algún eminente doctor fallecido que se encarna en ellos cuando están en trance. Otros afirman que en ellos se encarnan fuerzas especiales del más allá o alguna que otra divinidad para curar a las gentes.

Luego tenemos a los afiliados al chamanismo, especialistas en relacionarse con los viejos espíritus de la Naturaleza, fuerzas ancestrales que también se dignan en curarnos. En muchas sectas se está volviendo a relacionarse con estos espíritus de la Naturaleza. Y los chamanes nos aseguran que el olvidarnos de aquellas deidades de andar por casa nos está saliendo muy caro: la degradación de nuestro planeta y nuestras modernas enfermedades ―dicen― es consecuencia de una falta de respeto por la Naturaleza. Y nos aconsejan recordar ese costumbrismo ancestral de no mover una piedra sin consultar al espíritu de la montaña, y de no manipular los ríos sin pedirle consejo al espíritu de las aguas. (No cabe duda de que nuestros ingenieros de obras públicas están siendo muy desconsiderados con ellos). ¿Cómo estará el espíritu del viento con tanta contaminación en el aire? ¿Y el de las plantas con tanta devastación de los recintos selváticos? ¿Y el de los animales salvajes? No es de extrañar que cuando, los pocos chamanes que nos quedan, nos traducen el sentir de los espíritus de la Naturaleza, nos comuniquen que están muy disgustados. Yo me lo pensaría antes de ponerme en sus manos, con lo enfadados que deben de estar con el hombre moderno, causante de todas sus desdichas, en vez de curarnos, igual tienen decidido acabar con nosotros para así salvar lo poco natural que queda en nuestro planeta.

Pero como todos somos libres de elegir sanadores, y sobre gustos no hay nada escrito, elijamos lo que elijamos, yo recomendaría hacerse un chequeo por profesionales de la medicina oficial de vez en cuando para observar si nuestra dolencia progresa hacia la curación o está empeorando. Normalmente, cuando uno se pone en manos de estas personas profesionales de la sanación, se nos aconseja que no nos apliquemos ningún otro remedio aparte de aquellos incluidos en su terapia, pues podríamos perturbar su proceso sanador. Esto hasta cierto punto es lógico, diferentes terapias pueden ser incompatibles. Pero lo que sí podemos hacer, sin perturbar en absoluto la sanación, es hacernos una revisión médica de la dolencia que estamos intentando curarnos. Sin embargo, aunque parezca extraño, esto no se suele hacer. Primero porque la persona que ha solicitado una sanación es porque ha perdido la confianza en la medicina oficial, y no se fía ni de que le miren el pulso; y, segundo, porque hacerse un chequeo significa que se duda de los resultados de la sanación, y eso puede suponer una merma en la fe necesaria para la curación milagrosa, y un insulto a las fuerzas divinas que le están intentando curar a uno. Hay muchas personas profesionales de la sanación que se ofenden si a sus pacientes se les ocurre hacerse un análisis de sangre o mirarse la tensión para ver como progresa la enfermedad de la que están intentado curarse. Si es éste nuestro caso, podemos hacernos la revisión médica a escondidas, como ya aconsejé en el capítulo del ayuno. Ya sea de una forma o de otra, la revisión no sólo me atrevo a aconsejarla sino que la considero obligada, sobre todo si nos estamos intentando curar de dolencias graves. Si la curación marcha bien, los resultados del chequeo nos lo confirmará, y, si estamos empeorando, también nos lo confirmará. Se puede pensar que no es tan necesaria la revisión médica como afirmo, pues, las personas notamos cuando nuestro organismo mejora o empeora. Esto es cierto, pero también es cierto que los profundos niveles de sugestión, que se nos pueden inducir en las sanaciones, nos pueden hacer pensar, e incluso sentir, que estamos mejorando, cuando en realidad estamos empeorando. Como ya comentamos cuando hablamos sobre los indicadores del rumbo, un argumento típico, de este tipo de sanaciones, es que previamente a toda curación se produce un empeoramiento. Esto sucede muy a menudo en estas curaciones, es como una crisis que se produce al iniciar la terapia, que incluso se interpreta como un síntoma de que el tratamiento está empezando a ser efectivo. Yo vuelvo a insistir en que abandonemos la sanación si el empeoramiento se alarga demasiado. Es muy corriente observar en el seno de sectas con cariz sanador ―que son la mayoría― a muchos de sus miembros asegurar que su proceso curativo espiritual va de maravilla, pues se encuentran cada día peor. Se dan todo tipo de explicaciones esotéricas al incremento de sus males. Incluso si el fanático

La consigna:
Mantener la Dignidad, la Fe, la Esperanza, el Respeto y el Honor. A traves de la Sabiduria, la Serenidad, la Sensibilidad y la Sencillez. regresar al Origen.

Los seres humanos son libres excepto cuando la humanidad los necesita.
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17-Oct-2009 09:06 PM
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Paseo por el interior de las secta
LAS MEDICINAS ALTERNATIVAS

Los sistemas de curación, que se encuadran en las llamadas medicinas alternativas, se encuentran entre la sanación y la medicina oficial; unas se aproximan a las técnicas curativas comentadas en los anteriores capítulos, y otras se acercan a la medicina oficial debido a la rigurosidad y seriedad de sus procedimientos curativos. Entre estas últimas se encuentran la acupuntura, la homeopatía y la osteopatía; incluidas en el cajón de sastre del naturismo por tratarse de métodos curativos llamados naturales, en los cuales también se incluyen otras diferentes terapias que utilizan elementos de la naturaleza, como son las famosas plantas medicinales, el agua, el barro, dietas vegetarianas, macrobióticas, el ayuno, etc.

Los médicos naturistas han tenido una gran aceptación en los últimos años. Pero sucede que en muchos de los países desarrollados no están regulados oficialmente, lo que propicia que cualquiera pueda colgarse un título de una especialidad sin apenas haberla estudiado, a pesar de que muchas de estas disciplinas terapéuticas necesiten ser estudiadas durante años, como si de unos estudios universitarios de medicina se tratara. Por lo tanto, nos podemos encontrar con doctores titulados en la misma especialidad pero con grados de estudio muy diferentes: mientras unos han conseguido su título a base de hincar los codos durante años, a otros se lo han podido dar en un par de cursillos. Para solventar este problema de diferencias, estas nuevas vías de medicina alternativa tienen sus propias titulaciones, donde queda bien claro el nivel de estudios del especialista. Pero, como estos niveles no son de dominio público, la persona que busca curación suele dejarse guiar por el título genérico de la disciplina sanadora sin prestar atención a estos detalles, por lo que es frecuente terminar en manos de un inexperto.

No olvidemos ser muy precavidos a la hora de elegir a un terapeuta de este tipo. No podemos dirigirnos a él con la misma confianza que cuando vamos a un médico oficial. Hay que esmerarse en leer la letra pequeña de todos los títulos que puede llegar a ostentar el sanador en la pared del despacho de donde pasa la consulta: conviene recordar que un solo título, que avale unos estudios de varios años, es mucho más valioso que un montón de títulos conseguidos en cursillos de fines de semana. Y si el terapeuta está doctorado en medicina, es médico oficial, mucho mejor; pues aunque esto no nos garantice que sea un buen profesional de la medicina alternativa que practique, al menos tendrá unos estudios universitarios que le habrán enseñado una ciencia valiosísima a la hora de jugar con nuestra salud.

A diferencia de cuándo el naturismo irrumpió en nuestra sociedad, en guerra con la medicina oficial, en la actualidad ya se están calmando un poco las aguas, e incluso se puede hablar en muchos casos de sabias alianzas para beneficio nuestro. La medicina tradicional tomó buena nota de las furibundas críticas que el naturismo hizo sobre ella hace unas pocas décadas, y una vez corregidos muchos de sus errores, incluso ha sido capaz de aliarse con su fiero enemigo, tomando de él lo más esencial de su filosofía naturista. Y, a su vez, el naturismo ha hecho otro tanto: envainada su espada pendenciera, está aprovechando los indudables conocimientos de la medicina científica para enriquecer su ideología naturista.

Hace treinta años, mi condición de persona enfermiza, me obligaba a recibir frecuentemente tratamientos de la medicina oficial. La frecuente ingestión de fármacos, de dietas erróneas y de intervenciones quirúrgicas, a la vez que me estaban curando de mis enfermedades, me generaban otras que mi debilitado organismo apenas podía soportar. La abundante administración de fármacos, en especial de antibióticos, estuvo a punto de acabar con mi vida.

Guiado por el instinto de supervivencia, acudí a las medicinas alternativas (incluido el yoga), que progresivamente terminaron por devolverme la salud. Entre sus consejos “naturales” me decían que huyera de la medicina oficial como si de la peste se tratara. Algo que no dudé en llevar a efecto, a pesar de que me creaba algunos problemas, porque cuando caía enfermo y necesitaba la baja laboral, tenía que acudir al médico de la Seguridad Social. Al final, durante los años que duró mi rehabilitación naturista, estuve acudiendo a la consulta médica oficial exclusivamente para recibir la baja laboral cuando la necesitaba; el tratamiento que me ponía el doctor no lo seguía, y las medicinas que me recetaba las tiraba a la basura. A la vez que seguía el tratamiento de médico naturista que me estuviera tratando en ese momento.

En la actualidad las cosas han cambiado notablemente, la medicina oficial ha corregido muchos de sus errores, de tal forma que hoy no dudo en acudir a mi médico de cabecera de la Sanidad Pública y seguir su consejo cuando tengo alguna dolencia, pues observo con alegría cómo me receta alguno de aquellos viejos consejos de nuestras abuelas, muy naturales, cuando no es necesario intoxicarse con medicación alguna.

Es de agradecer la influencia de naturismo que la medicina oficial ha permitido colarse en su vieja rigidez científica. A la vez que también es de agradecer la merma del fanatismo en las filas naturistas.

En los primeros años de guerra entre la medicina oficial del naturismo, innumerables pacientes fallecieron en manos de naturistas que podrían haber sido curados por la medicina oficial. Hoy es de agradecer a muchos médicos naturistas, que reconociendo sus limitaciones, no dudan en mandar a sus pacientes a quienes fueron sus viejos enemigos cuando observan que, por ejemplo, con una intervención quirúrgica se puede extirpar un cáncer que ellos difícilmente podrían curar.

Sin embargo, hemos de tener en cuenta que hoy todavía algunos naturistas continúan en pie de guerra contra la medicina oficial, por ello insisto en que nunca está de más hacerse de vez en cuando una revisión médica, por los especialistas de la sanidad pública, mientras nos estemos tratando con alguno de esos naturistas. No vaya a ser que acabemos siendo víctimas de una guerra que no va con nosotros.

Y a los partidarios de la medicina oficial no les vendría nada mal hacerse una revisión naturista de vez en cuando. La ciencia médica no es perfecta, y el naturismo nos puede dar una visión diferente de nuestros males que puede ayudarnos a remediarlos. Las revisiones naturistas son muy sencillas de hacer, no son complejas ni dolorosas como muchas de la medicina oficial, con estudiar el iris del paciente suele ser suficiente para dar un diagnostico del estado general.

No está nada mal contrastar pareceres de diversos profesionales respecto a nuestra salud. Cuanto más practiquemos una medicina preventiva mejor, ya sabemos que más vale prevenir que curar. Aunque esto nos exige el esfuerzo añadido de elegir una terapia u otra, algo que no sucedería si fuésemos a un solo médico o usáramos una sola medicina. No está nada mal tomar una responsabilidad más directa en el mantenimiento de nuestra salud. Es muy lamentable observar como ciertas personas responsabilizan de su salud a los médicos o a un tipo de medicina mientras ellos continúan sin abandonar los hábitos que les están produciendo las enfermedades. Tomar responsabilidad directa en nuestra curación, sobre todo si además hemos acudido a las medicinas alternativas y nos está costando dinero, nos obliga a tomar una parte más activa en el mantenimiento de nuestra salud, algo que es muy saludable.

Incluso los gobiernos de los diferentes países están empezando a ver con buena cara a las medicinas alternativas, pues están ayudando a desahogar sus cargados presupuestos de Sanidad Pública.

Ahora bien, conviene reseñar que ningún tipo de medicina es una panacea, a pesar de que muchas de las medicinas alternativas se anuncien como tal. No voy a negar que cuando me inicié en mis tratamientos por el naturismo creí haber descubierto un filón que me daría la salud para siempre, pero el paso de los años me está demostrando que nuestros males se pueden llegan a inmunizar ante los métodos terapéuticos que en el pasado nos curaron. Esto es algo semejante a lo que sucede cuando los virus o las bacterias se inmunizan ante los antibióticos que en otro tiempo consiguieron combatirlas. Por ello es conveniente tener siempre a mano otra medicina alternativa, otro método curativo, para no cesar en la lucha contra las enfermedades.

La razón por la cual algunas enfermedades se resisten a ser curadas quizás la encontremos en las profundidades de nuestra mente. La relación entre nuestros pensamientos y nuestro cuerpo cada vez está siendo más reconocida. Modernas investigaciones de la psicofísica están demostrando que muchas de las enfermedades son producidas por actitudes mentales. Me temo que si seguimos tratando la enfermedad solamente a un nivel físico no haremos otra cosa que desplazarla de un lugar a otro del cuerpo, o tendremos salud hoy pero nos faltará mañana. En el libro “La enfermedad como camino” tenemos un interesante estudio al respecto, con consejos para actuar ante las enfermedades.

Yo apuesto por estas modernas líneas de investigación que están descubriendo cómo en lo más profundo de nuestra mente inconsciente existen ciertos tipos de pensamientos que nos están robando la salud. La moderna psicología científica está demostrando que nuestra mente actúa de forma semejante a un ordenador. Digamos que las enfermedades estarían producidas por códigos o profundos programas dañinos para el sistema central que regula la salud del cuerpo. Ojalá pronto seamos capaces de solucionar los problemas de nuestra mente para poder beneficiar la salud de nuestro cuerpo. Seguro que los gobiernos estarían encantados de que así fuera. Pues las recetas de la Sanidad Social les saldrían muy baratas, ya que solamente se le recetaría al paciente pensar de forma diferente.



LA REENCARNACIÓN

Como acabamos de ver en los anteriores capítulos, cada creencia espiritual trata a las enfermedades a su manera: después de deducir en su sueño particular su origen, las presentan como si fueran cualquier otro elemento de sus realidades virtuales espirituales. Recordemos el concepto sobre el origen de las enfermedades que se tiene en las religiones derivadas de las enseñanzas bíblicas, donde se afirma que la enfermedad es consecuencia del pecado original de nuestros primeros padres.

Los creyentes en la reencarnación tampoco se quedan mancos a la hora de inventarse el porqué de las enfermedades. Nos dicen que son consecuencia de nuestro mal Karma, originado por la suma de nuestras malas acciones a lo largo de nuestras innumerables vidas, que nos las debimos pasar dándonos a la gran vida sin pensar demasiado en las consecuencias.

Y para alcanzar la salud, según nos dicen unas u otras creencias, hemos de sufrir alguna especie de expiación sanadora, pasando por una obligada práctica de la virtud, sanadora también. Así purgamos nuestros pecados, según las creencias bíblicas, y, por la gracia de dios, nos librarnos de las terribles consecuencias enfermizas del pecado original. Y, según la teoría de la reencarnación, con la práctica de las virtudes nos curamos de las consecuencias de nuestras malas vidas pasadas, compensando en ésta los excesos que realizamos en las otras. Así sanamos nuestro karma, reduciendo los números rojos de la deuda que tenemos con la vida, según ellos, claro está.

Mas nuestras enfermedades no solamente pueden ser consecuencia del karma según la teoría de la reencarnación, también pueden ser debidas a traumas heredados de otras vidas. Si está demostrado que los traumas de la infancia nos afectan a lo largo de nuestra vida, ¿cómo no nos iban a afectar los de las vidas pasadas?

Y, de la misma forma que el psicólogo se esfuerza por revivir los traumas de la infancia de sus pacientes para sanarlos, los psicoterapeutas de la reencarnación, a través de la hipnosis, se esfuerzan también por revivir los traumas de otras vidas de sus pacientes para sanarlos. Por supuesto que semejante terapia no es científica ni está aceptada oficialmente por la psicología, a pesar de que en algunos países se estudie en las universidades. Muchos psicólogos, profesionales de la hipnosis, creen que las regresiones a otras vidas son imaginaciones inducidas tanto por el paciente como por el psicoterapeuta.

Aun así, las regresiones a vidas pasadas se están haciendo muy populares, no sólo para efectuar sanaciones, sino como investigación de nuestro supuesto pasado prenatal. La teoría de la reencarnación ha dado respuestas, más o menos convincentes, a muchas de las preguntas sobre nuestra existencia. Pero también, como suele suceder, nos ha traído nuevas preguntas que somos incapaces de responder.

Yo, como tengo por costumbre, discrepo; y no creo que la teoría de la reencarnación nos muestre exactamente lo que realmente sucede con las almas de los mortales. La transmigración de las almas (al igual que el acabar en un cielo o en un infierno) no creo que sea otra cosa que producto de viejas realidades virtuales espirituales. Ya en civilizaciones antiguas se creía en la transmigración de las almas, sin ponerse muy de acuerdo en el lugar de dónde venimos, ni a dónde vamos, ni en qué nos reencarnamos después de la muerte cuando se asegura que volvemos a este mundo; pues unos dicen que nos vamos a mundos más sutiles, otros que pasamos a animales, o incluso a plantas. La teoría más aceptada actualmente es que nos volvemos a reencarnar en otras personas.

Como venimos deduciendo, las realidades virtuales espirituales escenifican profundas fuerzas de nuestro inconsciente colectivo. No son vanas fantasías sin justificación alguna, sino que nos muestran facetas de nuestras profundidades de diferentes formas, como si se tratara de diferentes tipos de sueños que nos muestran mensajes psicológicos semejantes. Cuando dormimos, nuestro subconsciente puede escenificarnos mediante sueños distintos una misma vivencia psicológica. Si somos capaces de descifrar su mensaje onírico, habremos obtenido un resultado eminentemente práctico de unos sueños. Las realidades virtuales espirituales, aunque sean muy diferentes entre sí, nos muestran semejantes aspectos de nuestras profundidades. Llegar a interpretar los mensajes que nos transmiten, intentar descifrar su sentido profundo es uno de los empeños de este estudio. La trasmigración de las almas que proclaman muchas creencias pone de manifiesto un anhelo intemporal del hombre, una soñada infinitud de nuestra existencia, un revelarse ancestral contra la fatalidad de la muerte. La infinitud temporal es reivindicada tan a menudo, y de tan diversas formas, en los caminos espirituales, que todo parece indicar que nos pertenece por derecho propio. En mi opinión, las creencias que proclaman nuestra naturaleza eterna, no lo hacen únicamente por huir del miedo a la muerte, por pretender zafarse de nuestro terrible final corporal, como muchas personas incrédulas en el más allá afirman. Son tan insistentes los sueños esotéricos de eternidad en los caminos espirituales, que no cabe duda de que algo muy importante nos están mostrando sobre nosotros, todavía desconocido. El ser humano no ha cesado nunca de imaginar, de soñar y de creerse, la eternidad de su vida de multitud de formas. Conocemos muchos sueños de eternidad, pero no conocemos nuestra realidad eterna. En las realidades virtuales espirituales nos encontramos con muy variadas escenificaciones de nuestra naturaleza profunda, creencias diversas con tal grado de contradicciones que nos resulta muy difícil descifrar la auténtica realidad que las origina. Pero, aun así, lo seguiremos intentando.

Podemos continuar nuestras investigaciones estudiando la influencia de las realidades virtuales espirituales en nuestra vida material. Ya sabemos que según sean tratadas por las fantasías esotéricas las fuerzas esenciales que las originan, se obtendrán de ellas unos u otros resultados prácticos, todo depende de la realidad virtual espiritual donde el creyente deposite su fe. Recordemos como el ejemplo más significativo a los milagros, muestras físicas indiscutibles para el creyente de que su fe está más que justificada.

La creencia en la reencarnación también produce resultados eminentemente prácticos: los efectos sanadores de las regresiones a otras vidas son indudables para el creyente en la reencarnación, y muy valiosos para comprender su vida actual: consecuencia de sus supuestas vidas anteriores. Estas terapias son semejantes al psicoanálisis de los sueños, con la diferencia de que el creyente en la reencarnación no considera sueños las visiones que obtiene de sus vidas anteriores.

No vamos a entrar en detalles sobre las particularidades de la reencarnación, existe abundante literatura sobre ello para todo aquel que desee introducirse en el hipotético pasado que nos brinda. En lo que sí vamos a centrarnos ―como tenemos por costumbre― es en los aspectos fraudulentos de está realidad virtual espiritual. Como en cualquier otra fantasía esotérica, la principal trampa en la que podemos caer es en creer en ella ciegamente, en no considerarla como lo que es: un sueño espiritual, una escenificación de nuestras fuerzas y circunstancias ocultas.

Cuando comencé a iniciarme en el conocimiento de está filosofía quedé fascinado por ella, pues nos ofrece ―como toda realidad virtual espiritual― una visión muy convincente de nuestro supuesto existir antes de nacer y después de morir. Todo parecía encajar, mi vida era resultado de mis otras vidas pasadas, en mis regresiones pude contemplarme en otras vidas, y encontré explicación para las circunstancias de mi vida actual. Tan fascinante me resultaba aquello que puse en marcha todo mi espíritu investigador. Era necesario afianzar lo descubierto con toda mi capacidad de indagación experimental, no porque lo pusiera en duda, sino porque mi mentalidad siempre me ha exigido una comprobación rigurosa del grado de ilusión o de realidad de lo descubierto.

Y bien es cierto que no es buena idea ponerse a investigar con cierto espíritu científico a las realidades virtuales espirituales cuando uno se encuentra a gusto en ellas, pues acaban desmoronándose como castillos de naipes. Siempre se le ha aconsejado al creyente que, si no quiere perder la fe, deje a un lado la razón ante los misterios de las verdades reveladas. Pero yo nunca pude evitarlo, y siempre fui de una realidad virtual a otra esperando que alguna de ellas dejara de ser virtual y fuera real; mas siempre, al final, acababa defraudado por el elevado grado de irrealidad de estas creaciones de la mente humana.

Cuando estudiemos los mensajes del más allá, base fundamental de las realidades virtuales espirituales, veremos que son inducidos por impulsos psicológicos no tan divinos ni tan reales como los considera el creyente en ellos. Y en el caso de las regresiones a otras vidas sucede otro tanto. Si el creyente en la reencarnación se empeña en demostrar que su anterior vida sucedió de cierta manera, no cabe duda que todas sus regresiones le hablarán de ella según él se la imagine. Pero si observa fríamente los mensajes que le llegan de su hipotético pasado prenatal, sin aferrarse a ellos ni pretender sellarlos como creencia indudable, empezará a observar que no son otra cosa que explicaciones que nuestra mente nos da para satisfacer nuestras ansias de explicarnos de dónde venimos y a dónde vamos, películas de vidas pasadas que no son otra cosa que sueños producidos por las circunstancias que vivimos en esta. Con esto quiero decir (y siento discrepar con los creyentes en la reencarnación) que ésta, nuestra vida presente, no es consecuencia de nuestras pasadas vidas, sino que nuestras vidas pasadas, que nos muestran las regresiones, son consecuencia de las circunstancias que vivimos en ésta. Llegar a esta conclusión es muy sencillo: solamente es necesario cambiar lo más posible las circunstancias de nuestra vida actual para observar cómo cambian los mensajes que nos puedan llegar de nuestras vidas pasadas.

Una buena forma de comprobarlo es cambiando de secta o religión de creyentes en la reencarnación, si es que ya estamos en alguno de estos grupos esotéricos; de esta forma veremos como no solamente son nuestras circunstancias individuales las que afectan a las películas que nos llegan de nuestras vidas pasadas, sino que también el grupo cultural al que pertenezcamos influencia sobre los mensajes de nuestro pasado remoto que nos puedan llegar; de la misma forma que, si nuestras regresiones son asistidas, también se verán influenciadas por la persona que nos esté ayudando.

Estas influencias, ya sean nuestras o de los demás, crean y recrean nuestras vidas pasadas. Creaciones al servicio, en muchas ocasiones, de los intereses, instintos y pasiones más miserables del hombre. Por lo tanto, llegados a este punto, hemos de poner otra señal de peligro en nuestro paseo por los caminos sectarios. La cultura de la reencarnación, como cualquier otra cultura religiosa o esotérica basada en una realidad virtual espiritual, puede convertirse en una peligrosa trampa, donde oscuros intereses de grupo o individuales se disfrazan de virtuosismos espirituales, engañando a los creyentes.

Veamos unos ejemplos prácticos: si se pertenece a un grupo de creyentes en la reencarnación, las noticias que nos lleguen sobre nuestras vidas pasadas, ya sea a través de nuestras propias regresiones o de los mensajes que nos transmitan los videntes del grupo, estarán influenciadas por las creencias espirituales del grupo, es decir: si en el grupo se practica algún tipo de chamanismo ―por ejemplo― sus miembros serán indios reencarnados de antiguas tribus, importantes brujos de otras épocas que han venido a esta vida para volver a reunirse y volver a intentar salvar al mundo, ya que se conoce que antes no lo consiguieron. Esto, como se podrá comprender, afianza más los lazos de hermandad sectarios, ata a sus miembros entre sí, pues se considerarán eternos compañeros de viaje en el tiempo siempre unidos a través de la Historia. Por lo tanto, la ideología de la reencarnación les ha venido como anillo a dedo a las sectas por lo que puede llegar a reforzar la unión entre sus miembros. Tampoco es infrecuente que se visualicen en sus regresiones lazos familiares entre ellos en otras vidas. Si me piden que levante acta de las personas que se han declarado familiares míos en otras vidas, no sería capaz de hacerlo debido a su elevado número. Claro está que si ahora alguien viene diciéndome que es un antiguo primo mío, que convivió conmigo allá por el medievo, y que le devuelva los maravedíes de oro que me prestó por aquella época, no puedo sino tomármelo a broma. Pero no es una broma. La persona novata en estas lides, o aquella que lleva años creyendo en la reencarnación sin realizar minuciosos análisis comparativos, se cree a pies juntillas todo lo que le dicen y todo lo que visualiza. Y es realmente impresionante recibir la noticia de que una persona, a la que no conoces de nada, haya sido tu padre en tu vida pasada, o tu madre o tu hermano o tu cónyuge; y a partir de ahí no es difícil imaginarse todo tipo de manipulaciones emocionales que se pueden realizar sobre quienes practican esta creencia.

Veamos otros ejemplos: Cuando no le caes muy bien a alguno de los miembros de este tipo de sectas, enseguida visualizará alguna faena que le hiciste en otra vida, y así tendrá un pretexto más que suficiente para desahogar su furia contra ti. Él dirá que se siente iracundo contigo por aquello que le hiciste en el siglo quince; pero la verdad es que esa historia no es otra cosa que un sueño de su mente, mejor dicho: una pesadilla, producto de sus oscuras pasiones.

Y, cuando la situación se produce a la inversa, no es menos molesta: Se te puede acercar una persona a la que le caes muy bien, pero a la que no conoces de nada, con intenciones de intimar contigo, con el pretexto de que en la pasada vida fuisteis familiares muy íntimos o incluso cónyuges. Claro, como esa visión la ha tenido él, o ella, siguiendo un método infalible, o le ha sido revelada por uno de los importantes videntes del grupo, uno no puede por menos que callarse. Lo malo es cuando esa persona, por haber sido tu cónyuge en otra vida, por ejemplo, se siente con el derecho de continuar siéndolo en ésta. Incluso te puede llegar a decir que fuisteis Romeo y Julieta, y se siente con pleno derecho a pedirte que continuéis vuestra vieja historia de amor que la Historia se empeñó en truncar. Si estas libre de compromiso, y esa persona te resulta agradable para vivir una aventura amorosa, adelante, no hay problema para vivir la fantasía, pero si tienes ya una pareja con la que no deseas romper, o la persona que te hace la proposición esotérico-sexual te cae gorda, la situación puede ser bastante embarazosa y molesta.

Esto parece un chiste, pero no lo es. Nos sorprenderíamos del elevado número de personas que se creen la reencarnación de Romeo o de Julieta.

Insisto en que estas creencias resultan muy impresionantes para quien se inicia en ellas, además de ser un método de seducción y de captación de adeptos. Es habitual que al recién llegado a la secta se le convenza de que es la reencarnación de alguien importante, con facultades extraordinarias, un histórico personaje relacionado con la vía espiritual que siga la secta. Si se practica el chamanismo indio americano, te pueden decir que eres Toro Sentado, porque te han visto, los videntes, en el pasado, en la estepa americana junto a Caballo Loco. Pero si la secta practica las creencias tibetanas, los videntes te verán en el siglo doce caminado por las heladas cumbres del Himalaya como algún importante lama. Y así podríamos continuar hasta el infinito. La persona a la que le comunican semejantes noticias, por un lado se siente sorprendida, pero por otro se siente halagada, engrandecida, seducida por la idea de ser alguien importante, pues rara vez se le dirá que es una reencarnación vulgar, ya que el hecho de estar en esa secta, formada por “elegidos”, justifica que sea una reencarnación importante destinada a continuar la obra que inició siglos atrás.

Muy a menudo, para descubrir este tipo de engaños, es necesario andar durante bastantes años por los caminos esotéricos, cambiar de grupos sectarios y no cesar de investigar al respecto. Tengamos en cuenta que la teoría de la reencarnación está basada en religiones orientalistas de gran prestigio, y existen abundantes escrituras antiguas y modernas destinadas a apoyar la veracidad de esta creencia. Incluso se estudia en universidades de países donde abundan los creyentes en la reencarnación, y donde se demuestra mediante minuciosos estudios la veracidad de esta teoría. Por nuestra parte solamente añadir, como ya venimos diciendo, que toda realidad virtual espiritual afecta muy directamente a nuestra realidad, y que en todos los casos es muy fácil encontrar señales en nuestro mundo de lo que creemos sucede en el otro.

Insisto en que la reencarnación no se trata de otra cosa que un sueño esotérico. Cuando ya uno se ha cansado de vivirlo, y se ha aburrido de creerse ser extraños personajes del pasado, entonces se despierta y se vuelve a ser la persona normal que siempre se ha sido en el presente.



EL DESTINO

A quienes creen en la reencarnación y en el karma no les cabe duda de cuáles son las fuerzas que dirigen nuestro destino: Las circunstancias de nuestro nacimiento, el haber nacido en una familia rica o pobre, viene impuesto por la severa ley del karma. Si has sido bueno en tu vida anterior nacerás rico, y si has sido malo, nacerás pobre. (Esto nos hace sospechar que está teoría fue una creación interesada de los ricos de la antigüedad oriental, pues según se deduce de ella son poco menos que santos).

Otras tendencias más modernas adscritas a la reencarnación están empezando a devolver la libertad al individuo, y aseguran que el hombre siempre es libre de elegir su destino, incluso antes de su nacimiento. Aseguran que antes de nacer elegimos lugar, país y padres donde reencarnarnos; siempre para beneficio de nuestra evolución espiritual, naturalmente, pues, según dicen, somos espíritus puros antes de ser carne mortal.

Yo no consigo imaginarme esta situación prenatal, me da la sensación de que les iba a resultar muy difícil a los ángeles, encargados de la distribución de las almas por los cuerpos de recién nacidos, atender a todas las demandas de los espíritus a la hora de escoger unas familias u otras; pues es de suponer que unas serán muy solicitadas, mientras a otras no las querrá nadie.

También hemos hablado de que nuestro destino puede estar escrito en las estrellas, sobre todo para aquellos que creen en la astrología.

Y no podemos olvidar que nuestro destino está sobre todo en manos de dios, dirigente supremo de la vida de todo creyente religioso. Aunque cuando dios tiene un representante en la tierra, un importante mediador suyo, ya sea un gurú o un sumo sacerdote, será en sus manos donde estará el destino de sus seguidores.

Vamos, que, después de conocer todo lo que puede influir en nuestro destino, resulta muy difícil saber porqué nacimos aquí o allá, o qué fuerzas son las que dirigen los pasos de nuestra vida y deciden el momento de nuestra muerte. Aunque para los creyentes eso es pan comido: según la realidad virtual espiritual en la que crean, su destino estará dirigido por unas fuerzas o por otras, por una divinidades o por otras, incluso por unos demonios o por otros. De tal forma que al creyente le queda muy poco de libertad para dirigir su futuro.

El ateo tiene más suerte al respecto, pues, aunque no se sienta totalmente libre para hacer con su vida lo que quiera, al menos no siente las limitaciones de los creyentes. Pero, aunque la persona religiosa tenga menos libertad, también le corroerán menos dudas respecto a su destino, pues si éste está en manos de dios, no tiene que preocuparse por nada: dios proveerá.

El elevado grado de sugestión que alcanzan los creyentes propicia que estén convencidos de que su destino está en manos de aquello que consideran influye directamente en sus vidas, ya sea un dios, una energía o un conglomerado de dioses y energías, o un gurú. Los bienes de la vida son concedidos por las deidades o fuerzas benefactoras de la realidad virtual espiritual en la que se crea, mientras que los males sufridos serán producidos por la ira de los dioses, por fuerzas oscuras o demonios malignos, o sencillamente se considerarán pruebas divinas.

Lo sorprendente de esta situación estriba en que cuando una persona se convierte en creyente de una realidad virtual espiritual, no sólo será a partir de entonces cuando las fuerzas, dioses o demonios incluidos en su nueva fe, influenciarán en su destino; sino que, además, la persona, al recordar toda su vida, reconocerá cómo esas nuevas entidades, o energías que acaba de conocer, estuvieron siempre presentes en su vida pasada, e incluso antes de nacer. Y lo más sorprendente todavía sucede cuando se pierde la fe en todo eso que se cree, y se vuelve a depositar la confianza en otra realidad virtual espiritual diferente. Entonces, todo en lo que se creía anteriormente pierde su poder sobre nosotros, y se vuelve a realizar el mismo proceso anterior, reconociendo que son nuevas fuerzas, nuevos dioses o demonios, los que ahora determinan nuestro futuro e influyeron en nuestro pasado. Claro está que si este proceso se repitiera varias veces más, uno empezaría a sospechar que su destino es más bien cosa suya que de otras cosas en las que uno quiera creer. Pero esto no es frecuente que suceda, ya que no es habitual cambiar muy a menudo en la vida de religión o de camino espiritual.

En los ámbitos más intelectuales, la psicología científica está empeñada en demostrarnos que actuamos como ordenadores y que nuestro destino responde a los programas de nuestra mente. Modernas tendencias de esoterismo psicológico ―sin base científica alguna, claro está― afirman que desde el momento en que nacemos, incluso ya desde el período de gestación, estamos siendo moldeados por las circunstancias que nos rodean, y programados por los pensamientos que recibimos de nuestro entorno. Estas hipótesis pretenden demostrar que ya tanto el feto como el bebé, aunque no sepan idioma alguno, ya nos entienden a la perfección. De hay que tengamos a infinidad de modernas mamás hablando con su bebé, incluso con el que todavía no ha nacido, enviándole pensamientos positivos para que su hijo acabe siendo una persona radiante, programada en positivo para ser feliz desde antes de su nacimiento.

No cabe duda de que estas modernas tendencias prometen. Solamente añadir al respecto por mi parte que el pensamiento positivo no es un pensar desnudo, ha de estar impregnado de sensaciones positivas. Con esto quiero decir que si un bebé está escuchando de su madre frases positivas mientras ella está sufriendo por una u otra causa, seguro que el bebé estará recibiendo con más claridad lo negativo del sufrimiento de su madre que lo positivo del mensaje de sus palabras.

Estas modernas tendencias que nos dicen que nuestro pensamiento moldea nuestro destino, forman una de las hipótesis más serias que explica porqué nos suceden las cosas. Desde las enfermedades, hasta cualquiera de las circunstancias que nos rodean, aseguran ser producidas por nuestros pensamientos más profundos. Lo problemático de esta creencia radica en saber cuáles son los pensamientos negativos y en cambiarlos por otros positivos. Yo he estado durante años realizando diferentes test para intentar descubrir los pensamientos que moldearon mi vida y la continúan moldeando, y una vez obtenidos los resultados de los test, iba sustituyendo los pensamientos negativos por sus opuestos positivos. Estuve hasta un mes trabajando en la desprogramación de cada pensamiento negativo importante, escribiendo a diario su opuesto positivo unas treinta o cuarenta veces para intentar cambiar esa especie de código negro que me estaba haciendo la puñeta durante toda mi vida, y realizando a la vez ejercicios de meditación y de respiración para integrar el cambio en la personalidad.

Vamos a poner un ejemplo típico: nuestros padres se pasaron toda nuestra niñez diciéndonos que somos niños malos, afirmación que durante toda nuestra vida se ha confirmado, pues no hemos podido evitar continuando haciendo trastadas ni aun siendo adultos. Una vez hallamos descubierto este código, habremos de crear el contrario e iniciar un largo proceso de desprogramación. Para anular el pensamiento negativo “ yo soy malo” habríamos de pensar muy a menudo y muy profundamente: “ yo soy bueno”, y, en teoría, nuestra vida habrá de cambiar en un sentido positivo. Pero solamente en teoría, pues si bien parece ser cierto que estos pensamientos dirigen nuestro destino como si fueran códigos de nuestro profundo ordenador personal, también es cierto que no es nada fácil cambiarlos.

