Rojo Intenso

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La genealogía de la moral
El origen de dios - Segundo tratado 22 -


Ya se habrá adivinado qué es lo que propiamente aconteció con todo esto y por debajo de todo esto: aquella voluntad de autotortura, aquella pospuesta crueldad del animal-hombre interiorizado, replegado por miedo dentro de sí mismo, encarcelado en el "Estado" con la finalidad de ser domesticado, que ha inventado la mala conciencia para hacerse daño a sí mismo, después de que la vía más natural de salida de ese hacer-daño había quedado cerrada, - este hombre de la mala conciencia se ha apoderado del presupuesto religioso para llevar su propio automartirio hasta su más horrible dureza y acritud.

Una deuda con Dios: este pensamiento se le convierte en instrumento de tortura. Capta en "Dios" las últimas antítesis que es capaz de encontrar para sus auténticos e insuprimibles instintos de animal, reinterpreta esos mismos instintos animales como deuda con Dios (como enemistad, rebelión, insurrección contra el "Señor", el "Padre", el progenitor y comienzo del mundo), se tensa en la contradicción "Dios y demonio", y todo no que se dice a sí mismo, a la naturaleza, a la naturalidad, a la realidad de su ser, lo proyecta fuera de sí como un sí, como algo existente, corpóreo, real, como Dios, como santidad de Dios, como Dios juez, como Dios verdugo, como más allá, como eternidad, como tormento sin fin, como infierno, como inconmensurabilidad de pena y culpa.

Es ésta una especie de demencia de la voluntad en la crueldad anímica que, sencillamente, no tiene igual: la voluntad del hombre de encontrarse culpable y reprobable a sí mismo hasta resultar imposible la expiación, su voluntad de imaginarse castigado sin que la pena pueda ser jamás equivalente a la culpa, su voluntad de infectar y de envenenar con el problema de la pena y la culpa el fondo más profundo de las cosas, a fin de cortarse, de una vez por todas, la salida de ese laberinto de "ideas fijas", su voluntad de establecer un ideal - el del "Dios santo" -, para adquirir, en presencia del mismo, una tangible certeza de su absoluta indignidad. ¡Oh demente y triste bestia hombre! ¡Qué ocurrencias tiene, qué cosas antinaturales, qué paroxismo de lo absurdo, qué bestialidad de la idea aparecen tan pronto como se le impide, aunque sea un poco, ser bestia de la acción!...

Todo esto es interesante en grado sumo, pero también de una tétrica, sombría y extenuante tristeza, hasta el punto de que tenemos que prohibirnos violentamente mirar demasiado tiempo a esos abismos. Aquí hay enfermedad, no hay duda, la más terrible enfermedad que hasta ahora ha devastado al hombre: - y quien es capaz aun de oír (¡pero hoy ya no se tienen oídos para ello!-) cómo en esta noche de tormento y de demencia ha resonado el grito amor, el grito del más anhelante encantamiento, de la redención en el amor, ése se vuelve hacia otro lado, sobrecogido por un horror invencible...

¡En el hombre hay tantas cosas horribles!... ¡La tierra ha sido ya durante mucho tiempo una casa de locos!...

En: Nietzsche, Friedrich: La genealogía de la moral.
Buenos Aires, Alianza, 1998, pp. 105-106.
se dice que el hombre con su gran egocentrismo a humanizado a dios haciendolo a imagen y semejanza nuestra me pregunto si los pavos tuvieran un dios este no seria un dios pavo
los que se dicen es que dios quien dice, pertenecen a los que justifican sus actos y errores asi como su soberbia justificando a una deidad a la cual ellos creen que son copia al carbon
bien se dice los pueblos niños que necesitan algo fisico a lo cual afianzarse para poder creer ,ellos son los que necesitan reglas de un dios supremo pues no conocen lo que es la conviccion
saludos su amigo cuitlahauc
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