No voy a negar que todo el trabajo psicológico que durante años realicé de esta forma no haya producido cambio alguno en mi vida. Cierto es que se produjeron notables cambios en las circunstancias que me rodeaban y sobre todo en mi comportamiento, siempre en un sentido positivo. Pero lo que damos en llamar negativo no cesa de manifestarse en mi vida de una forma o de otra. Es como si cuando limpiáramos una capa de nuestras profundidades apareciera la siguiente tan sucia como la anterior. La limpieza parece no terminarse nunca.

Nuestra forma de ser profunda y las circunstancias que rodean nuestra vida, si es cierto que se forman a través de un programa mental, este programa fue introducido en nuestra niñez en las profundas capas todavía vírgenes de nuestro cerebro y con una notable carga emocional. Es un programa base muy difícil de cambiar cuando se es una persona adulta, pues nuestra mente ya está formada y estructurada, y cualquier información que ahora le introduzcamos difícilmente penetrará hasta donde están esos pensamientos básicos. Los esfuerzos por cambiarlos puede interpretarlos nuestra mente como otros datos superficiales más a procesar, entre la tremenda cantidad de información que un adulto procesa durante cada día de su existencia.

Para solucionar este problema de profundización, muchas de estas nuevas psicoterapias esotéricas que se esfuerzan en desprogramar los pensamientos negativos, están haciendo uso de lo divino para meter los nuevos códigos en un ambiente devocional, sabiendo las propiedades de programación tan extraordinarias que los ambientes sagrados proporcionan, adecuados para creerse todo lo que haga falta y todo lo que se nos ponga por delante, en este caso: pensamientos positivos que deberán de cambiar nuestra vida.

Otras técnicas de desprogramación utilizan meditaciones al estilo Yoga para hacer penetrar los códigos positivos. Vamos, que se están haciendo esfuerzos extraordinarios para intentar ser un poco más felices. Y todo lo que se haga al respecto será poco, pues me temo que no sólo será necesario llegar a las profundidades individuales de cada persona, sino que habrá que alcanzar el inconsciente colectivo de nuestra especie, donde creo que residen códigos mentales que nos están fastidiando desde que existimos como raza humana.

Mientras tanto, hasta que demos con los todos los comandos del programa que dirige la vida humana, muchas personas continuarán echando mano de las artes adivinatorias para intentar saber que les depara el destino.



LAS ARTES ADIVINATORIAS

Desde los orígenes de la Historia el hombre no ha cesado de intentar adivinar lo que le deparaba el futuro. No había civilización antigua que no contara entre sus individuos con algún brujo o adivino, con alguna pitonisa, o con profetas o clarividentes que se dedicaran a predecir lo que se avecinaba. Y cuando ciertas religiones intransigentes alcanzaron un gran poder social, persiguieron y castigaron a los adivinos incluso con la muerte, solamente consiguieron que se continuase con las prácticas esotéricas de adivinación en la clandestinidad. La persistente curiosidad que el hombre siempre ha tenido por conocer el devenir de los acontecimientos, ha permitido que lleguen hasta nuestros días un gran número de rituales adivinatorios ancestrales. Actualmente, entre los más famosos, tenemos las cartas del tarot y la lectura de las manos. Otros que se usaron bastante hasta hace poco fueron la famosa bola de cristal y los mensajes de algún médium en trance a viejo estilo de la sacerdotisa del oráculo de Delfos.

Existen otras muchas formas de predecir el futuro que no nos vamos a detener ni en mencionar, pues no creo que tenga demasiada importancia el sistema que se siga para practicar la adivinación. Los soportes físicos sobre los que se realizan estas artes esotéricas, ya sean unas cartas o una bola de cristal, son un mero pretexto para llevarlas a cabo. La esencia del trabajo adivinatorio la lleva la persona que lo realiza, indistintamente del método que utilice.

Aclarar también que aunque estamos hablando de artes de la adivinación, en realidad no son tales, ya que si lo fueran habrían terminado hace mucho tiempo con los diferentes juegos de azar y loterías de todo el mundo, pues hubiese sido pan comido llevarse los primeros premios de estos juegos o sorteos a los profesionales de la adivinación si en realidad fueran adivinos.

Todavía no conocemos forma alguna de saber el futuro con precisión matemática. Podemos hacer cálculos de probabilidades para aproximarnos a dar en el clavo, pero sin lograr exactitud alguna. Algo que también sucede cuando se trata de adivinar el futuro de una persona o grupos de personas. Por todo lo que llevo observando por estos caminos de lo esotérico, he llegado a la conclusión de que estas predicciones las realiza el profesional de la adivinación ―indistintamente del método que utilice, repito― efectuando a un nivel inconsciente un cálculo de probabilidades de futuro. Digamos que a través de sus sentidos extrasensoriales observa hacia donde se dirige esa persona que le ha encargado le aclare su futuro, lee en la mente de su cliente las circunstancias más importantes que le rodean y las fuerzas y directrices que van a determinar su destino, y de esta forma predice su futuro; es como si la mente inconsciente del adivino se pusiera en contacto con la mente inconsciente de la persona que hace el encargo de la adivinación y obtuviera así sus conclusiones, reveladas a través de la lectura e interpretación del soporte físico que se utilice para la adivinación, ya sean unas cartas o una bola de cristal. Y cuando se trata de adivinar el devenir de un grupo o sociedad, el intuitivo inconsciente del futurólogo realiza ese cálculo de probabilidades observando el inconsciente colectivo de ese grupo o sociedad.

Por lo tanto, la función de la persona que práctica este tipo de adivinaciones es esencial, el nivel de su inteligencia intuitiva irá en proporción con sus éxitos, y las limitaciones de su conocimiento irán en proporción con sus fracasos. Esto hemos de tenerlo siempre en cuenta, incluso cuando nos encontremos ante complejos cálculos astrológicos. El ser humano es de una complejidad asombrosa, y todo este tipo de adivinaciones de su futuro no suelen incluir en sus cálculos de probabilidades a toda la gama de factores que el ser humano puede estar viviendo. Las predicciones se realizan en las dimensiones más comunes humanas, como son la económica, emocional, relaciones, salud, etc. Pero existen otras, como las derivadas de la espiritualidad, que se le escapan al adivino, pues es imposible que llegue a conocer en toda su vida las infinitas vivencias que puede experimentar el alma humana. Con esto quiero decir que habitualmente una predicción de futuro se realiza basándose en cálculos de probabilidades de magnitudes básicas conocidas de los seres humanos. Pero como todavía existe mucho por descubrir de nosotros, serán esas facetas desconocidas las que acaben haciendo fracasar la exactitud de las predicciones del más adivino entre los adivinos.

Los videntes del futuro más atrevidos, en su esfuerzo por perfeccionar el mapa de las magnitudes que influyen sobre el destino del ser humano, incluyen en sus cálculos de probabilidades a ciertas fuerzas ocultas del hombre que ellos han llegado a conocer bien a base de creer en ellas y de vivirlas; pero en vez de que sus predicciones se perfeccionen con su aportación esotérica, lo que suele suceder es que éstas acaban muy influenciadas por esas mismas propiedades ocultas que han desarrollado, lo que les lleva a cometer todavía errores mayores en sus predicciones de futuro. Esto es semejante a lo que sucede cuando las predicciones se realizan en el seno de las realidades virtuales espirituales, mundos imaginados donde sucede todo lo importante que le puede suceder al ser humano, para el creyente en ellos, naturalmente. Lo malo es que para quien no cree en ellos, su influencia es prácticamente nula e inservible para predecir su futuro.

Entre este tipo de vaticinios místicos sobre el destino que nos aguarda podríamos distinguir a los optimistas, que nos pronostican un futuro lleno de luz y de felicidad por la futura victoria de dios sobre las fuerzas de las tinieblas; y a los pesimistas, que serían los partidarios de los tradicionales vaticinios de las catástrofes apocalípticas. Este tipo de predicciones son las que más abundan en el seno de las sectas, entremezclándose muy a menudo los vaticinios optimistas con los pesimistas, mostrándonos un futuro medio feliz y medio trágico, donde las catástrofes se suceden a la vez que de ellas son salvados los elegidos y transportados a un mundo feliz.

En próximos capítulos nos centraremos más en el estudio de estas intentonas de predecir el futuro, e indagaremos en las fuerzas o intereses que influyen en las predicciones.



LOS PODERES SOBRENATURALES

No cabe duda de que un gran porcentaje de las personas, que frecuentan los ambientes esotéricos, lo hacen buscando desarrollar facultades extraordinarias, impulsados por unas ansias de notoriedad o por una ambición de poder. Estos instintos tan materiales es frecuente encontrarlos en los ambientes más espirituales. Es habitual que la persona sectaria, cuando recibe iniciaciones esotéricas y despierta su percepción extrasensorial, acabe creyéndose ser una persona renovada, diferente, con poderes extraordinarios, fuera de toda vulgaridad; aunque en realidad continúen siendo tan vulgar como antes. La situación es tan ridícula como pensar que ya somos un profesional de una carrera universitaria por el mero hecho de que nos han dado un título, sin que nos hayamos pasado varios años hincando los codos estudiando la profesión. Esto sucede a menudo en las sectas, sus miembros se convierten de la noche a la mañana (en ocasiones por la gracia de dios) en personas extraordinarias, reencarnaciones de personajes históricos, o en superdotados por el mero hecho de pertenecer a la secta. Los años de experiencia que toda especialización exige no son necesarios, pues, cuanto menos se sepa, más limpios estaremos de contaminación intelectual y más rápidamente alcanzaremos el extraordinario destino que nos espera. Lamentablemente, esto solamente sucederá en el seno de la realidad virtual a la que la secta esté afiliada, en su ensoñación particular, muy alejada de la realidad. Cuando un sectario hace gala de sus facultades extraordinarias en nuestro mundo, habitualmente hace el ridículo, pues en nuestro mundo no tenemos el mismo sistema de valores que tienen en el suyo, y no vemos sus portentos como los ven ellos.

Sin embargo, no se cesa de buscar facultades o poderes “reales” que impacten en nuestro mundo materialista, cosa que tienen bastante difícil los fanáticos del ocultismo espectacular, pues en nuestro mundo gobiernan en gran medida las ciencias, y a éstas es muy difícil engañarlas. Lo más extraordinario que alcanzan a hacer ciertos profesionales del ocultismo espectacular es a doblar cucharas, a imitar a los santones faquires, o ha realizar portentos circenses semejantes.

No vamos a negar que los hechos paranormales existen, la parapsicología los estudia y tipifica. Pero de ahí a que podamos controlarlos y podamos ejercer un poder continúo sobre los demás haciendo uso de ellos, eso es algo que por ahora sólo sucede en las películas.

La creencia de que los miembros de las sectas esotéricas poseen poderes sobrenaturales es algo que, mientras a los sectarios les enorgullece, a la mayoría de la gente les llena de temor. Amparado en el ocultismo, el sectario se engrandece ante los demás, más que por la evolución de su grandeza interior, por el miedo que los demás sentimos ante su mundo desconocido. Vuelvo a insistir en la necesidad de conocer al detalle todo lo que sucede en las sectas para que la información supere al miedo, y se vaya acercando a la normalidad la relación de las sectas con el resto de la sociedad.

Si bien es cierto que no se ha cesado nunca de intentar conseguir poderes sobre los demás, no creo que nunca se haya alcanzado éxito alguno excepto sobre personas muy influenciables. También he de reseñar que no tengo mucha información del resultado de estas intentonas porque nunca me interesé en ellas. Desde los comienzos de mis andares por estos mundos de lo oculto, fui advertido del peligro que suponía centrarme en desarrollar poderes paranormales para ejercerlos sobre los demás. Soy un amante de la libertad, y siempre tuve muy claro que según uno se comporta con los demás, así ellos se comportarán contigo; por consiguiente: si deseaba ser libre, tendría que respetar la libertad de los demás. Parece ser que estamos muy unidos en el fondo, y todo lo que hagamos al prójimo revierte en nosotros tarde o temprano. Los únicos beneficios que he buscado en la aplicación de mi saber esotérico han sido para mejorar mi salud y mi bienestar general, y considero que mis éxitos al respecto son muy parecidos a los que puede obtener cualquier persona con entusiasmo por mejorar su bienestar utilizando otros medios; por lo que nunca me pasó por la cabeza la habitual locura del fanático en estas lides de pregonar a los cuatro vientos sus descubrimientos sanalotodo. No voy a negar que siempre me fascinaron ciertos poderes sobrenaturales como pudieran ser los milagros o el elixir de la eterna juventud, asuntos que trataremos más adelante.

Por lo tanto, no puedo hablar por experiencia propia de experimentos de poder sobre los demás, no los conozco. No sé practicar ningún tipo de magia, ya sea blanca o negra, para influir en mi prójimo. Más, a pesar de mi inexperiencia, vamos a continuar analizando los poderes sobrenaturales, intentando descubrir las fuerzas psicológicas o espirituales que dan vida a poderosas realidades virtuales esotéricas.





MAGIA BLANCA Y MAGIA NEGRA

Se llama magia blanca a la que practican los magos del espectáculo, diestros en realizar trucos para aparentar que realizan portentos que en realidad no realizan. También se llama así a la magia realizada a través de poderes sobrenaturales que no perjudican a nadie, e incluso hace el bien, como en el caso de los milagros. Y la magia negra es aquella que, a pesar de utilizar también los poderes sobrenaturales para hacer el bien, muy a menudo perjudica a alguna persona o personas, animales o cosas, directa o indirectamente.

Estas tres formas de magia, a pesar de estar tipificadas, se entremezclan habitualmente. Los magos de espectáculo son los únicos que no hacen uso de los otros dos tipos de magia, sus actuaciones se resumen a engañar al público lo mejor posible, todos lo sabemos, y nos encanta que hagan bien su trabajo. Sin embargo, en los otros dos tipos de magia, se presume de que no tienen truco, y en muchas ocasiones lo tienen, a la vez que también se convierten muy a menudo en un espectáculo. Además, estos dos tipos de magia, blanca y negra, se entremezclan habitualmente aunque se anuncien que son de una sola clase. Por ejemplo, es frecuente observar en un mago o secta, que dice invocar exclusivamente a las fuerzas del bien, como manejan o son manejados por fuerzas del mal. Así como también nos encontramos con magia negra que hace uso de fuerzas del lado oscuro del ser humano para hacer el bien, aunque no sea bien vista popularmente en el mundo civilizado por el temor que despiertan sus rituales con connotaciones violentas u obscenas.

Jugar a buenos y malos, aunque lo hayamos hecho siempre, ya estamos empezando a ser mayorcitos para dejar de hacerlo. Los malos siempre tuvieron algo de buenos, y los buenos siempre tuvieron algo de malos. Si bien es cierto que la magia negra sacraliza los más bajos instintos y pasiones del hombre, también es cierto que sus practicantes no son tan negros como los pintan. Me da la impresión de que todavía nos queda mucho rechazo de aquél que se nos inculcó hace siglos hacia las brujas. Como también da la impresión de que los creyentes en las religiones blancas, dedicados a potenciar las virtudes del hombre, creen ciegamente que todo lo que sucede en su seno de su creencia esta inspirado por el bien divino, cuando en realidad, cometen en muchas ocasiones más barbaridades contra las personas que los practicantes de magia negra.

En mi opinión, no está suficientemente clarificada esta diferenciación entre las magias que hacen uso de poderes sobrenaturales, de hecho creo que no existe tal tipificación. En la antigüedad no existía esta diferenciación de blanco y negro para los rituales y para las magias. Esto sucedió cuando creamos a los dioses omnipotentes, creadores de todas las cosas y supuestamente portadores del bien infinito, fue entonces cuando separamos el bien del mal, a dios del demonio. Así apareció una magia divina y otra demoníaca, una magia blanca y otra negra. Pero antes de que esto sucediera, en las civilizaciones antiguas el bien y el mal aparecían entremezclados frecuentemente, en ocasiones como dos caras de una misma moneda. Innumerables dioses convivían en una sana competencia, unos mejores que otros, unos más perversos que otros, unos más exigentes o más permisivos que otros. Y no era de extrañar encontrarse en un mismo altar a un dios benevolente junto a un malvado dios demoníaco, un dios de imagen llena de belleza y otro de aspecto terrible; cuando no era el mismo dios el que en unas ocasiones se mostraba monstruoso y en otras hermoso. Esto todavía podemos observarlo en las imágenes de antiguos templos que no han sido arrasados por la cristiandad o por el Islam. Todavía quedan cultos politeístas en Oriente y en algunos otros lugares de la Tierra donde no se impusieron ideologías religiosas totalitarias aniquiladoras de todo dios que fuera el suyo. Allí permanecen los dioses como siempre fueron, en convivencia unos con otros, como estaban en el Panteón romano antes de que los cristianos arrasaran todo tipo de idolatría, o como estaban en la Caaba antes de que Mahoma los expulsara de allí.

Es necesario comprender estas formas ancestrales de adoración para observar adecuadamente en nuestra evolución espiritual. Nuestros antepasados no tenían el concepto del bien y del mal como nosotros lo vivimos hoy en día, ellos vivían sus impulsos internos descarnadamente, con una sinceridad pasmosa. Los dioses que adoraban eran reflejo de esos impulsos y, por lo tanto, todo hay que decirlo, eran más lógicos que los dioses infinitos eternamente benéficos. Las filosofías o religiones que basan sus creencias en los dioses totalitarios tienen muchos más problemas para ser comprendidas por el pueblo que las religiones politeístas. Tanto es así que allí donde se impusieron las religiones totalitarias, el pueblo continuó adorando a sus viejos dioses en la clandestinidad, o disfrazados de santos, como en el caso de Sudamérica. Y en Europa, podemos observar como el pueblo llano adora a sus santos locales, como si fueran sus dioses antiguos. Esta forma de idolatría disimulada es un residuo de una forma de adoración ancestral, consentida por los poderes religiosos al no haber podido extirparla totalmente del pueblo.

En las diferentes realidades virtuales de las diferentes religiones cristianas se consintieron con una mayor o menor permisividad estas mezcolanzas religiosas, permitiéndose una adoración velada a los viejos dioses benéficos, ahora con nombre de santos. Pero con lo que nunca transigieron las huestes cristianas fue con los rituales de adoración a las deidades malignas (según el concepto cristiano del bien y del mal) o a aquellas que eran buenas en unas ocasiones y perversas en otras. El concepto del mal de las religiones derivadas de la hebrea, representado por el demonio, había sido arrojado a los infiernos desde el pecado original, y toda forma de adoración al mal debía de ser por obligación herética: es imposible concebir para un creyente en la Biblia que dios se pueda sentar al lado del demonio y recibir los mismos honores de adoración. Durante muchos siglos se persiguió brutalmente esta ancestral forma de idolatría, recordemos las terribles persecuciones obsesivas de la Inquisición. Las brujas eran quemadas vivas por practicar sus rituales de magia, que se empezó a llamar negra a pesar de que llevaba miles de años con tonalidades multicolores.

Mas aquello que pueda suceder en una determinada realidad virtual espiritual, en este caso en la bíblica, por mucho que se pretenda imponer por la fuerza, puede no corresponderse con lo que realmente está sucediendo en el interior del hombre. No se puede imponer un determinado sueño esotérico negando la validez de todos los demás que difieran de él. La mente humana seguirá soñando con todo aquello que represente su realidad aunque se nieguen por la fuerza ciertos aspectos del sueño. ¿Quién puede controlar por la fuerza a los sueños? ¿Quién puede decirnos lo que hemos de soñar? Es imposible controlar lo que la Humanidad sueña en forma de realidades virtuales espirituales. Y, sobre todo, es imposible reprimir un sueño repetitivo, porque todo sueño repetitivo nos está denunciando algo importante que está sucediendo en el interior de nuestra mente.

Por mucho que las religiones de origen hebreo expulsaran al mal de lo sagrado, en el mundo continuaba el mal ejerciendo su reinado como siempre lo hizo, y los pueblos que no se contaminaron de ideología bíblica continuaron adorándolo, como siempre lo habían hecho. El mal era escenificado en sus realidades virtuales espirituales, en sus sueños esotéricos particulares. Rituales de sacrificios de animales o de seres humanos, que a nosotros nos pueden resultar intolerables e incomprensibles, para estos pueblos eran una forma de adoración al mal, semejante a los rituales de adoración de los dioses del bien, pues en muchos casos el bien y el mal eran encarnados por un mismo dios.

Y en aquellos lugares de la Tierra donde la hegemonía cristiana se había implantado, apareció una forma nueva de adoración clandestina opuesta al ritual más significativo del nuevo régimen religioso, a la misa cristiana. Con la misa negra se devolvió su dimensión sagrada al mal que le había robado el cristianismo. La magia negra surgió como revolución contraria al sistema religioso dominante, en ella se adoran y se invocan esas fuerzas que, por mucho que intentamos desterrar de nuestra realidad, continúan existiendo en el mundo muy a pesar nuestro.

En Oriente, también existió la influencia casta y pacifista del budismo, que restó protagonismo al gran número de dioses del Olimpo hindú agresivos u obscenos.

La magia blanca es la que todos conocemos, en las escuelas nos enseñaron que la practicaban los santos de nuestro calendario. La magia negra es la gran desconocida, donde se adoran en rituales a deidades, fuerzas o entidades, de realidades virtuales creadas con esos impulsos internos de nuestro lado oscuro.

No he practicado ni he asistido a ninguna forma de ritual de magia negra. Como la mayoría de los ciudadanos occidentales mis preferencias espirituales han estado siempre teñidas de blanco. Pero esto no quita para que en este estudio sobre las sectas nos interesemos por el negro, más que por conocer las características de los rituales de magia negra ―hay abundantes libros al respecto―, por llegar a descubrir las fuerzas de nuestro lado oscuro que toman cuerpo en estos rituales.

Sigmund Freud también polarizó nuestros principales impulsos internos en dos tendencias principales que podrían corresponderse con la clasificación de las magias blanca y negra; estos impulsos él los llamó eros y tánatos, instinto de vida e instinto de muerte, impulso creador e impulso destructor. Una bipolaridad que podría explicar la diferenciación de las dos magias sino fuera porque son dos impulsos internos inseparables en la realidad de nuestro mundo: Toda pulsación de vida lleva, aunque sea en germen, programada su muerte; y toda pulsación de muerte lleva, aunque sea en germen, algún tipo de vida.

Nuestra civilización occidental se ha inclinado hacia la creatividad, obviando los impulsos destructores e incluso negando que sean innatos en el ser humano. Esta idealización “blanca” de la humanidad, por un lado nos está haciendo desarrollar la creatividad hasta limites insospechados, pero, por otro lado, estamos ignorando al mal como realidad humana, lo que nos está causando ir de sorpresa en sorpresa y de frustración en frustración cada vez que el mal se manifiesta en nuestra sociedad o en nuestras vidas.

No estaría nada mal empezar a interesarnos por llegar a conocer estas fuerzas de nuestro lado oscuro, ocultarlas o negar su existencia no sirve de ayuda para su erradicación. Con esto no quiero decir que ahora nos dediquemos a asistir a misas negras o a rituales de vudú. Las creencias en estas realidades virtuales espirituales, como en el caso de las de color blanco, no ayudan en mucho a conocer la realidad de los impulsos internos que las mueven, pues los disfrazan de tal manera que es muy difícil reconocerlos. La observación de todos esos rituales ha de ser imparcial y objetiva, sin fanatismos, centrándonos en descubrir las esencias que los provocan. Es un buen método para llegar a conocer nuestro lado oscuro.

Si observamos nuestra reacción ante un ritual sagrado inca o azteca donde se sacrificaba a un individuo como ofrenda a los dioses, no nos costará mucho descubrir nuestro rechazo ante semejante asesinato. No estamos acostumbrados ni educados para observar fríamente esos rituales sangrientos. Los sacrificios humanos eran algo bastante frecuente en la antigüedad, eran algo de dominio público. En la actualidad prácticamente han desaparecido, perseguidos por la ley han sido sustituidos por los sacrificios de animales. Nuestra censura y condena es absoluta y la vivimos de forma natural, sin ser muy conscientes de cómo hace unos cuantos cientos de años unos seres humanos vivían el asesinato como algo natural y sagrado. Calificamos de costumbres religiosas bárbaras y salvajes a esos rituales sangrientos, pero, en mi opinión, solamente eran manifestaciones naturales del instinto destructivo del hombre, encarnado en unos dioses iracundos sedientos de sangre y de muerte.

Puede pensarse que el hombre civilizado ha superado en su evolución estos instintos. Yo no estoy muy de acuerdo con ello. Las cárceles están llenas de asesinos, y si el asesinato no estuviera perseguido por la ley, sería el pan nuestro de cada día. Más adelante trataremos en este estudio con más detalle la violencia.

Aunque nosotros no creamos en esos dioses terroríficos, si algún ancestral creyente en ellos levantara la cabeza, se espantaría del caro tributo que en su opinión estamos pagando a sus dioses por no adorarlos. Tributo que se cobran en los sangrientos accidentes de tráfico o laborables, o en los asesinatos, masacres comparables con las producidas en las guerras o desastres naturales que ellos vivían. Casi seguro que nos comunicaría la necesidad de, según sus creencias, adorar sus terribles dioses para que no continuasen masacrando nuestra población. De esta forma ellos pensaban que calmaban la sed de sangre de las fuerzas del mal. Nosotros no lo creemos así, pero todavía no hemos encontrado la fórmula para evitar que el mal siga bebiendo nuestra sangre y se siga cobrando su tributo de víctimas aunque no hagamos ya sacrificios humanos.

Son esas fuerzas destructivas, instintos del lado oscuro humano, las que tienen cabida en la magia negra y mueven los hilos de sus dioses. Sin embargo, en la magia blanca se consideran instintos pecaminosos que debemos de reprimir. No cabe duda de que la magia blanca esta diseñada para facilitar la convivencia pacífica entre nosotros. Pero, insisto, aunque hallamos escogido el camino de la blancura espiritual, no debemos de olvidarnos de nuestro lado oscuro; zona sin luz de nuestro interior porque la hemos arrojado a las profundidades de nuest

La consigna:
Mantener la Dignidad, la Fe, la Esperanza, el Respeto y el Honor. A traves de la Sabiduria, la Serenidad, la Sensibilidad y la Sencillez. regresar al Origen.

Los seres humanos son libres excepto cuando la humanidad los necesita.
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17-Oct-2009 09:07 PM
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Paseo por el interior de las secta
LA PACÍFICA DEMOCRACIA

Ya hemos visto que tanto bajo influencias religiosas llenas de amor y de paz, o en regímenes sociales embriagados de pacifismo, el instinto de muerte, con su temible manifestación de la violencia, se manifiesta disimulado o justificado bajo los razonamientos más sorprendentes.

La llegada de la democracia a nuestra sociedad nos dio la esperanza de un cambio. Si en los sistemas democráticos somos los ciudadanos quienes, en teoría, tenemos el poder de elegir nuestros programas de gobierno; en teoría también podríamos prescindir de aquellas formas de gobernabilidad que en el pasado provocaron tanto derramamiento de sangre. Algo que estamos intentando cuando votamos en las urnas a formas de gobernar que creemos nos van a garantizar la paz. Pero, aunque cambiemos las formas de gobierno, el ser humano apenas cambia. El instinto de muerte no se encuentra en las formas de gobernar sino en los gobernantes y en los gobernados, es decir: en el ser humano. En cada ser humano. Un instinto tan oculto en nosotros, tan escondido en nuestras entrañas, que es necesario una dosis de sinceridad extraordinaria para reconocerlo. Modificar las circunstancias sociales no modifica el instinto, únicamente lo justificamos o lo disimulamos de otra manera, o sencillamente lo reprimimos.

Los grandes cambios sociales muy a menudo no son capaces de erradicar de la sociedad ni al sectarismo, el caldo de cultivo ideal para que los peores instintos campen a sus anchas justificados por ideales fanáticos. Desechar las creencias religiosas, del ámbito de gobernabilidad de las naciones, puede darnos la impresión de habernos librado de todos los males sectarios, de sus guerras santas, o de sus fanatismos que justifican la violencia; pero nada más lejos de la realidad. Baste recordar aquellos esperanzadores cambios políticos de izquierdas, en países que derrocaron a sus dioses oficialmente, donde se presumía de haberse librado de inútiles cultos, y se presentaban a sus nuevos gobernantes como liberadores de viejas y perniciosas costumbres; cuando en realidad, gran parte del pueblo, cambió sus hábitos devocionales por otros semejantes, cuasi religiosos, ya no dirigidos hacia los dioses inmateriales, sino enfocados en los nuevos flamantes gobernantes de izquierdas. De tal forma que los dioses tradicionales fueron sustituidos por los dioses del marxismo, y el fanatismo del pueblo pasó de los dioses a los gobernantes, y la violencia encontró salida en las ―casi santas― cruzadas de los ejércitos rojos.

El sectarismo, es un costumbrismo tan ancestral que resulta ridículo pensar que lo hemos erradicado totalmente de nuestra vida social con unas cuantas décadas de democracia. Ya hemos sugerido que nuestra civilización actúa como una secta dominante. Los gobiernos occidentales, a pesar de ser aconfesionales, tienen muchas pautas de comportamiento heredadas de los viejos regímenes religiosos. Los partidos políticos tienen a sus propios maestros espirituales ya muertos, visionarios de regímenes políticos presumiblemente mejores, a los que si no se adoran, sí que se veneran. Tienen incluso a sus santos mártires, a sus héroes que murieron por defender la patria o su causa ideológica. Hasta tienen a sus propios demonios contra quienes luchar, normalmente dirigentes de otros partidos. Y los escándalos de algunos de nuestros políticos son semejantes a los protagonizados por algunos de los gurús de desafortunadas sectas.

No proclamamos los occidentales que las leyes de nuestra democracia sean las leyes de dios, pero las anunciamos de forma parecida, las elevamos a los altares de la infalibilidad, como si fueran leyes divinas. Y a todo aquel que no cree en ellas, y actúa en consecuencia, no lo consideramos un hereje, pero sí un peligroso delincuente. No tenemos santos en la política, pero tenemos héroes, mártires por la patria en muchos casos, semejantes a los mártires por dios. No luchamos contra los infieles, pero sí castigamos a quienes no creen en nuestras casi divinas leyes y se las saltan a la torera. Nos creemos que la democracia es la sacrosanta religión absoluta, y todo disidente, en especial aquel que hace uso de la violencia, lo consideramos un peligrosísimo delincuente terrorista, sinónimo de demonio infernal. Y aunque no lo quemamos en la hoguera como hace siglos, lo encerramos de por vida, pensando que así somos más civilizados.

Tal y como sucede en las sectas, donde sus elevados valores morales son muy a menudo suplantados por fuerzas de nuestro lado oscuro, los más altos valores democráticos de nuestra sociedad no son en realidad los que nos gobiernan al cien por cien, por mucho que presumamos de ello. Si afinamos la atención, encontraremos en nuestra sociedad abundantes escándalos semejantes a aquellos que tanto nos escandalizan de las sectas. Fraudes de todo tipo, dirigentes corruptos, racismo, y, como no, la vieja ley de la selva. Porque ¿quién gobierna nuestra sociedad?, ¿nuestros más altos valores o el salvaje capitalismo, donde impera la ley del más fuerte? ¿Es la buena voluntad de nuestros políticos quien rige nuestra sociedad o es el poderoso caballero don dinero cabalgando sobre la bestia del materialismo?

No nos diferenciamos mucho de las sectas que tan a menudo gustamos de criticar. El oscuro instinto de muerte se nos cuela en nuestro modernismo como siempre lo ha hecho. Quizás el ejemplo más horrible lo tengamos en las masacres que protagonizamos todos los fines de semana en las carreteras. Miles de muertos anuales y cientos de inválidos de por vida, sin que nuestra flamante civilización pueda hacer nada por evitarlo. ¿No estaremos siendo tan complacientes con la muerte como aquellos antiguos que entregaban sus vidas a sus dioses en sus sacrificios humanos? ¿No estamos entregando cada fin de semana un horrible tributo en vidas a nuestro moderno y flamante dios del consumismo? ¿Porqué todavía nadie se atreve a calificar al automóvil de maquina asesina? ¿No será porque tras la industria automovilística se encuentra nuestro venerado y poderoso caballero don dinero? ¿Cuantas familias comen de la fabricación de coches, y cuantos medios de comunicación reciben un alto porcentaje de su publicidad? Al final, como siempre, es la ley de la selva, la ley del más fuerte la que se impone al sentido común. No sé como vamos a gobernar nuestra sociedad ante la presión de las grandes multinacionales, cada vez más poderosas. Inevitablemente nuestras conciencias son influenciadas por sus intereses, pues ellos compran a los medios de comunicación con su publicidad hasta el punto de hacernos ver y desear una maravilla tecnológica deslumbrante con cuatro ruedas, convertida en símbolo de prosperidad, de la que han borrado todo el rastro de sangre que contiene en potencia.

Sé que al decir todo esto me estoy jugando el tipo mucho más que cuando estoy criticando a las sectas. La ferocidad de las sectas es la de un corderito comparada con la ferocidad de nuestro capitalismo. Las sectas están mucho más acostumbradas a ser criticadas que nuestro sistema, a pesar de que presumimos de libertad de expresión. Pero, si no hablamos así, nunca vamos a reconocer las fuerzas que subyacen en nuestro lado oscuro y emergen disimuladas y consentidas en nuestra realidad. Siguiendo la línea de este libro, prefiero correr graves riesgos antes que continuar complacido en el engaño y en la mentira.

Es pasmosa la complacencia con que se aceptan las manifestaciones del instinto de muerte en nuestra sociedad sin llegar a reconocerlo. Para la mayoría de las personas no existe tal instinto en el hombre. Se cree que los niños vienen al mundo como seres angelicales, sin maldad alguna. Y, cuando un niño actúa con maldad, se le echa la culpa a los adultos que lo acompañan, insinuando que de alguna forma se la han contagiado. No se tiene conciencia de que un niño es una cría de la mayor bestia de la Tierra, del mayor depredador de nuestro planeta, del hombre. Hemos elegido ver en los niños el lado angelical en vez del lado demoníaco porque en la infancia predomina más el lado inocente y candoroso, porque además es el aspecto que más nos induce a mirar el instinto maternal o paternal, y porque ver los dos aspectos simultáneamente es casi imposible para nuestra mente. Podemos ver uno u otro en las personas, pero ver el mal y el bien simultáneamente en un ser es muy difícil para nuestro entendimiento, nuestra razón se revela ante esa visión. A un niño, como a un adulto, lo podemos ver bueno en ciertos momentos y malo en otros, pero ver en él las dos facetas a la vez es muy difícil. No tenemos explicación lógica alguna que nos ayude a comprender esta trágica dualidad que vive el ser humano. (En los capítulos finales intentaremos dar con un supuesto sobre nuestra realidad que nos ayude a entender las grandes contradicciones de nuestra naturaleza).

Los derechos del niño que se proclaman en nuestra civilización obvian el lado maligno de nuestros “inocentes angelitos”. Nos muestran a los niños como seres indefensos que han de ser tratados con sumo respeto, cuidado y amor. Nuestras leyes prohíben el uso del látigo, tan utilizado antiguamente contra nuestras criaturas. Todo un buen propósito de nuestra pacífica democracia. Pero, si estamos diciendo que un niño es una fiera en potencia, ¿qué probabilidades tiene un domador de cumplir con su misión de domesticar a la fiera, o de salir ileso, si le quitamos el látigo? ¿Quién es capaz de criar a un tigre como un manso gatito? La creencia de que la educación puede cambiar la esencia del ser humano nos va a llevar de sorpresa en sorpresa. Criar a las fieras humanas como a mansos gatitos nos está exponiendo a recibir una buena remesa de zarpazos. Nuestros candorosos angelitos, haciendo uso de la gran libertad que les hemos concedido, sin apenas represión de su violencia, liberan su maldad sorprendiendo a padres y a educadores, principales víctimas de un sistema de educación que los deja indefensos. El resurgir de la violencia juvenil es la consecuencia del cambio en la educación.

De todas formas, no hay problema, nuestro sistema tiene soluciones para todo, o para casi todo. Nuestro flamante sistema policial pacifista de guante blanco puede solucionar cualquier tipo de brote de violencia, aunque para ello sea necesario poner un policía en cada aula y en cada casa.

Y ahora cabe preguntarse si hemos avanzando algo, si es mejor el autoritarismo antiguo o que un chaval acabe en la cárcel por no haberle domesticado la bestia que lleva dentro. ¿Es más civilizado meter en la cárcel a un niño o utilizar sistemas educativos autoritarios?

No estoy abogando por volver al pasado, estoy intentando que veamos nuestra situación actual, el resultado de un experimento social en el que hemos invertido mucho esfuerzo. Nuestro nuevo sistema “pacifista” del control de la violencia es tan ineficaz y tan represivo ―en mi opinión― que el de hace un siglo. Si no vemos sus defectos, mal podremos intentar corregirlos.

Hace falta una visión general de la violencia. Las típicas soluciones pasan siempre por buscar culpables y castigarlos. Una comprensión global de la violencia en la sociedad es la única forma de empezar a realizar cambios importantes. Casi todos estaremos de acuerdo en que construir cárceles y más cárceles no es la solución.

Reconozco que no es fácil tener una visión global de la violencia. Y no es fácil porque esa visión no admite el contraataque. Me explico: La violencia, en todo ser vivo empuja para manifestarse, y en el caso del ser humano necesita en la mayoría de los casos una justificación. Y la mejor justificación para agredir es hacerlo en defensa propia. Un ataque justifica la venganza: el contraataque. Sufrimos accidentes muy a menudo, pero nuestra visión de ellos no nos hace sentirnos agredidos, por lo cual las muertes por accidentes se asumen con cierta tranquilidad comparado con los homicidios. Si embargo, un asesinato, causa un gran revuelo social, una gran afluencia de energía violenta alimentada por la rabia de la comunidad, por el contraataque que exige venganza a través de nuestra flamante justicia. Una visión de la violencia global no vería un asesinato como un crimen cometido por un homicida, lo veríamos como un accidente. Pero esta visión no nos permitiría sacar rabia a raudales, por eso elegimos indignarnos, ver culpables, porque es de las pocas válvulas de escape de la violencia que nuestro sistema de valores nos permite.

Si conseguimos ver la violencia que alberga nuestra pacífica democracia, podremos comprender mejor la que pueden vivir otros sistemas de gobiernos o de agrupaciones, incluidas las sectas; podremos sentirnos todos en el mismo barco, donde no existen culpables sino victimas de la vida, tan llena de violencia y de muerte.





TERRORISMO POLÍTICO

Siempre ha sido habitual que todo imperio tenga que combatir contra sus bárbaros terroristas particulares. Y, como venimos diciendo, ―sin ánimo de asustar a nadie― la caída de todos los imperios ha sido propiciada por el ímpetu de esos bárbaros. Ahora bien, en cuanto los bárbaros derrotaban al imperio, y empezaban a gobernar y a escribir ellos la Historia, se convertían de la noche a la mañana en los grandes héroes históricos de las nuevas naciones, a las que levantaban de las ruinas que ellos mismos habían causado. Naciones a las que les volvían a crecer nuevos grupos de bárbaros terroristas disconformes con el nuevo sistema de gobierno, y vuelta a empezar.

Son los juegos de guerra que llevamos jugando desde hace milenios. La violencia no ha cesado de manifestarse en nuestra Historia tanto en el comportamiento individual como colectivo. La agresividad siempre ha sido considerada como un medio válido para conseguir cambios políticos. Pero, en la actualidad, nuestros viejos juegos de guerra se han visto perturbados por el desarrollo científico. Las ciencias han mejorado la capacidad destructiva de los armamentos, el control de las masas y el bienestar de los ciudadanos, especialmente en las sociedades civilizadas. Tres aportaciones tecnológicas que han cambiado notablemente las características de la violencia política.

La elevada capacidad destructiva de las armas atómicas ha conseguido que se tema como nunca se han temido a los conflictos bélicos. El miedo al holocausto nuclear, no deseado por nadie, ha detenido las grandes guerras mundiales. Sin embargo, las pequeñas guerras, las viejas guerrillas, contra las que no se puede usar el poder atómico ―porque sería como pretender matar hormigas a cañonazos―, continúan igual que siempre; aunque también han sufrido notables modificaciones causadas por el desarrollo tecnológico. Los grupos de guerrilleros están compuestos ―como siempre lo estuvieron― por sectas de cariz político, con connotaciones religiosas muy frecuentemente, en lucha contra el poder dominante; pero, en la actualidad, la moderna tecnología ha aumentado considerablemente su capacidad de atacar, de tal forma que pueden conseguir una enorme capacidad destructiva con un pequeño número de guerrilleros. El desarrollo científico favorece de esta forma al terrorista, pero, como los gobiernos de las diferentes naciones no son mancos, también usan los avances científicos para combatir a las guerrillas.

Ya el progreso tecnológico de una nación puede favorecer de tal forma el bienestar de los ciudadanos que muy pocas personas son capaces de dejarse convencer por ideales revolucionarios. Las grandes revoluciones sociales fueron estimuladas por las penalidades y el hambre que padecía el pueblo. El estado del bienestar de los países desarrollados da muy poco margen para que un ciudadano se juegue la vida por un cambio político. Pero, aún así, existen descontentos dispuestos a entrar en los viejos juegos de guerrillas. Las luchas por el control del territorio o por las riquezas son las causas más frecuentes por las que combaten los guerrilleros terroristas.

Pero, la mayor arma que la tecnología pone a disposición de los gobiernos, en contra de los revolucionarios, es el control de las masas mediante la manipulación de los medios de comunicación. Raro es el país que en sus medios de comunicación trata a los terroristas, que le ha tocado en suerte padecer, como a los de otros países. La objetividad informativa se nubla por el furor del contraataque contra quien ha atacado primero. Los gobiernos se esmeran en primer lugar por ocultar en los informativos los valores por los que luchan los terroristas que atentan contra su sistema de gobierno, y, en segundo lugar, los presentan al pueblo no como revolucionarios, sino como peligrosos delincuentes de los que hay que huir como del diablo; de esta forma se intenta posicionar a la mayoría de la población en contra del movimiento revolucionario. Sin embargo, cuando se habla en los medios de comunicación de otros grupos terroristas que atentan contra otros países, no se tiene dificultades paras calificarlos de guerrilleros revolucionarios.

Espero que todo lo que vamos estudiando en este libro sobre las sectas, y todo lo que nos queda por estudiar, nos ayude también a entender el fenómeno del terrorismo político. Ya hemos comentado que nuestra sociedad actúa como una secta dominante, y que desde la visión subjetiva de una secta es muy difícil comprender al resto de las sectas, especialmente si nos están agrediendo. Pero nuestra evolución cultural ―si no es frenada por intereses de baja cultura― tarde o temprano tendrá que alcanzar a entender a las sectas que no piensan como nosotros, incluso a aquellas que nos están agrediendo.

No cabe duda de que nuestro futuro es muy emocionante. El desarrollo científico ha revolucionado los métodos de combate de las viejas guerrillas, aunque los impulsos esenciales del terrorismo político sean los de siempre. Los terroristas ideológicos que nos están amargando la vida están imitando el modelo mítico del héroe. Están cumpliendo con un ritual revolucionario que nunca ha cesado de manifestarse en nuestro mundo. Y nuestro interés por erradicar el terrorismo es el mismo interés que todo imperio del pasado tuvo por mantener su hegemonía mundial.

Tanta indignación y sorpresa por los atentados terroristas da la sensación de que se nos ha enseñado en las escuelas una Historia descafeinada e interesada. Si hubiéramos aprendido bien nuestro pasado histórico no nos sorprenderíamos de lo que nos está deparando el presente.

No es mi intención hacer apología del terrorismo, ni justificarlo. Sencillamente estoy intentando comprenderlo, siguiendo en la línea principal de este libro. Es necesario clarificar aspectos habitualmente nublados por la subjetividad de las pasiones con las que nuestra sociedad afronta los problemas que nos crean las sectas, en especial las terroristas. Y quizás ni aun así podamos solucionar el problema del terrorismo, pero al menos seremos más conscientes de lo que está sucediendo y de lo que estamos haciendo.

Para comprender el terrorismo sectario es necesario primero comprender nuestras reacciones ante él. No creo que sea una visión objetiva el considerar a los terroristas la peor lacra de la sociedad, asesinos natos y delincuentes comunes, sin ninguna ideología; cuando ellos, apoyándose en nuestros propios patrones históricos, se están considerando los valientes héroes liberadores de nuestro tiempo, santos en muchos casos. No es serio considerar héroes del pasado a los terroristas que ensalzan nuestros libros de Historia, porque lucharon contra imperios presumiblemente opresores, y a los actuales terroristas, que están siguiendo las mismas pautas de comportamiento, considerarlos despreciables delincuentes. Se nos nota demasiado que somos nosotros los que estamos escribiendo la Historia.

Un acercamiento de posturas es necesario para acallar el diálogo de sordos. Si un gran número de países occidentales, haciendo un alarde de pacifismo, están siendo capaces de no llevar a la horca ni a la guillotina a todo revolucionario que atenta violentamente contra su poder, también pueden ser capaces de intentar comprenderlos, al menos un poco. Una visión global de la violencia y de sus típicas justificaciones nos ayudaría a ello. El tremendo distanciamiento en las posturas ideológicas, y la terquedad de sostenerlas invariables, solamente consigue mantener en pie de guerra al terrorismo. Es necesaria una visión global y profunda del problema. La persecución, captura y condena de los activistas y de los líderes terroristas políticos, no es la solución definitiva. Hemos de tener en cuenta que esas personas suelen estar apoyadas por parte de la población, son representantes de grupos humanos.

Cuando el terrorismo político afecta a un país, no está nada mal que dirigentes de otros países ayuden a negociar la paz, pues su falta de apasionamiento puede ayudar a comprender y a solucionar el conflicto. Es ridículo observar como dirigentes de ciertas naciones se prestan a negociar la paz con terroristas revolucionarios de otros países, y son incapaces de permitir que otros diplomáticos de otros estados les ayuden a negociar una paz con los terroristas de su propio país. Es muy difícil ser objetivo cuando se está metido en una guerra. Por esta razón, alguien venido de fuera, ajeno al conflicto, puede tener una visión más objetiva y ayudar a calmar los brotes de violencia de ambos bandos. Cuesta reconocer a la violencia y al instinto de muerte disfrazados de heroísmo, de amor patrio, o de defensa propia cuando se está en guerra. Es muy difícil que cada una de las partes en el conflicto asuma su responsabilidad. La culpa siempre la tiene el contrincante.

Aunque no me cabe ninguna duda de que lo expuesto en este capítulo no les sorprenderá a los políticos más intransigentes con el terrorismo. Seguro que ellos son capaces de comprender muy bien a los terroristas e incluso de acceder a sus exigencias. Pero si lo hacen, si un gobierno no es implacable con el terrorismo, se expone a que le crezcan los grupos terroristas como setas en el bosque.

Nuestra flamante democracia, erigida como bandera de paz, da para justificar muchas guerras. A pesar de los indudables beneficios que la democracia aporta sobre otras formas de gobernabilidad, no es una forma de gobierno perfecta, garantía de paz. Las inamovibles fronteras de los países democráticos ―por ejemplo― son resultado de viejas guerras, líneas imaginarias que se trazaron con sangre, a base de contiendas bélicas, de terrorismo oficial; y siempre ha habido grupos sociales de revolucionarios, disconformes con ellas, dispuestos a cambiarlas iniciando su guerra particular. Pensar que todo el mundo tiene que estar contento con esas líneas imaginarias, habitualmente innegociables, es una vana ilusión. Grupos de violentos independentistas luchan por conquistar o reconquistar un territorio que consideran suyo en muchos países del mundo. Y otro tanto podríamos decir sobre la distribución de la riqueza. La globalización de la economía está condensando las riquezas mundiales en manos de unos pocos, una situación que puede ser utilizada como pretexto para iniciar revoluciones.

Y no olvidemos tampoco el recuerdo histórico como motivo de lucha, muchas de las actividades terroristas se apoyan en parte de la población que mantiene el odio en su sangre porque sufrieron masacres en pasadas guerras. Perdedores de viejas contiendas bélicas, que nunca se dieron por vencidos, utilizan las guerrillas para llevar a cabo su contraataque; manteniendo viva la lucha armada de una guerra que el resto de la población ya ha olvidado.

Justificaciones y justificaciones para dar paso al poderoso instinto violento, al fin y al cabo el arma más poderosa que los terroristas siempre tuvieron a su favor. Implacable instinto que subyace tras toda guerra, impulso irracional al que gustamos tanto justificar los seres humanos cuando estamos en guerra, a pesar de lo irracional de toda guerra.

Si el terrorismo tiene muy difícil solución es porque está fomentado por el poderoso instinto violento. Fuerza que ha movido el mundo, y puede que lo continúe moviendo por mucho que pretendamos impedirlo. Ya sea por reivindicaciones políticas, económicas, territoriales, o sencillamente legislativas, todavía continúa fascinando la revolución armada contra el imperio. Muchos de nuestros jóvenes necesitan muy pocos argumentos para liberar su reprimida agresividad, una pequeña causa reivindicativa puede ser suficiente para hacerlos vestirse de héroes y atacar a la paz social. Es un viejo costumbrismo que los jóvenes encarnen la violencia revolucionaria de los pueblos. Y en estos tiempos de pacifismo, al quedar su violencia instintiva sin justificación, se puede aliar muy fácilmente con cualquier objetivo revolucionario. Apostaría que un alto porcentaje del apoyo social que ostentan algunos grupos terroristas, en los países desarrollados, no es debido principalmente a las razones que esgrimen para matar, sino provocado por el viejo impulso instintivo de atacar al poder en el gobierno. Se trata del mismo instinto animal que propicia el ataque, de los animales jóvenes de una manada, al macho dominante para arrebatarle el poder.

Los instintos continúan siendo fuerzas incontroladas a pesar de todos los esfuerzos que los hombres estamos haciendo por controlarlos. Espero que, en estos últimos cinco capítulos, haya conseguido mostrar cómo el poderoso y camaleónico instinto de muerte anda suelto por nuestra moderna sociedad tal y como siempre anduvo por el mundo. La visión de su fantasma por nuestra casa puede que nos ayude a comprender su permanencia en casa ajena. Sabiendo ya que no es habitante de casa alguna en particular, sino huésped del ser humano, instinto del hombre, de la vida.

Vamos a continuar la inmersión en nuestras entrañas, visitando otras casas llenas de amor, de religiosidad y de paz, donde ―como en cualquier lugar― el terrible instinto de muerte hace su aparición de las formas más sorprendentes, incluso cuanto más se quiere evitar. No sé si seremos capaces de llegar al fondo, pero si conseguimos iluminar nuestro lado oscuro un poco más, yo me daré por satisfecho.





MENSAJES DEL MÁS ALLÁ

Ya hemos hablado de cómo la atmósfera sagrada puede crear realidades virtuales espirituales repletas de personajes; pero de lo que no hemos hablado todavía es de que esos personajes son capaces de comunicarse con nosotros de diversas formas. Entre ellas merece la pena destacar a los comunicados recibidos a través de los médium, personas especialmente sensibles que ceden su cuerpo y su mente temporalmente al personaje espiritual que se comunica con ellos. La escritura automática es otra forma de recibir mensajes relativamente moderna (recordemos que hasta hace poco el analfabetismo estaba muy extendido entre la población). Y las voces del más allá que suenan en la mente de quien las escucha es la forma más directa de oír lo que nos dicen quienes no son humanos. Existen otras muchas formas de comunicación, pero no vamos a entretenernos en hablar de ellas, pues hay suficiente documentación al respecto en la literatura esotérica.

Vamos a centrarnos en el fenómeno en sí y en su extraordinaria importancia por la credibilidad que aporta a las realidades virtuales espirituales y a todos los personajes que las pueblan. Los mundos etéreos no hubieran sido ni serían tan reales, para los creyentes en ellos, si no hubiera existido este fenómeno paranormal de comunicación entre el mundo físico y los mundos espirituales. La existencia de las entidades espirituales podría ponerse en duda debido a su intangibilidad física, pero, cuando nos hablan “inteligentemente” desde el más allá, cuesta dudar de su existencia.

La tremenda importancia de estas revelaciones se demuestra en el hecho de que las escrituras sagradas de las grandes religiones están formadas en su mayor parte por “verdades reveladas”. Las grandes creencias forjaron sus cimientos sobre los mensajes que del otro mundo recibieron sus fundadores, textos venidos del cielo, impresos muy a menudo con letras de oro en los libros sagrados, adorados por aquellos que los creen verdaderos.

Pero esto no sucedió porque aquellas comunicaciones fueran realmente extraordinarias, ya que la recepción de mensajes del más allá siempre fue algo bastante vulgar y frecuente. No nos podemos hacer ni idea de los millones y millones de mensajes que se han recibido del más allá durante toda la Historia de nuestra Humanidad. Probablemente, desde que el hombre es hombre no ha cesado de recibir estos mensajes, y los continúa recibiendo, claro está; y no en pequeñas cantidades. No creo equivocarme si afirmo que, a un nivel planetario, se están recibiendo miles y miles de mensajes diarios de otros mundos que no son el nuestro.

Desde la antigüedad, los dioses han hablado a los hombres. Era habitual en los templos antiguos comunicarse con la deidad adorada en el templo, unas veces el creyente oía directamente la voz del más allá y otras veces el comunicado se hacía a través de un médium que el templo tenía siempre dispuesto para transmitir los mensajes de un mundo al otro. Y en otras ocasiones el mensaje se recibía en cualquier momento del día y en cualquier lugar. La recepción de mensajes del más allá era algo habitual en el mundo antiguo. En la Odisea y en la Iliada tenemos multitud de ejemplos de cómo los dioses se comunicaban con los humanos y eran parte de la vida cotidiana de los mortales elegidos para charlar con ellos. Seguro que si los dioses del Olimpo griego no fueran dioses muertos, olvidados por el pueblo, seguirían hablando por los codos.

Las sectas religiosas, en sus rituales comunitarios, se ponían en contacto con sus entidades espirituales, fueran del color que fueran, sin ningún problema y con toda la naturalidad del mundo. Así se vivían en directo las retransmisiones de los cielos o de los infiernos. Pero con la llegada de la escritura las cosas empezaron a cambiar. Las religiones que empezaron a escribir la voluntad de sus dioses comenzaron a subir como la espuma. La magia de la palabra del dios escrita fascinó al pueblo, (en especial al pueblo analfabeto). Las escrituras sagradas dieron un poder mágico a quienes las poseían. Nunca se había vivido nada igual, era como poseer en conserva la divina voluntad de los dioses. Para el hombre antiguo tuvo que ser toda una revolución espiritual. Y todas las religiones optaron por tener sus libros sagrados.

Pero esa revolución religiosa, basada en la escritura venida del más allá, creo nuevos problemas, porque, como ya se pueden imaginar ustedes, los diferentes dioses no se ponían de acuerdo para enviarnos mensajes que al menos no fueran contradictorios. Entonces se desentabló una feroz competencia por convencerse, y por intentar convencer a los demás, de que los textos sagrados escritos por los seguidores de cada religión o secta eran los verdaderos, dictados por el único dios verdadero.

Este feroz combate no se llevó a cabo en las dimensiones espirituales, fueron los sacerdotes con espada en mano, o aliándose con los poderes políticos o militares, los que lucharon entre sí llevando al campo de batalla sus discusiones religiosas. Y los ganadores en cada zona del planeta impusieron al pueblo la fe en sus escrituras sagradas, divinas e intocables. Instaurando un gobierno donde reinaban sus libros sagrados particulares, escrituras que terminaban dirigiendo las vidas de sus ciudadanos.

Mas esta tranquilidad impuesta solía durar poco tiempo, pues casi siempre surgía otro problema: los mensajes del más allá se seguían recibiendo, y, aunque los enviase un mismo dios, muy a menudo contradecía a las antiguas escrituras de antiguos mensajes suyos ya sacralizados. Entonces, en especial en Occidente, se realizó una caza de brujas, y todo aquel que tenia la desgracia de haber sido elegido por dios para hablar con él, terminaban acusándole de endemoniado, sobre todo si al ser supremo, en sus retransmisiones al creyente elegido, se le ocurría rebatir alguno de los dogmas de fe de la religión en el poder, entonces el pobre creyente acababa en la hoguera junto a las brujas que gustaban de hablarse con el diablo.

Los efectos de esta brutal represión fueron devastadores para nuestra condición natural de recepción de los mensajes del más allá. La castración de esta facultad humana dura hasta nuestros días. Hemos olvidado nuestra habilidad para comunicarnos con los dioses. Si una persona oye voces en su interior acude al médico para evitar que la encierren en un psiquiátrico y para que le solucione un problema que en otros tiempos no era sino una virtud de elegidos.

Sin embargo, la libertad religiosa y la proliferación de sectas está produciendo una vuelta a la “normalidad”. Las escuchas del más allá están proliferando de forma espectacular en las últimas décadas. Pero estas escuchas hoy en día no se viven con la ancestral naturalidad que las vivía el hombre antiguo. Al haber olvidado nuestra condición natural de escuchas esotéricos, ahora lo consideramos un fenómeno extraordinario, único en cada circunstancia, nuevo y fascinante. Y las sectas, como no, se están aprovechando de esta nueva situación espiritual, de esta nueva época de cambios, volviendo a dejar constancia escrita de los mensajes recibidos por sus mensajeros particulares, presentándolos como la escritura más importante y más sagrada entre las demás escrituras del resto de las sectas y de las religiones oficiales.

Podemos dar gracias a que el pacifismo reinante en nuestra sociedad occidental ―y el sistema policial, todo hay que decirlo― no permite que se vuelva a dirimir el liderazgo sectario a base de luchas sangrientas, en defensa de las verdades reveladas que en cada secta se reciben. Toda bendita organización religiosa, elegida por dios para recibir sus buenas nuevas, está condenada a convivir con las demás que también están recibiendo sus buenas nuevas, habitualmente diferentes.

Esta “sana” y obligada competencia está produciendo ciertos hábitos de mercadeo espiritual no muy limpios. Me explico: los mensajes del más allá, a pesar de ser ya algo muy corriente en muchas sectas, se tienden a ocultar al público en general. Cuando alguien se acerca a una secta de este tipo, y observa todo lo que le venden, también observa cómo permiten que se sospeche que se guardan algo muy importante de lo que no pueden hablar a profanos. Todos los que son atraídos con el viejo cebo de la curiosidad caen en sus redes, llevándose una gran sorpresa cuando, al cabo de un tiempo de prueba de integración en el nuevo grupo, se le invita a una sesión de retransmisiones celestiales en las que el mismo dios se va a dirigir al grupo o a al novato (si así lo considera oportuno el ser supremo, claro está).

Podríamos pensar que la ocultación al público de la divina retransmisión sea debida al miedo, a que pudieran retornar aquellas viejas persecuciones inquisitoriales; pero yo no creo que sea por esa causa por lo que se esconden la mayoría de estos mensajes que se reciben diariamente en los ambientes sectarios. La permisividad religiosa está muy afianzada ya en Occidente, no es delito alguno hablar con dios ni con el diablo, y no creo que las personas normales se escandalicen ya por nada de lo que pueda suceder en el seno de las sectas. Más bien me inclino por pensar que la causa de que oculten las retransmisiones que reciben a diario del más allá es el tremendo ridículo que pueden hacer si las promulgan. Si todas las sectas que reciben mensajes los publicasen sin más, observaríamos atónitos como un mismo dios les pasa a unos unas consignas y a otros otras diferentes, contradictorias muy a menudo, y en ocasiones esto sucede en una misma secta. Naturalmente, para evitar hacer el ridículo, es recomendable que no salgan a la luz los mensajes recibidos, guardándolos entrañablemente para uso exclusivo de los sectarios afortunados que los reciben. Y así de paso evitar un análisis psicológico profundo que terminaría por deducir que toda esa literatura espiritual es un producto del inconsciente colectivo de la secta o del individuo emisor de los mensajes, y no algo venido de la deidad o del demonio del que se presuma haberlo recibido.

A pesar de las contradicciones que albergan, no es de extrañar que estos mensajes se guarden como oro en paño, pues son una de las circunstancias que más realidad otorgan a los sueños compartidos de las realidades virtuales espirituales. Cuando en una atmósfera sagrada se es testigo de una de estas retransmisiones de otros mundos, apenas se puede dudar de que aquello sea cierto. El mensaje no solamente se oye, se vive y se siente la presencia de quien nos habla, incluso se puede llegar a ver al ser espiritual que nos está hablando. El grado de realidad es enorme. Estos mensajes confirman la existencia real de las entidades espirituales que los transmiten para todo aquel que no va más allá de los hechos. Pero, cuando se va mucho más allá de los hechos, se acaba descubriendo que solamente se trata de un juego de ilusionismo de nuestra propia mente.

Nuestra mente coge de su interior todo lo que necesita para crear nuestros sueños mientras dormimos, y hace lo mismo para crear los escenarios virtuales espirituales y a los personajes que los pueblan. De tal forma que las percepciones extrasensoriales se acomodan a la realidad virtual espiritual en la que esté asentada la religiosidad del oyente o el grupo de oyentes. Cuando quien recibe los mensajes es un creyente, o grupo de creyentes, de un cierto tipo de religión, los personajes que hablarán en las retransmisiones corresponderán a entidades espirituales de esa religión y no a otros personajes de otras religiones desconocidas. En el caso de la personificación de nuestras fuerzas del bien, así como del mal, nos encontraremos con diversos representantes supremos del bien, así como diversos representantes supremos del mal, según la creencia que se comparta.

En Occidente se ha asentado en nuestro subconsciente como imagen representativa del mal al diablo, de tal forma que en las realidades virtuales espirituales, en nuestros sueños esotéricos, suele aparecer este personaje como la causa de todo aquello que nos fastidia. Pero en Oriente, allí donde el cristianismo no consiguió sentar sus reales, probablemente ni lo conozcan. Allí tienen demonios de sobras mucho más feos que el nuestro, con un aspecto mucho más terrorífico que nuestro macho cabrío. Quizás hasta se rían de nosotros por el aspecto de nuestro representante del mal (no se a quien se le ocurrió escoger a una cabra para representar a todos nuestros males). La capacidad que hemos tenido para hacer el mal en Occidente no se merece tan pacifico animal, aunque quizás las mentes que inventaron esta representación lo hicieron para decirnos que nuestro mal no nos viene de que seamos en realidad malos, sino de que estamos como cabras.

Como ya aclaré anteriormente, al haber escogido siempre sectas de la línea blanca en mi pasear por estos mundos de dios, nunca tuve contacto con ninguna entidad maligna ni conocí a compañeros de secta que lo tuvieran. Sin embargo, aunque se escojan caminos del bien para progresar espiritualmente, el mal estará siempre presente, en muchas ocasiones disimulado entre las flores del bien. Como ya hemos explicado, si en las realidades virtuales se escenifican todas nuestras pulsaciones psicológicas interiores, como no somos santos, acabaremos escenificando en ellas tanto nuestro bien como nuestro mal. De tal forma que el instinto de muerte nunca pasa desapercibido. Y cuando lo intentamos evitar huyendo del contacto con entidades espirituales malignas, éste aparecerá de todas formas camuflado entre la blancura de los personajes de la santa vía espiritual que hayamos escogido para caminar. Y en esto radica uno de los mayores peligros en la percepción de los mensajes del más allá.

Porque cuando uno está hablando con el diablo ―supongo que los practicantes de la magia negra así lo harán― uno ya sabe a que atenerse, y cualquier barbaridad que diga o que pida el cabrón no pillará por sorpresa. Es casi seguro que los sacrificios humanos que se han realizado bajo rituales religiosos a lo largo de la Historia de la Humanidad, han sido debidos a las malignas demandas de los diversos demonios o deidades de magia negra. La profunda capacidad humana de hacer el mal no está reprimida en la magia negra, y puede hablarnos tal y como es sin necesidad de disimularse a través del demonio o de las entidades mitad dioses benefactores, mitad malignos demonios.

Pero, en nuestra civilización del bien, la mayoría de las sectas se alejan del mal, mejor dicho: intentan alejarse del mal, lo menosprecian e incluso lo ignoran. La moda del pacifismo también llega a las sectas. Entonces nos sucede como en el cuento de Caperucita, el lobo nos pilla la delantera y nos espera disfrazado en casa de la abuelita. Censuramos el mal, pero nuestra mente es mucho más sincera que nosotros y nos lo representa disfrazado en las más santas realidades virtuales espirituales. En los alegres caminos sectarios de la magia blanca, el peligro no está en el lobo en sí, sino en su capacidad de disfrazarse y en nuestra candidez que nos dificulta reconocerlo.

En realidad, la diferencia entre el bien y el mal no está muy claramente definida en nuestro interior, el bien y el mal pueden estar muy mezclados entre sí. Mahoma y Santa Teresa dudaron sobre la procedencia de las voces del más allá que oían, cuando comenzaron a oírlas no estaban muy seguros si su interlocutor era dios o el diablo. El místico profesional suele dudar de lo que oye, aunque la voz le asegure ser del mismísimo dios o de un ángel. Sin embargo, la mayoría de las personas que reciben mensajes del más allá no son profesionales en comunicaciones paranormales, y se suelen creer a pie juntillas lo que la voz les dice, creyéndose que está oyendo a la abuelita porque así lo afirma en sus mensajes, y lo parece por su dulce voz, cuando en realidad es el lobo.

Esto parece una broma, pero es realmente dramático: las voces esotéricas del más allá no se limitan a contarnos películas más o menos interesantes: dan consejos y directrices, y pueden llegar a decirnos todo lo que tenemos que hacer en la vida. El creyente en ellas delega la dirección de su vida en las directrices que recibe del otro mundo. La razón humana desaparece, el hombre deja de ser libre y se pone en manos de lo que le dicen las voces que oye.

Vuelvo a insistir en la gravedad de este asunto. En las escuelas nos enseñaron muchas cosas, pero nunca se nos dijo que no hiciéramos caso si dios, la virgen, algún ángel, o lo que sea, nos hablaba desde el más allá. Y son muchísimas personas las que hoy en día están escuchando esos mensajes, creyéndose su procedencia y siguiendo al pie de la letra sus directrices. (En el capítulo sobre las semillas del suicido colectivo trataremos más en profundidad este asunto).

La forma más sencilla y popular de recibir mensajes del más allá es a través de la ouija. Su peligrosidad, cuando son personas inexpertas las que se disponen a recibir mensajes, está más que demostrada. Se está empezando a comprender que es el grado de evolución espiritual de la persona, o grupo de personas, el que condiciona la calidad de los mensajes. Aunque, yo dudo que existan personas totalmente realizadas espiritualmente, capaces de tener percepciones totalmente beneficiosas para la Humanidad. No creo que existan profesionales espirituales capaces de recibir mensajes limpios de polvo y paja de maldad humana o de intereses egoístas personales o de grupo.

Pero, aunque no exista una calidad cien por cien positiva en la recepción de los mensajes del más allá, no cabe duda de que la categoría espiritual de quien recibe la transmisión es fundamental para la calidad del mensaje; pero es su calidad humana lo que da categoría a la revelación divina, no a la inversa.

La mayoría de las religiones basan sus doctrinas en directrices reveladas por dios a sus fundadores o grandes mediadores, dejando bien claro que la divina importancia de esos mensajes radica en el todopoderoso ser que los transmite y no en quien los recibe. La euforia actual en la percepción de estos mensajes del más allá se basa en una descarada imitación de estos conceptos de percepción: no importa quien reciba los mensajes, lo único importante es quien nos los transmite. De esta forma cualquiera puede recibirlos y dictar las sentencias sagradas del mismo dios. Incluso en muchas ocasiones el atrevimiento renovador llega al extremo de descalificar las viejas revelaciones, alegando que las sagradas escrituras han sido manipuladas a lo largo de la Historia, y que, por lo tanto, la auténtica palabra de dios es la que se recibe ahora, mensajes vírgenes sin manipulación alguna; según ellos, naturalmente.

Lamentablemente, un análisis de todos los mensajes divinos de varios de estos diferentes grupos renovadores, nos da como resultado una falta de concordancia a la hora de comparar su contenido, lo que hace sospechar que no sólo no fueron enviados por el mismo dios, a pesar de anunciarse como el único, sino que fueron creados por la mente o mentes colectivas que los percibieron. Deducción a la que también llegamos cuando analizamos los mensajes de ese mismo dios totalitario a lo largo de varias de las grandes revelaciones que diversas religiones recibieron a lo largo de su historia.

En conclusión: todo parece indicar que los mensajes del más allá no provienen de un lugar más lejano que de los propios límites de la mente de aquellos que los perciben. Ahora bien, también es cierto que no conocemos los límites de la mente humana.

Nuestra capacidad de crear realidades virtuales espirituales y a sus personajes es inmensa. Las entidades típicas de la realidad virtual espiritual del cristianismo, por ser la religión más aceptada en Occidente, son las que más transmiten sus mensajes a nuestra gente. La virgen María es el personaje que va en cabeza del volumen de mensajes retransmitidos. Es de las pocas entidades femeninas importantes que hay en los cielos (hay que reconocer que por allá arriba son bastantes machistas), pero, haciendo honor a la fama de habladoras que tienen las mujeres, me da la sensación que habla más que todas las entidades masculinas juntas, no sé si será porque ella es así o porque nos gusta más a los humanos hablar de nuestras intimidades y profundidades con nuestra madre espiritual que con nuestro padre. Habitualmente sus retransmisiones no son solamente de voz, sino también incluyen imágenes, pues es corriente que sus mensajes vayan acompañados de su presencia. El resto de los personajes cristianos le siguen a la zaga en el volumen de sus retransmisiones, ya sean los ángeles, los santos, Jesucristo o el mismísimo padre creador de todas las cosas.

No creo que exista dioses o personajes espirituales que no se hayan dignado en alguna ocasión a dirigirse a los humanos de una o de otra forma. El espiritismo consiguió que los muertos hablaran. La magia negra continúa hablando con sus deidades en unos casos bondadosas y en otros terribles. Sin olvidar a los típicos posesos que prestan su habla y su cuerpo a la entidad del más allá que se ha dignado a poseerlos. Las religiones orientales también tienen una gran variedad de dioses y no encuentran dificultad para hablar con alguno de ellos. Y la nueva moda de la creencia en los mundos extraterrestres nos está deparando contactos con seres de otros mundos, desde donde nos retransmiten sus mensajes telepáticamente desde otras galaxias o desde las naves que hipotéticamente pululan por nuestros cielos.

Sugiero que no se dé más credibilidad a unos mensajes u a otros por tener mas fe en una procedencia o en otra. En todos ellos, analizados minuciosamente, se aprecia una única procedencia. Ya vengan de una estrella lejana, de un cielo, de un infierno o de un mundo de los muertos; todo se está guisando aquí, en el mundo de los vivos.





REVELACIONES PUBLICADAS



La mayoría de los mensajes recibidos del más allá permanecen en las secretas profundidades de las sectas. Y muchos de los comportamientos anormales que observamos en ellas son provocados por seguir las directrices de estos mensajes divinos. Una gran mayoría de dirigentes sectarios se creen representantes de dios en la tierra porque poseen esta percepción extrasensorial. Se sienten elegidos para salvar al mundo, dios está con ellos, junto a ellos, hablándoles siempre que lo necesiten, cuando le hacen alguna consulta o le piden soluciones a los problemas. Las voces de más allá que se están recibiendo en la actualidad están dirigiendo las vidas de muchísimas personas, lo que supone dejar la dirección de la vida a merced de los profundos impulsos psicológicos de la mente humana.

Espero que a nadie le pille por sorpresa esta aseveración, pues voces que se recibieron en el pasado, y están archivadas en las sagradas escrituras de las religiones como grandes revelaciones, llevan dirigiendo la vida de gran parte de la Humanidad desde hace miles de años. Para muestra recordemos los diez mandamientos.

A un nivel personal, yo he observado a compañeros y compañeras de camino hacer auténticas estupideces por obedecer lo que su voz interior le había dicho, o la voz del médium de la secta le había indicado.

Yo nunca he recibido mensajes de este tipo; parece ser que los mandatarios divinos no se dignan a dirigirse a quien sospecha de su identidad, o quizás sea porque sencillamente tengo sintonizada mi conciencia en otra onda. Lo que sí he recibido han sido directrices o consejos del más allá a través de los médiums que los recibían. He de reconocer que al principio me impresionaron y me los tomé en serio, (era cuando todavía no tenía muy claro si provenían de allí o de las mentes de los de aquí); pero, a medida que estos se iban produciendo, los fui analizando minuciosamente, y empecé a observar en ellos unos defectos más propios de los humanos que de las entidades divinas que firmaban los mensajes. Cualquier persona un poco conocedora de la psicología humana puede descubrir en estos mensajes miserias humanas por muy divinas que se anuncien las retransmisiones.

Los creyentes en estos mensajes consideran estos defectos como fallos en las retransmisiones, como si se metiera la onda humana en la onda que nos llega de los cielos, y nos llegara todo mezclado. Según esta conclusión, es necesario limpiar de polvo y paja humana lo venido del cielo, lo que permite la manipulación y corrección a gusto del consumidor de los mensajes recibidos. Estos correctores se creen capaces de saber qué viene del sublime cielo y qué viene del miserable humano receptor del mensaje; quitan lo que no creen conveniente para la ideología sectaria, resuelven las contradicciones que pudiera haber en los mensajes, aclaran las vaguedades, y organizan los textos de tal forma que apenas se aprecia la caótica forma en la que se recibieron.

Los mensajes del más allá pueden quedar tan bordados y tan cargados de sublime divinidad, después de haber sido repasados por expertos, que en muchas ocasiones se decide publicarlos para presumir de que los dioses están de parte de quienes los publican, y para hacer un gran servicio a la Humanidad, por supuesto, mostrándole la nueva voluntad divina revelada.

Un cálculo intuitivo nos dará la cifra aproximada de un uno por mil de mensajes publicados entre los recibidos a un nivel mundial. Esto nos puede dar una idea de la enorme selección, depuración y criba que sufren los mensajes antes de ser mostrados al público. La secta o el individuo que publica esos mensajes nos permitirá leer exclusivamente lo que desea que leamos. Hay excepciones, en algunos casos se publica el texto íntegro de lo recibido, pero son casos excepcionales.

Como venimos diciendo, en las realidades virtuales espirituales se escenifican todas las realidades de nuestras profundidades, las malas y las buenas. Y entre estas últimas se encuentra toda la gloria humana, representada en los dioses, sublime espiritualidad del hombre, divinidad que, como habitualmente no nos atrevemos a considerarla nuestra, nuestra mente nos la ofrece encarnada en las deidades o en las entidades espirituales positivas, que pueden enviarnos sublimes mensajes de amor y de paz. Si se realiza una criba de los mensajes del más allá, desechando las miserias humanas ―dentro de lo que cabe― pueden quedar unos textos gloriosos, de tan elevada espiritualidad que no tienen nada que envidiar a las antiguas escrituras.

Ahora bien, existe un problema con este tipo de literatura, y es un problema grave: Si se cree que los autores de estas obras están en el más allá ¿Qué hacemos con los derechos de autor? No existe legislación al respecto. En la mayoría de las ocasiones los médium que reciben el mensaje no quieren saber nada del copyright, ellos no se siente los autores de unos mensajes que en muchas ocasiones los reciben de forma inconsciente. Al final suele hacerse cargo de los derechos de autor la secta a la que pertenece el médium. Cada propietario o grupo de propietarios de la escritura hace lo que le da la gana a la hora de presentar su libro sagrado al publico, ocultando muy a menudo algunos de sus aspectos más importantes, engañando así al lector.

Por ejemplo: yo estuve estudiando los libros de un maestro espiritual que vivió allí por el siglo de oro; pues bien, después de llevar años estudiándolo me enteré de que esos libros no habían sido escritos por el susodicho maestro sino que habían sido canalizados, enviados desde el más allá a sus discípulos favoritos que andaban por aquí hará unas cuantas décadas. Esto se da muy a menudo. Es posible que una persona se lea un montón de libros de algún maestro virtual espiritual sin que se entere de que no está leyendo un libro normal, escrito por una persona normal en sus plenas facultades mentales. Esto es un fraude muy grave. Los legisladores deberían de preparar una normativa legal para este tipo de escritura, donde se obligara a especificar de qué forma se ha recibido del más allá el texto, cuándo y quién lo ha recibido, qué personaje espiritual supuestamente lo ha enviado, y quién lo ha cribado y retocado. Es una pena que grandes obras espirituales se presenten al público con engaños, disimulando su auténtico origen.

Revisando un catálogo de una librería esotérica he comprobado con alegría que las cosas pueden empezar a enmendarse, he observado que a este tipo de literatura se le ha puesto nombre de “narrativa de canalización”. Con este calificativo se da a entender que el narrador, cuando escribe, es un canal de alguna fuerza o entidad espiritual. Esta es una forma de empezar a poner las cosas en su sitio. Pero anunciar que se trata de un texto canalizado, es decir solamente una parte de lo que habría que decir. En otra ocasión me recomendaron leer un voluminoso libro canalizado en el que se anuncia claramente que se trata de un libro inspirado por una voz interior; pero no se especifica de quien es esa voz; y muchos de los que nos entusiasmamos con él, nos enteramos con sorpresa, cuando ya llevábamos tiempo leyéndolo, de que era el mismísimo Jesucristo quien había dictado semejante volumen. Esto no es serio, ya en la portada debería de haberse anunciado el importante dato de su hipotética procedencia.

Mi admiración hacia quienes están perdiendo el miedo a anunciar los mensajes del más allá como lo que son. Los devotos de la virgen María son de los que menos vergüenza tienen para publicar los mensajes de su señora. Las apariciones de Lourdes y Fátima sentaron un precedente que quita el miedo al ridículo a todo aquel que desea publicar lo que la virgen le está diciendo a él personalmente.

Los aficionados a los extraterrestres también le están perdiendo el miedo a anunciar sus canalizaciones. Pero muchos de ellos no lo hacen muy abiertamente. Como los escenarios de estas realidades virtuales son como mundos y universos de ciencia ficción, donde no hay dioses ni ángeles ni demonios, solamente extraterrestres más o menos evolucionados, da la impresión de que este tipo de percepciones de los mensajes del más allá son diferentes a los de las religiones. Los libros así canalizados se camuflan entre las obras de creadores de ciencia-ficción. Estos mensajes no se anuncian como revelaciones religiosas sino como transmisiones de mensajes telepáticos, lo que da la impresión de que no se trata de un fenómeno religioso, cuando en realidad tienen las mismas características, incluidas las visiones. Hoy en día es tan corriente que la gente se reúna para presenciar una aparición de la virgen anunciada a través de una revelación, como para presenciar un avistamiento de un ovni anunciado a través de mensajes telepáticos. A la juventud le fascina esta nueva moda de relacionarse con el más allá, creen que es realmente nueva, cuando en realidad sus cimientos son tan viejos como el mundo.

Estas revelaciones que se esconden entre la literatura de ciencia-ficción son otro motivo que hace necesaria una legislación que evite el engaño. En todo libro de este tipo se debe de especificar cómo ha sido inspirado su contenido. Todo lector tiene derecho a saber si se trata de una obra de ciencia-ficción, creación de un escritor, o si se trata de mensajes recibidos, por el método que sea, desde más allá de las estrellas. Tenemos derecho a saber qué estamos leyendo, y el editor tiene la obligación de anunciar las características especiales de lo que vende.

No se cesan de anunciar los beneficios de la lectura: se dice que la cultura nos hace libres, el conocimiento nos amplia la mente, los libros se anuncian como algo esencial para el hombre moderno; pero, si son motivo de engaño, del tipo que estamos denunciando, no ayudan en nada a nuestra libertad.

Repito que existen obras reveladas exquisitas, ahí están las antiguas escrituras. Y entre las modernas sucede otro tanto. Estas obras tienen un tremendo atractivo en sí mismas, no hay porque avergonzarse ni ocultar su procedencia, eso es un fraude intelectual, un engaño a los lectores. En todos los casos se debe de conocer que esas obras no fueron escritas por personas en plenas facultades mentales, sino que fueron dictadas desde donde sea y como sea a una persona sumida en un estado de trance. La diferencia entre estos escritos y los normales es tan enorme que siempre debería de notificarse en la portada el tipo de libro que es. Un escritor no es libre cuando está recibiendo un mensaje del más allá, en realidad no es un escritor, es sencillamente un receptor de algo que llega a su mente o a la mente del médium que lo recibe. Y un lector no es realmente libre si no sabe si está leyendo la obra de un escritor o la obra canalizada por una persona que no tiene nada de escritor.

Espero que los legisladores no tarden en solucionar este atentado contra la libertad intelectual de los lectores.

Puede argumentarse que no es necesaria tal legislación porque es muy pequeño el número de volúmenes editados de este tipo; pero, aunque sean pocos, su impacto psicológico en el individuo que cree en ellos es enorme, tan importante que incluso puede poner en peligro su vida, como veremos más adelante. Son pocos los volúmenes declarados como tales, pero si desenmascaramos los que no están declarados abiertamente su contenido como procedente de una revelación, su número aumentaría enormemente. Y, además, conviene prevenirnos de la avalancha que se avecina de nuevas ediciones de este tipo de literatura. Todo parece indicar que se está produciendo un aumento de libros canalizados por los más variopintos personajes del más allá. Es la consecuencia de la enorme cantidad de mensajes que se están recibiendo en el seno de las sectas y de la libertad de expresión que nuestra civilización permite. Ahora solamente es necesario que, cuando vayamos a una librería, se respete nuestra libertad de elección y no se nos engañe vendiéndonos algo que no queremos comprar. Urge una severa legislación al respecto.

La consigna:
Mantener la Dignidad, la Fe, la Esperanza, el Respeto y el Honor. A traves de la Sabiduria, la Serenidad, la Sensibilidad y la Sencillez. regresar al Origen.

Los seres humanos son libres excepto cuando la humanidad los necesita.
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17-Oct-2009 09:09 PM
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Mensaje: #10
Paseo por el interior de las secta
LAS PROFECÍAS



Me temo que no hay voz del más allá, sea de quien sea, que no caiga en la tentación de profetizar. Predecir el destino de la Humanidad, de algunos de sus pueblos o individuos, es típico de estas voces de nuestro interior. La pulsación psicológica que produce este hecho virtual es nuestro deseo por conocer nuestro futuro. Ya sabemos que en los sueños se realizan nuestros deseos; y en las realidades virtuales espirituales, sueños religiosos, no iba a ser menos. Tal es nuestra inquietud ante lo que nos depara el futuro que un gran porcentaje de los mensajes del más allá tratan de nuestro destino, del individual, del de la Humanidad o de sus pueblos. En las escrituras sagradas fueron los profetas, grandes mediadores entre dios y los hombres, quienes se dedicaron al oficio de la profecía.

Ya en el capítulo sobre las artes adivinatorias insinuamos que las predicciones eran como un cálculo inconsciente de probabilidades. A través de las revelaciones digamos que el adivino o el profeta se pone en contacto con el personaje del más allá, con el que habitualmente habla, y le pregunta sobre el futuro, o sencillamente la voz se lo revela sin pedírselo. No hace falta decir que esta forma de futurología se llega a considerar la más efectiva, pues si es la voz de dios la que oímos, ¿quién mejor que él para anunciarnos lo que nos va a suceder?

Sin embargo, es una forma muy seria de poner a dios a prueba, tan seria que no suele superarla, pues dios se equivoca muy a menudo. Y, si él se equivoca, no digamos su espíritu, sus ángeles o sus santos, los muertos que nos hablan del más allá o el mismísimo demonio. Los fallos proféticos están a la orden del día en la multitud de mensajes que se están recibiendo en los ambientes sectarios. No hay dios que en la actualidad nos prediga con exactitud el futuro.

Los creyentes en las escrituras antiguas consideran que las viejas profecías son las buenas, y que las modernas sólo son supercherías de falsos dioses charlatanes. Según ellos, fueron muchos aciertos los que tuvieron los profetas de la antigüedad. Claro que esto es algo que no se puede demostrar, pues para realizar tal comprobación es necesario tomar nota de la profecía antes de que caduque la fecha del acontecimiento que anuncian, para evitar retoques posteriores; y eso es algo que ahora no podemos hacer.

Es muy fácil resaltar un acontecimiento como profético después de que el acontecimiento haya sucedido. La cantidad de mensajes proféticos que una persona conectada con el más allá puede recibir es inmensa, y es muy fácil desechar todos sus desaciertos cuando ya ha sucedido un acontecimiento importante. Y si sus mensajes proféticos son de dudosa interpretación, mucho mejor para engañarnos, pues dará pie a varias interpretaciones, y el porcentaje de desaciertos quedará reducido.

Y en el caso de desear resaltar un acontecimiento importante para una secta de elegidos, como puede ser el caso del nacimiento de su fundador, es muy fácil encontrarle un profeta que entre sus miles de trances proféticos lo haya anunciado, y desechar todos sus desaciertos y a todos los demás profetas que ni se aproximaron a predecirlo o predijeron acontecimientos diferentes. Las anunciaciones de nuevas encarnaciones espirituales se producen a diario.

En la India podemos observar cómo son anunciados los nacimientos de casi todas las personas que son proclamadas después dioses vivientes. Esto sucede en primer lugar porque a todas las familias bien avenidas, que desean tener a un niño dios en su familia, procuran que así se lo profetice algún adivino; si después el niño no les sale dios, se le echa la culpa a algún demonio, se olvida el intento, y aquí no ha pasado nada; y, en segundo lugar, son tantos los adivinos que en la India gustan de profetizar, que después de que el gurú ya se ha proclamado como una entidad espiritual, no es difícil encontrarle un adivino que asegure haber profetizado la nueva encarnación. Por esta razón los hindúes escuchan las profecías de las nuevas venidas como quien oye llover, pues llevan miles de años escuchando a charlatanes que traducen su no menos charlatana voz interior.

Pero en Occidente no estamos acostumbrados a esta charlatanería, la inquisición religiosa hizo enmudecer durante siglos a nuestros dicharacheros profetas. A muchos de nosotros se nos inculcó en las escuelas que las profecías eran escritos muy sagrados, intocables y de indudable procedencia divina. Y cuando nos encontramos ahora en las sectas con mensajes del más allá, los relacionamos con los de las grandes escrituras, con esos documentos venerados durante siglos por nuestra civilización; y, aunque no lleguemos a creernos por completo las modernas revelaciones, nos afectan muy directamente, pues siempre nos queda la duda de que pudieran llegar a ser ciertas.

Ahora bien, hoy podemos zafarnos del poder de sugestión de las profecías actuales con cierta facilidad. Nuestro nivel cultural y la tecnología nos permite dejar constancia impresa, o grabada de viva voz, de la profecía antes de que concluya el plazo de su predicción. De esta forma podemos estudiar tanto su contenido como su porcentaje de aciertos. Ciertos creyentes sectarios, orgullosos de los mensajes del más allá que reciben, suelen dejar constancia escrita de ellos, intentando crear su historia sagrada particular, no siendo muy conscientes de que de esta forma se pueden analizar sus profecías, observar su elevado porcentaje de desaciertos, y poner en peligro así la credibilidad de sus dioses.

Ésta es una de las formas en que las sectas modernas están perdiendo su credibilidad. Si dios nos habla, y nos predice el futuro, si se equivoca, es evidente que no es dios. Por esta razón, la mayoría de los grupos sectarios, conscientes de los peligros que de los mensajes proféticos encierran para su seguridad y la de sus veneradas voces del más allá, ocultan la copia exacta de lo revelado y proclaman públicamente una profecía retocada, que dé pie a varias interpretaciones para reducir así el riesgo de fallo profético. Pero aún después de estar manipulada, y de reducir así el riesgo de fracasar en la predicción, termina por fracasar de todas maneras.

Cuando una persona lleva décadas deambulando por diferentes sectas, puede acabar tan harto de tanta profecía caducada sin que hubiera dado en la diana, que no es infrecuente que empiece a dudar de todas ellas y a no creerse ninguna.

Como venimos dando a entender, todos estos fenómenos paranormales de voces interiores ―que suelen ser muy corrientes― se cuecen en las profundidades de nuestra mente, y son creados por nuestra inteligencia inconsciente, por lo que tampoco hay que subestimarlos. Nuestra profunda inteligencia no tiene un pelo de tonta, y nos puede engañar muy fácilmente, por lo que es necesario ser más inteligente que ella para evitar el engaño. Un engaño que por otro lado no tiene otra razón de ser que todo lo que queramos engañarnos nosotros mismos. Y hemos de reconocer que en los planos espirituales somos propensos a dejarnos engañar muy a menudo. Si no fuera así, no tendría porque haber tantos fracasos proféticos en la actualidad. Nuestra inteligencia profunda es capaz de hacernos un cálculo de probabilidades inconsciente ―como comentamos en el capítulo sobre la adivinación― con un gran porcentaje de aciertos. Pero sucede que en las profecías entran impulsos psicológicos profundos, escenificados en las realidades virtuales espirituales en vez de en nuestra realidad, lo que causa graves errores en los cálculos de probabilidades de futuro que pueda hacer nuestra mente profunda.

Los mensajes del más allá, al proceder de los personajes virtuales de nuestra mente religiosa, se esfuerzan más en demostrar que ellos son reales que en predecir el futuro. Si existe, por ejemplo, en las creencias del profeta, tanto un cielo como un infierno, un dios o un diablo, estos escenarios y personajes entrarán a formar parte de sus profecías, y procurará dejar bien claro que nuestro futuro es creado por ellos. Y predecir el futuro de quienes vivimos en este mundo por consecuencias de quienes supuestamente viven en otro, es un empeño que en mi opinión no da buen resultado.

Tanto es así, que un simple adivino, que no utilice a personajes virtuales espirituales, tiene menos riesgo de equivocarse que quienes los invocan para recibir sus pronósticos de futuro a través de la revelación profética. Parece ilógico que un echador de cartas o un astrólogo, a pesar de su elevado porcentaje de desaciertos, tenga menos probabilidades de equivocarse que dios, a la hora de predecir el futuro. En las predicciones proféticas entran pulsaciones psicológicas profundas encarnadas en los personajes espirituales que falsean su contenido. Sin embargo, aunque esto es cierto, también es cierto que una predicción divina impacta con mucha más fuerza en el creyente que las predicciones de un echador de cartas. El poder de fascinación de los dioses o de cualquier otro habitante de los cielos es inmenso. Y, aunque su engaño quede de manifiesto en el fracaso de los mensajes proféticos, su credibilidad, ―y esto es sorprendente― apenas queda puesta en entredicho. El elevado grado de realidad con el que se perciben los mensajes del más allá, supera al grado de irrealidad de sus predicciones proféticas, por lo que el creyente suele continuar creyendo en sus voces aunque éstas no cesen de meter la pata en lo que a predicciones respecta.

En los últimos años, los dioses o las entidades divinas sectarias, nos están hablando bastante claro en cuanto a nuestro futuro. No sé si será porque se deja constancia inmediata en cuanto se reciben los mensajes, o porque las voces del más allá están decidiendo abandonar su oscurantismo profético. El caso es que las modernas profecías ya no tienen pelos en la lengua y nos hablan tan claro de nuestro futuro como nos hablan los astrólogos en los horóscopos de los periódicos o de las revistas. Por supuesto que no se ponen de acuerdo, en como nos va a ir en el futuro, ni los diferentes astrólogos entre sí, ni las diferentes voces del más allá. Nunca he entendido bien cómo es posible que continuemos confiando en las predicciones astrológicas, cuando existen tantas contradicciones y falta de acuerdos en sus predicciones. Y de igual forma tampoco me explico nuestra adicción a las profecías a pesar de que fracasen tan a menudo. Habríamos de sospechar que es nuestra ansia por conocer nuestro destino y la maestría en torear con el futuro del adivino o del profeta lo que nos incita a creernos las predicciones, más que su por su capacidad de acierto.

Las voces del más allá, si se las dan de divinas, es porque son capaces de engañarnos divinamente. Las profecías producidas en el seno de una secta se enraízan en las creencias de ésta, en sus realidades virtuales espirituales, de tal forma que crean conclusiones de futuro obvias para sus creyentes. Ahora, háganse ustedes una idea de la cantidad de profecías diferentes que se están recibiendo en la actualidad, con la cantidad de creencias diferentes que provoca la proliferación de sectas. Es inmenso el número de profecías que se están generando en nuestros tiempos. Unas nos auguran un futuro feliz y otras nos lo ponen más negro que el carbón. Normalmente, la mayoría nos dan una de cal y otra de arena. Un caso típico es aquel que nos augura un futuro muy negro como no seamos capaces de seguir las directrices doctrinales de la secta donde se reciben esas canalizaciones proféticas. Ya es sabido que las sectas o religiones aprovechan todos los argumentos hipotéticos que pueden para convencernos de lo que no pueden convencer de otra manera.





EL FRACASO DE LOS MENSAJES APOCALÍPTICOS



De todos los mensajes que se reciben del más allá en la actualidad, son los de carácter apocalíptico de los más sorprendentes; no por las extraordinarias predicciones destructivas en sí, a las que ya estamos acostumbrados los viandantes sectarios, sino por su insistencia en dictarlas de nuevo después de haber fracasado en sus anteriores pronósticos. Las diferentes voces proféticas son capaces de no cesar de emitir predicciones apocalípticas, aun después de que cada una de ellas hayan caducado sin haberse producido nada de lo que pronosticaban iba a suceder. No puedo recordar la enorme cantidad de veces que en mi caminar por los mundos sectarios he oído anunciarse el inminente final del mundo sin que la llegada de la fecha fatídica nos deparara nada anormal.

En los primeros tiempos de mi caminar por las sectas, cuando se acercaba la fecha de algún temido final anunciado, permanecía temeroso a la espera del fin del mundo; pero, he traspasado tantas de esas fechas señaladas como terribles para la Humanidad, sin que haya pasado nada más anormal que lo que ocurre a diario, y he sido testigo de tantos finales del mundo caducados que, ahora, cuando me llegan noticias de que se continúan recibiendo nuevos mensajes apocalípticos, lo único que pienso es en el descarado atrevimiento de las voces del más allá, en su absurda insistencia en predecir el final de mundo, y en el tremendo fracaso de estas profecías que nunca llegan a cumplirse.

Aunque, quizás, el fracaso de los mensajes apocalípticos no sea tan rotundo. Uno termina por sospechar que existen otras razones, aparte de anunciar un final del mundo que no va a suceder, que justifiquen tan tenaz insistencia en continuar promulgando tantos pronósticos fallidos. Tras el mensaje apocalíptico es evidente que se esconden otras fuerzas o intereses ocultos aparte de su aparente y absurda misión principal de avisar de un final que nunca termina de llegar.

Una de las explicaciones más “convincentes” que he podido escuchar en los ambientes sectarios, para justificar tanto fallo profético apocalíptico, es que dios se apiada de nosotros y nos concede prorrogas de vida constantemente, con la esperanza de que nos enmendemos. Como podemos ver, la capacidad de engañarse que el creyente puede alcanzar no tiene límites: no sólo no se percibe la caducidad del mensaje apocalíptico como un engaño, aunque este se repita a menudo, sino que además sirve de base este hecho para ensalzar todavía más la bondad divina y a su sagrada voz que, además de no mentir nunca, es muy compasiva con nosotros.

También se pueden deducir de las intenciones proféticas otras intenciones: digamos que el mensaje apocalíptico no tiene la función primordial de avisar de un final ―que al final no va a suceder―, sino de sacudir la pereza del creyente en su trabajo de realización espiritual dándole un susto de muerte. La amenaza del final apocalíptico fuerza a seguir una doctrina. Nadie desea caer en la desgracia de estar en el bando de los malos cuando llegue ese temido apocalipsis que se anuncia a la vuelta de la esquina. Parece ser que ésta es una amenaza necesaria que diferentes religiones o vías espirituales necesitan para que los creyentes no abandonen la fe y practiquen severas doctrinas. Es el típico cuento del ogro utilizado a menudo para asustar a niño, diciéndole que como no se porte bien vendrá a por él y se lo llevará.

Espero que algún día dejemos de ser niños en esto de caminar espiritualmente. Aunque muchas doctrinas consideren necesario ser como niños para entrar en el reino de los cielos, no creo que con eso quieran decir que seamos tan tontos que nos dejemos engañar como a niños.

Y, si se trata de un engaño tan descarado, resulta obvio que importantes ventajas proporcionarán tales profecías para que se hayan utilizado tanto en la antigüedad y se continúen utilizando tan a menudo en nuestros días. No olvidemos que los mensajes apocalípticos encierran una gran amenaza para los infieles, y un premio para los creyentes que se portan bien dentro de la doctrina de la secta o religión en la que se reciben o se recibieron las profecías apocalípticas. La tremenda dualidad entre el premio eterno o el castigo eterno, que encierra el mensaje apocalíptico, no deja lugar a dudas de la necesidad de la fe o de cómo hay que comportarse dentro de una creencia. En mi opinión, si las grandes religiones no hubieran hecho uso del mensaje apocalíptico no serían tan grandes en la actualidad. Es una herramienta tan eficaz, para convencer a los creyentes de que están en el camino de la verdad, que muy pocas sectas de moderna creación se privan de ella. Naturalmente, las variaciones en los diferentes detalles de los premios o de los castigos son inmensas. Tengo que reconocer que no conozco todos los detalles de todos lo apocalipsis que pueden circular hoy en día por esos mundos de dios. Entre los más originales que han llegado a mis oídos se encuentran aquellos que resultan de unir varias realidades virtuales espirituales. Un prototipo de apocalipsis moderno quedaría así, más o menos: Será el mismísimo Jesucristo quien vendrá a salvar al mundo al mando de un ejército de naves extraterrestres. Los sabios alienígenas nos analizarán el aura a todos los terráqueos, y aquellos que no den la talla vibracional adecuada se quedarán en tierra, y todos los que tengan el aura rosa se los llevarán a un mundo mejor. Por supuesto que los que se queden aquí será para padecer las penalidades y la muerte provocadas por un mundo que se quedará a oscuras ―o algo así―, por causa de algún planeta o meteorito descomunal que los aniquile como fueron aniquilados los dinosaurios. Y al cabo de los años, cuando vuelva la luz a nuestro mundo, las naves devolverán a los buenos a la tierra, que habrá vuelto a ser un planeta azul completamente renovado, con todos los malos enterrados bajo las cenizas apocalípticas.

Este es un ejemplo típico de apocalipsis moderno, por supuesto que los detalles varían según las diferentes vías espirituales en las que se produzcan. Necesitaríamos de un voluminoso libro para incluir en él los detalles de todos ellos, y muchos no llegaríamos a conocerlos, pues en muchas ocasiones no salen de las secretas cámaras sectarias. Solamente recalcar que son muchas las formas de arrasar la Tierra que las calenturientas imaginaciones de los profetas apocalípticos se inventan para transmitirnos su propio terror interno, así como también son muchas las formas en las que serán salvados todos los buenos, según la medida de buenos y malos que se utilice, claro está. Y no se piense que se puede sacar de todos ellos una conclusión determinada de cómo será el final del mundo auténtico (si es que éste llega algún día), las variaciones en las circunstancias apocalípticas son tan diferentes e incompatibles, según unas profecías u otras, que no hay manera de sacar una conclusión al respecto. Si embargo, sí que podemos continuar sacando conclusiones sobre las fuerzas o intereses que motivan la emisión de estas profecías, pues, aunque todos los apocalipsis sean diferentes, los motivos que se esconden tras ellos son los mismos.

Tras estas manifestaciones proféticas de las voces del más allá no solamente se esconden descarados engaños, hemos dicho en varias ocasiones que todo lo que se escenifica en las realidades virtuales espirituales está impulsado por fuerzas de nuestro inconsciente interior. Y en la memoria residual del inconsciente colectivo de la Humanidad residen tantas tragedias vividas en nuestro pasado histórico, tanto terror acumulado, que no es de extrañar que la atmósfera sagrada, en su labor de profundizar en el hombre, saque a la luz a través de los mensajes apocalípticos todo el pánico que los seres humanos vivimos en nuestras pasadas guerras o en otras calamidades naturales.

Este terrorífico recuerdo inconsciente de nuestra raza puede escenificarse en las ensoñaciones de la realidad virtual espiritual como sueños de futuro, de igual forma que en los sueños que tenemos cuando dormimos aparecen pesadillas provocadas por recuerdos de alguna tragedia vivida en nuestro pasado.

Este pánico venido de nuestra memoria profunda no es el único motor inconsciente de los mensajes apocalípticos: tras ellos también se esconde nuestro oculto instinto de muerte. Probablemente, las voces del más allá que oía el hombre primitivo, la de sus dioses, tal y como sucede en la magia negra, le incitaban a realizar sacrificios de animales o de seres humanos. Personas que probablemente accedían complacientemente a satisfacer la sanguinaria demanda de sus dioses ofreciéndoles su propia vida. Digamos que el instinto de muerte que subyace en nuestras profundidades es capaz de hablarnos en los mensajes que recibimos del más allá. Escondido tras la personalidad de cualquier dios o entidad espiritual, se puede dirigir al hombre induciéndole su instinto autodestructivo, pidiéndole el derramamiento de su propia sangre. Esto conlleva un peligro enorme, pues induce al suicidio. En los mensajes apocalípticos se manifiesta una clara influencia del instinto de muerte, en ellos se escenifica de forma inmejorable el final que a todos nos espera: nuestra propia muerte. La atmósfera sagrada saca de nosotros ese pánico inconsciente y lo pone en escena. La conciencia de la terrible realidad de la muerte reside latente en nuestro interior, y no somos conscientes de ella hasta el momento en que nos acercamos al final; pero la atmósfera sagrada puede adelantarnos la conciencia de nuestro destino definitivo, mostrándonos antes de tiempo nuestra muerte anunciada en los mensajes apocalípticos e induciéndonos a adelantar la fecha de nuestra muerte. El apocalipsis inminente consigue enfrentar al creyente con su propia muerte, es como un viaje en el tiempo que consigue llevar a su final al creyente antes de que haya llegado su hora.

Y junto al miedo y al instinto de muerte, la violencia; un trío inseparable de pulsaciones psicológicas humanas que suelen trabajar en equipo. La agresividad, convertida en el ataque al infiel, es algo también claramente manifestado en los mensajes apocalípticos. No se trata de una agresión directa, pero sí es una maldición, es el mal de ojo de la magia blanca, una maldición a lo grande, apocalíptica, eterna. Todos los infieles, al final de los tiempos serán arrojados al fuego eterno. Es la maldición de los pacíficos, su agresividad manifestada contra quienes no creen en lo que ellos creen. Es el gran terrorismo psicológico que lleva miles de años padeciendo la Humanidad, la opresión de la maldición divina fuerza al creyente a continuar siéndolo, so pena acabar en el sufrimiento eterno; e incita al infiel a dejar de serlo, pues nadie quiere padecer ni una remota posibilidad de ser abrasado por toda una eternidad.

Esta violencia psicológica se materializa en ocasiones: la maldición divina apocalíptica puede ser materializada antes de tiempo por violentos fanáticos que se sienten una avanzadilla de las fuerzas destructoras divinas que arrasarán a la humanidad. La persona religiosa puede llegar a sentirse un instrumento divino de su soñado apocalipsis, mano ejecutora con derecho a matar a todos aquellos que considera malditos, despiadado asesino del prójimo que no ostenta sus mismas creencias. Un hecho que los gobiernos y ciudadanos amantes de la paz no han de olvidar nunca si no quieren arriesgarse a perderla. Si bien es cierto que la religiosidad encierra grandes valores humanos, también es cierto que esconde grandes maldades humanas.

Y después de crear el terror, el apocalipsis crea la soñada liberación, la esperanza para los creyentes: el premio. El nacimiento del anticristo es neutralizado con el nuevo nacimiento del Cristo. A mis oídos han llegado a lo largo de treinta años varios anuncios de nacimientos del anticristo y de Jesucristo. En los primeros años de mi deambular por las sectas quedaba impresionado por estos acontecimientos que supuestamente estaban sucediendo en el mundo, pero a medida que transcurrieron los años, y me iban llegando noticias de nuevos nacimientos, empecé a sospechar que todo era un montaje de mentes calenturientas proféticas tras el cual esconden los intereses más ruines de las sectas.

Los lugares de nacimiento del supremo bienhechor o malhechor dependen de lo bien o de lo mal que los diferentes países caigan a los modernos profetas: si un país cae bien, allí nacerá Jesucristo, y los países con ideologías religiosas, contrarias a quien profetiza, serán los candidatos para que en ellos nazca en anticristo. Supongo que estos dos personajes antagónicos continuarán naciendo todavía. Si fuera cierto todo nacimiento que de ellos ha llegado a mis oídos, ya habría en el mundo multitud de cristos y de anticristos con diferentes edades cada uno.

Recomiendo no dejarse impresionar por los detalles de estos nacimientos que nos puedan notificar, supongo que cada año se continuarán anunciando estas nuevas venidas; es otra forma de sustentar unas profecías apocalípticas que no se sustentan por sí mismas.

Pero, aunque no se sustenten ya las predicciones apocalípticas, éstas continuarán anunciándose, porque las ventajas que proporcionan a las sectas o religiones son innegables; vamos, que no tienen desperdicio. Incluso en el nivel económico, los apocalipsis son una importantísima fuente de ingreso para todo tipo de asociación de creyentes en ellos. Cuando el creyente es convencido del inminente final del mundo, ya no tiene porqué continuar manteniendo ni atesorando posesiones materiales, el mejor fin que puede dar a su dinero es entregarlo a la misión de la secta o religión en la que esté sumergido, para salvar la mayor cantidad de almas del apocalíptico final que se avecina. Es una manera de ganarse el cielo y de salvarse de estar en el bando de los malos cuando llegue el juicio final. El creyente en el apocalipsis inminente no duda en desprenderse de sus bienes materiales que pronto no le van a servir de nada. las profecías apocalípticas inminentes, aunque se repitan a menudo poniendo de manifiesto su fracaso, provocando así alguna que otra merma en su credibilidad, producen tales ingresos a las arcas de las sectas que las emiten, que les resulta más rentable continuar anunciando próximos finales del mundo, que dejar de hacerlo. Éste es uno de los engaños que más recaudación proporciona a las sectas y a las religiones.

Quizás por esta razón se están profetizando apocalipsis cada vez con fecha más próxima, los últimos que he oído se anuncian con uno o dos años de límite para el fin del mundo (no hay porqué preocuparse, muchos de ellos ya caducaron). Está claro que cuando antes se anuncie el final del mundo, antes soltará su dinero el creyente; sin darse cuenta de que de esta forma está labrando su propio apocalipsis, económico en este caso. Terminará en la ruina, sufriendo en el bando de los perdedores, esperando su liberación que no terminará de llegarle nunca, pues, aunque le hayan anunciado la inminente venida de su salvador, verá como llega la liberadora fecha anunciada ―y sus correspondientes prórrogas― sin que suceda nada de lo profetizado.

La desesperación puede ser tal para quienes llevan tantas liberaciones anunciadas sin producirse, para quienes han dedicado toda su vida a la ilusión apocalíptica, y los sectarios son tan reacios a reconocer que están equivocados, que, ante el anhelado apocalipsis que no termina de llegar nunca, pueden llegar a crearlo ellos mismos terminando con su propia vida. Los suicidios colectivos son actos desesperados por realizar lo que se lleva mucho tiempo esperando y no acaba de suceder. Tragedias de las que el mundo ya ha sido testigo en varias ocasiones.





LAS SEMILLAS DEL SUICIDIO COLECTIVO



Este capítulo es el más importante de entre los dedicados especialmente a advertir de los peligros que encierran las sectas. Los suicidios colectivos son uno de los mayores peligros que se ocultan en los grupos de trabajo espiritual. Habitualmente se culpa a un líder o a una doctrina de estos desgraciados hechos, sin detenerse a estudiar las causas de por qué sucedieron. Con la sencilla explicación de que se les lavó el cerebro a los miembros de la secta, que acabaron suicidándose, ya se pretende justificar la tragedia. De esta sencilla forma consentimos en dar por comprendidos unos hechos que son mucho más complejos de lo que creemos.

La primera causa de suicidio no hemos de buscarla en nada extraordinario. Como ya hemos comentado en otros capítulos, la mayoría de las religiones o de caminos espirituales ya inducen a menospreciar la vida e incluso a dañarla. Recordemos los virtuosos actos mortificadores de su cuerpo que los místicos tiene por costumbre llevar a cabo, y el anhelado martirio que muchos de ellos ansían.

No deberíamos subestimar esta enorme atracción que muchas de las sectas, e incluso religiones oficiales, experimentan hacia la autodestrucción. La dura represión de las pasiones del cuerpo, como medio para alcanzar las virtudes espirituales, puede llevar a anular totalmente la vitalidad de nuestro organismo. El síndrome del martirio en Occidente viene impulsado por el anhelo imitador de nuestro más importante maestro espiritual. Tan grande es este anhelo imitador, que los estigmas de la pasión de Cristo continúan apareciendo en numerosos individuos. Existe una especie de sed por conseguir la expiación al estilo más puro y duro cristiano. Y como ahora los sistemas policiales de los países desarrollados no crucifican, como hace dos mil años a los revolucionarios religiosos o políticos, las personas que intentan revivir aquellos gloriosos tiempos no dudan en crucificarse a sí mismas.

La creencia de que no somos de este mundo incita a despreciar esta vida y a valorar la vida de otro plano virtual espiritual. Muchas personas de cierta sensibilidad espiritual sienten que no son de este mundo, y ese sentir puede acabar en el deseo de abandonar su vida.

Sabemos que los miembros de las sectas tienen otra visión de la realidad diferente a la nuestra, ellos viven en su mundo particular, celestial; y la realidad en la que vivimos nosotros, en muchos casos, se les antoja temible, demoniaca. Esta sola creencia ya crea un suicidio virtual, un negarse a vivir en este mundo y a disfrutarlo, un cambiar la vida de aquí por la de allí, por la del más allá. Muchos sectarios religiosos fijan su vida tan obsesivamente en su mundo espiritual, y aborrecen tanto éste, que solamente necesitan una pequeña excusa para abandonar nuestro mundo con la esperanza de alcanzar así el suyo.

Es habitual que un sectario nos hable de su vida feliz actual y de la mala vida que llevaba antes de entrar en la secta. El efecto terapéutico de la atmósfera sagrada le resultó tan efectivo que ya no sabe vivir sin él, de tal forma que puede llegar a sentir pánico cuando vislumbra la posibilidad de volver a vivir su enfermizo o doloroso pasado. El sectario prefiere irse a su paraíso particular virtual del más allá antes que ser absorbido por el mundo, antes que volver a su dolorosa vida anterior.

La drogadicción mística también es una de las semillas que pueden ayudar a provocar un suicidio colectivo. La felicidad que se puede experimentar inducida por ella es en cierta forma semejante a la que experimenta el drogadicto. Y la idea de que en el otro mundo habrá mucho más polvo blanco celestial, muchos más elixires divinos arrebatadores, fascina a los miembros de estos grupos de catadores de sustancias espirituales. Muchos de los adictos a las drogas espirituales no pueden evitar anhelar irse de aquí, donde tan racionadas tememos las drogas divinas, y desear una muerte que les llevará a un soñado paraíso embriagador lleno del polvo blanco de los dioses.

Y no olvidemos que todo esto se vive en una ardorosa confraternidad. Los sectarios están muy unidos. Su amor fraterno les une en sus aspiraciones. La esperanza de alcanzar el glorioso más allá suele ser compartida por el grupo. Y si alguno de sus miembros puede no estar de acuerdo con ese anhelo de irse al más allá, si la mayoría del grupo y su líder están de acuerdo, o sale corriendo de su amoroso hogar sectario, o correrá el riesgo de ser arrastrado por la mayoría animada a abandonar este mundo para iniciar su glorioso viaje final.

Es aconsejable, para todo aquel que ha decidido pasearse por el interior de las sectas, permanecer alerta en cuanto oiga alabanzas a favor de un paraíso que exige abandonar el mundo para alcanzarlo. Si no se comienza desde un principio retirando de nuestro huerto las abundantes semillas de suicidio que las ideologías sectarias pueden arrojar sobre él, correremos el riesgo de que acabe brotando un seductor instinto de abandonar este mundo o de maltratar nuestro cuerpo, con la “sana” intención prometedora de conseguir así la soñada vida gloriosa de nuestra alma. Si no actuamos desde un principio censurando todo pensamiento que atente contra nuestra alegría de vivir en este mundo o contra nuestra vitalidad corporal, podríamos algún día sin darnos cuenta encontrarnos al borde del suicidio.

Aunque los suicidios colectivos en las sectas no se produzcan en número alarmante, me atrevería a asegurar que sí es alarmante el número de las que se encuentran al borde del suicidio colectivo por haber sido seducidas por ideologías religiosas represoras del vivir en este mundo. Esto es algo que siempre se ha de tener en cuenta, sobre todo cuando los poderes de nuestra sociedad les amenacen. Una amenaza judicial de disolución de una secta puede provocar tal pánico en el rebaño sectario que todos los corderos pueden acabar en el fondo de ese precipicio de muerte en cuyo borde se encuentran. No podemos amenazar a los miembros de una secta con privarles brutalmente de vivir sus glorias sectarias. Los gobiernos y sus departamentos policiales han de ser sumamente cuidadosos a la hora de tratar estos grupos o asociaciones. Una pequeña muestra de agresividad hacia ellas puede desencadenar un suicidio colectivo. El mundo es uno de sus mayores enemigos, sus miembros le tienen pavor. Los sectarios viven en su realidad virtual particular, alejados de una sociedad que tanto les persiguió y les martirizó a lo largo de la Historia. Un temor en cierta medida justificado, pues persecuciones de sectas en el pasado fueron pavorosas. No es de extrañar que se sientan temerosos de que los poderes mundanos puedan acabar con ellos o robarles sus glorias. No conviene bajar la guardia ante el pánico autodestructivo que podemos generar en una secta con una sencilla redada policial; ésta podría ser interpretada como un ataque del demoniaco mundo que tanto temen, o como un final apocalíptico. Podría desencadenarse tal pánico en el seno de la secta, que les llevaría tomar la decisión de emprender un suicidio colectivo antes de caer en las garras de los terribles poderes mundanos que prevalecen en sus calenturientas imaginaciones.

Poderes que, aunque no sean tan demoniacos como los presentan, en cierta manera existen. Pues, si bien es cierto que en la actualidad los sistemas policiales de los países desarrollados están siendo tan benevolentes con las sectas como nunca lo han sido, hemos de reconocer que la distribución del poder religioso no es ni equitativa ni democrática. Raro es el país Occidental que no permite a su religión oficial erigirse como la gobernadora del espíritu de sus ciudadanos, concediéndole unos privilegios sociales que suelen ser utilizados en contra de las diminutas sectas discrepantes con ella. Si realizamos un análisis comparativo entre lo que la justicia social permite a las religiones oficiales y a las sectas, observaremos que a las sectas se les da mucho menos margen de libertades que a las religiones oficiales. Los rituales que atentan contra la salud mental o física de los individuos son consentidos por la sociedad cuando se producen en el seno de las religiones oficiales, y reprimidos judicialmente cuando se producen en el seno de las sectas. Un ejemplo de ello lo tenemos en los monasterios de clausura de las religiones oficiales: si a una secta se le ocurriera actuar de manera similar con sus acólitos, la policía no tardaría en “liberarlos” de tan maléfico lavado que cerebro que les estaba obligando a encerrarse hasta el final de sus días. Sería tan grande el escándalo, y las denuncias de las familias que tuvieran a algunos de sus miembros encerrados en clausura serían tan numerosas, que toda la sociedad induciría a los jueces a disolver a toda la secta. Mientras a la vuelta de la esquina, una religión oficial, con sus monasterios de clausura asentados en la tradición cultural, lleva siglos haciendo lo mismo sin que nadie diga esta boca es mía.

Es evidente que la clausura es otra de las importantes semillas del suicidio colectivo. Es un importante paso hacia la muerte, es un abandonar las pasionales pulsaciones de la vida, es una forma de enterrarse en vida anticipadamente. Es otra forma de dejarse llevar por el instinto de muerte, pues tras todas estas semillas del suicidio colectivo de las que estamos hablando subyace el instinto de muerte. Tenebrosa fuerza destructiva que motiva muy a menudo gran parte de las movidas de los mundos espirituales, mucho más a menudo de lo que se piensa. No podría ser de otra manera: si las movidas espirituales son impulsadas por nuestras pulsaciones psicológicas, el poderoso instinto de muerte tendrá que ser un importante protagonista en todas las realidades virtuales espirituales. Cualquier persona que no tenga intención de ser atraída por la muerte antes de llegar a la vejez, y tenga intención de estudiar en cualquier escuela esotérica, espiritual o religiosa, habrá de estar muy alerta para no caer antes de tiempo en un morir místico que le lleve a la tumba.

Existe una importante creencia, muy arraigada en muchos de los caminos espirituales y religiones, que nos asegura la necesidad de sufrir una metamorfosis para alcanzar un auténtico cambio interior. Esta metamorfosis se basa en la premisa de que el nacimiento del hombre nuevo nunca podrá experimentarse en uno mismo si no muere nuestro hombre viejo, animal para más señas. Esta creencia supone la necesidad de matar a nuestro pernicioso ancestro, de llevarlo a la muerte anulando sus impulsos vitales. Es la virtuosa matanza de los vicios, de las pasiones animales, de todo aquello que nos estorba en nuestro caminar espiritual. Aspectos perniciosos que varían considerablemente según unas creencias u otras, de tal forma que si una persona conoce varias de estas doctrinas asesinas del mal que llevamos dentro, al final no sabrá muy bien qué será lo que deberá de matar de su interior, pues unas doctrinas le dirán que entierre unos aspectos psicológicos y otras le dirán que entierre otros. Y éste será un buen momento, en mi opinión, para dejarse en paz y no emprender la matanza de aquellos de nuestros aspectos psicológicos no recomendables por las diferentes vías espirituales, pues lo más probable que nos pueda suceder, si emprendemos cualquier tipo de morir místico que nos promete renacer de nuestras cenizas, como el ave Fénix, será que, al final, en vez de provocarnos un renacimiento revitalizador, muy a menudo nos provocará un envejecimiento prematuro, consecuencia de haber potenciado el instinto de muerte con nuestra aptitud castradora de nuestro impulsos vitales. ¿Cuántos jóvenes místicos parecen cadáveres andantes?

El fuerte instinto de muerte, que toda forma de vida conlleva, termina por manifestarse de una forma o de otra en los ambientes espirituales, ya sea como instinto autodestructor o destructor a través de la violencia hacia el prójimo. Probablemente muchas personas no estén de acuerdo en meter en el mismo saco el suicidio y el asesinato, como consecuencias de un mismo instinto, ya que nuestra cultura los diferencia notablemente. Pero en muchas ocasiones se encuentran tan mezclados que es imposible distinguir uno de otro. Por ejemplo: una persona decide suicidarse dejando abierta la llave del gas, y a causa de ello se produce una explosión que mata a varios vecinos. ¿Se trata de un suicidio o de un asesinato? Un padre mata a sus hijos en un accidente por conducir ebrio. ¿Suicidio o asesinato?

En muchos casos de suicidios colectivos de sectas es muy difícil deducir si se trata también de un asesinato, pues en ocasiones hay niños entre las victimas de la masacre, incapaces con toda seguridad de elegir el suicidio por sí mismos. Y, como en los dos ejemplo anteriores, es muy difícil prevenirlos. Aunque nosotros vamos a seguir intentándolo.

Sabemos que para llegar al suicidio colectivo, la pulsación psicológica de muerte tiene que tomar el control del grupo muy directamente. Y, en el caso de sectas que reciban mensajes del más allá, serán esos mensajes precisamente quienes los lleven a la muerte. El poderoso instinto de muerte puede hablar a través de las voces del más allá, encarnarse en los dioses o entidades espirituales e inducir al grupo al suicidio.

Como ya vimos en el capítulo anterior, los mensajes apocalípticos están impregnados del instinto de muerte, de un negativismo mortal, de violencia y de tenebrosos augurios, y de un paraíso que obliga a fallecer a todo aquel que desee llegar a él.

Muchas de las modernas profecías apocalípticas que se generan en las sectas no vaticinan nada bueno para todo aquel que se quede aquí en la tierra. Esto ya induce a desear abandonar este mundo. Incluso algunas de ellas aseguran que el apocalipsis ya ha comenzado, la contaminación galopante del planeta es su síntoma, por lo que la estancia en la tierra es garantía de sufrimiento. Pavorosa idea que incita a buscar mundos mejores más allá de la muerte.

Toda esta tétrica ideología doctrinal está avalada por los mensajes recibidos del más allá. Esa bendita voz que habla al grupo a diario puede asegurar que en el otro mundo les esperan todo tipo de dichas, y que la permanencia en este mundo ya no tiene razón de ser. De esta forma el suicidio colectivo tiene un alto porcentaje de probabilidades de llegar a ser una realidad.

Esto puede no resultar creíble para quienes no han vivido en un ambiente sectario con mensajes recibidos del más allá incluidos. Más insisto en el elevado grado de realidad con que se vive en estos grupos todos estos acontecimientos, por muy extraños que puedan resultar a quienes no los han vivido. Los personajes del más allá que hablan con ellos son deidades muy entrañables para estos grupos, su existencia se considera más real que la de los mismos componentes del grupo. Eternas y sabias divinidades que guían las vidas de los miembros sectarios, aunque el sentido común de alguno de los sectarios discrepe con las directrices recibidas del cielo. Pero, claro está, la ignorancia del miserable ser humano no puede nunca equipararse con esos seres divinos que se dignan a hablarnos transmitiéndonos su infinita sabiduría...

Espero que se entienda la enorme seducción que las voces del más allá ejercen sobre el grupo que las escucha. Una hechizo que puede inducir al suicidio. Incluso existe una seducción emocional: esos personajes celestiales no solamente son venerados por su sabiduría, sino que también son amados. ¿Cuántos de nuestros místicos imploraron morir para poder conocer a su amado? Recordemos el famoso “muero porque no muero” de santa Teresa de Jesús.

Existe un anhelo de conocer al ser amado, al ser adorado y admirado, y podemos desear morir cuando creemos que lo veremos después de muertos. Algo semejante sucedió en el espiritismo: fueron muchas las personas que buscaron comunicarse con su persona amada fallecida recurriendo a las sesiones espiritistas que se comunicaban con el mundo de los muertos. Y fueron muchas las personas, que después de ser convencidas de que su ser más querido continuaba viviendo en el más allá, desearon morir para unirse a él, o incluso se suicidaron para llevar a cabo su deseo. Estos estados emocionales convierten el suicidio en una gozosa decisión, al estilo de aquellos grandes amantes, que, después de fallecer uno de ellos, el otro decide irse tras él quitándose la vida. La muerte en estas circunstancias resulta una gozosa atracción. El ser querido llamándonos desde el más allá puede inducirnos a desear la muerte e incluso a provocárnosla.

Todos estos aspectos suicidas de los que estamos hablando son las semillas que pueden hacer brotar el suicidio en una colectividad. Las modernas religiones extraterrestres no se libran de estas mortales y viejas semillas que llevan matando personas durante milenios. Tras los modernos mensajes extraterrestres también se oculta el viejo instinto de muerte terrestre. Las voces de los sabios extraterrestres invitan a menudo a “viajar” a sus acólitos a sus divinos planetas. Pero como las naves que deberían de venir a recogerlos brillan por su ausencia, excepto en las realidades virtuales espirituales extraterrestres, los sabios humanoides del más allá pueden llegar a inducir a quitarse la vida a un grupo de humanos para llevarlo en sus naves virtuales, a través de la dimensión de los muertos, al mundo extraterrestre de no sé qué vivos.

Conviene anotar que todos estos hechos suicidas no suceden de la noche a la mañana. Para que una voz del más allá se gane la confianza de un grupo serán necesario años de relacionarse con él demostrando su sabiduría, su espiritualidad y su innegable capacidad para dirigir sus vidas. Repito que las voces del más allá no tienen un pelo de tontas, surgen de los niveles más profundos de nuestra inteligencia. El grupo se identifica inmediatamente con ellas, reconoce su poder de conocimiento; algo obvio, pues surge de ellos mismos. La belleza de sus mensajes puede ser tan extraordinaria que difícilmente puede considerarse una creación humana, es más fácil pensar que se trata de un mensaje divino. Las voces se convierten en los maestros espirituales de los grupos que las reciben, donde nadie sospecha que tras ellas se esconde la muerte. ¿Qué devoto cristiano puede desconfiar de los mensajes del más allá recibidos en santa comunidad y firmados por el mismísimo Jesucristo? ¿Cómo pueden llegar a sospechar los miles de seguidores de la virgen María, que escuchan sus mensajes asiduamente, que tras los purísimos velos de la santísima se oculta la misma fuente original de los mensajes que se transmiten en los rituales asesinos de la magia negra?

Tras el personaje que nos habla del más allá, sea quien sea, se oculta nuestro lado oscuro, nuestra mente, nuestros instintos, de vida y de muerte. El personaje que nos habla del más allá es un disfraz, un muñeco virtual creado por nuestra mente para escenificar nuestros impulsos interiores, los más sublimes, y los más infernales.

En las sectas de la línea blanca no gustan de tener contacto con el diablo, personaje ideal para que nos hable de nuestro lado oscuro. De esta forma se intenta tener alejados a todos los males, pero, aunque el grupo religioso no se hable con el diablo, los males hablarán de todas formas. El mal está dentro del ser humano, y, cuando escuchamos mensajes del más allá, ya hemos dicho que son producto de la mente de los de aquí. Mensajes de nuestra mente personificados en uno o en otro personaje, que, por muy santos que sean, hablará a través de ellos el instinto de muerte, con todo su poder de seducción, de atracción por poner fin a la vida. Repito: no es el personaje quien nos habla, por muy entrañable que sea, es nuestra mente profunda, con toda su gloria de vida y con toda su terrible muerte. Incluso puede ser dios mismo quien hable a sus devotos. Una gloriosa comunicación celestial que puede llevarnos al más allá en el momento en que la divina voz nos empiece a insinuar que no hacemos nada aquí.

Todos aquellos grupos que estén recibiendo mensajes del más allá harán muy bien en permanecer alerta. El instinto de muerte, por ahora, en nuestra humanidad, es mucho más fuerte que lo que habitualmente nos creemos. Nuestras sublimes deidades o entidades espirituales que nos hablan cada día, por muy creadoras de vida que se anuncien, acabarán tarde o temprano llevándonos a la muerte. Por ello conviene estar lúcidos en todo momento en nuestro pasear por las sectas, para que, cuando la muerte nos hable disfrazada de vida celestial, no nos pille desprevenidos y no nos dejemos arrastrar por ella, y recordemos que sencillamente es eso: muerte.



LOS MILAGROS



Abandonamos los sombríos capítulos dedicados a la violencia y a la muerte para adentrarnos en la fuerza de la vida. Dejamos nuestro desconocido lado oscuro y entramos en la luz de la esperanza, zona también apenas conocida. Si ya hemos reconocido que los demonios y los infiernos son proyecciones del propio mal humano, ahora nos queda reconocer que también los dioses y los cielos son proyecciones del gran bien que asimismo albergamos en nuestro interior. Dos tendencias tan contrarias que resulta muy difícil comprender que se hallen unidas. Nos falta un supuesto que nos explique cómo es esto posible. Al final del libro intentaremos encontrarle una explicación. Ahora centrémonos en reconocer nuestro gran bien interior manifestado en los dioses. No voy a usar tantos capítulos en este empeño, como he usado para intentar mostrar el mal que albergamos, porque el cometido principal de este libro es el de mostrar los peligros. Así que resumiremos en unas pocas páginas nuestro oculto poder benefactor.

Podríamos definir a los milagros como aquellos fenómenos paranormales que benefician a aquella persona o personas que los experimentan. Mientras que el resto de fenómenos paranormales provocan anormalidades perniciosas o sin sentido en nuestra realidad, el milagro provoca también anormalidades pero con resultados beneficiosos. Su capacidad de sanar a los enfermos es uno de sus mayores logros.

Si en las realidades virtuales espirituales se manifiestan todos nuestros impulsos psicológicos, incluido el instinto de muerte como acabamos de ver, no podía faltar en ellas nuestro poderoso impulso de vida, aquel que nos hace vivir y se mantiene en lucha constante contra la muerte. Dicha pulsación vital se manifiesta de forma especial en los milagros, ellos son el poder de los cielos manifestado aquí en la tierra, son el remedio celestial contra las enfermedades y contra la propia muerte; el milagro es incluso necesario en todo caminar espiritual, pues puede contrarrestar el poder destructivo del instinto de muerte que tan a menudo se cuela en las realidades virtuales espirituales.

Probablemente sean los milagros la manifestación más palpable y poderosa en los mundos espirituales de nuestras ganas de vivir. Son un canto a la vida que no falta en ningún camino que se precie de divino. La atmósfera sagrada impone su poder de armonía y realiza hechos portentosos. Su poder no sólo cura las peores enfermedades sino que incluso vence a la muerte, la resurrección de algún muerto es un logro del que no se priva toda entidad espiritual de cierta categoría, pues el milagro de resucitar a los muertos es lo que precisamente da categoría a los personajes espirituales. De ahí que siempre haya algún muerto ―o medio muerto― resucitado en toda historia sagrada particular de los grandes personajes espirituales.

Llegados a este punto es necesario recordar el contenido del capítulo “Creer o no creer, dos extremos de una variable”, pues los milagros han sido siempre y siguen siendo motivo de grandes debates sobre si suceden en realidad o son producto de la imaginación calenturienta de los creyentes. Aunque, si hemos permanecido atentos a todo lo que hemos sido testigos en nuestro paseo por las sectas, ya debiéramos de tener claro que la realidad y la ficción se entremezclan en los caminos espirituales de tal forma que nos puede llegar a resultar muy difícil saber cuando los hechos son reales y cuando no lo son. No voy a negar la gran cantidad de fantasías que se desencadenan en torno a los milagros, pero tampoco voy a negar sus efectos en nuestra dimensión física. Una de las propiedades más valiosas de la atmósfera sagrada, cuando se impregna de una densa paz espiritual, es la de armonizar nuestro organismo y de equilibrar nuestro sistema nervioso; su poder terapéutico es innegable, y no es de extrañar que en su seno se realicen curaciones milagrosas.

La atmósfera milagrosa puede provenir de cualquier realidad virtual espiritual, de cualquiera de sus energías divinas, de sus santos personajes del otro mundo o de sus representantes en éste. Los grupos sectarios que estamos estudiando son expertos en generar esa atmósfera sagrada, y, por lo tanto, los milagros están a la orden del día en las sectas. La mayoría de las veces el milagro se realiza invocando al espíritu divino o a algún gran personaje espiritual, como por ejemplo a Jesucristo; recordemos que fue un gran milagrero, y que continúa siéndolo según sus seguidores. Según los evangelios podríamos deducir que Jesús consiguió estar tan impregnado de vibración sagrada que los milagros sucedían a su alrededor digamos que por contagio.

Si la enfermedad puede transmitirse por contagio, yo no veo razón alguna para que la salud no se pueda transmitir también por contagio; cuando una persona disfruta de una radiante salud, seguro que a su lado nos sentimos más sanos que cuando estamos al lado de un aquejado enfermo. Y si esa persona irradia una salud divina, como pudo ser en el caso de Jesucristo, no es de extrañar que a su paso la gente se curara por mero contacto.

Conviene anotar que todo milagro contiene un efecto propagandístico innegable, una publicidad de cara a glorificar a la divinidad de donde procedan o a la realidad virtual espiritual desde donde se originan. Los milagros, a pesar de que muchas personas no creen en ellos, han sido la principal herramienta de todo proselitismo, fuegos artificiales anunciadores de la buena nueva de los creyentes, pancartas anunciadoras de las glorias divinas, carteles propagandísticos que en muchas ocasiones hicieron un uso exagerado del milagro para aumentar la publicidad de sus milagreros dioses.

El milagro sirve para otorgar realidad divina a las realidades espirituales y a sus personajes, y para terminar de convertir en creyente a todo aquel que no lo es. El grito de: ¡milagro!, ¡milagro!, ha sonado por todo el mundo desde hace miles de años, ha ensalzado a los creyentes que pasaban desapercibidos en la sociedad y ha hecho temblar a los no creyentes; pues no es una buena papeleta no estar del lado de un dios que hace milagros, no vaya a hacer el milagro de borrar del mapa a todo aquel que no le adore.

Y es que, en ocasiones, el milagro no está destinado totalmente a hacer el bien, sino que también puede hacer el mal. Todos conocemos el ejemplo típico de cómo las fuerzas divinas perjudican a las huestes de infieles que persiguen al pueblo elegido. Yo no creo que se pueda considerar a estos casos milagros, aunque las historias sagradas de las diferentes religiones nos relaten estos acontecimientos. Los más sobresalientes fueron aquellos casos en los que los milagros ayudaba a inclinar la balanza de las batallas a favor de los creyentes. Sin embargo, hubo casos en los cuales los dos grupos enfrentados en la contienda bélica eran religiosos adoradores de dioses diferentes, y los narradores de ambas historias sagradas nos relatan sus respectivos milagros, haya sido uno de ellos el derrotado o el otro. El vencedor cuenta que fue su dios quien les ayudó a ganar la batalla con gran manifestación de su poder, y el derrotado también dará muestras de la gloria de su señor asegurando que gracias a su gran poder continúan con vida, pues no fueron masacrados totalmente por sus enemigos “de milagro”.

Los milagros han sido objeto de gran manipulación por los pueblos religiosos ―y continúan siéndolo―, fueron una de las armas psicológicas favoritas para atacar o amedrentar a los enemigos. Tanto es así que no solamente se hicieron uso de ellos en las historias sagradas. En los relatos de nuestros cronistas históricos no faltan los actos milagrosos de santos o de divinidades venidas del más allá para cambiar milagrosamente el desenlace de importantes batallas, proporcionándoles unas victorias a los creyentes en unas contiendas bélicas que por lógica tenían perdidas. Estas manipulaciones interesadas todavía continúan realizándose en los países subdesarrollados, ensalzando la ayuda milagrosa de su dios contra los demoníacos enemigos.

A pesar de tanta paja en torno al tremendo fenómeno de los milagros, he de reconocer que siempre he estado muy interesado por el tema. En mi pasear por los mundos sectarios me esforcé por estudiar el fenómeno en sí, retirando toda la parafernalia que en torno a él siempre se produce, labor que me llevó arduo trabajo, pues siempre hay en torno a los milagros tal cantidad de exaltados adornos propagandísticos, y de resoluciones fanáticas, que en muchas ocasiones en muy difícil llegar hasta ellos y comprender lo que sucedió en realidad.

Voy a confesar que yo hice un curso de milagros. Por supuesto que no lo terminé, pues los alumnos más aventajados que yo, que ya lo habían terminado, estaban repitiendo el curso, algunos por segunda vez y otros por tercera y por otros por cuarta; parecía ser que alcanzar la suprema espiritualidad necesaria para obtener el favor de los milagros no era cosa fácil. Todo el curso estaba enfocado en alcanzar esa sublime espiritualidad, y, como no se daban clases prácticas para enseñar a realizar milagros, desistí de realizar el esfuerzo.

El milagro suele producirse causado por una intensa influencia de una realidad virtual espiritual en nuestra dimensión física. Mis investigaciones en torno a los milagros se centraron siempre en sus propiedades curativas, creo que es una de las funciones más prácticas y más dignas de todas las que son capaces de realizar las deidades o fuerzas del más allá. Lástima que siempre se realizan según el capricho del azar, o, mejor dicho, según la voluntad divina. Los creyentes, por muy creyentes que sean, no son capaces de manejar a su antojo el poder de los milagros, siempre se invoca el poder de dioses, de espíritus divinos o de santos personajes muertos hace siglos. El creyente solamente puede pedir el milagro, y después esperar a ver si se le concede. El grado de devoción y de fe influye notablemente en la concesión del portento, según aseguran los expertos; pero no existe, que yo conozca, garantía alguna para que se realicen los milagros.

A un nivel de experiencia personal siempre me interesó la facultad sanadora de los milagros. Observando mi propio organismo, y buscando incesantemente unas causas menos caprichosas de los milagros, llegué hace años a la conclusión de que mi salud mejora en la medida que soy capaz de bañar mis vibraciones personales con la armoniosa paz proveniente de una atmósfera sagrada de calidad. Esto puede parecer sencillo, pero no lo es, pues las atmósferas sagradas de calidad casi siempre provienen de algún personaje o energía divina de las realidades virtuales espirituales, o de algún mediador vivo que las transmite por contagio, como por ejemplo los grandes gurús hindúes; y las ideologías, doctrinas o rituales que obligatoriamente se han de aceptar, para que las atmósferas sagradas se manifiesten, pueden llegar a crear en los individuos que las experimentan tales conflictos internos que pueden hacerlos enfermar más que lo que la atmósfera sagrada es capaz de curar.

Por esta razón, una de mis últimas intenciones espirituales se centra en conseguir obtener la atmósfera sagrada sin necesidad de ninguna conflictiva mediación religiosa o esotérica que la produzca. Sería todo un logro obtener la atmósfera milagrosa así, sin más, sin complicadas creencias ni rituales, y sin padecer la difícil convivencia sectaria que nos puede complicar la vida.

Y es que, en especial las personas entraditas en años, algo tendremos que hacer para intentar mantener alejadas de nosotros a las enfermedades. Yo, al menos, tengo claro de que para ello necesito un milagro.







LA ETERNA JUVENTUD



Estamos acostumbrados a escuchar que la vida eterna es para los que están muertos; sin embargo, hay creencias que afirman que la vida eterna es para los vivos, y que la muerte es algo remediable. Es de esperar que muchos de ustedes se sorprendan al oír esto. Después de llevar muchos años por los caminos sectarios, yo me quedé boquiabierto cuando me hablaron de tal posibilidad. Todas las noticias que tenía sobre el tema las consideraba producto de la fantasía esotérica. Tan grande fue mi sorpresa, y la sinceridad con la que me estaban hablando de la inmortalidad física, que desde entonces no he cesado de interesarme por el tema.

Estos creyentes piensan que, si el poder de dios es infinito, el poder de sus milagros también lo es; por lo que nunca se le puede pedir demasiado, aunque se le pida que nos libre del envejecimiento y de la muerte por los siglos de los siglos. Tan atrevidos creyentes piensan que de poco sirve resucitar a un muerto si al final se va a morir de todas maneras; la muerte desaparece de nuestras vidas o no desaparece. Alargar la vida sin remediar su fatídico final es alargar la agonizante espera de la muerte. Para ellos, los milagros curativos sirven de muy poco, pues, al cabo del tiempo, si no se ha remediado la muerte, ésta nos sobrevendrá tarde o temprano, como definitiva enfermedad, sin milagro alguno que nos valga. Y algo de razón llevan al respecto, pues los beneficios sanadores proporcionados por una atmósfera sagrada obtenida en rituales, tarde o temprano desaparecen. Supongo que estos atrevidos pensadores esotéricos proponen estar sumergidos constantemente en una atmósfera milagrosa para que no nos afecte enfermedad alguna ni la muerte, y nos mantenga con un aspecto joven eternamente. Porque, naturalmente, para esta extraordinaria ideología esotérica, el envejecimiento es algo enfermizo, es algo feo, desagradable, nada digno de todo hijo de dios; es un maldito camino hacia la muerte, un podrirse lentamente. Por lo tanto, quien consiga librarse de la muerte, también habrá de librarse del envejecimiento. Porque sino, menuda papeleta, vivir eternamente viejo.

Como todos los temas de los que estamos hablando en este libro, la eterna juventud también ha estado presente en muchas de las grandes religiones o vías de realización espiritual, al menos en su literatura. La piedra filosofal y el santo grial conceden la juventud eterna a quienes alcanzan sus favores. El elixir de la eterna juventud está presente en todo camino esotérico como una de las más altas metas a conseguir, tan alta que muchas veces pasa desapercibida para los creyentes, como un logro conseguido por sus grandes santos, imposible de conseguir por ellos.

Por supuesto, que esta extraordinaria moda esotérica de “hablar” de la eterna juventud, se anuncia también como una enseñanza de Jesucristo. Ya comentamos que a este maestro lo utilizan en Occidente casi todas las escuelas espirituales como aval de sus enseñanzas. Cada vía ve en la vida de Jesús lo que le interesa para apoyar sus creencias. Y, según los inmortalistas, Jesús no vino a enseñar

La consigna:
Mantener la Dignidad, la Fe, la Esperanza, el Respeto y el Honor. A traves de la Sabiduria, la Serenidad, la Sensibilidad y la Sencillez. regresar al Origen.

Los seres humanos son libres excepto cuando la humanidad los necesita.
ORSON SCOTT CARD
17-Oct-2009 09:09 PM
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Paseo por el interior de las secta
EL AMOR



En la figura vemos representado al amor en el interior de un halo radiante de un color diferente del resto, con esto he querido indicar que el amor es la esencia de la atmósfera sagrada. Las cualidades de la experiencia religiosa pertenecen al aura ―en azul― que genera el amor. La vivencia amorosa nos llena de belleza y de paz interior, es un gran bien para uno y para los demás, nos colma de alegría, es muy vital y sanadora, y nos emborrachamos con sus elixires cuando estamos enamorados.

También hemos de reconocer que el amor puro, completo, apenas es conocido. Como podemos ver en la figura, todo lo que envuelve al encuadre azul central es de otro color, el amor se ve envuelto en este mundo por pasiones, sentimientos y creencias que tienen muy poco de amor. El calificativo popular de hacer el amor, por ejemplo, tiene en muchas ocasiones muy poco de amor y mucho de sexo. Cuando hablamos de amor nos referimos la mayoría de las veces a otros intereses humanos diferentes del amor. Mas el amor es inconfundible. Vamos a hablar él, de las formas en que más intensamente lo experimentamos.

Popularmente se le reconoce en el enamoramiento típico de una pareja. El amor religioso en el seno de las religiones oficiales, también llamado el amor a dios, apenas es experimentado por la mayoría de los individuos, y el vivido en el seno de las sectas es prácticamente desconocido por el pueblo llano. En su empeño por empañar la imagen de estos grupúsculos revolucionarios, poderosos intereses sociales y religiosos se encargaron de borrar de las mentes del pueblo, al cabo de los siglos, el amor que habitualmente se vive en el interior de las sectas.

Mas el amor es el mismo, se viva de una forma o de otra, esté reconocido socialmente o no lo esté. Aunque en nuestra cultura tenga una gran aceptación popular el amor en pareja, llegando a ser la meta feliz de gran parte de la población, y el amor exclusivamente espiritual sea un gran desconocido, e incluso rechazado como meta feliz, y considerado causa de desgracias cuando se vive en el seno de las sectas, los dos tipos de amor son lo mismo: amor; y ante los dos nos comportamos de forma similar y nos suceden situaciones semejantes. Las desgracias que se le achacan al amor sectario también las vivimos en el seno del amor de pareja, pero, como el amor de pareja está de moda, se minimizan sus males; y, sin embargo, los males de los amores sectarios se engrandecen por no estar bien vistos en nuestra era. Mas son dos amores semejantes, sólo que a uno, por intereses sociales lo hemos hecho popular, y al otro lo hemos condenado a los infiernos. La única gran diferencia entre uno y otro es la actividad sexual, pero esta diferencia no afecta al sentimiento de amor; tanto un místico enamorado de dios o de su gurú, como una persona corriente enamorada de su pareja, pueden vivir una pasión amorosa semejante aunque uno practique el sexo y el otro no.

Otra importante diferencia entre estos dos tipos de amor es que el amor espiritual (que también se puede vivir en pareja, recordemos el amor platónico) no está dirigido habitualmente a una persona próxima. El objeto de amor será alguien o algo lejano, aunque el místico enamorado lo sienta muy cerca de sí. Su objeto de amor puede ser su maestro espiritual divinizado, con el que se guarda habitualmente cierta distancia. Puede ser un gran mediador. Jesucristo es un conocido objeto de amor místico en nuestra civilización. También puede ser cualquier entidad espiritual como los santos o la Virgen María, quien despierta multitud de devociones entre muchos de los creyentes cristianos. El amor a dios es el más corriente vivido en los caminos espirituales, bendición del mundo cuando se convierte en amor al prójimo.

Aunque este amor no se viva en una intimidad física como se vive en la pareja, el enamorado espiritual lo siente con la misma intimidad; para él, dios o la divinidad amada está tan próxima a su corazón como lo están los amantes en su lecho de amor, y su pasión amorosa puede ser tan fuerte que sublime su instinto sexual. Y aun tenemos en este amor una circunstancia enriquecedora que no se da en el amor de pareja, se trata de que la experiencia amorosa es compartida por el grupo espiritual sectario, fraternal comunidad que comparte un mismo sentimiento de amor, habitualmente llamado devoción. Esta cualidad sentimental de los grupos religiosos es muy difícil conocerla si no se vive. La ignorancia sobre ella ha ayudado a ridiculizarla. Sin embargo, es una vivencia envidiable y sumamente atractiva; tanto es así que es uno de los ganchos más eficientes que tienen las sectas para captar adeptos. Estamos la mayoría tan sedientos de amor que quien llega a sentir ese amor de grupo espiritual suele quedarse enganchado a la experiencia y acaba haciéndose miembro de la secta. Lo único que consigue nuestra sociedad ocultando este hecho es que cuando una persona descubre ese amor fraternal, esa riqueza sentimental y capacidad de hacer feliz, repudie a nuestra sociedad por ocultar e incluso ridiculizar tal fuente de felicidad. Al ocultar y negar nuestra sociedad la felicidad que se vive en el seno de las sectas, está haciendo algo semejante a lo que sociedades antiguas y no tan antiguas hicieron con el amor de pareja, al ocultar al pueblo y en especial a las mujeres su capacidad para disfrutar el placer sexual.

El fuerte hermanamiento sentimental que se vive en las sectas viene propiciado por el hecho de que todos sus miembros viven un mismo amor, digamos que es como si estuvieran enamoradas de la misma persona, sin haber celos de por medio, claro está, pues no hay razón para ellos, ya que dios o las divinidades pueden hacer el amor con infinidad de amantes dejándolos a todos satisfechos gracias a que su “virilidad espiritual” es infinita.

Esta complicidad entre amantes provoca un hermanamiento sentimental y una sintonía emocional muy poderosa, capaz de unir al grupo sectario con lazos más fuertes que los de las propias familias. No es poco frecuente que quien entre en una secta abandone a su familia.

Mas a pesar de todas estas distinciones, el amor en sí es el mismo que el que viven cualquier pareja de enamorados. Quienes dudan que el amor religioso sea semejante al de pareja es porque no han vivido los dos intensamente en algún momento de sus vidas. Son tan semejantes que tanto los calificativos que se utilizan para determinar las cualidades de uno sirven también para el otro. Si uno es sagrado y divino el otro también acepta dichos calificativos; si uno es religioso el otro también proporciona una experiencia religiosa aunque no haya dioses de por medio, pues si bien en uno se ama y se adora a dios, en el otro, los amantes se aman y se adoran mutuamente como si fuesen dioses; si un amor se suele alcanzar a través de rituales esotéricos, el otro no le va a la zaga en rituales amorosos; y si uno nos hace vivir la vida eterna, nos da sensación de infinitud, los amantes también se juran amor eterno, pues ellos también se sienten amantes más allá del tiempo; y si uno lleva al cielo, el otro lleva al paraíso. Los dos proporcionan dicha, alegría, son muy saludables y emborrachan de amor.

Y los dos sufren un proceso de transformación semejante al esquematizado en nuestra figura; esto es lo único que les diferencia, el resultado final que provoca los diferentes filtros de selección de preferencias. Aunque el amor de pareja en la actualidad no está inmerso en realidad virtual alguna, pues nuestra cultura no lo permite, en otras culturas sí lo está. Si recordamos la mitología griega observaremos que existía un dios para los enamorados. Cupido era el encargado con sus flechas de amor de poner en marcha los sentimientos amorosos y de controlarlos, y cada aspecto de la pasión amorosa estaba regido por un dios. Pero, aunque en la actualidad no haya mitología alguna que envuelva el enamoramiento en Occidente, sí que existe cierta cultura, o costumbrismo en torno al fenómeno amoroso de pareja, que actúa como una realidad virtual espiritual. Pongamos un ejemplo: el machismo es una aptitud social masculina muy extendida por todo el planeta. Una pareja de recién enamorados, prometidos con amor eterno, se ven sorprendidos porque a quien le ha tocado ser el macho, se está comportando de tal forma que más parece odiar a su pareja que amarla. Él ama a su esposa, pero a la vez la machaca brutalmente cuando se deja llevar por su instinto de dominarla. De nuevo nos encontramos con que el resultado de lo que brota de nuestra atmósfera sagrada, a causa del filtro de selección de preferencias, acaba transformado en lo opuesto a ella. Por lo tanto, no solamente el sentimiento de amor es el mismo en ambos casos, sino que también su proceso de transformación es semejante aunque en el amor de pareja no haya realidad virtual espiritual de por medio. Las emanaciones indeseables de nuestro mal interno son suficientes para condicionar el amor de pareja, creando un filtro de selección de preferencias como la realidad virtual espiritual más añeja.

Y es que el amor, con la atmósfera sagrada que emite, como ya hemos explicado, escarba en las partes más recónditas de nuestra mente, liberando nuestras fuerzas ocultas, que toman cuerpo en el costumbrismo social y actúan como una realidad virtual espiritual generando su propio filtro de selección de preferencias.

Ya sea el amor vivido con alguna deidad o con una persona, es un auténtico milagro que pueda manifestarse tal y como él es en este mundo. El amor puro es incondicional, pero siempre le obligamos a manifestarse condicionado. Son los comportamientos egoístas de nuestra mente, los dragones agresivos, la avaricia territorial y posesiva, y el miedo y las aptitudes defensivas, lo que condiciona al amor. Todo aquello que no es amor acaba condicionando de tal manera al amor puro que termina por ahogarlo muy a menudo antes de que empiece a amar. Este es un gran drama humano. En los capítulos siguientes estudiaremos las causas de esta dramática situación.

En mi opinión somos en esencia amor, pero no podemos manifestarnos tal y como somos. En la figura, el amor está en el centro porque corresponde a nuestro propio centro. Cuando se vive el amor, cuando uno está bañado por la atmósfera sagrada, se tiene la sensación de estar de vuelta en casa, en nuestro lugar, en nuestro estado natural; reconocemos lo que somos: seres divinos, divinos amantes. Pero nuestra naturaleza amorosa está encerrada en la cripta de las creencias, códigos de comportamiento de nuestro inconsciente colectivo, y no puede manifestarse excepto a través de ellos, bajo sus estrictas condiciones: Te amaré eternamente mientras no te acuestes con otra persona; amaré a dios mientras haga milagros que me beneficien y me protejan de los males. Cuando las cosas me vayan mal blasfemaré. Amaré al prójimo mientras no sea mi prójimo el vecino al que tengo tanta ojeriza. Amaré siempre y cuando...

Al amor no se le pueden poner condiciones, es incondicional, un amor con condiciones no es amor. Su naturaleza está en contra de muchos de los instintos más primarios humanos. Cuando nos estalla en el corazón, tal y como es, con su fuerza sentimental, nos vuelve locos, es la locura de amor. Rompe el equilibrio que nuestra mente consigue tan laboriosamente entre nuestras contradicciones. Y el sabio conocimiento que emerge de la sagrada paz de la atmósfera sagrada se ve perturbado por el desequilibrio mental. La radiación amorosa llega hasta lo más hondo de nuestro inconsciente colectivo y saca de sus milenarios sedimentos todo aquello que no es amor, e intenta expulsarlo; mas todo aquello que no es amor, en nuestra humanidad, es demasiado para el amor, y muy pocas veces puede con ello; más bien es el mal humano quien acaba terminando con lo mejor de nuestra humanidad.

Muchas personas optan por centrar su interés amoroso en amores mucho menos intensos, más suaves, menos conflictivos y desestabilizadores. Prefieren excluir el éxtasis de amor de sus vidas a cambio de no perder su equilibrio interno. De esta forma nada moverá sus fuerzas ocultas negativas al precio de no vivir intensa felicidad. Son las personas que centran su vida en pequeños amores, aptitud que puede dar la sensación de ser la solución a los problemas de los que estamos hablando. Pero nada más alejado de la realidad: si se ama mucho, se gozará mucho y se sufrirá mucho; y, si se ama poco, se gozará poco, aunque también se sufrirá, quizás menos, pero el mal también hará acto de presencia tarde o temprano. Un ejemplo de cómo el mal también entra en estas suaves formas de amor lo tenemos en la amistad, afecto muy valorado socialmente. Pues bien, si afinamos nuestra atención observaremos que en muchas ocasiones las amistades se forman como alianzas contra algún enemigo común, con esto quiero decir que la amistad muy a menudo no está basada en el amor, sino en el odio hacia alguien o hacia algo. Como podemos ver, ya sea con grandes o pequeños amores, los males de nuestras entrañas se nos cuelan en cualquier forma amor para terminar con él tarde o temprano.

No obstante, gran parte de la Humanidad intenta ponerse de parte del amor para ayudarle a manifestarse en este mundo. Especialmente nuestra sociedad civilizada está empeñada en que triunfen los buenos sentimientos humanos. Actitud heroica allá donde las haya. Lástima que perdamos tanto el tiempo en echarnos las culpas de nuestros males los unos a los otros en vez de intentar atajarlos en sus raíces.





DIOSES A LA CARTA



Debido a la enorme competencia entre las sectas y a la demanda social, o quizás debido a la buena voluntad de los dirigentes sectarios (los dirigentes sectarios también tienen buena voluntad), se está trabajando en el propósito de mejorar las condiciones del filtro de selección de preferencias para que el amor espiritual y el bien hagan un acto de presencia mucho menos condicionado en nuestro mundo. Por supuesto que esta labor es muy difícil de conseguir. En el seno de la pareja también se están realizando grandes esfuerzos, reprimiendo aquellos aspectos del mal más brutales que dañan en especial a la mujer. Sin embargo, la represión del mal no significa su desaparición. El mal tiene una enorme capacidad de disfrazarse y de reaparecer en las formas más insospechadas. Ya hemos hablado de ello. Aquellos jóvenes, y los no tan jóvenes, que creen en el triunfo del amor, y luchan por él, son héroes inconscientes de nuestro tiempo. Nuestra sociedad pacifista les ha ocultado su propio instinto de muerte y no saben a qué se enfrentan. En las sectas sí que lo saben, al menos en sus representaciones virtuales espirituales no faltan personajes o fuerzas terroríficas que representan al mal que anda por nuestro mundo. No obstante, haciendo un esfuerzo por acoplarse a la moda bonachona y pacifista, están intentando reducir la maldad de los demonios y aumentar la permisividad y la bondad de los dioses. Es una forma de venderse mejor al público. A nadie hoy en día le gusta que le metan miedo ni que le presionen con mandamientos divinos muy exigentes. Los dioses que mejor se venden hoy son aquellos que hacen casi todo por nosotros; al hombre civilizado le encanta que le den todo hecho. Por ello existen auténticos expertos en crear dioses a la carta. Cogiendo una pizca de aquel famoso dios y otra pizca de éste menos famoso pero mucho más asequible para la mentalidad de hoy en día, cogiendo un poco de esa vieja creencia tradicional y otro poco de esta nueva recién llegada de lejanas tierras que se ha hecho muy famosa, etc., se están haciendo auténticos guisados (y desaguisados, todo hay que decirlo) para intentar dar con ese dios que esté a la medida de los nuevos tiempos.

Tiene cierta gracia la situación, llevamos milenios bailando al son de los dioses, y ahora queremos que sean ellos quienes bailen al son nuestro. Y es que no cabe duda de que un dios sin seguidores no es nada; quizás por eso, entre tanta competencia entre divinidades, ahora los dioses se dediquen a contentarnos a nosotros en vez de nosotros dedicarnos a contentarles a ellos.

Uno de los ejemplos más llamativos de estos novedosos cambios lo tenemos en Jesucristo, gran mediador occidental, capaz de amoldarse a los cambios más sorprendentes. Las nuevas religiones cristianas nos lo presentan mucho más guapo, sin tanta sangre chorreándole por el cuerpo. También podemos observar como las viejas religiones cristianas se están amoldando a los nuevos tiempos, cambiando la penosa imagen de su antiguo dios por otra mucho más atractiva. Y es que en nuestra sociedad consumista está demostrado que una buena imagen vende más.

La proliferación de sectas está produciendo una competencia entre creencias como nunca se ha dado en el mundo, y las religiones están actuando en consecuencia. Un ciudadano de una gran capital occidental tiene hoy en día acceso a prácticamente todas las creencias más importantes del planeta. Esto está produciendo una notable competencia entre ellas, y en consecuencia las creencias empiezan a cambiarse para mejorar su calidad espiritual. Nunca las más importantes creencias del planeta han tenido tanta competencia, todas tenían su territorio, sus territorios o sus países donde implantaban su hegemonía; pero esto está desapareciendo, dando paso a una feroz competencia, en especial en los países desarrollados. No cabe duda de que esta novedosa situación en los ámbitos espirituales del hombre está provocando una auténtica revolución cultural, y todo ello gracias a las tan mal vistas sectas.

Cierto es que existen religiones o grupos sectarios que no se mueven de donde han estado durante siglos, son los integristas, anclados en una inamovible tradición religiosa, dispuestos en muchas ocasiones a defender con sangre y fuego sus creencias, en clara lucha contra Satán encarnado en todas estas revoluciones novedosas y en nuestra civilización que las permite. La libertad religiosa no puede ser bien vista por quienes no creen cierta otra creencia que la suya. Otras creencias o religiones un poco más permisivas, aunque no dispuestas a modificar sus dogmas de fe, intentan adaptarse a estos nuevos tiempos, realizando modificaciones que no alteren sus raíces más esenciales. Éstas son las religiones oficiales de los países con libertad religiosa, las que se vieron obligadas a tragar los nuevos cambios y la dura competencia que les trajo la proliferación de sectas, de creencias y religiones nuevas.

Nunca los dioses han sido tan moldeados al gusto del consumidor. Las leyes del mercado económico están siendo aplicadas al mercado divino. Todo un sacrilegio. Un divino sacrilegio, en mi opinión, pues demuestra que a dios lo creamos los hombres a la imagen y semejanza que se nos antoja, y no viceversa. Como vengo afirmando en este libro, tanto los diferentes dioses o fuerzas sagradas con sus correspondientes realidades virtuales son ―y siempre fueron, en mi opinión― creaciones de las pulsaciones psicológicas de los grupos o fundadores que las crearon. Y si esto se puede poner en duda, después de ver lo que está sucediendo en el seno de las sectas actualmente, espero que ya no haya vacilación alguna al respecto.

Y no se piense que estos dioses a la carta son deidades de poca monta. Funcionan como cualquier otro dios con milenios de solera. Son capaces de crear en torno a ellos atmósferas sagradas de extraordinaria calidad y seducir al público como el dios más añejo.

Dos son las consecuencias más importantes de esta revolución cultural. Por un lado, muchos de los renegados de los dioses tradicionales encuentran en los nuevos dioses a la carta algún dios a su medida. Y por otro lado, inevitablemente, aquel que se recorre varias de estas creencias acaba con una considerable pérdida de la fe en todas ellas, pues descubre la manipulación del hombre en la creación de los dioses. El creyente buscador de la auténtica creencia acaba harto de tanta manipulación sagrada.

Quienes todavía continúan inamovibles en sus viejas creencias, haciendo caso omiso de todas estas movidas sectarias herejes, no tienen crisis de fe; pero muchos de quienes nos vimos inmersos en esta avalancha de novedades espirituales y observamos la capacidad creadora de cielos y de infiernos, de dioses y de demonios, que tiene el hombre, no pudimos por menos que empezar a perder la fe de que dios fuera el creador de todas las cosas.

Esta creciente pérdida de fe está propiciando nuevos cambios en todas estas movidas espirituales. Por un lado los fundamentalistas están siéndolo mucho más que nunca, en santa cruzada contra el auge del ateísmo y la competencia de otras creencias. Y, por otro lado, los cocineros de dioses a la carta, los creadores de los mitos actuales, se están esforzando como nunca por encontrar una creencia universal que convenza a una mayoría de la población. Intentan dar con esa creencia infalible, que aúne a todas las demás. Intentan encontrar las claves de lo que sería la gran religión universal, aunando en una sola doctrina los ingredientes básicos de todas las demás.

En los mercados sectarios ya se anuncian religiones universales, pero es un desesperado propósito en mi opinión. No conviene olvidar que los ingredientes más importantes de las diferentes religiones son incompatibles con algunos ingredientes básicos de las demás. Además de que estos artesanos de lo divino crean su creencia particular aunando las creencias que ellos han llegado a conocer; y, como cada uno de ellos no ha podido tener acceso a todas las creencias del mundo, cada uno crea su religión particular, mas que universal, cóctel de las creencias que él ha vivido. También estos creadores tienen en cuenta las creencias de la gente intentando componer esa nueva religión a gusto del consumidor, por ello es sorprendente observar cómo en ellas se llegan a aunar en muchos casos las tendencias más populares cristianas, orientales y de extraterrestres. Increíble pero cierto. Hay muchísimas sectas que viven este popurrí de creencias mezclados en una sola, convencidos de que están en lo cierto. Sus seguidores creen que todas las religiones y creencias tienen su parte de razón, y por ello las aúnan a todas, consiguiendo a menudo ―y esto es lo sorprendente― una sana convivencia entre todas. Y es que la atmósfera sagrada hace milagros en las mentes de los creyentes.

Yo, como tengo por costumbre, siento discrepar de estas modernas intentonas por encontrar la gran religión universal. Ya hay varias que se anuncian como tales. Pero intentar crear una nueva religión universal, en mi opinión, es intentar crear una nueva ilusión universal.





EL FUTURO



Siento no conocer arte esotérico para predecir el futuro, es algo que no me interesó nunca; y como tampoco estoy en contacto con voz alguna del más allá, de esas que tanto abundan en los ambientes sectarios, expertas en decirnos cómo nos va a ir en la vida, nos vamos a ver obligados a hacer uso únicamente de nuestra inteligencia para intuir el devenir de los acontecimientos en los ambientes más espirituales del mundo. Puede parecer poca ayuda para tan arriesgado empeño, pero, en mi opinión, es más que suficiente. A lo largo de este libro me he esforzado en demostrar que, aún en los laberínticos caminos del alma, la inteligencia del hombre es superior a la de los dioses. A la hora de predecir nuestro futuro, en mi opinión, son más fiables los cálculos de una lógica razonada imparcial que los que nos puedan ofrecer el tarot, la astrología, la bola de cristal o cualquier médium profético. Por lo tanto, hagamos nuestras predicciones de futuro haciendo uso únicamente de lo evidente:

Ya hemos hablado de que los cambios en el nivel espiritual de la Humanidad siempre han sido lentos. Pero un individuo, o un determinado grupo de individuos, pueden experimentar cambios más rápidamente que gran parte de la sociedad. De hecho es en las sectas donde primero se gestan los cambios espirituales que más tarde afectarán al resto del mundo. Por lo tanto, con observar el desarrollo de los acontecimientos en estas puntas de lanza de las diferentes revoluciones espirituales, estaremos viendo las movidas que en un futuro pueden llegar a cuajar en la sociedad. Y como a lo largo de este libro ya hemos expuesto un repertorio de estas movidas, ya tenemos datos más que suficientes para obtener un abanico de posibilidades de futuro.

Por un lado es obvio que los inmovilistas continuarán siéndolo. Las religiones en el poder continuarán haciendo todo lo posible por no perder sus terrenos conquistados. Y, en consecuencia, continuará la persecución de las sectas en plan moderno, en los medios de comunicación. Los más avispados, haciendo caso omiso de la publicidad negativa, continuarán utilizando a las sectas para seguir aprendiendo y evolucionando; mientras que los menos afortunados serán manipulados por ellas, tal y como ha sucedido siempre: Grandes personajes de la Historia fueron adiestrados en sectas y sacaron gran provecho de ellas, recordemos que la masonería adiestró a muchos de nuestros políticos ―por ejemplo― mientras que al pueblo se le convenció, y se le sigue convenciendo, de que las sectas en general son perniciosas. Muchas personas utilizarán, como siempre, las sectas para potenciar su éxito profesional, a la vez que ocultarán ser alumnos de semejantes escuelas de aprendizaje; mientras otras personas continuarán sufriendo penosas consecuencias en estas asociaciones. (Me gustaría que en esto no se viera nada extraordinario, en otro tipo de asociaciones sucede lo mismo: en los ambientes laborales, por ejemplo, unas personas son felices y alcanzan el éxito, mientras otras padecen el trabajo como un castigo divino).

Continuarán anunciándose nuevos apocalipsis, y continuarán haciendo el ridículo quienes los anuncian; lo que no impedirá que los vuelvan a anunciar nuevamente. Seguirán anunciándose nuevas venidas de Cristo y del anticristo, de la virgen, de los extraterrestre, etc.

Por supuesto que tanta patraña esotérica continuará provocando que muchas personas deseen que las sectas desaparezcan de nuestra sociedad, pero mientras no encontremos otra forma de saciar la sed de divinidad del hombre, las sectas continuarán haciendo su papel de buscar pozos en las profundidades del alma humana para sacar algo de agua y dar de beber al sediento buscador de dios. Quien sueñe con un futuro sin sectas, en vez de continuar perdiendo el tiempo en perseguirlas (y alimentarlas así con mártires) que busque alternativas; pero alternativas reales, que estén a la altura de lo que se vive en las sectas. No hagamos como con las drogas, ofreciendo a la juventud alternativas que no le llegan ni al tobillo al gigante de la drogadicción. Perseguir estos fenómenos sociales, sin ofrecer alternativas equivalentes, ya debiéramos de saber que apenas da resultados.

En este empeño por encontrar una alternativa válida aparecerán en escena las llamadas religiones universales, mezcolanzas a gusto del consumidor de las movidas espirituales más conocidas. Pero, como ya hemos comentado, serán más de lo mismo.

Otras esperanzas se centran en soñar con un sínodo de las religiones más importantes del planeta, que concluyera con la creación de un parlamento espiritual. Una especie de foro común que gobernase las almas del mundo entero, semejante al de las Naciones Unidas, que se llamaría Cielos Unidos o algo así. Ésta es una utopía en mi opinión imposible de conseguir, pues cada religión tiene ingredientes básicos incompatibles con los ingredientes de las restantes religiones. Ya hemos visto en nuestro pasear por las sectas que las bases de cada una de las creencias niegan la existencia de otras creencias tan válidas como la suya. La Historia nos ha dejado abundantes muestras de la furibunda intransigencia que las religiones siempre han tenido entre sí. Y aunque ahora en los países civilizados se comporten más civilizadamente, gobernar el mundo espiritual por tantos gobernantes de los paraísos celestiales como hay, es un logro muy difícil de conseguir. Además, no olvidemos que muchos países subdesarrollados se encuentran en una etapa histórica semejante a la de nuestras cruzadas, en clara lucha contra infiel, en este caso nosotros.

Y para quienes estamos esperando una auténtica revolución espiritual, no creo que nos venga precisamente de la religiosidad tradicional, sino de fuera de ella. La tradición no tienen nada nuevo que aportar, precisamente su fuerza se basa casi siempre en sistemas inamovibles milenarios. Lo novedoso vendrá causado por la influencia de los grandes cambios sociales, culturales, científicos, de nuestra sociedad.

La gran proliferación de sectas es una consecuencia de nuestra revolución social, de nuestras libertades sociales. Toda una revolución para la espiritualidad y el conocimiento humano. Muchas personas pueden cambiar de creencia hoy en día con una facilidad asombrosa, y experimentar nuevas formas de religiosidad. Toda una oportunidad de realizar análisis comparativos impensable hace unas cuantas décadas que puede revolucionar los caminos espirituales.

Pero, quizás lo más novedoso, nos llega del impacto cultural científico en la religiosidad. La cultura científica popular ―que muy a menudo tiene muy poco de científica― continuará gestando creaciones de ciencia-ficción religiosas de origen extraterrestre. Pero, como ya hemos estudiado, siguen siendo el mismo tipo de creaciones que durante miles de años hemos realizado los terrestres, aunque ahora con ensoñaciones científicas añadidas.

Más la ciencia, sin ensoñaciones, la auténtica, la que está cambiando nuestras vidas en los países desarrollados, es la que probablemente llegue a gestar nuevas vías espirituales totalmente nuevas. Habrá casos (quizás el nuestro) en los que nos atreveremos a utilizar los descubrimientos científicos ―dentro de lo posible― para investigar la espiritualidad del hombre. Si las ciencias están siendo un gran motor de importantes cambios en nuestra civilización, probablemente sean ellas también un gran motor de importantes cambios en nuestra espiritualidad. El rigor científico puede que nos ofrezca una posibilidad para salir del caos espiritual que la Humanidad lleva padeciendo desde hace milenios.

Si no deseamos que nuestro futuro sea semejante a nuestro pasado, habremos de utilizar herramientas totalmente nuevas para cambiarlo. Quienes no somos creyentes no podemos quedarnos sentados esperando a que los dioses nos liberen de las viejas cadenas de la ignorancia. Y quienes, además de no ser creyentes, intuimos que tras las creencias existe algo real, y estamos dispuestos a descubrirlo, habremos de enfrascarnos en una extraordinaria investigación.

El hombre tiene la suficiente fuerza de voluntad como para cambiar el caótico devenir de los acontecimientos espirituales que se han ido produciendo siglo tras siglo en la Historia. Siempre hemos tenido tal fuerza de voluntad, pero nunca hemos sabido aplicarla correctamente. Los juegos de ilusionismo de nuestra propia mente nos han abocado siempre al fracaso. Pero ahora tenemos unas herramientas extraordinarias que nos pueden ayudar a conseguir lo que nunca hemos conseguido. El método científico, por ejemplo, es ya parte de nuestra cultura, y su rigor investigador nos puede ayudar a labrar un futuro espiritual sin ilusionismos. Nuestro futuro espiritual, si ha de experimentar cambios sustanciales, será a causa de nuestra cultura científica (no de ciencia-ficción). Las ciencias, aunque a muchos les resulte increíble, es muy posible que nos ayuden a conseguir vivir nuestra gloriosa divinidad sin necesidad de creencia alguna.

La fe está en crisis, muchos de nosotros ya hemos dejando las creencias a un lado; pero continuamos con hambre de felicidad. Nuestro instinto nos empujará a la búsqueda de alimento espiritual y nos obligará a usar las herramientas más eficaces para encontrarlo. Y ya en nuestra cultura es habitual que las herramientas más eficaces para conseguir lo que deseamos sean científicas. Por está razón, nuestro futuro espiritual es inevitable que tarde o temprano se vea influenciado por las ciencias, aunque puede que todavía tengan pasar siglos hasta que las ciencias penetren definitivamente en el espíritu humano. Mientras tanto, hagamos uso de la libertad que como hombres tenemos para labrar nuestro futuro, y vayamos abriendo nuevos caminos al caminar.





CONCLUSIONES FINALES



Después de haber terminado este nuestro largo paseo por las sectas, ahora solamente nos queda sentarnos a descansar y extraer nuestras propias conclusiones.

Como acabo de indicar en el capítulo anterior, no me cabe duda de que el hombre posee una gran capacidad de dirigir su destino, aunque tenga por costumbre pensar que no es así, que él es un pelele de los dioses o de los demonios, de fuerzas ocultas, o sencillamente de sus circunstancias.

Con esto quiero poner énfasis en la importancia que tienen las conclusiones que saquemos sobre nuestro caminar espiritual, ya que según sean unas u otras, creeremos que nuestro destino estará influenciado por unos factores u otros. Y si nos atrevemos a pensar cada vez más que somos nosotros los mayores responsables de todo lo que nos sucede, puede que nos abrume tan gran responsabilidad, pero también seremos más libres, y, en mi opinión, estaremos mucho más cerca de la verdad.

Así que vayamos con nuestros análisis finales, observando en primer lugar el engaño, que tan complacientemente hemos asumido a lo largo de la Historia, de delegar tanto en dioses como en los demonios nuestras circunstancias y movidas interiores.

A lo largo de este libro hemos ido viendo que la multitud de realidades virtuales espirituales que existen, y han existido, no pueden ser otra cosa que creaciones de nuestra mente, escenificaciones de nuestras pulsaciones psicológicas. Por lo tanto, hemos supuesto que tanto dios como el diablo son creaciones nuestras. Algo que podemos decir muy fácilmente. Para todo aquel que no ha tenido grandes vivencias espirituales es hasta comprensible, pero para quien ha subido a los cielos y ha experimentado la presencia del supremo dios infinito, como para quien ha sentido el mal infernal, nuestra afirmación es inconcebible; es muy difícil reconocer que esas poderosas influencias puedan ser creaciones nuestras. La experiencia religiosa puede alcanzar tanta grandeza que al creyente le puede resultar imposible compararla con la pequeña idea y sensación que tenemos de nosotros mismos. Sin embargo, hasta la última página de este libro, nos vamos a centrar en intentar demostrar que todo está sucediendo en nuestra propia mente, en nosotros mismos.

Pasos de semejante envergadura ya hemos dado en las últimas décadas. Hasta hace poco era impensable la pérdida del gran poder que las religiones universales, con sus dioses al frente, ejercían sobre el pueblo llano. La proliferación de sectas, la diversidad de creencias junto al ateísmo, han derrocado a los grandes dioses en una gran parte de las conciencias del mundo. Y en consecuencia, como alternativa al antiguo poder, tenemos otros poderes celestiales importados de exóticos países, o modernos poderes de reciente creación. Mas no se termina de reconocer que todas estas movidas son nuestras. El creyente en ellas las considera ajenas a él, creaciones de los dioses, aunque sabe que existen multitud de creencias tan válidas como la suya y contradictorias entre sí. De alguna forma se reconoce el gran fraude espiritual pero se consiente.

Uno de los propósitos de este libro es encontrar una explicación razonable para tanta sinrazón espiritual. En este capítulo podríamos llegar a la conclusión de que las cosas van a continuar igual porque siempre han sido así y porque nadie ofrece alternativas razonables y válidas, que funcionen, que den algo equivalente a lo que los sueños de las realidades virtuales espirituales ofrecen.

Voy a atreverme a proponer una alternativa, la alternativa que yo mismo estoy viviendo. No sólo consecuencia de un minucioso trabajo intelectual, también es el lugar donde he acabado después de tantos años deambulando por el interior de las sectas.

Las conclusiones que uno saca al final de una etapa de su vida son esenciales para determinar el nuevo camino a emprender. Muchas personas que, como yo, realizaron largas andaduras por las sectas, acabaron en lugares muy dispares dependiendo de unas conclusiones u otras. La mayoría se quedaron en aquella secta o creencia que más les gustaba o más les convencía de todas las que habían frecuentado. Otros escogieron aquellas que contenían las mezclas de las que habían conocido, o crearon ellos mismos otras nuevas a su medida, y, otros, negándose a soportar la diversidad de formas que adopta el gran fraude espiritual, acabaron perdiendo toda fe en el desierto del escepticismo. Cuando no nos satisface lo que estamos viviendo, las conclusiones nos ayudan a tomar una alternativa.

Cansado de soportar el gran fraude espiritual, acabé viviendo mi propia alternativa. No puedo asegurar que sea tan celestial ni tan sagrada como las experiencias que viví en mi pasear por las sectas, pero al menos es más real, más sincera, más mía; y, sobre todo, menos fraudulenta.

Y ahora se preguntarán ustedes cual va ser mi alternativa, después de no haber dejado títere con cabeza, cuando he considerado a todas las que existen más o menos fraudulentas. El típico visionario espiritual arremete contra todo tal y como yo lo he hecho, pero siempre se guarda en el bolsillo algún dios o energía divina para ponerla en el trono que se ha encargado de vaciar el mismo de dioses falsos, según su criterio, claro está. Sin embargo, yo no me he quedado con dios alguno en el bolsillo, incluso, por no tener, no tenemos ni trono donde sentar a nadie, ya que al haber considerado a los escenarios virtuales una ilusión, no tenemos trono celestial alguno que nos valga.

Mi alternativa es la consecuencia lógica de las conclusiones expuestas a lo largo de este libro: si las realidades virtuales espirituales son una mentira, y la verdad de ellas reside en nosotros, resulta obvio que todo lo que vivimos en ellas proviene de nosotros. No las formas, los lugares, los personajes o los nombres, sino la esencia de todo ello. Los escenarios virtuales espirituales, así como sus personajes o fuerzas, son aleatorios, cambian según las circunstancias culturales de los lugares donde nacen. Sin embargo, lo que representan, sí qué es nuestro, somos nosotros. Por lo tanto, mi propuesta consiste en apropiarnos de lo que nos pertenece, aunque nos cueste creernos que es realmente nuestro.

Vuelvo a insistir en que esto es muy difícil hacerlo. Es mucho más fácil soñar con muestras grandes movidas inconscientes que reconocerlas de frente. Nuestra mente no tiene dificultad de mostrarnos lo que somos en los sueños que tenemos mientras dormimos, así como tampoco tiene dificultad para mostrarnos lo que somos en nuestros sueños manifiestos en las realidades virtuales espirituales. Ahora bien, ¿quién es el guapo que se atreve a asumir su realidad cuando sueña que es el rey del universo, o cuando sueña que es un despiadado asesino?, o ¿quién se atreve asumir que es un dios y a la vez un demonio? Contradicción humana que intentaremos comprender en los próximos capítulos, e impresionante responsabilidad para asumirla de golpe. Hagámoslo poco a poco, asumiendo en primer lugar la divinidad positiva, para después encargarnos de nuestro malvado lado oscuro. Crezcamos en positivo, tiempo tendremos después en ocuparnos de lo negativo.





MANIFIESTO REVOLUCIONARIO



Éste es el título que le viene como anillo al dedo al capítulo presente. Después de escribirlo no encontré otro mejor, pues en él expongo las bases de una auténtica revolución espiritual. No es mi intención ganar medalla alguna al hacer esto, no creo que nadie se las merezca cuando alguien hace algo semejante. Cuando un gran cambio social sucede acostumbramos a buscar al principal protagonista, que lo anunció o lo promulgó, y a colocarlo en un pedestal cargado de halagos y medallas, cuando en realidad esa revolución ya llevaba tiempo viviéndose en el pueblo. La mayoría de los míticos revolucionarios no son sino personas normales portavoces de algo que ya está sucediendo. Nuestras mentes están muy unidas, y es muy difícil que a una sola persona se le encienda la bombilla de la genialidad sin que también esté encendiéndose a la vez en otras mentes. Estoy seguro de que la propuesta que presento a continuación, aunque no la he conocido en boca de nadie tal y como la voy a presentar, lleva tiempo cociéndose en más de un individuo. Creo que es una de las consecuencias más razonables derivadas del caminar por el interior de las sectas, resultante de aplicar la experiencia y la razón sobre la fe y el dogma.

Mi propuesta se basa en asumir nuestra divinidad sin permitir que ésta se proyecte en las realidades virtuales espirituales. Invito a gozar de la atmósfera sagrada prescindiendo de los sueños esotéricos que habitualmente la envuelven. Es la determinación más lógica que he encontrado para salir del caos sectario. Es decir: propongo renegar de tanto dios contradictorio, pero no de nuestra divinidad. Se trata de ser ateos y divinos a la vez. Se trata de ser santos sin necesidad de creer en dios. El ateísmo a secas no aporta una revolución sostenible, gran parte del pueblo no se deja convencer por él y sigue buscando a dios de una forma o de otra. Tampoco las vías espirituales o religiones que promulgan hacernos divinos lo hacen eficientemente, utilizan demasiados escenarios, fuerzas o dioses virtuales, donde se nos pierde gran parte de nuestra divinidad. Por supuesto que tampoco la postura del agnosticismo nos resulta válida; a muchos de nosotros no nos gusta cruzarnos de brazos ante los misterios de la vida espiritual, preferimos entrar a saco con nuestro entendimiento en los más íntimos habitáculos de los dioses aunque corramos el riesgo de fracasar.

No pretendo que se asuma todo el poder de los cielos de golpe, eso es imposible, la mente humana no sabe de bruscos cambios, los grandes cambios siempre se habrán de realizar poco a poco, comprendiendo, asumiendo y digiriendo cada paso que damos. No estoy proponiendo una revolución al estilo de la revolución francesa, no deseo que nadie se arrepienta después de sus actos. Robar la divinidad a los dioses habremos de hacerlo lentamente, sigilosamente, sin asaltos violentos, llevándonos poco a poco de sus lujosos aposentos lo que al fin y al cabo es nuestro, lo que es del pueblo. Nuestros antepasados se lo dieron hace muchos siglos y ya es hora de que vuelva a sus antiguos dueños. No nos asustemos por tanta responsabilidad. Si nosotros, el pueblo, estamos consiguiendo poco a poco asumir nuestro poder político mediante la democracia, ya va siendo hora de que asumamos nuestro poder espiritual.

Dios es un poder, una energía que ya es hora de que deje de estar monopolizada por los poderes religiosos. El pueblo tiene derecho a experimentar lo sagrado sin necesidad de hipotecar su vida o su muerte por ello. Tenemos tanto derecho a vivir la divinidad por derecho propio como lo tienen los poderosos gurús y sacerdotes por el derecho que les otorgan sus dioses.

Pidamos a los grandes maestros del alma que nos enseñen la divinidad del hombre, nuestra divinidad, en vez de mostrarnos la divinidad de unos dioses inexistentes. Abandonemos la tradicional búsqueda de dios por la búsqueda de la divinidad del hombre. El buscar al dios verdadero nos va a dejar como estamos, es algo que llevamos haciendo miles de años, y ya sabemos lo que sucede al respecto: en cuanto el buscador encuentra una atmósfera sagrada lo suficientemente densa, que le proporciona la sensación de verdad y de infinitud, creerá que ha encontrado al dios verdadero en la deidad, energía o gurú que le ayudó a vivir la experiencia sagrada; cuando a su vecino le ha pasado otro tanto de lo mismo, pero con otra deidad, energía sagrada o gurú. Éste es un sistema de búsqueda espiritual prehistórico que ha proporcionado muchos dolores de cabeza a la Humanidad, es hora de encontrar otro mejor. Si llevamos milenios conociendo a dios gracias a la fe, ahora podemos conocer nuestra divinidad gracias a la fe en que podemos hacerlo sin dios que nos valga.

No estoy proponiendo una fe ciega, si así fuera, nuestra revolución apenas podría sustentarse. La aseveración de que todos los dioses, incluyendo los infinitos, salieron de nuestra mente, es consecuencia de una lógica aplastante. Mi intención es ir de la mano de la razón, y a poder ser de la razón científica, pues las ciencias están ya tan inmersas en nuestra cultura que es muy difícil emprender revoluciones culturales sin contar con ellas. Tal es su peso en nuestra cultura que la mayoría de los grandes avances de nuestro progreso están protagonizados por ellas. Las ciencias representan lo más serio de nuestra inteligencia, es impensable soñar con una gran revolución del tipo que sea dejando a una lado a nuestro lado más inteligente.

Las ciencias fueron quienes más contundentemente denunciaron la sinrazón de las verdades reveladas, pero todavía no nos han dado respuestas a las grandes preguntas transcendentales. Si los dioses continúan en el poder es porque, además de las experiencias sagradas que proporcionan, dan a sus devotos mejores respuestas que las ciencias a las grandes preguntas de la existencia. Es lamentable que algunos científicos anden anunciando que todas las movidas del alma humana son debidas exclusivamente a la química de nuestro cerebro. Las ciencias ni siquiera han comenzado a entrar en las dimensiones profundas de nuestra mente, y menos de nuestro espíritu. Por lo que probablemente todavía tengamos que soportar por algún tiempo las bravuconadas de atrevidos científicos que se anuncian descubridores de un terreno en el que todavía ni han entrado. Las fanfarronadas científicas fueron algo que también tuvimos que soportar cuando las ciencias comenzaron a penetrar en la materia y en los organismos vivos. Es consecuencia de la atrevida ignorancia de los primeros pasos. Yo no pierdo la esperanza de que poco a poco la seriedad científica empezará a caminar por nuestros interiores y a descubrir nuestros secretos más insondables. Las ciencias caminan despacio, pero seguro.

Mientras tanto, mientras las ciencias llegan a nuestras dimensiones más sutiles, las personas más comprometidas con la espiritualidad podemos ir asumiendo lo que es nuestro. Las sectas y las religiones, los gurús y los predicadores continuarán anunciando que tienen la exclusiva para generar atmósferas sagradas. Mi propuesta inmediata consiste en robársela poco a poco: Siempre que vivamos una plenitud sagrada, asumirla como nuestra, no como un regalo de la gracia divina, sino como un regalo de nuestra propia gracia, divina o no divina. Urge una alternativa, al menos un inicio de alternativa. Si no la encontramos, si no la vivimos, las cosas continuarán como siempre: la sed de la espiritualidad continuará saciándose en fuentes de agua no muy clara. Y las sectas continuarán haciendo su agosto. El gran fraude espiritual no acabará hasta que un grupo de personas ateas sean capaces de generar una atmósfera sagrada de calidad semejante a la que se produce en las sectas de adoradores de dioses, entonces habremos dado el importante paso de iniciar en serio una gran revolución espiritual. Merece la pena cualquier intento al respecto.

Asumamos nuestra dimensión sagrada, experimentémosla, aunque sea en el seno de las sectas. Neguemos la fraudulenta procedencia que se nos intentará inculcar de toda atmósfera sagrada que alcancemos a vivir, todo poder sagrado no viene sino de nuestro propio centro. Robemos de los altares los elixires divinos y guardémoslos en nuestro corazón, de donde no debieron de salir nunca. Cambiemos la oración por la invocación de nuestra divinidad, la devoción por el amor incondicional hacia nosotros, hacia los demás y hacia todo lo que nos rodea; sintamos que somos en esencia amor sin necesidad de proyectarlo en deidad alguna. Dejemos lavarnos el cerebro, pero no permitamos los teñidos. Después de borrar el disco duro de nuestro ordenador cerebral, metamos en él los programas que nosotros queramos, no los que los profesionales limpiadores sectarios quieren que metamos. Cuando demos con el programa correcto habremos realizado un gran descubrimiento, pues la Humanidad se completará con él, en vez de escindirse como habitualmente sucede con las doctrinas espirituales habituales.

Empecemos por acomodar nuestros recuerdos en el lugar que le corresponden. Destruyamos los programas que nos indican a la divinidad como proveniente de lugares ajenos a nosotros. Tanto los cielos como los infiernos no salieron nunca de nuestra mente, son nuestros. Recordemos los momentos más sagrados de nuestra vida y veámoslos como algo venido de nosotros mismos y no de otras fuentes ajenas a nosotros, por muy divinas que se hubieran anunciado.

Gracias a todos los gurús, maestros e instructores que tuve en mi vida; gracias a todos por mostrarme mi divinidad. Y también les perdono a todos ellos por haberme intentado convencer de que mi divinidad no era mía.

Nos podrá parecer que corremos el peligro de que se nos suba el pavo. Es típico que la divinidad del artista, por ejemplo, se convierta en divismo. La vivencia de la atmósfera sagrada está llena de trampas destinadas a impedir que vivamos su infinitud. La soberbia es una de las más comunes. Muchas personas religiosas al leer estas páginas pensarán que estoy cometiendo un gran pecado de soberbia a intentar asumir la divinidad de todos los dioses. Los creyentes saben mucho de eso, todos padecen el engreimiento de que su fe es la auténtica. Más no temo que el endiosamiento nos nuble la razón, nuestra civilización no lo permitiría por mucho tiempo. En nuestro tiempo y en nuestra sociedad los detractores andan sueltos, ya no hay quien los encierre ni los queme en hogueras. Los buscadores de la verdad tenemos un tesoro que nunca habíamos tenido antes: es la libertad de expresión; las voces discrepantes siempre pondrán en tela de juicio a toda verdad que no sea realmente una verdad.

No nos creamos que nuestra moderna sociedad no es espiritual, que sólo la gobierna el materialismo. Las libertades que disfrutamos solamente pueden provenir de una gran espiritualidad. Nuestras circunstancias sociales son excelentes para del crecimiento del hombre. Nuestro caminar es casi infalible si conseguimos que el poder destructivo que encarnamos no lo detenga. Tomemos los caminos que tomemos, si no cesamos de andar, concluirán tarde o temprano en nuestra propia verdad. Si bien es cierto que nuestro materialismo en un principio parecía alejarse de los grandes valores espirituales, ahora estamos observando un retorno de nuestra sociedad a la espiritualidad. Tarde o temprano acabaremos encontrando nuestro propio centro, aunque debido al materialismo científico o al egoísta capitalismo nos parezca ir en dirección contraria.

Sintámonos orgullosos de nuestra civilización. Olvidémonos por un momento de nuestro lado oscuro y reconozcamos nuestra grandeza espiritual. Hace falta ser una sociedad muy divina para conseguir dar a su pueblo el estado del bienestar que nosotros gozamos. Dejemos de buscar fuera lo que tenemos en casa. ¿Qué espiritualidad nos puede llegar de ciertas naciones que no son capaces de sacar de la miseria a sus pueblos? ¿No es mucho más elevada la divinidad de nuestra sociedad? Tenemos a multitud de científicos devanándose día noche los sesos para intentar hacernos más felices. ¿En qué sociedad se ha dado semejante empeño? Además de nuestra divinidad, asumamos también la divinidad de nuestra sociedad, y sus grandes milagros. Aunque nuestra civilización caminara en sentido contrario a la verdad, debido a la redondez de nuestro mundo, llegaríamos a ella antes que tomando cualquier camino religioso. Esto es debido a que en la mayoría de los caminos espirituales no se camina, los dogmas de fe son barreras infranqueables para el creyente, hasta ahí podrá llegar, pero nunca ir más allá. Y nuestra civilización se caracteriza por franquear barreras, por avanzar en busca de la tierra prometida, por dudar de las limitaciones que siempre nos impusieron las grandes creencias.

Sabemos que nos falta mucho camino por recorrer, todavía nos queda un largo trecho para encontrar una felicidad que nos satisfaga plenamente, pero seguimos caminando. Cuando un occidental cae rendido en su búsqueda, inmediatamente le sustituye otro que retoma el camino donde el anterior lo dejó. Nuestro caminar es incansable, por eso confío más en nuestra capacidad de encontrar nuestra propia verdad, que en las ofertas de verdades venidas de caminantes que se sentaron a la vera del camino pregonando que ya la encontraron, predicando su verdad presumiblemente incuestionable, su dogma de fe indemostrable; cuestionable por todo aquel que no esté dispuesto a creérselo. Una mentira científica puede durar cierto tiempo, pero tarde o temprano será descubierta; la constante investigación de nuestros intelectuales no permite por mucho tiempo estancarse en el error. Sin embargo, las mentiras religiosas se mantienen durante milenios porque no admiten investigaciones sobre ellas, son dogmas de fe. No necesitamos caminos de búsqueda venidos de fuera, nuestros sistemas de búsqueda son inmejorables. Tarde o temprano encontraremos todo aquello que andemos buscando, y, si no, démosle tiempo al tiempo.

Renegar de nuestra esencia cultural, a quienes nos fuimos a otras culturas en busca de lo que aquí no encontramos, a muchos de nosotros no nos ha aportado nada esencial, real y verdadero. Importamos culturas venidas de Oriente con multitud de promesas que no se han cumplido. Fuimos en busca de una verdad espiritual proveniente de los países subdesarrollados, y así importamos una espiritualidad subdesarrollada. Siguiendo los consejos del misticismo oriental, muchos de nosotros renegamos de nuestra mente, la consideramos maligna y traicionera, y de esta forma renegamos de nuestro tesoro más preciado. Y cuando descubrimos que en los virtuosos caminos espirituales, que denunciaban el mal de nuestra mente, aparecían venenos mentales tan dañinos como los de nuestra civilización, o incluso peores, muchos de los buscadores nos volvimos a casa con el rabo entre las piernas, disimulando el fracaso de no haber encontrado el tesoro que en los principios pregonamos haber descubierto.

Occidente tiene el status social más elevado por haber desarrollado su intelecto más que las demás civilizaciones. Los avances tecnológicos, derivados del pensamiento científico, han elevado nuestro bienestar por encima de los demás pueblos. Somos la envidia de otras civilizaciones, medio mundo subdesarrollado daría la mitad de su vida por pertenecer al nuestro. No hay razón para sentirnos insatisfechos de nuestro caminar. Y si el pensamiento científico nos ha elevado materialmente por encima de los demás pueblos, no hay razón para dudar de que también nos pueda ayudar a progresar espiritualmente.





LA HIPÓTESIS



Como he venido anunciando, una de mis últimas intenciones en este libro va a ser la de implicar en la investigación del espíritu del hombre a las ciencias. Empeño que parecerá imposible de conseguir por el hecho de que precisamente las ciencias han sido siempre las grandes enemigas de todo camino y dogma espiritual. La severidad del razonamiento científico siempre chocó de frente con la irracionalidad de las verdades reveladas. Por un lado, la inalcanzable alma humana por las ciencias, (negada su existencia por muchos científicos), y, por otro lado, los descarados atrevimientos de las creencias espirituales asegurando explicarlo todo en sus realidades virtuales, sin ninguna base científica, acabaron por bifurcar estos dos caminos que ―en mi opinión― urge volver a unir.

Aunque también es cierto que si todavía el método científico no ha abordado la investigación de nuestra realidad más profunda es porque no ha podido. La psicología, la ciencia que más se aproxima a la profundidad del hombre, cuando trata de nuestros asuntos más internos pierde su carácter científico; no hay forma de construir un mapa riguroso de nuestros interiores, en especial de nuestra dimensión espiritual. Los intentos que se realizaron al respecto estuvieron carentes de todo rigor científico, protagonizados por visionarios espirituales intelectuales. Espero que el intento que expongo a continuación no sea otro semejante que también acabe en aguas de borrajas.

De todas formas, si me equivocara no tendría más importancia. Si Newton o Galileo se hubieran equivocado hoy no nos acordaríamos nadie de sus hipótesis, ni se habrían convertido en teorías. Esto es lo fascinante del método científico, que toda hipótesis se pueda demostrar si es cierta o se pueda negar si no lo es. Algo que necesitamos como el agua en los caminos espirituales, donde tantas certezas se proclaman sin demostración alguna, contradiciéndose las unas a las otras, y sin dejar ninguna posibilidad para ser negadas; aunque muchas de ellas se han desmoronado como castillos de naipes cuando los descubrimientos científicos pusieron a descubierto su mentira.

Si pretendemos aliarnos con las ciencias es por intentar también que nos induzcan algo de su velocidad de crecimiento. Es tal su ritmo de desarrollo que hoy en día da la sensación que son las únicas creaciones humanas que evolucionan. Necesitamos su espíritu critico e inquieto en los mundos religiosos para sacudirlos de tanto inmovilismo dogmático.

Mi intención es dar con un modelo teórico que nos ayude a recomponer por completo el puzzle del rompecabezas de nuestra realidad. Es necesario encontrar una hipótesis donde podamos empezar a encajar muchas de las piezas que en la actualidad permanecen diseminadas en diferentes áreas de estudio, incluyendo tanto a la materia como al espíritu.

Llegados a este punto supongo que más de un científico que esté leyendo estas líneas me considerará seriamente afectado por mi andadura por el interior de las sectas. No voy a negar el carácter visionario de lo que expongo a continuación, ni que sea un osado intento por intentar explicar y unificar las vivencias tanto espirituales como materiales; aunque he de aclarar que no se trata de una visión mística, sino de un entendimiento producto de la razón, por lo que cualquiera puede llegar a entenderlo. Mas como no soy ninguna reconocida eminencia intelectual, ruego se me disculpe semejante atrevimiento, muy probablemente estimulado por el nivel de mi ignorancia. Pero prefiero hacer el ridículo a no hacer nada:

Existe un nuevo concepto científico llamado realidad virtual, utilizado ya en este libro para describir lo que hemos dado en llamar las realidades virtuales espirituales. La tremenda velocidad del desarrollo de la ciencia informática ha introducido este concepto en nuestra cultura tan rápidamente que muchas personas todavía no saben muy bien de qué se trata. Los ejemplos que hemos dado al respecto en este libro han sido destinados expresamente para explicar los distintos escenarios religiosos con sus personajes y fuerzas incluidos. Pero ahora vamos a centrarnos en entender lo que es una realidad virtual derivada de la ciencia informática, dando unas explicaciones dirigidas especialmente a quienes no tienen ni idea al respecto.

Los ordenadores, o mejor dicho los diseñadores de las realidades virtuales, son capaces de crear mundos informáticos y de permitirnos meternos en ellos. Los jóvenes modernos los conocen bien, y quizás muchos adultos los lleguen a conocer a través de sus hijos cuando los observan sumirse en ciertos vídeo-juegos con tan elevado grado de realidad que parecen llevarles a otro mundo.

La realidad virtual evolucionó a partir de la cinematografía. Nuestra conciencia ya está acostumbrada a sumirse en las pantallas cinematográficas y a vivir las escenas. Esta es una tenue aproximación a entrar en otros mundos, cinematográficos en este caso, pero solamente como espectadores, ya que no podemos ser protagonistas de las películas, por lo que la sensación que tenemos de realidad de los mundos cinematográficos es bastante tenue comparada con la realidad de nuestro mundo; aunque muchas personas forofas del cine sean capaces de sumergirse en la realidad cinematográfica como lo hacen en la vida real o incluso mejor, y gusten de pasarse media vida en las salas de proyección o frente a la televisión viviendo otras vidas que no son la suya.

La gran innovación de la realidad virtual derivada de la informática nos permite, además de ser espectadores, participar en la acción, ser protagonistas de alguna forma de las películas o del mundo generado en el ordenador, y en consecuencia podemos sumergirnos en la virtualidad con un mayor grado de realismo.

Los sistemas de realidad virtual más sencillos permiten pequeños márgenes para actuar en las escenas que aparecen en el monitor del ordenador. El uso del teclado o del ratón es la forma más simple de intervenir en la acción, sencillos mandos de control que han ido evolucionando en multitud de diferentes instrumentos muchos más sofisticados, utilizados para los video-juegos, entre los que nos encontramos volantes para conducir coches, armas para disparar, mandos para conducir naves espaciales, etc.

También los sistemas que introducen nuestros sentidos en los mundos virtuales van evolucionando. El monitor o la pantalla, es la forma más sencilla de introducirnos visualmente en el mundo virtual, y a través de los altavoces nos llegan los sonidos. Pero, en su evolución, la realidad virtual intenta cada día superarse y aumenta en lo posible la calidad de engañar a la conciencia, para convencernos mejor de que estamos en un mundo real. Y para hacernos percibir con un notable grado de calidad el mundo virtual, se diseñan sistemas que nos aíslen lo mejor posible de nuestro mundo, a la vez que nos sumerjan lo mejor posible en el mundo del ordenador. Una forma habitual de aislarnos de nuestro mundo y de introducirnos en el electrónico es a través de unos cascos que llevan dos pantallas delante de los ojos y el sonido incorporado. Otras formas más sofisticadas de inmersión en otros mundos se realizan en cabinas especiales diseñadas para tal fin.

Existen multitud de formas que intentan sacarnos del mundo en el que vivimos y meternos en los mundos digitales. Con el sentido del tacto también se hacen experimentos al respecto. Existen guantes especiale

La consigna:
Mantener la Dignidad, la Fe, la Esperanza, el Respeto y el Honor. A traves de la Sabiduria, la Serenidad, la Sensibilidad y la Sencillez. regresar al Origen.

Los seres humanos son libres excepto cuando la humanidad los necesita.
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Paseo por el interior de las secta
DEDICADO A LA PSICOLOGÍA



No puedo ocultar mi admiración por el gran esfuerzo que la psicología viene realizando por estudiar la mente humana y por alcanzar la categoría de ciencia. Y a su vez pido disculpas por utilizar tan frecuentemente los términos psicológicos a lo largo de este estudio sin ser un doctor en psicología. Justifico mi atrevimiento por el hecho de que la psicología es ya parte de la cultura popular, y porque en las sectas, gracias al bajo nivel científico de muchas de las ramas de la psicología, la usan para darse la razón a sus sinrazones dogmáticas. Por ello he considerado necesario hacer un uso de ella con la mayor seriedad que me ha sido posible, con la principal intención de denunciar los fraudes intelectuales a los que los paseantes por las sectas están expuestos. Aun así, pido disculpas. Como también pido se me excuse el atrevimiento de proponer una nueva vía de investigación, que expongo a continuación, sin ser un profesional de la psicología. Han sido muchos los años experimentando con mi propia mente, y observando las mentes de los demás, como para que ahora se pierdan por una excesiva cautela. Prefiero correr el riesgo de hacer el ridículo a callarme las conclusiones a las que haya podido llegar. Espero que todo ello sea de alguna forma útil a nuestra sociedad y a los individuos que la componemos.

El supuesto del que estamos hablando puede revolucionar las líneas de investigación de nuestras ciencias y especialmente las de la psicología. Si es cierto que estamos en una realidad virtual, habremos de plantearnos nuevamente las bases sobre las que se asientan las ciencias y las investigaciones científicas.

La psicología cognitiva estudia el proceso estímulo-respuesta de nuestra mente asemejándolo al proceso de un ordenador, intentando imitar el programa humano que gobierna nuestra actividad. Pero se ha llegado a un punto en el que parece haberse frenado esta interesante vía de investigación. No se encuentra ese programa que nos dé las pautas del comportamiento humano. Ya sea porque existe un libre albedrío imposible de determinar, o porque no hay manera de construir ni con varios ordenadores la capacidad de proceso de datos de nuestro cerebro; el caso es que parecen haberse estancado los avances de la psicología cognitiva.

El nuevo supuesto informático de realidad virtual que venimos exponiendo, en mi opinión, abrirá nuevas puertas al éxito de esta joven rama científica de la psicología. La mayor dificultad para iniciar las investigaciones es que todavía no se pueden conseguir sistemas de inmersión que nos permitan meternos totalmente en la realidad virtual de un ordenador tal y como estamos metidos en este mundo. Sin embargo, en este tiempo de espera, se pueden ir componiendo las bases de futuras investigaciones.

Cierto es que si todo está sucediendo en nuestra mente, gran responsabilidad recae sobre la psicología, que al final va a tener que estudiar absolutamente todo: como se crea en nuestra mente nuestra realidad y como nos relacionamos con ella. Siguiendo las pistas del esoterismo, todo parece indicar que nuestro mundo virtual está formado en una parte de nuestra mente colectiva. Es como si viviéramos un sueño que solamente utiliza para ser soñado parte de nuestra mente. La mente que contiene todo nuestro mundo virtual sería el hardware del poderoso ordenador que genera nuestra realidad. Los cerebros individuales solamente son los ordenadores virtuales que cada ser vivo utiliza para moverse por este mundo. Cada ser vivo de nuestra realidad es una unidad solamente en la ilusión de nuestro sueño. En realidad todos somos uno, una mente donde estamos siendo soñados.

Este fenómeno de ilusoria separación entre individuos todavía no lo conocemos experimentalmente. Tanto en una realidad virtual como en un sueño, nos identificamos con una unidad individual, con un individuo o con un protagonista de una realidad virtual; pero desconocemos el dividirnos en dos o más conciencias individuales, excepto en casos patológicos de individuos que padecen una doble personalidad. Este mundo que estamos soñando debe de ser tremendamente patológico, pues todos nos creemos separados de todo lo demás, cuando todo está sucediendo en una sola mente.

Para evitar que nos estrellemos al intentar recomponer de golpe este inmenso rompecabezas, podemos continuar partiendo de lo que ya tenemos hecho. Si la psicología cognitiva ya tiene bastante estudiados los procesos de estímulo-respuesta de nuestra mente, ahora solamente tiene que considerar las mentes individuales como ordenadores virtuales que se encuentran dentro de una realidad virtual.

Como hemos comentado en el anterior capítulo, ya se están empezando a crear en el interior de los ordenadores programas de vida artificial con criaturas elementales que evolucionan de forma semejante a la evolución de las especies. Toscos robots virtuales que evolucionan y aprenden por sí mismos imitando a los seres vivos más elementales de nuestro mundo. Estamos intentando construir un mundo semejante al nuestro en el interior de los ordenadores. Ésta es una investigación muy seria que nos puede dar las claves de nuestra realidad. En mi opinión estamos empezando a imitar en los ordenadores lo que ya hicimos en este mundo en el que vivimos: Realizamos una creación virtual, nos mentimos en ella, nos sentimos un vulgar cuerpo virtual al olvidarnos de lo que somos, y luego creamos los dioses para echarles la responsabilidad de lo que habíamos hecho. Los profesionales informáticos de la actualidad son los nuevos dioses artífices de nuevas creaciones virtuales. Cuando estas creaciones de vida artificial nos permitan meternos en alguno de sus muñecos vivientes, mediante los sistemas de inmersión, entonces experimentaremos un estado semejante al estado que estamos viviendo en nuestro mundo. Entonces podremos vivir el mecanicismo de esa realidad virtual y los márgenes de libertad que nos conceda, y entonces podremos entender mejor el mecanicismo de nuestra vida y el margen de libertad que ésta nos concede. Y si alguien se queda “enganchado” y se olvida de quien es, entonces tendremos un supuesto más próximo a nuestro estado en este mundo, pues ninguno de nosotros recuerda con claridad quienes realmente somos.

En este supuesto podemos observar cómo cada ser vivo tiene su propio programa individual estimulo-respuesta. Pero a su vez están sumergidos en la realidad virtual programada. Si estudiamos el mecanicismo individual de cada ser vivo obviando el programa general de la realidad virtual, no nos saldrán las cuentas, algo que ―en mi opinión― le está sucediendo a la psicología cognitiva. En el interior de una realidad virtual, las primeras leyes que se han de considerar son las líneas generales del programa virtual, ellas son las que gobiernan el mundo, artificial o no, y a los seres vivos que lo pueblan; y ellas son las que permiten a cada partícula de vida su margen de libertad. Solamente después de estudiar el programa general de la realidad virtual, se podrán estudiar los individuales, como subprogramas incluidos en dicho programa general.

En nuestro mundo, lo que hemos dado en llamar leyes de la Naturaleza, corresponde a los comandos que gobiernan a todo lo existente. Para que le salgan mejor las cuentas del mecanicismo humano a la ciencia cognitiva, habrá de considerar la mente de los individuos como subprogramas dentro del programa general que las leyes de la Naturaleza forman en nuestra realidad virtual. Así conoceremos en su totalidad las leyes que rigen el comportamiento de la máquina humana y los márgenes de libertad que ese mecanicismo nos permite.

De esta forma descubriremos por qué tanta ansiedad en el ser humano, tanto miedo, tanta frustración y tanta sensación de no ser libre. Una realidad virtual, por muy bien hecha que esté, es tremendamente brutal si tenemos que vivir en ella toda una vida. La realidad virtual en la que vivimos es una creación fabulosa, pero es una cárcel para una conciencia libre por naturaleza. Cuando vayamos construyendo el supuesto que nos permita imitar el estado en el que estamos, la psicología empezará a entender el porqué de tantas contradicciones y padecimientos humanos.

A la vez que también podremos dar la razón a los defensores del mecanicismo humano así como a los humanistas. Todo en este mundo es mecánico, digital, binario, en él no hay muestra alguna de que no sea así; pero también es cierto que el mecanicismo pertenece a la realidad virtual, y todo lo que es mecánico no es real; el resto, lo que no es mecánico, es lo único real, nuestra conciencia, nuestro pensamiento, nuestra alma o nuestro espíritu, llamémosle como queramos. Ahora bien, en una realidad virtual es imposible descubrirnos a nosotros mismos, a no ser que deduzcamos que existimos porque pensamos, miramos, sentimos, o vivimos en ella.

No temamos los avances de ingeniería genética y de la medicina, aunque cada día nos demuestren más y mejor que nuestro cuerpo es una máquina, un robot biológico. Nuestro supuesto nos permite comprender que toda forma de vida en este mundo es mecánica, y la vez podemos entender que nosotros no somos parte de ese mecanicismo.

Si damos por cierta nuestra hipótesis, todas las pulsaciones de la Naturaleza, instintivas, tanto de vida como de muerte, son códigos del programa principal de nuestra realidad virtual. Cuando se dice que el hombre es algo más que sus instintos, es porque sospechamos nuestra realidad aparte de la realidad virtual. La psicología científica y la genética descubren poco a poco las matemáticas de nuestro cuerpo y de nuestra mente, pueden definirnos como robots en un mundo mecánico; pero robots habitados por una conciencia libre. Limitados por el programa general del ciberespacio de nuestro mundo, pero libres en el fondo. Libre albedrío que puede llegar a impedir las predicciones del comportamiento humano aun cuando hayamos descubierto todas las leyes que nos rigen.

No cabe duda de que nuestro supuesto irá madurando en nuestra cultura a medida que los vídeo-juegos de realidad virtual vayan perfeccionándose. Espero que no me culpen de esta nueva visión filosófica. Los avances en descubrir la virtualidad de nuestro mundo son inevitables, irán en proporción a las vivencias que nuestros jóvenes y los no tan jóvenes tengamos en otros mundos virtuales generados por ordenador. Ahí podremos vernos en otros mundos, y comparar esas vivencias con nuestras vivencias en éste. No tardará en llegar el día en el que cuando salgamos de una realidad virtual generada por un ordenador, y volvamos a nuestro mundo, nos preguntemos si no estamos en otra realidad virtual, pues seremos conscientes de que apenas habrá diferencia entre ellas.

En estos ensayos simulados, a medida de que vayamos perfeccionando los ciberespacios, también podremos observar cómo los fallos en los programas de realidad virtual se asemejan a los fenómenos paranormales de nuestro mundo. Sabemos que los fenómenos que estudia la parapsicología se producen tanto en el mundo físico como en la mente de quien los vive. Y si reconocemos que nuestra mente es el soporte de nuestra realidad virtual, es lógico que puedan existir fallos en nuestra mente que afecten a la realidad de nuestro mundo. Bajo nuestro supuesto podemos empezar a explicarnos los extraños acontecimientos paranormales. La psicología podrá abordar más fácilmente los más oscuros rincones de nuestra mente. Es buen momento para empezar a afrontar el miedo a lo desconocido, pues lo desconocido puede empezar a dejar de serlo.

Es muy lamentable que profesionales de la psicología vivan seducidos por realidades virtuales espirituales, por los fenómenos extraordinarios que viven en ellas, atrapados por creencias esotéricas porque en ellas encuentran una explicación a los fenómenos paranormales mientras que en la ciencia que han estudiado no encuentran ninguna. Es urgente afrontar el estudio de todo lo que no entendemos para evitar que la irracionalidad del dogma siga predominando sobre la razón de la Ciencia. Mientras no encontremos una alternativa real al atrevido y burdo conocimiento fanático de las sectas, seguiremos observando cómo personas licenciadas en psicología son seducidas por las vivencias y las explicaciones del esoterismo. Urge meter a la Ciencia de lleno en el lado más oscuro de nosotros para iluminar con la fuerte luz del conocimiento científico nuestras profundidades. Es la única forma de evitar que las personas vean fantasmas en las sombras creadas por los visionarios que penetraron allí con sus tenues candelas. Nuestro supuesto también puede ayudarnos a comprender los grandes misterios paranormales sin necesidad de recurrir a argumentos fantasmales.





LA SALIDA O EL DESPERTAR



Nuestro supuesto nos sirve también para comprender por qué es tan habitual encontrarnos en los ambientes espirituales a personas que sienten no ser de este mundo, que intuyen estar aquí de paso, sumergidas en un mundo que no es el suyo, buscando una salida o un despertar. Estos sentimientos o intuiciones y el consecuente impulso de búsqueda, a pesar de ser tan viejos como la Humanidad, apenas ―en mi opinión― han alcanzado éxito alguno. Es típico intentar salir de aquí mientras permanecemos enganchados hasta la médula en el vídeo-juego de nuestra supuesta realidad virtual. Y yo no me excluyo. He de reconocer que, a pesar de haber alcanzado un alto grado de convencimiento de la virtualidad de nuestro mundo, no puedo evitar sentir como real, por ejemplo, un dolor de muelas de mi cuerpo virtual; así como tampoco puedo apreciar como una ilusión la visión de un cuerpo exuberante del sexo opuesto, por mucho que crea se trata de un espejismo. Si es cierto que estamos sumergidos en una realidad virtual, el poder de hipnosis que ejerce en nosotros esta realidad es enorme. Vamos a necesitar mucho tiempo para encontrar la puerta de salida. Si es que existe alguna puerta de salida.

Porque mucho me temo que abramos las puertas que abramos, sólo encontraremos más ilusiones, nuevas realidades virtuales tras esas puertas, como en el caso de las espirituales. No creo que sea posible encontrar la salida de una realidad virtual abriendo puertas de esa misma realidad, resulta obvio que tras ellas la irrealidad continuará igual. Si hemos acertado en nuestro supuesto, mientras estemos tan profundamente seducidos por el efecto de realidad de este mundo, abramos las puertas que abramos, solamente conseguiremos entrar en nuevos aspectos de virtualidad.

Aquellas personas que se dejan llevar por la lógica más simplona que nos dice que la muerte puede ser la mejor forma de salir de este mundo, mucho me temo que caen en una vieja trampa creada por el instinto de muerte. En nuestro supuesto, la muerte podrá ser el final de un juego protagonizado por una conciencia, pero no el final del jugar. Los nacimientos y las muertes se suceden sin cesar en nuestro mundo y el juego no se ha detenido nunca. La muerte nos sume más todavía en la inconsciencia del vídeo-juego. Cuando morimos perdemos lucidez y nos dejamos llevar por las leyes de muerte naturales, nos dejamos llevar por el mortal juego más que en cualquier otro momento de nuestra vida. La muerte sume en la inconsciencia del sueño mortal, cuando estamos en manos de la muerte estamos en el momento más indefenso, somos más que en cualquier otro momento peleles del juego mortal de la vida en este mundo. Y si deseamos morir porque estamos sufriendo, mucho me temo que la muerte no puede suponer el final del sufrimiento. Si estamos perdiendo, sumidos en la miseria humana, suspender la partida del juego no va a cambiar nuestra condición de perdedores. Cuando estamos vivos tenemos oportunidades para cambiar nuestro mundo, cuando estamos muertos no. Es imposible que la salida de este mundo esté en la muerte.

Los creyentes en los paraísos virtuales creen que la muerte es su salvación, que los llevará a sus cielos particulares. Así como quienes creen en la reencarnación piensan que una nueva vida les va a aportar el cambio que anhelan. Todas estas creencias son más un consuelo ante el drama de la muerte que una salida real de este mundo.

En mi opinión, si estamos diciendo que el individuo como tal es una ilusión, mal podemos considerar importante cualquier cambio individual después de la muerte. Esos cambios individuales solamente pueden estar justificados por la creencia en las realidades virtuales espirituales. El individuo solamente puede existir en una realidad virtual. Si pensamos salir como individuos de este mundo virtual es para ir a otro virtual. No hay salida como individuos de la virtualidad. Si estamos suponiendo que este sueño está sucediendo en nuestra mente colectiva, y que nosotros como individuos somos consecuencia de esta realidad virtual, mal vamos a realizar nada importante individualmente. Si todos somos uno, hagamos lo que hagamos, lo tendremos que hacer todos a una. Por eso desconfío de las salidas de este mundo gota a gota, que tanto anuncian las religiones, después de la muerte.

Así como son también de dudosa efectividad las salidas del despertar que también se anuncian en muchas vías espirituales, pues son otras soluciones individuales. Además de que si alguien despierta no debiera de tener dificultad para despertar a los demás. Algo que no ha sucedido nunca, a pesar de que muchos iluminados se las dieron de despiertos. Son muchas personas las que alcanzaron el despertar según sus criterios, pero el resto del mundo seguimos dormidos, según sus criterios también. Mucho me temo que los despertares, tan cacareados, solamente consisten en cambiar de sueño. O a lo mejor es que los demás no queremos despertar porque deseamos seguir durmiendo.

Creo que será necesario un consenso universal para realizar un cambio efectivo. Por eso vamos a enfocarnos en lo viable, en aquello en lo que todos estemos de acuerdo. Como por ejemplo en acabar con el mal de este mundo. Desprogramar los códigos del programa que nos hacen sufrir es algo con lo que probablemente estemos todos de acuerdo. Buscar una salida de esta realidad virtual, o el despertar de nuestro sueño, mucho me temo que, a pesar de que muchas vías espirituales lo persiguen, nunca han tenido el consenso suficiente para realizar cambios efectivos en nuestro mundo.

Para que una revolución espiritual tenga un efecto serio en la población mundial tiene que haber una voluntad colectiva de realizar el cambio. Por eso me inclino más por esforzarnos en intentar acabar con los males de nuestro mundo que nadie desea, en vez de anhelar la brutal depuración apocalíptica deseada por los creyentes y aborrecida por los no creyentes.

Por lo tanto, primero vamos a intentar conseguir un mundo feliz, y después nos pondremos a pensar si queremos salir de aquí o no queremos. Pero para conseguir un mundo feliz tendremos que llegar a lo más profundo del programa, de nuestra todavía desconocida realidad virtual, y desde allí desprogramar los códigos del mal. Algo nada fácil. Probablemente necesitemos más de un milagro. Así que deberíamos intentar conseguir hacer más y mejores milagros, a poder ser científicamente y sin dioses de por medio, para evitar que sean aleatorios.

Desde nuestro supuesto podríamos redefinir los milagros como fallos paranormales en el programa de nuestra realidad virtual destinados a desprogramar el mal. Si los milagros son realizados hasta ahora por las supuestas divinidades, en el momento en que nosotros vayamos asumiendo nuestra divinidad, iremos teniendo más acceso al milagro, es decir: a desprogramar aquellas partes de nuestro mundo virtual que causan dolor. Toda una gloriosa esperanza.

A lo largo de toda nuestra Historia no hemos cesado de pedir a los dioses que nos libren de los males de este mundo, y todavía no ha habido dios que lo haya hecho. No está mal que ahora lo intentemos nosotros. Al menos en Occidente así lo estamos haciendo. No cesamos en la lucha por mejorar nuestra felicidad sin dioses de por medio. Y es de esperar que la hipótesis de nuestro mundo virtual nos permita avanzar más rápidamente en nuestro empeño.

Para desprogramar el mal de este mortal vídeo-juego tendremos que alcanzar los entresijos más profundos de nuestra mente colectiva. Solamente desde nuestro centro, reconociendo nuestro poder sagrado, podremos actuar definitivamente. Pues es muy probable que desde nuestra esencia sagrada hayamos creado nuestro supuesto mundo virtual. Si siempre hemos considerado a los dioses como a los creadores de nuestro mundo, y ya hemos llegado a la conclusión de que a los dioses los ha creado el hombre, por pura deducción podemos llegar a la conclusión que nuestra realidad la hemos creado nosotros.

En el capítulo de la visión pusimos de manifiesto que cada uno de nosotros vivimos en un mundo personal que creamos con nuestras preferencias. Y haciendo uso del mismo argumento podremos deducir que, muy probablemente, nuestro mundo físico lo hayamos creado todos nosotros en nuestra imaginación, en nuestro soñar de la vida, y lo estemos recreando constantemente; recordemos que el tiempo es una de las ilusiones de nuestra supuesta realidad virtual, un parámetro matemático. Si en los sueños se colman los deseos, es probable que éste sueño compartido no sea un sueño aleatorio, y esté destinado a cumplir algún deseo. Es posible que sea una realidad virtual programada intencionadamente, voluntariamente; y, si hemos de cambiarla, de mejorarla, habremos de reconocer los códigos del mal, que mantenemos vivos con nuestra voluntad profunda, para después desprogramarlos. Podría ser que estemos viviendo en esta situación antinatural para nosotros, porque estamos realizando algún experimento extraño, o sencillamente estemos aquí siguiendo el mismo deseo de jugar que los jóvenes siguen cuando se meten en un vídeo-juego.

Si nuestra capacidad creadora de realidades virtuales espirituales no tiene límites, si somos capaces de crear sensacionales mundos celestiales e infernales desde nuestra dimensión sagrada ¿quién nos dice que no hayamos creado este mundo en el que vivimos? Y si desde nuestra dimensión sagrada somos capaces de cambiar las propiedades de las realidades virtuales espirituales, incluso consiguiendo que unos mundos espirituales desaparezcan y aparezcan otros más a nuestro gusto, ¿no seremos capaces de cambiar las propiedades de nuestro mundo físico para hacerlo más a nuestro gusto o incluso cambiarlo totalmente?

Si observamos como hemos conseguido hacer desaparecer del mapa a los poderosos dioses del Olimpo y a sus terribles demonios, por ejemplo, veremos que todo fue debido a que algún importante personaje espiritual, o grupo o comunidad espiritual, desde su dimensión sagrada propagaron por la tierra la creencia y la vivencia de una nueva realidad virtual diferente, negando la existencia de la anterior. De esta forma se han sucedido los cambios a lo largo de la Historia en las creencias y vivencias de las realidades virtuales espirituales. Por lo tanto, si nuestro mundo físico es una realidad virtual, habrá de ser cambiada de la misma forma, desde nuestra dimensión sagrada, desde el amor que es nuestro propio centro.

Hasta que consigamos alcanzar tan hipotético estado nos convendrá ir definiendo nuestro estado actual. De nuestro supuesto podemos deducir, por ahora, muy pocas cosas nuestras realmente. Una de ellas es la vida: si estamos metidos en una realidad virtual es porque estamos vivos. Otra sería nuestro pensamiento: en una realidad virtual podemos continuar pensando. Y otra sería nuestra naturaleza sagrada, conclusión obtenida del estudio de la andadura espiritual expuesta en este libro. Por lo tanto, sabemos que, además de estar vivos, somos una especie de mente sagrada, amorosa en esencia. Estas son las principales pistas que tenemos para guiarnos por la larga andadura investigadora que se abre ante nosotros.

Sin nuestra divinidad no somos nada, somos nuestra divinidad. Nuestra naturaleza amorosa es lo único real, la realidad de este mundo está hecha en su gran parte de vacíos de amor, sin embargo, la única sustancia que de ella real es el amor, nuestra naturaleza sagrada. Parece un insostenible contrasentido, pero nuestro supuesto nos puede ayudar a comprenderlo: Somos una especie de amor pensante que algún día se nos ocurrió pensar crear un mundo con grandes lagunas de amor, un mundo irreal, lleno de vacíos, de una terrible nada; un mundo, que como no puede existir, lo creamos en sueños. Éste nuestro mundo solamente existe en nuestra mente, en nosotros, y por lo tanto también existe en nuestro amor, que somos nosotros. Aunque nos parezca increíble, todos los átomos de este mundo están hechos de amor, incluso aquellos que componen las realidades no amorosas. Esto lo han podido llegar a sentir grandes místicos.

Espero que se entienda esto que estoy diciendo a pesar de que parezca una grave contradicción. Entender que un mundo con tanto dolor se produzca en una mente colectiva amorosa puede parecer increíble. Para entenderlo nos puede servir el ejemplo de una buena persona que está teniendo terribles pesadillas durante la noche causadas por funestas circunstancias que padeció durante el día. Ése probablemente sea nuestro caso. Somos buenos en el fondo, pero soñamos este mundo con graves connotaciones de maldad. De ahí que cualquier aspecto del mal vaya en contra de nuestra naturaleza profunda, sagrada, aunque vaya a favor de la programada naturaleza de este mundo.

Ahora bien: ¿qué provocó en nosotros el vivir semejante pesadilla? ¿Por qué mantenemos vivo este mundo de ilusiones, tan alejado de nuestra esencia amorosa, y que puede hacernos sufrir tanto?



EL MAL



La mayoría de los creyentes occidentales creen que la explicación a sus males viene con todo detalle en el Génesis. Según ellos, el castigo divino a nuestros primeros padres por haber cometido un raro pecado, y su posterior expulsión del paraíso, es algo que nos ha alcanzado a todos los humanos. De esta forma tan prehistórica llevamos explicándonos el porqué de nuestros males durante milenios. Y no vamos a culpar de esta irracional explicación a las religiones. Ya hemos estudiado que el éxito de las creencias no solamente viene determinado por su capacidad de engatusar a los creyentes, sino porque, aunque lo hagan con descaradas fantasías, nos explican a su manera lo que todavía no somos capaces de explicarnos de otra forma.

Siguiendo en la línea de intentar desmitificar todas las fantasías religiosas que nos encontramos en los caminos espirituales, vamos a intentar ver tal y como es el mal de este mundo, tan mitificado en los infiernos, en los demonios, en el pecado, en el castigo divino, o en la ley del Karma. Así que no vamos a entrar en el infierno de los demonios, vamos a estudiar el infierno del hombre.

Todas las representaciones del mal en las realidades virtuales espirituales delatan que tras ellas existe una fuerza malvada de naturaleza muy humana, no reconocida habitualmente por los humanos. Porque si habitualmente tenemos dificultades para reconocer nuestra divinidad proyectada en los dioses, también tenemos dificultades para asumir nuestra capacidad de hacer el mal.

El mal no es algo ajeno a nosotros, es una poderosa pulsación psicológica que se manifiesta de múltiples formas tanto en las realidades virtuales espirituales como en nuestra realidad virtual física. Es una intencionalidad nuestra por mucho que siempre le echemos la culpa de nuestros males a dios o al diablo.

Puede abrumarnos pensar en la gran responsabilidad que recae sobre nuestras espaldas, pero al pensar así también abrimos una puerta a la esperanza, pues ya no habrá dioses ni demonios que nos impidan mejorar nuestra existencia. Si vamos asumiendo nuestra responsabilidad en los males de este mundo, mejor podremos ir combatiéndolos.

No sabemos cuál fue la causa que nos indujo a tener la pesadilla en la que se puede convertir el vivir en este mundo. Si nuestra hipótesis es cierta, no sabemos cuál fue la intención o el pensamiento que nos llevó a crear un vídeo-juego tan mortal, tan maligno y cargado de tanta posibilidad de sufrir. Debimos de tener una malvada intención cuando creamos este mundo. Aunque a lo mejor es una parte inocente de este vídeo-juego en el que estamos metidos, una dificultad a superar, un aliciente, un reto.

Haya sido por la causa que fuera, el caso es que aquí estamos sufriendo muy a menudo los males de la vida. Y ya va siendo hora de empezar a mirar el mal de frente, superando el miedo que podamos sentir. El mal es un tabú, como lo era el sexo, o como lo son los dioses. Por ello no nos resulta fácil ser objetivos en su estudio.

Como ya comenté en un capítulo anterior, antes de enfrentarnos con el mal de este mundo, deberíamos de desarrollar la conciencia de nuestra divinidad. Pero, como la mayoría de nosotros no nos sentimos divinos ni de broma, vamos a realizar una nueva incursión rápida ―de pocas páginas― por las zonas más recónditas de nuestro lado oscuro, para evitar que las personas más sugestionables podamos morirnos de miedo.

Para coger fuerzas, antes de iniciar tan peligrosa incursión, vamos a recordar de nuevo lo estudiado sobre nuestra auténtica naturaleza. Si no olvidamos qué somos en realidad, podremos evitar perdernos entre las tenebrosas brumas que nos esperan. Recordemos que somos en esencia amor. Echemos un vistazo a la zona central de la única figura incluida en este libro: Eso somos. Ahora descendamos hasta la zona más baja de nuestro mapa, hasta el instinto de muerte, hasta el odio, la maldad y la violencia. Maldades que están en nosotros, las sufrimos, pero no somos nosotros.

Si todavía no hemos entendido esto, podemos echar mano de nuestro supuesto para entenderlo mejor. El ser humano es un muñeco virtual, compuesto de la conciencia que lo habita y del mecanicismo robótico de su cuerpo carnal. Pues bien, el mal pertenece a ese mecanicismo, pero no alcanza a nuestra esencia. Lo sufrimos, pues estamos metidos en este mundo, pero no tiene nada que ver con nosotros. El mal solamente es posible vivirlo en una ilusión, en un sueño, en una pesadilla, en una realidad virtual. No se puede manifestar en nuestra esencia divina.

Cuando en profunda meditación se accede esa profundidad sagrada nuestra, ella permanece intocable, intacta, inmaculada. El mal solamente se manifiesta en los mundos virtuales, no en nuestra profunda esencia; desde ella podemos sustentarlo con la misma voluntad con la que algún día lo creamos, pero en ella no puede permanecer. El amor, como cualquier ingrediente de nuestra esencia sagrada, es incompatible con cualquier tipo de mal. El mal solamente lo podemos vivir en sueños, en el sueño de la vida de este mundo. Nuestra hipótesis nos sirve para explicarnos por qué los seres humanos somos celestiales e infernales a la vez: El bien somos nosotros, el mal solamente prevalece en nuestro sueño, pesadilla cuando los males aprietan.

Son muchos los males que pueden hacernos infelices. Uno de los más importantes son las enfermedades. A nuestro pobre cuerpo virtual le toca soportar lo insoportable, y a causa de eso enferma mucho más que él de los animales. Siguiendo manteniéndonos en nuestra hipótesis, nuestro cuerpo es quien paga el pato del conflicto en el que está metido el ser humano, pues sufre intensas órdenes contradictorias: por un lado las del programa de la realidad virtual y por otro las de nuestra voluntad libre cuando decidimos ir contra natura. Por un lado nuestro cuerpo está programado para vivir como un animal, pero por otro lo intentamos conducir como un espíritu, humano, provocándonos graves averías en nuestro cuerpo robótico físico, enfermedades tanto mentales como corporales.

Y si a las enfermedades le añadimos el envejecimiento, nuestros males aumentarán, pues tendremos menos defensas y, además, ya estaremos en camino de padecer la definitiva enfermedad que nos llevará a la muerte. Punto final de toda vida de este mundo.

El instinto de muerte, incluyendo a toda forma de violencia, sella el mayor número de males padecidos por el ser humano. Por ello vamos a centrarnos en su estudio, por su importancia y porque la muerte, al ser uno de los mayores tabúes del mal humano, tenemos dificultades para verla tal y como es. En especial los creyentes, creen que la muerte y las enfermedades son designios divinos que solamente los herejes podemos cuestionar. Esta especie tupido velo en torno a la muerte lo ha heredado nuestra civilización de las creencias religiosas que dominaron el mundo. Cortina de humo que nos impide ver la muerte como es, pues, aunque no seamos creyentes, muy a menudo no nos cuestionamos la existencia de la muerte, es algo tan “natural” que lo tenemos asumido, a la vez que procuramos olvidarla, hasta que se nos acerca o le llega a algún ser querido.

Incluso no consideramos a la muerte como el representante supremo del mal, el único mal sin remedio. El instinto de muerte es la fuerza del mal mayor que subyace en nuestro inconsciente. Siempre nos aterrorizó tanto pensar en el final que nos espera que terminamos por arrojar a la muerte fuera de nuestros pensamientos más comunes. Por un lado rehuimos enfrentarnos con la muerte y con la violencia, pero por otro lado las tenemos hasta en la sopa. Es alarmante las horas que un ciudadano medio se pasa delante del televisor viendo como chorrea la sangre de su congéneres, seducido por los cataclismos naturales, por los accidentes, o por las películas de carácter violento que invaden nuestras horas de ocio.

El instinto de muerte, como ya hemos visto en el capítulo destinado a estudiarlo, es el único instinto que atenta contra la vida. El único que nos da el placer de matar o de suicidarnos, de herir o de herirnos, de agredir o de ser agredidos. La atracción por la muerte nos crea la mayor contradicción a los seres humanos, por eso hemos arrojado al inconsciente a semejante instinto, porque sino nos volveríamos locos. Es el mal de todos los males. Tan poderoso que alcanza la categoría de dios o de ángel en muchas creencias. Es un mal casi santificado por los creyentes, y venerado por los no creyentes. Nuestra cultura pacifista y naturista nos impide ver a nuestra santa madre Naturaleza como una madre asesina. Cuando la Naturaleza mata, no la vemos con malos ojos, tenemos tan “naturalmente” asumida su santa benevolencia que no la culpamos de nada, aunque sepamos que, gracias a sus leyes, todos sus hijos tienen que comerse los unos a los otros para sobrevivir. Repito que nuestros ancestros eran más sinceros al respecto, adoraban a sus diosas representantes de la Naturaleza, imágenes bellísimas, pero con un reverso horriblemente diabólico. Si no vemos a nuestra amada Naturaleza tal y como es, mal nos vamos a comprender nosotros. No podemos seguir considerándonos los seres humanos las ovejas negras de la gran madre Naturaleza. Nuestra santa madre es la portadora de gran maldad de la muerte y de la violencia, no nosotros. Nosotros somos dignos hijos de ella, y de tal palo tal astilla.

Se dice que el ser humano está desnaturalizado porque atenta contra la Naturaleza de este mundo. Pero eso no es cierto. No es contranatural agredir a los demás o al medio ambiente, la violencia es de lo más natural de este mundo. Si atentamos contra nuestra madre es porque ella primero atenta contra nosotros matándonos uno a uno sin piedad.

Y al decir que el mal humano está en las leyes naturales, no quiero eludir nuestra responsabilidad en la creación y permanencia del mal en este mundo, pues es muy posible que nosotros hayamos tenido mucho que ver en la creación de las leyes naturales. Nuestra hipótesis puede llevarnos a deducir que este mundo virtual lo programamos nosotros tal y como es, y lo mantenemos vivo por voluntad propia. Así que mantenemos el mal vigente por voluntad propia. Es como si estuviéramos viviendo un sueño que de alguna forma estamos deseando, o como si estuviéramos viviendo en una realidad virtual que nosotros mismos hemos creado. El mal, la violencia, el instinto de muerte, junto al resto de las leyes naturales, estarían lo más profundo de nuestra mente colectiva, mantenidos vigentes por la propia voluntad de nuestra raza humana. Yo me inclinaría por pensar que es el tremendo odio, capaz de sentir el ser humano, la semilla de todos los males de este mundo, incluida la muerte. El odio es lo más opuesto a nuestra naturaleza de amor, por eso puede que sea el ingrediente más importante en la creación de este mundo tan falto de amor. Esperemos que nuestra hipótesis pueda a ayudarnos a descifrar la complejidad del mal de nuestro mundo y nuestra participación creadora. Pero hasta que lleguemos a entender todo esto, podemos ver el mal como un principal ingrediente de la Naturaleza. Para eso no necesitamos hipótesis alguna, es evidente.

Por lo tanto, el mal humano es un mal muy “natural”. Es muy importante reconocer este hecho. Si no lo hacemos continuaremos echando la culpa de nuestros males a los dioses, a los demonios, o a nuestro prójimo. Si no reconocemos de donde nos viene el mal, aunque no creamos en el demonio, acabaremos demonizando a nuestros enemigos, a los terroristas, a la sociedad, al mundo, al gobierno, al progreso, a los delincuentes, o a cualquier cosa que caprichosamente nos asuste.

Nunca hemos dejado de echarnos las culpas los unos a los otros de los males que vivimos. Echar la culpa de los males de este mundo a los que consideramos malos, es garantía de vivir en guerra. Así no encontraremos nunca la paz. Las guerras se sustentan en la lucha contra los malos, y los contendientes de cada bando siempre consideran que los malos son los del bando contrario. Si seguimos jugando a buenos y malos, continuaremos manteniendo vivas las guerras. Los documentos escritos más antiguos nos hablan de este viejo-juego mortal. El mal ha conseguido que nos matemos durante milenios, y todavía no lo hemos visto de frente; no sabemos muy bien de qué se trata.

El mal de este mundo tiene la propiedad de esconderse de tal manera que no somos capaces de verlo. De esta forma llevamos miles de años, culpando de los males a todo aquello que se nos antoja sospechoso y no tiene culpa alguna. Así consigue el mal engrandecerse, hacerse más maligno. El hecho de no reconocer su auténtica naturaleza nos conduce a bajar la guardia y a facilitarle acabar siendo sus víctimas. Su capacidad de disfrazarse le permite hacer mucho más daño impunemente. Por eso es esencial enfrentarnos a él, mirarlo cara a cara, aguantando el miedo, hasta que descubramos su debilidad. Nuestro supuesto delata su naturaleza virtual, su inexistencia, algo que nos puede ayudar a acabar con nuestros males.

Pero mientras ese momento llega, mientras no consigamos pararle los pies, el mal seguirá matando. El instinto de muerte seguirá tomando los rumbos más insospechados para hacernos morir. ¿Creen ustedes que nuestra flamante revolución cultural, basada en la realidad virtual, todavía casi sin estrenar, se va a librar de contaminarse? El instinto de muerte aprovecha toda oportunidad para meterse allí donde la limitada inteligencia se lo permite.

Nuestra hipótesis podría inducir a pensar que, como somos cuerpos virtuales, se puede matar o morir sin que ello tenga demasiada importancia. Pero hemos de tener claro que, aunque nuestro mundo no exista, para nosotros sí que existe; una pesadilla no existe excepto para quien la padece. La muerte para quien la vive, aunque sea en sueños, la vive como real. El tenso acontecer del suicidio, justificado por la razón que sea, no es sino una fuerte atracción instintiva por la muerte. En nuestro supuesto podríamos contemplarla como una fuerte seducción que el vídeo-juego en el que estamos metidos ejerce sobre los suicidas, es como dejar al mal que nos dé el jaque mate antes de tiempo sin hacer nada por evitarlo.

Lamentaría profundamente que esta nueva visión de nuestra realidad, expuesta en estos últimos capítulos, indujera al suicidio o al asesinato. Pero no me extrañaría nada que así sucediera. Nuestro instinto de muerte siempre busca excusas para alcanzar su fin. No sería la primera vez. La Historia está llena de matanzas justificadas por ideologías absurdas, el instinto de muerte siempre buscará justificaciones para matar incluso donde no las haya. Y el hecho de que nos demostremos que estamos en el interior de un vídeo-juego puede dar pie a pensar que se puede matar impunemente.

Hasta que encontremos nuevas formas mejor de atajar el mal de este mundo, las leyes represivas de la violencia serán la única salvaguarda para mantener a raya el tremendo instinto autodestructivo de nuestra raza que nos hace matarnos los unos a los otros,

Hemos de defender la vida del instinto de muerte, aunque sea dando palos de ciego. En capítulos anteriores dije que estuviéramos alerta cuando oyéramos en cualquier camino espiritual hablar mal de este mundo, no porque estuvieran equivocados, aunque muy a menudo exageran demasiado, sino porque tras ello puede existir una inducción al suicidio o a abandonar nuestras necesidades básicas provocándonos un lento morir. Yo estoy haciendo ahora algo semejante al poner de manifiesto el mal y la ilusión de este mundo, pero a la vez estoy proponiendo luchar contra el instinto de muerte, al menos hasta que consigamos desprogramarlo definitivamente. Mientras tanto, sólo tenemos la lucha por una vida digna y feliz como la única defensa contra la atracción de la muerte; solamente defendiendo nuestra vida podremos dedicarnos a intentar combatir todos los males de este mundo.





SOBRE EL TERROR



En nuestro supuesto podemos entender que las consecuencias de vivir en un mundo virtual como en el que estamos viviendo son terribles. No solamente por el carácter agresivo y mortal del vídeo-juego de nuestro mundo, sino porque, además, nos hemos olvidado de quienes somos. Imagínense ustedes que alguien se queda enganchado en un vídeo-juego de realidad virtual. Por muy entretenido que sea el programa, su situación sería dramática. Si alguien olvida de quien es, y se cree un muñecote virtual, sumergido en un mundo mecánico, programado, siempre se sentirá un pelele de las leyes del juego, esclavo de él, imposible de encontrar su libertad aunque el vídeo-juego le haga sentirse en ocasiones muy feliz. Y si a esto añadimos lo tenebroso que puede llegar a ser el juego de la vida en nuestro mundo, el sentimiento de miedo puede ser muy intenso.

Inmersos en un mundo donde existen tantos peligros para la vida, vivimos un pánico visceral. Sin menospreciar lo que nos podemos divertir, y lo felices que podemos llegar a ser, es éste un mundo de horror. A pesar de que nuestra cultura obvia lo evidente, ocultando la fatalidad de la muerte para que no nos amargue la vida, no podemos evitar sentir terror ante nuestro fatídico destino. Gracias a que lo arrojamos al inconsciente, porque sino nos moriríamos de miedo.

Se dice que la depresión es una enfermedad que se produce sin razón aparente. Como si un ser humano necesitase razones especiales para deprimirse. En mi opinión, lo patológico es no estar deprimido. Hay que padecer cierta amnesia para olvidarnos del trágico final que a todos nos espera.

Y aunque nos consolemos pensando que la muerte es algo que tarda en llegar, son terroríficos los brutales atentados que la Naturaleza de este mundo provoca contra los seres vivos a lo largo de toda su vida. Insistimos en que toda forma de vida, desde que asoma a este mundo, sobre todo en sus primeros días de existencia, tiene una gran probabilidad de ser devorada por otros animales (incluidos los humanos) que la consideran su plato favorito. Es ley de vida en este planeta. Terrorífica sentencia de muerte que hará temblar a toda forma de inteligencia que pueda llegar a tomar conciencia de donde se encuentra. El hecho de que ya hayamos conseguido librar a nuestros niños del efecto depredador de nuestra madre naturaleza, no nos libra de sentir esta terrible circunstancia. Las crías humanas, gracias a la evolución de la inteligencia de nuestra especie, ya se han librado de ser alimento de otros depredadores. Pero relativamente hasta hace poco, en toda nuestra larga andadura evolutiva, éramos alimento en nuestra infancia de multitud de especies de animales depredadoras. Este mundo virtual es un mundo que da miedo, porque está programado para que toda partícula de vida, desde que nace, viva en riesgo de muerte. Éste es un mundo de condenados a muerte, por mucha vida que albergue.

La importancia del miedo como intensa pulsación psicológica es irremediable. El miedo no nos abandona en toda la vida, condicionándola brutalmente. Al haberlo arrojado al inconsciente con todo el resto de pulsaciones psicológicas desagradables, el miedo, junto a la violencia y el instinto de muerte, forman el conjunto de fuerzas más importantes de nuestro lado oscuro. Pulsaciones psicológicas que hacen su aparición en las realidades virtuales espirituales disfrazadas de horribles monstruos.

Muchos pensadores dedujeron que el miedo era la causa principal por la que las creencias religiosas afirman la existencia de una vida mas allá de la muerte. Y si no es la principal, seguro que es una de las más importantes. Cuando la atmósfera sagrada ilumina nuestro lado oscuro, saca a la luz nuestro pánico interno. Entonces aparece la necesidad de zafarse de él, de librarse del miedo a la muerte, y aparece la necesidad de salir corriendo. Pero ¿adonde? No hay problema, la imaginación del hombre, ayudado por la creatividad de su divinidad, no ha cesado de crear paraísos protectores de nuestra integridad, donde el miedo no tiene razón de ser. No cabe duda de que uno de los grandes propósitos de las creencias es el de quitarnos el miedo del cuerpo. Son muchos los creyentes que solamente creen para quitarse el miedo de encima. Los dioses se sirven del miedo del hombre para existir. El alivio engañoso del temor a la muerte que las creencias ofrecen a sus seguidores, es otro argumento más que podemos añadir al gran fraude espiritual.

Basándonos en nuestra hipótesis, también podemos deducir que somos inmortales, pero nuestra inmortalidad solamente podremos “vivirla” cuando nuestra conciencia regrese a nuestra esencia, y, como ya hemos dicho, eso parece que sea muy improbable realizarlo a través de la muerte. La muerte es muerte, todo lo contrario a la vida, por mucho que se venda en tantas creencias como resurrección. Seremos inmortales cuando venzamos a la muerte, no antes ni después de ella. Lamento llevar la contraria a quienes albergan tantas esperanzas para después de la muerte.

Nuestro supuesto nos hace ver que somos inmortales; pero, mientras continuemos metidos en este juego de muerte, la padeceremos. Saber que somos inmortales no nos sirve de nada si continuamos muriéndonos. La creencia en que la muerte nos va a dar la vida eterna es la mayor victoria que la muerte se apunta antes de que nos derrote por completo. Es el colmo de la irracionalidad. Es una pura y dura atracción del instinto de muerte. Un ridículo calmante del pánico visceral.

Para ver la muerte con objetividad hay que superar el miedo que nos provoca, dispersado en multitud de variantes. Todas las manifestaciones de miedo, de terror, se pueden encuadrar en el miedo a la muerte; son una consecuencia del instinto de muerte. Al igual que lo son todas las manifestaciones de violencia. Y el miedo, como la violencia, adopta multitud de formas, impregnando de sus vibraciones gran parte de la vida humana. El miedo a la muerte es tan intenso que nos nubla la inteligencia que tanto necesitamos para progresar en los caminos del espíritu. Muchas de nuestras tensiones inconscientes están generadas por miedo oculto en nuestro cuerpo. No tenemos nada más que empezar a soltar ciertas tensiones de nuestro cuerpo para sentir el miedo que ocultan.

En este estudio he evitado en lo posible provocar temores para no afectar la claridad de entendimiento. Pocos libros sobre esoterismo se libran de meter miedo a los lectores. Si he procurado no atemorizar con mis comentarios ha sido para intentar no vernos afectados por tan oscuro sentimiento. Pero como ese sentimiento existe, y es muy intenso y real en el ser humano, es obligado hablar de él. Todo estudio sobre el interior del hombre obliga a tratar el miedo. Ahora bien, una cosa es hablar del miedo, y otra regodearse en tan funesto sentimiento. A pesar de que en este capítulo vamos a hablar excepcionalmente del terror, no es mi intención montarme una película de miedo en estas páginas como gustan de hacer muchos de los creadores de ciencia-ficción. Aunque no voy a ocultar que en mi vida he pasado bastante miedo y lo sigo pasando.

En el interior de las sectas se suele padecer el miedo debido a diferentes causas. El demonio es el terror de los creyentes, encarnación del mal humano. Y en muchas ocasiones, los rituales nos ponen en contacto con fuerzas, divinidades o entidades espirituales, impresionantes que te amenazan con horribles tormentos como no sigas sus leyes o sus pautas doctrinales. Los grandes misterios espirituales también atemorizan. Y la experiencia de lo sagrado puede aterrorizarnos aunque esté exenta de demonios, pues podemos sentirnos absorbidos por la infinitud, lo que nos obliga a perder nuestra individualidad. Han sido muchas las ocasiones en las que el miedo me desbordó, me indujo a salir corriendo, a suspender una feliz meditación o a bloquearme totalmente, por el simple hecho de que empezaran a desaparecer las limitaciones que marcan mi individualidad.

Ahora, ya alejado de los peligros sectarios, no siento aquellos temores; pero vivo otros nuevos. Sé que la edición de este libro puede hacerme vivir en peligro. Los creyentes nunca fueron muy transigentes con los herejes, su furia mística siempre fue terrible. Así que no voy a ocultar que este libro lo estoy escribiendo con miedo. Diciendo todo lo que considero necesario y, a la vez, procurando evitar en todo lo posible enfadar demasiado a quienes siempre se comportaron como unos inquisidores asesinos, divinos.

En más de una ocasión he pensado en tirar a la basura todo lo escrito y dejar de complicarme la vida, sobre todo en estos meses en los que estoy escribiendo estos últimos capítulos. Pues a la posible furia asesina de los creyentes más fanáticos hay que añadir la inmersión en nuestro lado oscuro que hemos realizado en estas últimas páginas. El intentar ver de frente a la muerte, a ese fatal instinto, ha echado mas leña al fuego de mis miedos. Pues, no solamente me he acercado a la muerte para estudiarla, es ella la que también se acerca a mí. El hecho de encontrarme ya en los cincuenta, y con un cuerpo bastante frágil, me hace ver a la muerte mucho más cerca de lo que yo quisiera.

Estos últimos capítulos, además de estarlos escribiendo, los estoy sudando. Me está costando mantener limpia la inteligencia del humo que generan mis fuegos del miedo. En ocasiones me he sentido consumirme, paralizado, entre las llamas del pánico a la muerte. Incendio que además de no extinguirse se está avivando por una nueva amenaza que puede llegar a desbordar definitivamente mi capacidad de soportar el terror.

No cabe duda de que nuestro supuesto de estar inmersos en una realidad virtual es una amenaza para todos nosotros como individuos. Como seres humanos, si estamos en lo cierto, no existimos. Somos robots virtuales en un mundo virtual. Y como no tenemos conciencia de qué somos en realidad, el miedo puede hacer su aparición con sólo pensar que estamos inmersos en una realidad virtual.

Se están vislumbrando serios peligros para integridad psíquica de las personas que se sumergen en sistemas de realidad virtual generadas por ordenador. Ya se puede uno aislar con tal grado de realidad en un mundo virtual que puede perder la conciencia de su propio cuerpo o del mundo que le rodea. Los psicólogos tienen un filón en la investigación en los procesos mentales que suceden a quien se sumerge en una realidad virtual. Las investigaciones al respecto no han hecho sino empezar, apenas sabemos nada sobre cómo va a responder nuestra psiquis inmersa en los ciberespacios generados por ordenador. Las reacciones son muy dispares dependiendo de los individuos, del programa de realidad virtual o del sistema de inmersión. Para evitar que los mareos, o las pérdidas de identidad sean graves, se recomienda permanecer inmerso en los ciberespacios por un tiempo limitado.

Y si la realidad virtual generada por ordenador despierta ciertos temores, “pensar” que muestro mundo es una realidad virtual también puede atemorizar. Las movidas psicológicas de una persona convencida de que estamos viviendo en una realidad virtual son imprevisibles. No sabemos cómo va a encajar nuestra mente este supuesto. Yo les puedo decir que siento una especie de desequilibrio interno desde que empecé a creerme que nuestro mundo puede ser un mundo virtual. Pensar que tanto nuestro mundo como nuestro cuerpo son una ilusión virtual desequilibra al más pintado. Por ello tomémonos el tiempo que necesitemos, nuestra mente va a necesitar tiempo para digerir los cambios tan fundamentales que le va a suponer reconocer nuestra hipótesis.

Yo he de confesar que en ocasiones tengo que olvidarme por algunos días de lo que estoy escribiendo. Para ir elaborando nuestro supuesto he tenido que adentrarme por la frondosa selva de lo desconocido, por donde no hay caminos ni sendas hechas, al borde del abismo muy a menudo; aterrorizado. Sólo me animaba la idea de descubrir un nuevo mundo, real.

Si a lo largo de nuestro estudio hemos advertido de los peligros que nos podíamos encontrar en los caminos sectarios, ahora no vamos a ocultar que nos podemos encontrar otros peligros en la nueva aventura que estamos iniciando. La única diferencia es que los peligros de las sectas ya los conocemos, son miles de años de experiencia acumulada; pero los peligros de nuestra nueva andadura no los conocemos, son imprevisibles. Ojalá que sean temores injustificados, miedos sin razón ante lo desconocido.

No es lo mismo andar una senda ya hecha que hacer camino al andar. A los peligros reales pueden añadirse temores injustificados o irreales fantasmas. Algunos de nosotros vamos a necesitar vestirnos de héroes para superar el miedo, terror en ocasiones. Una mente aterrorizada camina al borde de la locura, y necesitamos estar cuerdos, pues nuestro caminar no discurre por sendas reveladas. Los místicos siempre se han permitido el lujo de la locura, pues es su dios quien dirige sus pasos; pero nuestra nueva andadura no la dirige nadie excepto nosotros haciendo uso de nuestra inteligencia.

Esperemos que no cunda en pánico en torno a nuestro supuesto. Hagamos el esfuerzo de intentar no caer en el terror que nos puede producir el pensar que estamos viviendo en una realidad virtual, y centrémonos en lo positivo que nos puede aportar nuestra hipótesis. Es tan grande la revolución que puede experimentar la Humanidad gracias a esta nueva visión del mundo, que no merece la pena retrasarla por mucho terror que podamos sentir ante ella.

Nuestro supuesto, a pesar de que nos pueda aterrorizar, también nos puede servir para afrontar el pánico, pues nos ofrece la esperanza de alcanzar el origen de todos nuestros males, de llegar al origen del terrible instinto de muerte. Si todo en este mundo es virtual, según nuestra hipótesis, la muerte también es virtual. Es consecuencia de una programación. Todos los males de este mundo son consecuencia del programa general de nuestra realidad. Para mejorar nuestro mundo solamente tenemos que intentar cambiar las líneas del programa que crea el mal. Pero, parece ser que ese puñetero programa virtual es muy inteligente (lo debimos de programar nosotros), y sospecho que no se va a dejar cambiar así por las buenas. Es tan malo el mal que creamos, que está programado para evitar que podamos llegar a desprogramarlo fácilmente. Probablemente, el hecho de nos cueste pensar que este mundo es una realidad virtual, sea una impedimento que nos pone el programa para evitar ser reconocido. El mal lucha por sobrevivir. Está programado así para defenderse. Utiliza sus intrigas para aterrorizarnos, para matarnos y hacer que nos matemos los unos a los otros, y para defender su software, su programa.

Nos va a costa acabar con el mal de este mundo. Lo primero que debemos de hacer en nuestro empeño es perderle el miedo todo lo que podamos. Se vista el mal como se vista, según nuestro supuesto, es un sencillo resultado de una programación.

¿Recuerdan la película “2001, una odisea del espacio”? ¿Recuerdan lo mal que nos lo hizo pasar Hal, el ordenador que controlaba la nave? Muchos de nosotros temimos que una maldad asesina pudiera aparecer por generación espontánea en una fría inteligencia artificial. Años más tarde, cuando vimos la segunda parte, respiramos con alivio al comprobar que aquel ordenador se había comportado así porque había sido programado para ello.

La maldad de nuestro mundo, según nuestro supuesto, es la consecuencia del programa general que gobierna nuestra realidad. Recordemos y sintamos todo lo que podamos nuestra divinidad. Vamos a necesitar su traje protector para conseguir llegar a la central de inteligencia, donde reside el programa general de nuestro mundo, para intentar desprogramar el mal. Yo, conque pueda terminar las pocas páginas de este libro antes de que el programa asesino me estrangule, ya me doy por satisfecho. Aunque mucho más me gustaría llegar a presenciar cómo nuestra hipótesis nos ayuda a desprogramar el mal de este mundo.





EL PROGRAMA



Es evidente que ―de ser cierto nuestro supuesto― el programa que gobierna nuestro mundo ha de ser muy complejo. Un mundo virtual tan sofisticado todavía no nos es posible ni soñar en crearlo en un ordenador. Posiblemente, necesitemos muchos años para descubrir al detalle todas las líneas de semejante programa. Así que deberíamos de empezar cuanto antes a intentar vislumbrar sus pautas generales de programación.

Probablemente, como sucede en los programas informáticos que generan ciberespacios de realidad virtual, la realidad de nuestro mundo esté compuesta por varios programas ensamblados que trabajan en común. Un programa crea los escenarios, otro da cuerpo tridimensional a los objetos inanimados, otro gobierna la vida de los seres vivos, etc.

El posible programa que crea los escenarios y los cuerpos inanimados de nuestro mundo son estudiados por la Física. Todos conocemos sus leyes básicas. Pero apenas nada se sabe sobre cómo se consigue que las matemáticas gobiernen tan exactamente a toda materia de nuestro mundo. Se da por hecho que son leyes naturales, divinas según los creyentes, pero científicamente no se sabe cómo se aplican a la materia. Según nuestro supuesto esto sucede porque es muy difícil dentro de una realidad virtual observar las líneas del programa que la gobierna. Cuando un joven se sumerge en un vídeo juego, se limita a jugar, y no es consciente de los complejos cálculos matemáticos que su ordenador está realizando constantemente para que el juego siga su curso. La física ha necesitado siglos para ir recomponiendo las líneas generales del programa que rige la materia de nuestro mundo. Y todavía no se considera un programa de una realidad virtual tal y como nosotros lo estamos presentando.

Si nuestra hipótesis es cierta, es de suma importancias reconocer la existencia de dicho programa, porque, en toda realidad virtual, lo más real es su programa, sus matemáticas. Algo que ya ha empezado a reconocer la física, pues se está llegando a la conclusión de que, antes de que estallara el big bang, ya tenían que existir las leyes físicas, ya existía el programa que dio cuerpo a nuestro universo y lo mantiene existiendo. Es decir, el programa ya tenía que existir antes de que existiera la materia tal y como ahora la conocemos; algo que está muy de acuerdo con nuestra hipótesis, pues toda realidad virtual, para que exista, antes se ha de programar. Por ello vamos a dar al programa de nuestro mundo la importancia que tiene, tal y como sucede en los mundos virtuales creados por ordenador, donde su máxima realidad son los complejos algoritmos que le dan vida.

Para que los ciberespacios generados por ordenador sean creíbles han de estar sometidos a unas leyes físicas semejantes a las de nuestro mundo. En esos mundos virtuales podemos cambiar esas leyes a nuestro antojo con solamente cambiar los datos del programa. Por ejemplo: podemos crear un mundo en el que la fuerza de la gravedad sea diferente a la conocida, donde los objetos caigan muy despacio o demasiado deprisa. Para un experto programador informático hacer eso es muy sencillo. Ahora bien, a quien se sumerge en una realidad virtual le será imposible cambiar las leyes físicas que hayan programado los creadores del ciberespacio, y mucho menos descubrir de donde vienen esas órdenes para que los cuerpos virtuales se comporten como lo hacen en el interior de la realidad virtual. Pues bien, ese es nuestro caso, siguiendo las pautas que nos indica nuestro supuesto. Estamos en este mundo, observamos cómo se comporta la materia, descubrimos las leyes a las que está sometida, pero no tenemos ni idea de cómo sucede tal maravilla.

Nuestra hipótesis nos muestra que existe un programa general que gobierna la realidad virtual de nuestro mundo. La ubicación de dicho programa no la conocemos, porque, según ya hemos deducido, se debe de encontrar en lo más profundo de nuestra mente colectiva, oculto en nuestro lado oscuro. Como ya hemos comentado, según las investigaciones de los fenómenos paranormales, sabemos que nuestra mente puede perturbar las leyes físicas, pero no sabemos cómo. Nuestro supuesto nos permite deducir que, cuando nuestra mente sufre profundas perturbaciones, puede perturbar el programa de realidad virtual de nuestro mundo porque dicho programa se genera en nuestra portentosa mente colectiva.

Otros mundos generados por nuestra mente, como son las realidades virtuales espirituales o los sueños, tienen programas de leyes “físicas” diferentes al de nuestro mundo material, que también pueden verse afectadas por las profundas movidas mentales. Por ejemplo: en las realidades virtuales espirituales no suele existir la gravedad. Los dioses, los ángeles, los demonios o las personas que se sumergen en ellas, flotan por los espacios espirituales; pero el miedo puede inmovilizar totalmente una persona o aplastarlo como si de una poderosa fuerza de gravedad se tratara. Y el mundo de los sueños tiene una gravedad muy especial, tan especial que uno puede volar si se dan ciertas condiciones psicológicas. Con esto podemos deducir que es posible modificar las leyes “físicas” de todas las realidades virtuales que puede vivir el hombre, incluido nuestro mundo, porque todas ellas se generan en nuestra mente.

Y si somos capaces de modificar las condiciones físicas de nuestro mundo, ¿cómo no vamos a ser capaces de mo

La consigna:
Mantener la Dignidad, la Fe, la Esperanza, el Respeto y el Honor. A traves de la Sabiduria, la Serenidad, la Sensibilidad y la Sencillez. regresar al Origen.

Los seres humanos son libres excepto cuando la humanidad los necesita.
ORSON SCOTT CARD
17-Oct-2009 09:12 PM
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